Ya estoy harto…

Clara, que vas a asustar al niño… Es nuestro único, nuestro querido hijo… ¡No lo hagas! grité cuando Clara levantó la mano.

Clara escuchaba los pasos tambaleantes por la escalera del portal. Por el ritmo irregular, se notaba que subía alguien que venía ebrio. La mujer suspiró, agotada:

Luis…

Girándose hacia el pequeño Bruno, que acababa de cumplir siete años, le susurró:

Hijo, vete a tu habitación y cierra la puerta. No enciendas la luz, ¿vale?

¿Otra vez papá…? el niño no terminó la frase, pero asintió comprensivo, marchándose a su dormitorio. Allí procuraba estarse quieto, sin apenas moverse, temeroso de que su padre reparase en él. Cuando su padre llegaba borracho, le gustaba hacerle preguntas capciosas y, a cada respuesta, soltaba un comentario burlón:

¿Qué otra cosa iba yo a esperar de ti, callado? Igual que tu madre. ¡Jaja!

Bruno temía aquellos estados del padre, y había aprendido que, si no lo veía, era mucho más probable que su existencia pasase desapercibida. Por eso Clara siempre le advertía que, al primer ruido de la llave, se recogiera deprisa.

Al minuto sonó el cerrojo y apareció Luis en la puerta. El olor a vino y aguardiente invadió la casa. Tardó un buen rato en quitarse los zapatos, quedándose parado, murmurando groserías. Luego gritó:

¿Hay alguien vivo aquí? Clara, por dios, ayúdame a quitarme estos puñeteros zapatos…

Clara, después de respirar hondo, salió al recibidor y se acercó. No disimuló su fastidio, cosa que a Luis no le gustó nada.

Vaya, qué cara tienes murmuró, apretando los dientes, ni pizca de respeto por el hombre de la casa. Así, tiesa, te crees una señora marquesa. ¿Has hecho de cenar o vamos a sufrir otra vez con tu insípida pizza? Eso no es comida, por favor… Yo quiero cocido, bueno, con grasa y bien de carne, no el saco de hierbas que a ti te gusta. Borrega.

Sin dejar de soltar improperios y muecas, al final logró quitarse el calzado y se fue tambaleante al baño. Lavarse las manos y ponerse ropa de estar en casa era para él una costumbre inamovible. Sabía que su mujer siempre tenía alguna muda preparada. Finalmente, ya aseado, fue a la cocina, tropezando con el umbral.

¡Madre mía, menudo borde! Una mujer decente ya habría quitado este escalón para que su marido no se parta la crisma… ¡Seguro que lo dejas ahí adrede para matarme más pronto!

Clara, con el rostro de piedra, sirvió una humeante ración de sopa y le dejó el plato delante. Luis aspiró el vapor y se echó a reír.

¡Pero qué humor tienes! Pon una cara más simpática, ¿quieres? Y deja de mirarme como si esperases una medalla por preparar la cena. ¡Es tu obligación! ¿Para qué estás aquí si no? Naciste para esto… Luis, medio atragantado, se lo pensó. Si es que no tienes arreglo, qué cabeza tienes… Como si fueras un mueble desmontado. Todo mal encajado.

Clara puso también un par de filetes rusos, una porción de arroz y algo de ensalada. Luis devoró la sopa de una sentada y atacó lo siguiente. El modo en que comía le revolvía ya el estómago: sorbía, mascaba ruidosamente, eructaba, se relamía, y la miraba fijamente para soltarle la próxima crueldad según cualquier gesto suyo.

Fue igual esta vez. Al terminar, Luis soltó una risotada burlona.

¡Mírale la cara! Menuda gracia. ¿Qué veía yo en ti cuando te pedí matrimonio? Hasta mi culo es más bonito que tu jeta.

Clara bufó de rabia y Luis soltó una carcajada aguda y desagradable.

Hazme reír… La vaca haciendo de ratón peleón. ¡Vaya fiera!

Vete a dormir le dijo ella, crispada.

¿Qué murmuras? preguntó él, con desdén. Miró la furia de Clara, se levantó rascándose la panza.

Oye, cuando termines con los platos, hazme un masaje. Estoy reventado.

Clara se mordió los labios.

Un masaje…

Odiaba esa palabra desde que, borracho, Luis solía acordarse de que tenía problemas de piernas de pequeño y, como excusa, se lo exigía cada vez más. Si se negaba, gritaba y amenazaba. Clara, que no había conocido esto en su familia, siempre cedía, deseando evitar la bronca: ya solo quería paz. Así él se fue asegurando su servidumbre, sobre todo desde que nació el niño. Clara no podía consentir que Bruno oyera las peleas, así que cedía con resignación.

La madre de Luis, doña Filomena, jamás quiso a Clara. Decía que era una pésima ama de casa, esposa y madre; que había pasado por todas las camas de Salamanca de dónde sacara esos datos, nunca se supo, pero sentenciaba:

Por no escucharme, pues ahora aguanta a tu santurrona. Ya verás cómo te pone los cuernos hasta la plaza mayor.

A Clara también la hartaban las juergas de Luis. Él consideraba sagrado emborracharse cada viernes, y el resto daba igual. Ella era la criada invisible encargada de servir y atender la casa. Luis presumía ante amigos y conocidos:

Así es como se elige mujer, con cabeza. Que te monte un banquete con una patata, y que nunca rechiste. A la mía la he educado tan bien que me trae la luna si se la pido. Porque yo soy lo más importante que le ha pasado. Sin mí, sería nadie, y eso ¡lo sabe de sobra!

Clara fingía una mueca de sonrisa y nada más. A Luis le daba igual. Si se le iba la mano, a veces los invitados trataban de frenarle, hasta que la vergüenza podía con todos.

A veces Clara se preguntaba cuánto más iba a durar así. Quería desahogarse, pero nunca lo hizo. Pensaba que debió haberlo imaginado antes de casarse. Ahora solo le quedaba una paciencia absurda, pero ¿para qué?

Una noche, Luis llegó arrastrándose a casa, borracho perdido. Nada más entrar, la emprendió con su mujer, acusándola de cualquier cosa: desidia, suciedad, deslealtad… Clara callaba, esperando que él se cansara pronto y se desplomase en la cama. Pero aquella noche estaba especialmente agresivo. De pronto, entró en la habitación de Bruno, lo cogió en brazos y se encaminó al balcón.

¡Si no me dices la verdad de quién es, lo tiro ahora mismo! su mirada enloquecida heló a Clara. Casi se desmayó, pero temblaba aún más por su hijo.

Estaba a tres metros de ellos; del espalda de Luis al balcón quedaba apenas un paso. Sin pensárselo, Clara agarró una pelota de goma, la que solía usar para los pies, y se la lanzó con todas sus fuerzas a la frente de su marido. El golpe fue directo: Luis rodó los ojos y, medio ido, cayó al suelo. Clara no tardó ni un segundo en arrebatar el niño de las manos de Luis y, tras alejarlo, miró furiosa al marido que no entendía nada. Medio grogui, Luis murmuró:

¿Pero qué ha sido eso? ¿Clara… has sido tú?

Sí escupió la mujer, enfurecida, y alzó un rodillo de amasar. ¿De verdad pensabas tirar a nuestro hijo? ¡Contesta, desgraciado! ¡O te parto las piernas!

Luis se asustó de muerte. Pensaba: ¿cómo puede ser? ¿Clara?… Pero sus piernas ni respondían y solo atinó a retroceder. ¡Cálmate, mujer, que vas a asustar al niño! Es nuestro hijo, nuestro único pequeño… ¡No lo hagas! chilló cuando Clara amagó el golpe.

Salió disparado a la escalera, descalzo y dando voces.

¡Socorro, que me matan!

Clara salió tras él al descansillo, pero viéndolo huir como alma que lleva el diablo, solo dijo:

Corre, cobarde…

Volviendo junto a Bruno, lo abrazó y le murmuró con ternura:

No temas, mi vida… Nadie te hará daño. No pienso dejar que nadie te toque…

Clara no comprendía del todo el cambio que se había producido en ella. Durante años había soportado los insultos de su marido hacia ella y luego hacia Bruno. Lloraba por las noches, pero nadie sospechaba nada. Por las mañanas era la de siempre.

Si Luis caía en la autocompasión, se metía en la bebida días enteros. Entonces arrasaba con todo el alcohol, cerveza, anís, whisky… Lo tenía escondido en una reserva especial. Empezaba con un par de botellas, luego atacaba la nevera, y llamaba a todo Madrid para invitar a la casa hasta que venía la policía y lo echaba todo abajo.

A veces los vecinos terminaban intercediendo, lo que Luis luego descargaba contra Clara, acusándola de no defenderlo ni proteger su reputación. En esos momentos, los pensamientos de Clara iban directo a su hijo, lo que solo conseguía enfurecer más a Luis, que la insultaba y le soltaba una sarta de vilezas.

¡Has tenido un niño flojo que no se parece a mí para nada! ¿Por qué es tan enclenque? ¡Me da náuseas! El hijo del Guille parte caras, el de Fermín igual, hasta la hija de Lola tumba al más pintado… ¿Y el nuestro? Tiembla solo de verme, ¿qué clase de hombre va a ser?

Le asustas, ¿qué quieres que haga? decía Clara, pero Luis solo se crecía. Al final, caía en el sofá, dormía con pesadillas.

Un día se despertó gritando de dolor. Se retorcía, llamando a Clara:

¡Clara, llama ya a un médico, que me muero!

Ella, preocupada, marcó al SAMUR y se sentó junto a él.

Cariño, ¿dónde te duele? ¿Mucho? intentando calmarle. Pero Luis empezó a gritarle.

¡Eres idiota! ¿Te parece normal preguntar eso? ¡Que sí, que me duele mucho! ¡No sabes hacer nada bien!

Se revolcaba en el suelo, cuando llamaron a la puerta. Un médico mayor, con bata y maletín, entró. Al olerle el aliento a Luis, frunció sutilmente el ceño.

¿Cuándo empezaron los dolores? ¿Qué ha comido, bebido? ¿Ha tomado algo? preguntó.

Sabiendo que nada, el médico asintió:

Bien hecho, nadie debe automedicarse. Y usted, querido amigo, deje de meterse tanta copita y tanta morcilla. Está usted destrozando hígado, estómago y páncreas. Un día tendrá usted un susto mayor. Si encima come y bebe como un bárbaro… Lo va a lamentar.

¿Por qué yo? susurró Luis. Es ella quien cocina así…

No le obliga nadie a beber bromeó el médico. Y cocinar, pues porque de otra manera, no tendría ni paz ni cabeza.

Luis se indignó.

Si mi mujer valiera para algo, no necesitaría beber. Es por la pena, doctor. Usted no lo entiende.

Ni quiero entenderlo respondió frío el médico mientras preparaba la vía. Ahora le pongo un gotero y verá qué bien. Si quiere vivir, deje esos atracones y no eche la culpa a su esposa.

Luis comprendió que el médico no iba a soportar que le contara más. Terminó la sesión y la pagó de nuevo con Clara.

¿Dónde has encontrado a ese gruñón? ¿Ha venido a curarme o a echarme la charla? ¿Es alguno de tus exs, acaso? ¿Ahora te lías con viejos?

Basta ya, por favor suplicó Carla. ¿Oyes lo que dices? No lo conocía de nada.

Al día siguiente, Clara tuvo que llamar otra vez. Esta vez fueron problemas de corazón. Luis, asustado, fantaseó:

Si me muero, seguro que esta zorra baila en mi tumba… No, Luis Blanco, no puedes permitirlo, ¡Tienes que demostrarle quién manda aquí! Las mujeres, a mi lado, ¡y que agachen la cabeza!

Así se animó y pronto volvió a lo de siempre. Bruno procuraba no cruzarse ni por asomo con el padre, y Clara se preguntaba cuándo habían comenzado sus propias mentiras.

¡No necesita a nadie! Solo quiere bebida y comida, y a ser posible, una banda de amigotes. No quiere nada, solo vapulearme a mí y al pobre Bruno. ¿Dónde está la salida, Señor? ¿Por qué fui tan ciega? ¿Por qué creí que un hijo lo cambiaría? ¡Si es aún peor!

Recordó también todas las veces que había ido corriendo al hospital de desintoxicación porque Luis la necesitaba a su lado, vociferando como loco.

¿Y Bruno con quién lo dejo? sollozaba Clara. Tu madre no se hace cargo de él, y cuando lo ve, lo castiga por todo. ¿Por qué, si puede saberse?

¡Calla, bruja, no hables así de mi madre! Ella es una santa y merece un monumento. Ni el polvo de sus zapatos vales, ¿me oyes?

Ajá respondió ella, indiferente. A Luis no le gustó ese tono.

¿Qué has entendido? Repite gruñó él, y Clara, ausente, recitó:

Tu madre, una santa, merece un monumento, y yo no valgo nada. Ya me lo sé.

Luis frunció el ceño; sospechaba una burla, pero su mujer no lo mostraba.

«Vaya usted a saber con las mujeres», pensó, decidiendo cambiar de humor.

Yo hago todo esto por ti y por el crío dijo conciliador. Si respetaras más a mi madre y a mí, si fueras lista, vivirías como una reina. Yo quiero que mi hijo sea un hombre. Mira, mi padre me tenía firme hasta los veinte, y aquí estoy. Bruno también; si no pasa por esto, nunca será un hombre. Y tú, todo el día con mimos.

Es pequeño dijo ella, y la cara de Luis se torció.

¡Pues entonces hazle de mujer directamente! escupió él, cerrando de golpe la puerta tras de sí.

Pensaba que Clara lo perseguiría para pedirle perdón, pero al mirar por la ventana la vio salir a la calle, secándose las lágrimas. Sintió punzadas de remordimiento.

Cualquier madre sufriría por su hijo admitió. Mi madre tampoco lo habría permitido jamás…

Pero disculparse le parecía humillante. ¿Importaba si su mujer se enfadaba?

«Ya se le pasará, como a las perras», pensó, bebiéndose de un trago una Mahou que le trajo un enfermo de la planta.

Tras la historia del pelotazo a la frente, algo cambió en Clara. Cuando Luis, ya sobrio, volvió a casa como si nada, ella lo recibió con el rodillo en la mano. Su mirada era gélida.

Déjame entrar, ya se me ha pasado. ¿Hay cena?farfulló él, rascándose la oreja.

Sí, claro Clara, ceñuda, replicó. Un par de hostias, una ristra de cinturones y, de postre, el rodillo.

¿Cómo? ¿Te has vuelto loca? ¿Tan válida te crees ahora? Ahora te demuestro quién manda. ¡Firma la paz y abre!

Atrévete ella agarró el rodillo y se apostó en la puerta. Sé usar esto y te mando fuera de órbita.

¿Pero qué teatrillo es este? protestó Luis, pero en el fondo estaba temblando.

Sí, es que me volví loca cuando vi lo que ibas a hacerle a mi hijo dijo Clara, con una mirada que asustó aún más a Luis. Ahora solo entras para coger tus cosas y te largas. Que no vuelva a verte por aquí.

Luis quiso alegar que tenía derecho a descansar, pero ante el rodillo, entró a recoger un par de maletas que Clara ya tenía listas. Tras el breve aviso, lo puso en la calle.

Luis se fue en taxi al barrio de Chamberí, rumiando que en algún sitio cometió un fallo grave. Él, que siempre creyó que con miedo y amenazas, Clara acabaría suplicándole, se vio de golpe con un chichón en la frente. Con la gorra calada, observaba la ciudad ténue desde la ventanilla.

«Aquí estoy», pensó, al ver el edificio de la madre, con su puerta azul.

El piso de doña Filomena era antiguo, casi en ruinas. Ella no quería vender, soñando con una oferta de oro por sus cincuenta metros cuadrados. Había rechazado propuestas porque exigía cien metros cuadrados y reforma a todo lujo.

¡Menuda caradura! murmuraban las vecinas, por su cuchitril quiere un palacio… ¡No tiene morro ni nada!

Filomena también había intentado rehacer su vida sentimental sin éxito; su fama como gruñona la precedía y nadie se atrevía. Ella culpaba de ello a Clara:

Nunca me fio de las calladitas. No merece a mi Luisito. Ojalá la deje.

Como si lo invocara, tocó a la puerta su hijo, con sus maletas.

¿Qué ha pasado ahora? ¿Te has ido de casa? preguntó Filomena.

No, me ha echado ella.

¿Cómo se atreve? respiró hondo su madre. Ya te dije que las mujeres hay que tenerlas firmes mostrándole el puño.

Luis sonrió de medio lado.

Siempre te hice caso, y mira cómo acabo. Si no te molesta, me voy a duchar y a dormir.

Pasó rozándole; Filomena notó el tufo a alcohol y chilló:

¿Cómo vienes así a mi casa? Apestas a vino, ¡menudo ejemplo!

Así ha sido replicó sarcástico, pero tú siempre dijiste que podía beber cuando y cuanto quisiera.

Filomena mordió su lengua. Eso se lo había dicho solo para fastidiar a Clara, no para que su hijo lo usara de coartada. Ahora, el crío pegado a ella iba a trastornarle la rutina; tendría que cocinar más, con carne. Había olvidado ya lo que era guisar prefería pedir comida a domicilio, pero tener a Luis allí lo cambiaba todo.

Nunca se negaba nada, aunque repetía hasta la saciedad que había sacrificado la vida por su único hijo. Nadie podía rebatirla pero Clara tampoco quería discutir. Así que sonrió dulcemente:

¿Cómo una madre va a echar a su hijo? Ponte cómodo, ya sabes dónde está todo. Yo caliento un poco de té.

Luis tardó media hora en el baño; su madre sufría por la factura del agua.

Madre e hijo acabaron tomando té pasada la medianoche. Luis hurgó en la nevera y bufó:

¿No hay nada mejor que unas patatas frías? protestó, mostrando el tupper con tiras resecas.

¿Cómo iba yo a saber que tu novia te echaría a estas horas? respondió helada. ¿Qué ha pasado?

Luis, que podía mentir a quien fuera menos a su madre, le contó la verdad: cómo quiso asustar a Clara, cómo ella lo tumbó de un pelotazo y luego le esperó con el rodillo para echarlo.

¿Se ha vuelto loca? exclamó Filomena. Nunca me lo habría imaginado; siempre tan calladita…

Eso pensaba yo suspiró Luis, y de pronto rompió a llorar. ¿Para qué valgo, madre? Nadie me comprende, todos me dan la espalda… Nadie me aprecia de verdad.

Filomena lo calló, obligándose a no echarlo de casa. Por dentro, entendía a Clara mejor de lo que confesaba. ¿Quién aguanta esa tortura diaria? Nadie. Conocía demasiado bien el carácter vasco de su hijo.

Es igualito que yo: cabezón, listo, luchador.

Omitía que Luis había heredado también lo peor: quejica, exagerado, mentiroso por interés. Pronto, Clara avisó de que quería divorciarse. Filomena se sobresaltó un divorcio les saldría carísimo…

Vivamos separados simplemente suplicó Luis, que durante años le había prometido a Clara destruir su reputación si se iba. No tomes una decisión precipitada, dame otra oportunidad.

Clara accedió, pero con condiciones: Luis podría ver a Bruno solo en días y horas determinadas, sin asediarla por WhatsApp ni redes sociales. Luis cumplió, y durante semanas fue impecable. Hasta Bruno comentó:

Es una pena que no estemos juntos. Papá ha cambiado, es bueno ahora…

Clara quiso creerlo y le dio una oportunidad. Le avisó: a la primera, se acabaría. Luis aceptó y volvió. La armonía duró poco, hasta que exigió de nuevo su masaje y le insultó al hijo. Ese día, Clara llamó a la policía. Luis gritaba:

¡Cómo puedes! Soy el padre de tu hijo, no puedes hacerme esto.

¿Por qué no? respondió Clara. ¿No eras tú quien decías que Bruno no era tuyo?

La suegra no paraba:

Eso está mal, estás privando al niño de su padre. ¿Qué dirán los vecinos si se enteran de que echaste a tu marido? ¿Te crees que, divorciada y con un niño, le vas a interesar a alguien? Lo que hay que tener es mano izquierda y mucha picardía, hija.

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Ya estoy harto…
¿Y qué más da si es mío o no? Eso aún está por ver… ¡Olé! ¡Papá ha venido! ¡Papá, papá! ¿A que no nos dejas aquí? ¡Papá, no nos abandones! ¡La abuela Carmen ha dicho que, si no nos llevas contigo, nos manda al orfanato! Ella ya es mayor, no podrá quedarse con nosotros, ¡solo nos quedas tú! Prometemos portarnos bien, comemos poquísimo, ¡con unas patatas vamos tirando! Solo llévanos contigo, ¡no nos dejes en ese sitio! —Soltaba Irene, con sus 9 añitos, palabras tan serias que ni parecían de niña, tan mayores que Iván, hombre hecho y derecho, tragó saliva para contener las lágrimas y tuvo que girarse un instante. Apretando a su hija contra el pecho, hundiendo la nariz en su cabecita —ese olor tan tierno y familiar de infancia— Iván sintió otra vez que él también tenía ganas de llorar, de buscar el regazo de una madre, desahogarse y pedir consejo, apoyo… Inspiró hondo el perfume de su pequeña, cerró un segundo los ojos y, al abrirlos, se topó de golpe con la mirada de su hijo: madura, inquisitiva, como de adulto. —Miguel, ¿qué haces ahí escondido? ¡Ven con papá! —Iván sonrió a la fuerza. El niño dudaba, mirándolo de arriba abajo, hasta que se atrevió a acercarse, primero temeroso, luego corriendo, secándose las lágrimas. —Papá, no me dejes, de verdad que te quiero muchísimo… La abuela Carmen dice que no soy tuyo, que a mí no me quieres, que te vas a llevar solo a Irene y a mí me dejarás aquí. Pero yo no la creo, tú no me abandonarás, ¿verdad? —¡Miguel, bobo! ¿Cómo que no eres de papá? ¡Claro que sí! Tienes su apellido, hasta las orejas son iguales. ¿Cómo va a dejarte si eres suyo? Nos vamos los tres juntos a casa de la tía Lucía, ¡ya verás qué maja! —Sí, pero la abuela Carmen dice que Lucía es una bruja, que por su culpa papá dejó a mamá, ¡que nos dejó a todos! Que es mala, que le hechizó… —¡Calla, Miguel! No se le dice eso a papá —le riñe Irene en un susurro que retumba en el silencio. Iván los abraza. “Mis niños… ¿Me podréis perdonar? ¿Entenderéis algún día? ¿Seré capaz de entenderme yo mismo?… Menos mal que Lucía me hizo entrar en razón, me ayudó a ver el buen camino…” —¡Qué va, chiquillo! Si Lucía es un hada. Dulce y buena. Ya verás tú mismo. La abuela Carmen masculla en el portal. Iván anima a los niños a irse preparando, que en breve vuelven a casa. Los críos corren adentro, y al pasar le sacan la lengua a la abuela: “¿Ves? ¡Ha venido papá y tú decías…!” Carmen levanta la mano a Miguel, pero se contiene al ver la mirada de Iván. —¿Apareces ahora? Yo ya pensaba que no venías, que tendría que dejaros en el hogar de niños. Ya no puedo más con ellos, solo pueden acabar en el orfanato… ¿Tú te los llevas a los dos? Bueno, vale, Irene es tuya, pero el pequeño… ¿Para qué quieres ese crío ajeno? Que se lo quede el Estado. —Abuela, los dos son mis hijos, mis niños. —Ay, Iván, siempre tan blando… La niña sí, es sangre, pero el otro… Ya lo dije yo, ese niño no es tuyo, pero tu madre te mandó callar… Ahora la verdad ya ha salido, ya no es culpa mía. Llévate a Irene y ese… ese niñato, mejor que lo deje el Estado. —La abuela mía decía: “Aunque el becerro no dé la misma leche, el ternero, nuestro es”. Seis años criándolo, amándolo, ¿y ahora lo dejo? —Ojalá no te arrepientas después… Que estas cosas, a los niños les duelen el doble… —He pensado mucho ya, abuela, decisión tomada. ¡Gracias por todo! *** —Pero Iván, ¿qué ha cambiado para ti? ¿Ahora vas a creer los cotilleos? Aunque ese niño no sea tuyo, ¿vas a rechazarlo así? ¡Le has dado seis años de tu vida y de pronto lo quieres borrar solo por comentarios ajenos? —le reprocha Lucía, acariciándose el vientre apenas redondeado. —No son cotilleos, Lucía. Lo sospechaba y Polina lo confirmó. —¡Eres idiota, Iván! Como si bastara que la vida le quite a su madre, ¿ahora también su padre lo deja? Otros aceptan hijos de cualquier parte y tú, ¿renuncias al tuyo? ¿Jugamos a “Es mío, no es mío”? Menuda pena. ¿Y si algún día dudas de este bebé también, Iván? —Lucía, contigo no tengo dudas, pero con el niño… —¿Con el niño qué? Si le tratabas como tu sangre, dabas besos y cariño, ¿y ahora de golpe todo se acaba? Qué amor más extraño tienes: hoy sí, mañana ya veremos… —Solo quiero hacerme una prueba, Lucía, para saberlo seguro y no atormentarme… —Pues hazla también conmigo, y con Irene y con el bebé. Si es por pruebas, hagámoslo con todos. Pero si te los llevas, te los llevas a los dos… Y si dudas, no te lleves a ninguno. Iván le daba vueltas a las palabras de Lucía… ¿Qué hacer cuando hasta la abuela confirma que el niño es del vecino? Nadie quiere criar a un hijo ajeno… pero seis años… ¡Y qué amor tuvo con Polina! Se casaron y enseguida nació Irene. El trabajo en el pueblo escasea, así que tuvo que aceptar turnos fuera, tres meses lejos, luego uno en casa… Al principio notaba la ilusión del reencuentro, luego todo fue enfriándose… Luego, tras marcharse un turno, Polina le dijo que estaba embarazada y pronto nacería Miguel. Ya entonces le asaltó la duda por la piel oscura y el rizo, ¡si ellos eran rubios! Pero la ahuyentó. Hasta que, regresando por sorpresa de un viaje, encontró a Polina en la cama con el vecino y los niños con la abuela… Polina al final le gritó que “Miguel no es tuyo”… Pero Iván solo escuchó el silencio. Divorcio, pensión… y siguió queriendo a los niños como suyos. Eso sí, en el pueblo siempre algún rumor. Polina con el vecino, los críos con la bisabuela Carmen… Polina huérfana, padre geólogo desaparecido, madre igual… y ahora los niños, otra vez huérfanos de padre y madre, pero vivos ambos. Hasta el accidente de moto de Polina y su pareja, borrachos, que les costó la vida. La abuela Carmen se lo dejó claro en el funeral: “Miguel, no es tuyo”. Iván estuvo a punto de dejar solo a Miguel: “De Irene me haré cargo, el pequeño que lo críe el Estado.” Pero Lucía no se lo permitió. ¿Y qué más da, mío o no? Solo si alguien necesita demostrarlo, que lo haga. Delante de la ley Miguel es mi hijo. “Como decía mi abuela: aunque el becerro no sea nuestro, el ternero sí.” ¡Y qué buen hijo me ha salido! Tierno, sensible… Ahora incluso se lleva bien con Lucía, acaricia su barriga, conversa con su futura hermana, e Irene a veces se pone celosa. El corazón de mamá Lucía es grande y da para todos. Y aunque la gente hable, Lucía sabe callar bocas. Mejor que cuiden sus propios secretos… Y así, Iván y Lucía crían juntos a los niños. Iván ya nunca vuelve a decir que Miguel no es suyo. Puede que a veces lo piense, pero su amor es más grande. Al fin y al cabo, a veces el “ajeno” acaba siendo más propio que el propio, así es la vida.