Diario de Lucía, martes
Aún puedo ver a mi abuela, Carmen Eugenia, entrando en mi habitación con esa energía suya tan característica, tan de otra época. El dobladillo de su bata casera ondeaba tras ella, como si tuviese prisa por zarpar de un puerto imaginario. Se detuvo en seco frente a la puerta, manos en jarra, mirándome con esa mezcla de disgusto y decepción tan suya. Yo estaba sentada ante el escritorio, intentando concentrarme en la pantalla del ordenador por encima del rumor de fondo de su enfado.
¿Pero tú no ves que no tienes tiempo para estar ahí sentada? Su voz cortó el aire, dura y seca como la corteza del pan de pueblo. En media hora empieza la clase en el conservatorio, ¡y tú aquí perdiendo el tiempo!
Levanté la mirada con desgana. Me quemaban los ojos y, aunque intenté contestar lo más tranquila posible, la voz me tembló:
Abuela, hoy no me encuentro bien. Ya he avisado que hoy no iré.
Por un segundo no supo si tomárselo en serio. Cerró aún más la boca, los ojos se le encendieron como brasas. Me miró de arriba abajo, resolló fuerte y soltó una ristra de reproches a la velocidad de un AVE.
¿Quién te ha dado permiso para decidir? Si yo digo que vas, vas y punto. ¡Y encima mala! Pero para estar con el ordenador sí que estás siempre a punto, ¿no?
Apreté el borde del escritorio con los dedos. Sabía muy bien lo que significaba el conservatorio para Carmen Eugenia: esfuerzo, disciplina, orden. Para ella no era sólo una extraescolar, sino el pilar que debía regir mi vida. Pero este martes, de verdad, me dolía el estómago, la cabeza me daba vueltas y me sentía mareada.
Respiré hondo, intentando buscar fuerzas, y logré decir con voz baja pero firme:
Estoy terminando un trabajo de historia. Es para mañana.
Durante unos segundos se hizo un silencio incómodo. Yo sólo quería que me creyera, que por una vez se preocupase por cómo me siento. O mejor aún, que preguntase por mi salud y se ofreciera a llevarme al médico.
Pero no. Carmen Eugenia avanzó rauda, sin decir palabra, y extendió el brazo para apagar el ordenador de un manotazo. La pantalla se quedó negra de golpe. Adiós al trabajo de dos horas, al texto que llevaba escribiendo letra a letra, buscando referencias en libros de historia Todo se borró en un chasquido.
¡No he guardado nada! ¡Llevo dos horas escribiendo! Sentí la rabia en mi voz, a punto de llorar de impotencia.
Me miró con esa indiferencia suya, tan suya, y sólo repitió:
Vístete. Ahora mismo.
Estuve a punto de contestar, pero mordí la lengua. Sabía que era inútil discutir. Carmen Eugenia siempre se salía con la suya. Su vida, desde que recuerdo, es una cadena de normas severas, exigencias y reproches. Notaba la rabia crecerme por dentro, mezclada con esa tristeza sorda a la que me tiene tan acostumbrada.
Y volvió con lo de siempre, con esa amargura que le quedó prendida a cada palabra:
¡Eres igual que tu madre! Siempre pendiente de una pantalla. ¿Dónde está ahora, eh?
Negó con la cabeza, como si espantara un mal recuerdo. La historia de mamá nunca fue fácil para ella. Mi madre se llamaba Amalia, y para Carmen Eugenia, fue un error de cálculo: creyó que sería suficiente con dar ejemplo y disciplina pero Amalia nunca quiso ese tipo de futuro. Y al final, la vida hizo el resto y me dejó a mí sola con mi abuela.
Para Carmen Eugenia sólo cuenta una cosa: disciplina. Desde que quedó viuda y mi madre era pequeña, trabajó en una oficina, mañana y tarde. No había tiempo para paseos, ni para tardes de cuentos, ni meriendas tranquilas; sólo trabajo y orden. Y mi madre bueno, lo suyo era la informática, los ordenadores y el diseño. De pequeña en el cole la llamaban la chica invisible; en el instituto, decían que vivía a su aire, medio en las nubes. Pero nunca encajó en los planes de Carmen Eugenia.
Cuando, a los dieciocho, Amalia le anunció que se casaba, Carmen Eugenia casi explotó. Mi padre, Gonzalo, era mecánico y quería abrir un taller. No era ingeniero ni abogado ni tenía grandes ambiciones, y eso, para mi abuela, fue poco menos que una tragedia.
¡Vas a tirar tu vida! le gritó. No es el hombre para ti.
Pero mamá contestó tranquila:
Yo le quiero. No necesito nada más.
Poco después, dejó la universidad otra puñalada para Carmen Eugenia, que se había dejado la piel para conseguirle una plaza y empezó a trabajar en una pequeña empresa de diseño web. El sueldo era mínimo, pero Amalia era feliz creando cosas, programando.
Para Carmen Eugenia, aquello era el fracaso absoluto. Y ahora, se prometió que conmigo no lo permitiría. No le bastó perder a su hija; conmigo tendría éxito: bailarina, disciplinada, ordenada. Nada de sueños inútiles ni horas delante del ordenador.
Me puse de pie de golpe, los ojos encendidos. Odiaba que mi abuela hablase así de mamá. Para mí, ella era todo lo contrario de lo que decían de ella: una mujer fuerte, valiente, capaz de reinventarse mil veces.
¡Mi madre era una gran programadora! solté, casi gritando. Llevaba su propio proyecto, la admiraban. Podría haber hecho mucho más.
Parecía que por fin todo lo que callé durante años se escapaba a borbotones. Quería que alguien comprendiera que Amalia no era una fracasada, sino un referente.
¡Y no fue culpa suya! continué, apretando los puños. Fue un accidente, un conductor que perdió el control del taxi. Sólo fue mala suerte.
El silencio llenó la habitación. Carmen Eugenia, rígida junto a la ventana, me miró fría:
Si me hubiera hecho caso, habría elegido mejor. Un hombre de su nivel, una vida tranquila en casa Nada de todo esto habría pasado.
Cada vez que decía esas cosas, me sentía más hundida. Para ella todo era culpa de mi madre por no elegir bien, por no seguir el camino correcto. Pero para mí, la felicidad de mi madre era otra: su trabajo, sus amigos, sus ideas. No quería quedarse en casa, quería crecer, crear, vivir.
Levantó la barbilla, restando importancia a mis palabras.
La felicidad es estabilidad. Saber que mañana será como hoy. Familia, hogar, una base segura. Todas esas medallas y diplomas señaló el estante donde guardamos los premios de mamá. Todo eso, vacío. Y tu padre, otro desastre más
Empujé el asiento con rabia y el ruido resonó en la habitación. No podía escucharla más:
¡Mi padre es estupendo! Y cuando vuelva, me iré a vivir con él.
En el fondo no sé si lo digo para convencerla a ella o a mí misma. Me aferro a la idea de mi padre, su voz serena, sus abrazos, la libertad de compartir sueños sin que nadie decida por mí.
No quería seguir escuchándola. Fui corriendo al armario, los ojos llenos de lágrimas. Quería marcharme de esa casa, no oír nunca más sus órdenes.
Solo faltan tres meses de contrato, sólo tres meses pensé mientras me ponía la chaqueta. Si no fuese porque mi abuela insistió en que era mejor quedarme aquí para acabar el curso
Hace poco oí a mi abuela y a mi padre discutiendo en la cocina, creyendo que yo no les oía: Déjala que termine el colegio, no la marees con cambios, decía Carmen Eugenia. Otra decisión tomada por mí, pero sin mí.
Miraba satisfecha cómo corría yo de un lado a otro, apresurando la preparación. Ella parecía contenta; yo, nuevamente, había cedido. Su tono de voz era autoritario, casi una orden velada:
Voy a pedirle a nuestro vecino que te acerque. No quiero más excusas; vístete deprisa.
Solo asentí, sin mirarla. Solo pensaba en que, en la academia, al menos podría abstraerme un rato. Allí, entre música y ensayos, todo pesa menos.
***
Atravesé la puerta de la academia de danza, la luz cálida me deslumbró un segundo. Carmen, la profesora, ordenaba las barras para el calentamiento y me miró en cuanto entré. Su expresión cambió en un instante.
Lucía, hija, tienes muy mala cara. ¿Te pasa algo?
Bajé los hombros, agotada. Ni fuerzas para fingir. Suspiré:
Me duele el estómago.
¿Desde cuándo? Carmen se acercó, poniéndome la mano en el hombro como si así pudiera consolarme.
Desde ayer contesté casi en un hilo de voz.
Su ceño se frunció. Sabía de sobra cómo era mi abuela: dura como el granito, convencida de que todo se cura con fuerza de voluntad.
¿Se lo has dicho a tu abuela? preguntó, aunque su inquietud ya era evidente.
Levanté la cabeza y, imitando la voz de mi abuela, respondí con sorna:
¡Pamplinas! ¡Lo que pasa es que no tienes ganas de esforzarte!
Carmen cambió el tono al instante. Ya no hablaba como amiga, su voz era la de alguien que toma decisiones serias.
Esto no es una broma dijo rotunda. Vamos al médico, no me gusta nada esto. Puede ser apendicitis, ¿te duele mucho?
Me toqué el vientre, doblegada por las punzadas. No quería asustar, pero me sentía cada vez peor. Apenas logré articular un sí y que me daban náuseas.
Carmen no dudó. Sacó el móvil de su bolsillo.
Voy a llamar al 112. Es mejor hacerlo ya.
La vi teclear lo que para mí fue un minuto eterno. Enseguida se encargó de avisar a los servicios médicos, explicar el caso. Me sentó en un banco junto a la pared, pasándome su chaqueta para que no me enfriara.
Siéntate aquí. Te quedarás mejor en cuanto te vea un médico, ¿vale?
Quise protestar, pero el miedo podía más que las palabras. El sudor y el frío se mezclaban en mis manos. Carmen se sentó a mi lado, sujetándome la mano. Hablaba con voz baja, sosegada. Me calmó más de lo que imaginaba.
Se oía de fondo la música de la otra sala, el rumor de pasos sobre el parqué. Yo sólo sentía su mano cálida y el ronroneo lejano de las ambulancias en la calle.
Cuando las luces de la ambulancia se reflejaron en las ventanas, Carmen me sonrió y me apretó los dedos.
Ya llegan. Todo irá bien, ya verás.
***
Desperté con el sonido de un monitor junto a mi cama. Me costó abrir los ojos. El sol caía blanquecino sobre las cortinas y, por la ventana, se veían los tejados de Madrid y las copas de los castaños. Olía a sábanas limpias y desinfectante.
Empezaron a volverme los recuerdos: Carmen llamando a la ambulancia, los sanitarios preguntándome cosas, el pinchazo del calmante y luego el sueño. Ahora todo era blanco y limpio, casi irreal.
La puerta sonó y vi a mi padre, Gonzalo, entrando decidido, la mirada seria y el ceño fruncido, pero con una ternura que sólo reconozco en él. Tras él, Carmen Eugenia, tiesa como el palo de una escoba, mirando de reojo, mascullando algo inaudible.
Me llevo a mi hija conmigo dijo mi padre enseguida, ni un titubeo. En cuanto los médicos den el alta, nos marchamos. Estará mucho mejor en casa.
Carmen Eugenia bufó, cruzando los brazos:
¿Qué le vas a dar tú? Si siempre estás trabajando. Se pasará el día en la calle o pegada al ordenador, igual que su madre.
A mi padre se le tensaron las manos, luchó por mantener la calma. Con todo lo que había pasado, no quería montar un numerito en la planta de pediatría. Pero se le notaba la rabia en cada palabra:
Por lo menos estará sana. ¡La has tenido a punto de ingresarla!
Respiró hondo antes de continuar. Ya no se trataba de discutir, pero necesitaba que le quedase claro:
¿Alguna vez le has preguntado en qué es feliz? ¿Qué le gusta de verdad? Lucía no es una prolongación de tus sueños.
Carmen Eugenia ni se inmutó, alzó la barbilla más aún.
Toda niña debe saber bailar. Da gracia y educación. Y saber de música, para tener conversación. Pero claro, tú no entiendes de eso
Lanzó su palabra como un cuchillo, como siempre. Para ella, mi padre nunca fue el adecuado.
Amalia, hija, qué error cometiste trayendo a este hombre a nuestra familia añadió, mordaz.
Gonzalo ya no titubeó. No contestó a sus provocaciones, solo se acercó a la cama y me miró.
Ya no pertenecemos a tu familia. Me llevo a Lucía. Viviremos juntos.
Lo dijo con una paz que me caló hondo. Miró a mi abuela de forma tan firme que ella retrocedió un paso.
Si intentas impedirlo, te arrepentirás.
Ella se quedó sin palabras. La vi marcharse, apretando el bolso como quien pierde lo poco que le queda.
Tú lo lamentarás soltó al salir.
Yo sólo quería abrazar a mi padre. Era la primera vez, desde hacía mucho, que sentía esperanza.
***
Abuela Carmen salió del hospital pisando fuerte sobre el asfalto de la avenida. El aire del Prado le agitaba la gabardina y, aunque el viento podría haberle desbaratado el peinado, ella mantuvo la cabeza alta, digna.
¡Allá ellos! Pensaba, apretando la asa del bolso. No saben lo que están rechazando.
Rumiaba todavía, por dentro hervía. Las escenas de la discusión pasaban una y otra vez ante sus ojos. Gonzalo, tan terco como siempre, proclamando su victoria. Yo asintiendo encabezando una traición. Carmen Eugenia, ni con todo lo que entregó, podía conseguir que le dieran las gracias.
Doy todo, y así me pagan se lamentaba, amargada.
Se detuvo junto a una parada de la EMT, respiró hondo, sacó un espejito, se miró, se retocó los labios rojos. El gesto la serenó.
Intento fallido, pero esto no ha acabado concluyó.
Empezó a planear su próxima jugada: pensó en la Residencia de menores de la calle Goya. Allí, seguramente encontraría a alguna niña deseosa de alguien que la guíe, deseosa de bailar, de aprender piano, de ser una señorita según el viejo manual de urbanidad.
Quizá alguna de aquellas niñas aproveche mi ayuda, agradecida, sin despreciar todo lo que puedo ofrecer se convencía.
Caminó ya más despacio, ajustando la bufanda. El viento tiró una hoja de plátano de sombra a sus pies. Ella alzó la vista, dispuesta a continuar la marcha. La idea de encontrar otra niña que moldear le devolvía la energía.
Y así, convencida de que fallar una vez no significa rendirse, se alejó entre el bullicio de Madrid, segura de que la segunda oportunidad aún estaba por venir.







