Estaba sentado en la pequeña cafetería del barrio esperando a mi amiga María, cuando el camarero dejó delante de mí un bolso de mujer que nunca había visto y me dijo que mi marido se lo había olvidado allí ayer.

Estaba sentada en una diminuta cafetería del barrio Chamberí, esperando a mi amiga Lucía, cuando el camarero depositó delante de mí un bolso de mano que jamás en mi vida había visto, y afirmó con voz tranquila que lo había olvidado allí ayer mi marido.
Me quedé paralizada, la taza de café en el aire, mientras preguntas absurdas danzaban en mi cabeza como hojas en la plaza Mayor en otoño. El camarero hablaba como quien cuenta que va a llover, pero dentro de mí caía una tormenta.
Mi marido, Fernando, se suponía que llevaba tres días en Valencia por trabajo.
¿Está seguro de que era él? murmuré, casi sin voz.
Sí asintió con la serenidad de Cervantes. Ayer por la tarde. Vino con una señora, se sentaron justo aquí.
El bolso era pequeño, sofisticado, plateado, de esos que se llevan sólo para cenar en la Gran Vía. Lo toqué con una delicadeza casi religiosa, temiendo que me quemara los dedos.
Dijo que lo dejase aquí, por si regresaba su esposa añadió el camarero, observando la lluvia tras la cristalera.
Sentí el corazón retumbar en mis costillas, enmudeciendo todo a mi alrededor por unos segundos. Yo no le había dicho a Fernando que vendría a esta cafetería.
Abrí el bolso: un pintalabios, un espejito diminuto, una pulsera de oro finísima. Nada de eso era mío.
En ese instante Lucía cruzó la puerta y supe que notaba el extraño temblor en mi mirada.
¿Qué ocurre? me susurró.
Le mostré el bolso.
Se puso tan pálida como una catedral de Toledo en la niebla.
Esto pinta muy mal susurró.
Le conté lo que el camarero me había dicho. Lucía echaba vistazos a la puerta, como si esperase que irrumpiera Don Quijote con una lanza.
Quizá tenga una explicación intentó decir, pero se notaba que ni ella se convencía.
Entonces sonó mi móvil.
Fernando.
¿Cómo estás, cariño? dijo con naturalidad. La reunión se ha alargado, vuelvo mañana.
Contemplé el bolso reluciendo bajo la luz difusa.
¿Estás seguro de que no estás en Madrid? pregunté.
Claro respondió, riendo, como si nada. ¿Por qué?
No me dio tiempo a responder. La puerta se abrió y el tiempo se detuvo.
Era Fernando.
No estaba solo.
A su lado, una mujer de unos cincuenta años, impecable, dueña de cualquier ambiente, avanzaba como si los sueños se tejiesen bajo sus tacones.
No me habían visto.
Lucía apretó mi mano bajo la mesa.
¿Es él? susurró.
Asentí.
Fernando se sentó en la mesa contigua. La mujer posó su mano sobre la de él con esa firmeza que sólo tienen los que bailan siempre con ventaja.
Sentí mi estómago encogerse, como si se tragara a sí mismo.
No puede ser murmuré.
Lucía me observaba con la intensidad de alguien que acaba de ver un cuadro de Dalí cobrar vida.
¿Vas a hacer algo? musitó.
Ya me estaba levantando.
Caminé hasta la otra mesa.
Hola, Fernando dije con una tranquilidad irreal.
Él alzó la cabeza y su rostro se deformó en una mueca de pura incredulidad.
¿Isabel?
La mujer me miró de arriba abajo, lenta y elegante.
¿Os conocéis? preguntó, como quien descifra un jeroglífico.
Dejé el bolso sobre la mesa como quien entrega una ofrenda.
¿Es tuyo? le pregunté.
Ella lo miró, asintió con serenidad.
Sí.
Fernando estaba tan blanco como el azahar de Sevilla.
Isabel, puedo
Pero la mujer lo interrumpió recogiendo el bolso con dignidad.
Así que tú eres la esposa dijo sin apenas mover los labios.
Fernando sólo bajó la cabeza.
Entonces la mujer me miró.
Soy la dueña de la empresa donde trabaja tu marido anunció con frío sosiego. Hoy mismo lo he despedido.
Fernando la miraba con terror.
Por favor, no lo hagas…
Se hizo pasar por soltero continuó ella. Y derrochó fondos de la empresa para impresionarme.
El silencio se posó sobre la cafetería como un manto viejo. Hasta la máquina de café parecía escuchar.
Ella se levantó.
Gracias por devolverme el bolso me dijo, mirándome desde la cima de alguna torre invisible.
Luego volvió los ojos a Fernando.
Creo que tu mujer merece saber la verdad.
Y salió caminando hacia una Puerta del Sol surrealista que parecía abrirse sólo para ella.
Fernando se quedó allí, derrotado; ni trabajo, ni mentiras, ni más excusas.
Lucía se acercó y me abrazó el brazo.
¿Le vas a perdonar? musitó.
Lo miré.
Por primera vez en años, no sentí nada.
Solo una calma extraña, como el rumor del mar una noche de verbena.
Pero aún hoy me pregunto
¿Me equivoqué al marcharme y dejarle allí bajo esa luz de ensueño?

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Estaba sentado en la pequeña cafetería del barrio esperando a mi amiga María, cuando el camarero dejó delante de mí un bolso de mujer que nunca había visto y me dijo que mi marido se lo había olvidado allí ayer.
Llevábamos solo ocho días juntos cuando todo esto ocurrió: soy mecánico y trabajo solo; aquel día era su cumpleaños, la fiesta era a las siete en su casa y, aunque sabía que iba justo de tiempo, le prometí que llegaría puntual. Terminando de cerrar el taller apareció un cliente con un problema grave en su coche y, aunque dudé, acepté el trabajo porque no podía dejarlo a medias; me retrasé más de lo previsto y a las 18:30 aún no había terminado, así que tuve que decidir entre llegar tarde pero arreglado o ir directo tal cual y estar puntual. Decidí ir directo, me limpié lo que pude, me cambié de camisa, aunque seguía con ropa de trabajo y llegué justo a las siete; la felicité por su cumpleaños y no dijo nada, pero poco después me llamó aparte y, molesta, me reprochó haber ido así, diciendo que era una falta de respeto y que habría preferido no verme antes que llegar de esa forma; intenté explicarle todo, pero dijo que con ese aspecto la había hecho quedar mal y que el aspecto es importante para ella. La discusión fue subiendo de tono y me fui poco después; por la noche me escribió que debía reflexionar y, al día siguiente, rompió conmigo por no ser compatibles. No volví a buscarla, porque entendí que si no valoraba mi esfuerzo por cumplir mi promesa y prefería la apariencia al gesto sincero, tampoco yo quería seguir. ¿Creéis que hice bien al no insistir?