Trigo sarraceno en vez de trufa
Me encontré junto a la vitrocerámica, observando cómo en la cazuela se deshacía, lenta e irrevocablemente, aquello en lo que había invertido dos horas de mi existencia. La salsa de nata y trufa que debía acompañar el arroz meloso con boletus se suponía sedosa y homogénea, casi vibrante de vida. Pero se había cortado. La mantequilla flotaba, mientras el fondo denso se convertía en un conglomerado.
Bajé el fuego y volví al método clásico: añadir mantequilla fría a cubitos, despacio, haciendo movimientos circulares. Las manos sabían por sí solas lo que hacer. Afuera, la noche caía sobre el barrio de Salamanca, las farolas ya encendidas y los coches susurrando sobre Príncipe de Vergara. Una tarde corriente de octubre en Madrid.
Clara, ¿te falta mucho? No he comido nada desde las dos.
Gabriel apareció en el umbral. Siempre estaba así, sin cruzar la frontera invisible de la cocina, las manos en los bolsillos, esa expresión en la cara que en veintitrés años juntos nunca había logrado descifrar. No era impaciencia. Era otra cosa.
Veinte minutos contesté, sin mirarle. La salsa está algo rebelde.
Veinte minutos. Ya.
Se fue. Oí cómo se arrojaba en el sofá del salón, cómo puso la televisión a todo volumen y después bajó el sonido casi por completo. Era otro de sus mensajes. Todos los conocía.
La salsa terminó saliendo. No perfecta, pero casi. El arroz tenía ese punto meloso tan difícil de lograr. Serví los platos y los adorné con finas láminas de trufa negra que había comprado en el Mercado de Chamberí, gastando en un trozo de hongo lo que antes bastaba para dos almuerzos con mi amiga Lucía en un café decente.
Llevé todo a la mesa. Encendí las velas, no por romanticismo, sino porque la luz de las velas hace que la comida luzca mejor. Y yo también. Disimula los pliegues de cansancio en los ojos.
Gabriel se sentó, cogió el tenedor y se quedó mirando el plato.
Miró mucho rato.
¿Arroz de nuevo? dijo al fin.
Me pediste algo con setas.
Pedí algo con setas, sí, pero no necesariamente arroz. El arroz meloso que tomé la semana pasada en casa de César lo hace un chef de verdad. Era otra cosa.
Me senté enfrente. Cogí mi tenedor.
Prueba primero.
Probó, masticando despacio, evaluando.
El arroz está un poco pasado.
El arroz está en su punto. Al dente, como debe ser.
Según tú, claro. Perfecto.
Comimos en silencio. Yo miraba las velas. Él miraba el plato, con esa expresión que aún no sabía nombrar. Afuera, Madrid seguía zumbando ajena a este arroz.
La salsa es muy grasienta añadió cuando casi había terminado su plato.
No contesté.
¿Y preguntas por qué lo digo? Porque soy sincero. Si quieres evolucionar como cocinera, no basta con darte palmaditas.
No te lo he preguntado dije.
Pues deberías.
Después se fue a ver el fútbol y yo recogí los platos, fregué la cazuela, rasqué los restos de la salsa. Aquella salsa de trufa, tan cara como un buen perfume y que rehíce tres veces para lograr la textura justa, aprendida de un manual francés comprado en un cursillo de cocina por ciento treinta euros. Que llevé en un táper especial cruzando el centro para que no se arruinara.
Grasienta.
Apoyé las manos sobre el borde del fregadero observando el remolino del agua colándose por el desagüe. Me sequé las manos, apagué la luz y fui al dormitorio.
Era una tarde cualquiera.
***
El sábado, Carmen vino a casa a las tres. Siempre llamaba cuarenta minutos antes, suficiente para reordenar el salón y preparar algo de merendar. Mi suegra era de esas personas que notan el caos, pero nunca lo dicen, solo dejan que la mirada vuele por el alfeizar.
Tenía setenta y ocho. Pequeña, enjuta y con la espalda recta de quien nunca se permitió encorvar. Desde que perdió a su marido, vivía sola en su piso de Chamberí y no cedía a las súplicas de Gabriel para mudarse. Yo nunca la animé. Ambas lo sabíamos, pero jamás lo dijimos en voz alta.
Ese sábado venía más pálida de lo habitual. Lo vi al abrir la puerta.
Pase, Carmen. He preparado bizcocho de nueces.
Gracias, Clara. ¿Está Gabriel?
Ha ido a ver a César. Volverá a la noche.
Asintió y pasó directamente a la cocina, insólito en ella. Carmen amaba nuestro salón, siempre se acomodaba en el sillón junto a la ventana.
Serví té y repartí el bizcocho. Nos sentamos una frente a la otra.
¿Cómo se encuentra? pregunté.
Bien, solo la tensión un poco alta. Nada grave.
Cogió un trocito de bizcocho y mordió una esquinita.
Está muy rico dijo. Y sonó tan sencillo y cálido que me apretó la garganta.
Guardamos silencio. Carmen bebía el té a tragos diminutos y miraba los árboles desnudos temblando contra el ventanal, octubre a punto de diluirlos.
Clara, quiero preguntarte algo dijo al fin. ¿Te vas a enfadar?
Intentaré no hacerlo.
Me sostuvo la mirada.
¿Recuerdas que eras diseñadora?
No me esperaba esa pregunta.
Claro.
¿Eras buena diseñadora, verdad?
Eso decían.
Yo sé que sí. Vi tus proyectos. ¿Te acuerdas de aquel piso en la calle Jorge Juan? Una familia de médicos, estuve de visita una vez. Era precioso. Pensé: aquí está una persona que sabe mirar los espacios.
La miré incrédula.
¿Por qué me dice esto, Carmen?
Dejó la taza despacio, como quien toda la vida ha hecho las cosas con mesura, para no hacer ruido nunca.
Porque me da vergüenza dijo suavemente.
No supe qué responder. Carmen jamás usaba ese lenguaje. Ella, de una generación callada.
Debería habértelo dicho antes. Quizá hace diez años, cuando dejaste el trabajo. Pensé que no era asunto mío. Que a lo mejor lo deseabas así. Que quizá debía ser así.
Miró sus manos de dedos largos, uñas cuidadas a pesar de la edad.
A Gabriel no le gusta la comida sofisticada.
Creí no haber oído bien.
¿Cómo?
Nunca le gustó. Desde joven. Tiene el estómago delicado, Clara. El médico le dijo hace treinta años: comida sencilla, nada de experimentos; caldos, pucheros, carne cocida. Su plato favorito de siempre es trigo sarraceno con croquetas. Croqueta y trigo sarraceno con mantequilla. Podría comerlo cada día.
Se hizo un silencio espeso, solo el runrún remoto del frigorífico.
Entonces, ¿por qué… empecé, y mi voz sonó extraña, ajena.
¿Por qué pedía foie y trufas y criticaba la textura de la salsa? terminó ella. Sí.
Carmen levantó la vista. En sus ojos algo se había encallado, algo tan viejo que daba frío. No ira. Ni pena siquiera. Algo más antiguo.
Porque le gusta el proceso. Le gusta verte esforzarte. Verte corriendo. Gastando dinero, tiempo, energía, y luego esperas su palabra. Le gusta decirte que no es suficiente. Eso le da sentir superioridad.
Puse mi taza sobre la mesa.
¿Sabe lo que está diciendo?
Lo sé. Lo he pensado mucho antes de hablar hoy. Lo sé.
Ha callado diez años.
He callado treinta y ocho, Clara. Desde que Manolo empezó a hacerme lo mismo.
Manolo. Manuel Serrano, su marido, padre de Gabriel. No llegué a conocerlo demasiado, murió un año después de casarme. Lo recordaba como un hombre grande, educado en sociedad.
Le gustaba la buena mesa dijo, y en la palabra quedó envuelto un veneno antiguo. Yo también cocinaba. También me esforzaba. Y siempre oía: esto está seco, aquello muy graso. Pero un día le vi devorando trigo sarraceno y croquetas en casa de su madre, como quien por fin está en casa. Tres platos. Con pan. Sin una crítica. Comiendo y sonriendo. Feliz.
Yo escuchaba. Fuera, lloviznaba.
Entonces lo entendí. Pero no me fui. Eran otros tiempos, y no me fui. Gabriel creció viendo que así se maneja uno al otro. Vio que sirve para someter. Y aprendió a usarlo.
¿Lo hace a propósito…? No era una pregunta ya.
No creo que cada noche piense: voy a humillar a mi mujer. Nadie lo hace así. Simplemente viven como aprendieron. Como se sintieron importantes. A costa de otro.
Me levanté, sin saber adónde ir. Solo era imposible seguir sentada. Me asomé a la ventana. Llovía sobre la Castelló, la gente apresurada y gris.
Diez años.
Diez años de cursos y libros, de vídeos, de intercambios con cocineros en foros. De mercados buscando ingredientes únicos. De maridar vinos. De soñar en mitad de la noche con la clave de una salsa.
Creí que era una vocación nueva. Ahora veía que, dentro de él, solo comía trigo sarraceno.
¿Por qué me lo dice ahora? pregunté sin girarme.
Porque soy vieja dijo Carmen, simple. Y tú eres joven todavía. Tienes cincuenta y dos y parece un comienzo, no un final.
Me volví. Ella me miraba sin piedad, que era justo lo necesario.
Y porque tengo culpa. No adrede. Pero lo eduqué así. No le enseñé otra forma. Así he vivido yo, como si fuera normal. Es mi culpa. Al menos puedo contarte la verdad.
Volví a la mesa. Bebí el té, ya frío.
Él no cambiará añadió ella. No te digo qué hacer. Pero que lo sepas.
Terminamos el té. Luego se abrigó, le ayudé con los botones porque empieza a fallarle la mano.
El bizcocho, muy rico dijo en el recibidor.
Gracias.
Sencillo. Casero. El más rico que me has hecho nunca.
Se fue. Cerré, y permanecí largo rato en el recibidor mirando los abrigos de Gabriel.
***
Las dos semanas siguientes cociné igual que siempre. Como un mecanismo. Hice terrina de pato, suquet de bogavante que fui a comprar adrede, un postre japonés aprendido en primavera. Gabriel comía, criticaba. Yo escuchaba, callada.
Pero algo dentro de mí se había congelado. Entre él y yo, como una capa de cristal. Me veía desde fuera: removiendo ralladura de limón, el azafrán, llevando el plato a la mesa y esperando. Viéndole agarrar el tenedor y mirando su cara justo antes de decir nada.
Y entonces vi eso que antes no veía.
Disfrute.
No del comer. Del instante de poder. Del inminente juicio. Esa expresión fugaz, casi de chiquillo que va a estirar el hilo de un títere.
Recordaba mis proyectos de diseño: cómo entraba en un espacio y lo veía entero, nada más pisar. Cómo leía en los clientes sus verdaderos deseos, no solo lo que decían. La alegría cuando al final entraban y se callaban.
Tuve un despacho propio en la calle Luchana, compartido con otros dos diseñadores. Tomábamos mal café en tazas desportilladas y discutíamos sobre colores hasta la medianoche.
Gabriel decía que eso era inmaduro, que había que elegir: familia o carrerita. Que él ganaba bien y yo no necesitaba trabajar. Que sus nervios valían más. Que alguien debía estar en casa.
Elegí la familia. Tenía cuarenta y dos. Pensé que algún día volvería.
Pasaron diez años.
Cogí el móvil y escribí a Teresa Gómez. Excompañera, ahora con su propio estudio. La felicitaba en ocasiones; no más.
“Teresa, hola. Llevo tiempo queriendo verte. ¿Te apetece tomar algo?”
Respondió media hora después.
“¡Clara! Encantada. ¿Mañana puedes?”
***
Tomamos café en la Plaza de Santa Ana. Teresa apenas había cambiado, solo el pelo más corto y algunas mechitas de plata, que le sentaban genial.
¿Cómo estás? me dijo.
Fatal, pero bien me reí.
Rió también.
De verdad, te ves cansada pero contenta.
Pedimos café. Yo no sabía empezar. Miraba la calle.
Teresa, ¿tienes trabajo para mí? Me refiero, de verdad.
Me miró fijamente.
¿En serio?
Muy en serio.
Pero llevas diez años sin trabajar.
Ya, pero no lo he olvidado. Creo que no.
Se quedó pensando.
Ahora mismo tengo tres proyectos. Uno grande, una casa en Pozuelo, me vendría bien alguien. Pero te advierto: serás una becaria al principio. No por torpeza, sino porque los programas cambiaron, los clientes cambiaron. ¿Lo asumes?
Sí.
¿Cuánto quieres ganar?
Lo que tú digas al principio.
Teresa me escrutó, buscó algo dentro de mí.
Vale. Pásate el lunes, lo vemos.
Fui el lunes. Los siguientes veinte días llegué a las nueve y me fui a las siete. Aprendí programas nuevos, recordé lo antiguo; cometía errores tontos y a veces me daba rabia, pero la pericia volvía, como si el cuerpo supiese nadar aun cuando la mente duda.
En casa, empecé a hacer trigo sarraceno.
La primera vez fue sin querer. Llegué tardísimo, agotada, y solo pensaba en meterme en la cama. Miré en la nevera: productos comprados para algún plato complejo y olvidados. Cerré la nevera. En la despensa, trigo sarraceno. Una lata de carne en conserva y mantequilla.
Cocí el trigo, mezclé con la carne y la mantequilla. Serví el plato. Llamé a Gabriel.
Miró el plato con desconcierto.
¿Esto qué es?
Trigo sarraceno con carne.
Veo que es trigo. ¿Estás bien?
Estoy cansada. Mañana cocino otra cosa.
Comió sin un comentario. Sin juicio. Hasta el final.
Yo lo miraba, pensaba en Carmen y la aldea, aquel silencio lleno de pan y mantequilla y pertenencia. Por fin en casa.
Gabriel terminó, se levantó, se fue. Ni bueno, ni malo.
Eso también era una respuesta.
***
La conversación fue al cabo de dos semanas. Volvía del trabajo, subía en el ascensor pensando ideas para el piso de Pozuelo. Abrí la puerta, me descalcé. El televisor zumbaba de fondo.
¿Dónde te metes? Gabriel ni se giró. Son ya las ocho.
En el trabajo.
Otra vez esa Gómez.
Mi trabajo, Gabriel.
Apagó la tele y se volvió.
Clara, no era esto lo pactado.
¿Qué no era?
Que estarás todo el día fuera. Que esta casa, la familia… ¿Qué comemos? La nevera está vacía.
Tienes huevos, patatas y chorizo. Hazte algo.
Me miró como si hablara otro idioma.
¿Te ríes de mí?
No, te informo de lo que hay.
¿Y tus trufas dónde están? ¿Y esas salsas? ¿Recuerdas que sabías cocinar?
Coloqué la bolsa sobre una silla. Me quité el abrigo. Lo colgué.
Gabriel, hablemos tranquilos. ¿Puedes?
¿De qué?
De nosotros. De lo que ha sido esta casa los últimos años.
Se tensó. Vi cómo los hombros se encogían, la mirada tornándose en cuchilla.
¿Qué ha pasado? Yo trabajo, tú en casa.
Ya no estoy en casa. Ni volveré a estarlo.
Ya está. Decidido. Sin hablar.
Estoy hablando ahora.
Se puso en pie, miró la ventana, volvió.
Clara, no sé qué te pasa. Antes eras normal. Teníamos una familia normal. Tú cocinabas, yo juzgaba. Era nuestro mundo.
Tu mundo, Gabriel. El tuyo.
Otra vez, seguro que fue mi madre. Lo sabía.
Le miré, ese hombre con quien compartí veintitrés años. En el piso de sus padres, donde nunca sentí hogar. Aquí todo era suyo: techos altos, paredes, muebles preexistentes. No reformé nunca nada, aunque sabía cómo hacerlo. Era diseñadora.
Tu madre me ha dicho la verdad. Solo eso.
¿Qué verdad, Clara, de qué hablas? ¿Que es una vieja con ganas de montar dramas?
Que te gusta la comida sencilla. Que siempre preferiste trigo sarraceno y croqueta.
Pausa.
Una vieja, pequeñísima pausa, pero real.
Idioteces dijo.
Lo comiste sin rechistar hace dos semanas.
¡Porque tenía hambre!
Gabriel, ya… Para. Un momento.
Se detuvo.
No quiero pelear dije. Quiero hablar de verdad. Preguntarte: ¿estás dispuesto a algo diferente? ¿A vivir no como estos diez años?
Algo parpadeó en sus ojos. Casi real.
¿Diferente cómo?
Como iguales. Ambos trabajamos. La comida no es campo de batalla. Nos decimos las cosas sin juegos.
Silencio.
Yo no te humillé nunca dijo al fin bajo. Solo decía lo que pensaba. Soy sincero.
Gabriel.
¿Qué?
Eres sincero pero fingías que no te gustaba el trigo, mientras yo gastaba en trufas.
Silencio.
Eso no fue justo añadí. Sin odio. Solo como hecho.
No dijo nada más. Entró en el dormitorio y cerró la puerta sin ruido.
Fui a la cocina. Hice patatas fritas. Comí sola en la mesa. Me quedé mucho rato con el té, escuchando sus idas y venidas por el cuarto.
***
Los meses siguientes fueron puro deshielo. Sin drama, sin lágrimas de película. Solo, poco a poco, se deshacía un trozo más de lo que nos contenía.
Gabriel lo intentó.
Primero, el resentimiento. Caminó días enteros como si lo hubiesen herido de muerte, esperando que me acercara. No lo hice. Cociné comida sencilla: sopa, croquetas, patatas. Limpiaba, trabajaba, volvía.
Luego fue cariñoso. Un día trajo flores, tulipanes de noviembre, de los que venden en la bocacalle. Dijo que me extrañaba, que hacía mucho no salíamos, que fuésemos a un restaurante. Fui. Estuvo simpático, hizo preguntas de mi trabajo, bromeó. Estuvo bien. Pensé: quizá algo cambia.
Hasta que, al día siguiente, preguntó por qué no preparé nada especial para los amigos en el fin de semana. Lo dijo como siempre, sin consciencia.
Haré pasta y ensalada le contesté.
¿Pasta?
Sí.
¿En serio?
Por supuesto.
Y vi su cara. Esa expresión fugaz. Todavía no se daba cuenta de que yo ya lo veía.
Después vinieron las discusiones. Con gritos, vueltas, listas de todo lo que me había dado: casa, dinero, la oportunidad de ser cocinera. Como inversiones no reembolsadas.
Invertiste le aclaré una de esas veces, tranquila. Pero yo no soy una fábrica de beneficios. Soy persona. Las inversiones en personas no funcionan así.
Él no lo entendió. Bien, o no quiso.
Carmen me llamaba cada semana. Breve, sin molestar. Me daba ánimo a su modo.
¿Está molesto conmigo?
Un poco.
Pues que lo esté. Es su derecho. Pero que sepas: ahora yo estoy de tu parte. Por primera vez en mi vida.
La entendía.
En diciembre, Teresa me confió mi primer proyecto propio: un piso pequeño en Malasaña, para una pareja joven. Tenía que idear la propuesta y gestionarla. No dormí varias noches. No por ignorancia, sino por miedo a haber olvidado cómo hacerlo bien.
No había olvidado.
La clienta, de treinta años, al ver el piso terminado, se quedó parada en el umbral treinta segundos y me dijo:
Eres maga.
Ese era el nombre de esa sensación.
***
En febrero supe que Gabriel y yo no íbamos a salir de esto. No porque yo no quisiera. Daba oportunidades, hablaba, no huía, no llamé a abogados aunque sí leía reportajes sobre relaciones tóxicas en el móvil, reconociendo detalles. Me quedé e intenté construir algo nuevo.
Pero él no quería lo nuevo.
Quería recuperar lo anterior. No a mí, sino a la Clara parada en la cocina esperando su dictamen. Él quería un espejo que le hiciera grande.
¿Cómo saber si tu marido es manipulador? Así: cuando descubres que le importa más tu espera que tu felicidad; que sin tu expectativa pierde su lugar.
Gabriel era buen tipo en muchos aspectos: no bebía, no pegaba, era fiel según sabía. A su manera, supongo que amó.
Pero vivir a su lado era imposible. No por el daño constante, sino porque te encoges, invisibilizas, olvidas quien fuiste.
Pedí el divorcio en marzo.
Al principio no lo creyó. Luego intentó convencerme. Después vino la rabia, luego volvió a intentarlo. Carmen habló con él un día. No sé qué le dijo, pero después algo en él se vació. No cedió: solo se volvió frío.
El piso era suyo. Yo lo supe desde el principio. Me mudé con mi amiga Lucía un trimestre, hasta que encontré un apartamento pequeño en Lavapiés. Dos habitaciones, mirador a una calle antigua de Madrid humilde, pero vibrante.
Reformé la casa yo misma. Nada grande, pero elegí cada detalle con un gozo infantil. Y descubrí que sí, siempre supe lo que quería. Solo que nunca me lo pregunté.
***
Ha pasado un año.
Estamos en abril. Tengo cincuenta y tres. Fuera de mi ventana en Lavapiés florecen árboles de pequeñas flores blancas cuyo nombre ignoro, pero los miro cada mañana mientras el café gorgotea en la cafetera italiana.
Café sencillo, buen grano, sin rituales.
Teresa me hizo socia en enero. Ahora llevamos cuatro proyectos, dos a mi cargo. Vuelvo a dormir bien. A veces despierto con la cabeza llena de ideas para un piso, y es agradable: es trabajo, no ansiedad.
Carmen llama cada semana. Hace poco fui a verla a Chamberí, llevé una tarta. Hablamos largo, sin prisa. Me habló de Manuel, de esos años de silencio. Yo pensaba en cómo una vida infeliz enseña a la siguiente a ser igual, hasta que alguien dice basta.
Carmen no pudo pararlo. Pero me ha ayudado a mí. Y eso cuenta.
Gabriel sigue en ese piso. A veces nos escribimos por cosas pendientes. Indagué que se ha apuntado a cursos de cocina. ¿Será verdad? Quizá sí. A veces la gente cambia, cuando ya no hay a quién someter.
Ya no pienso mucho en él. A veces sí. A ratos, en el supermercado, veo una trufa negra en un bote y por un segundo noto algo extraño, no tristeza ni risa. Algo medio. Diez años no se quitan de un plumazo.
Pero procuro no quedarse ahí.
A Andrés le conocí en septiembre. Vino como cliente, quería reformar su vivienda tras quedarse viudo. Su esposa falleció de cáncer, rápido. Era un piso antiguo, lleno de fotos suyas. Me dijo: no quite las fotos, solo quiero luz, aire.
Lo entendí.
Tiene cincuenta y cuatro. Ingeniero de caminos. Lo pensé a menudo: él hace puentes, yo espacios. Hay algo ahí.
Es sereno. No callado, calmado. Habla y mira a los ojos, se ríe de verdad. No pretende ser más de lo que es.
A la segunda cita me preguntó si podía invitarme a un café.
Salimos el primer día. Y otra vez, y otra. Me invitó al cine; vimos una película francesa, reímos mucho. Y pensé cuán fácil era todo junto a alguien verdaderamente vivo.
Llevamos algunos meses. Sin prisa. Los dos sabemos.
Viene los viernes a casa.
***
Hoy es viernes.
Vuelvo a las seis, deshago tiendas. He comprado muslos de pollo, patatas, cebolla, zanahorias, eneldo. Nata.
Un buen pastel de pollo y verdura se cuece así: patatas, pollo, cebolla, zanahoria, nata al horno, después eneldo.
Lo hago cuando quiero comida de hogar. No de chef. De hogar.
Mientras se hornea, me cambio y la casa se inunda de ese aroma: cebolla dorada, pollo, un poco de ajo. El olor de la infancia en la casa de mi abuela. Lo olvidé veinte años.
A las siete el portero suena.
Abro la puerta. Andrés entra con una bolsa. Encima, una botella de vino.
Hola me dice.
Hola. ¿A qué huele?
Aspira.
A algo bueno. ¿Papas?
Pastel al horno. Una hora aún.
Perfecto dice sonriendo, colgando la chaqueta. He traído vino. Y rebusca… esto.
De la bolsa saca una cajita de bombones sencillos, chocolate con nueces, los típicos del supermercado.
Sé que te gustan con nueces dice.
Cojo la caja.
¿Cómo lo sabes?
Lo mencionaste en septiembre, pasábamos delante de una confitería.
Me quedo con la caja en la mano, sintiendo algo dulce y grande.
Te acuerdas de esas cosas.
Lo intento dice sin pomposidad.
Vamos a la cocina. Abro el horno, husmeo el pastel. Un poco más. Él abre el vino, nos sirve. Se sienta.
¿Cómo va el proyecto de la Gran Vía? pregunta.
El cliente es complicado. Quiere todo, y barato.
Normal.
Sí. Pero seguro saldrá bien. Hay que aprovechar esos techos de cinco metros.
Asiente, observando cómo revuelvo una salsa.
Clara dice.
¿Sí?
¿Eres feliz? Ahora mismo. No en general, ahora.
Le miro. Habla serio, sin disfraz.
Ahora mismo… busqué dentro. Sí. Ahora, sí.
Bien dice. No añade más.
El pastel está listo. Lo saco, espero cinco minutos, pico eneldo, espolvoreo. Llevamos a la mesa. Sin velas, solo la luz del flexo.
Andrés mira el plato.
Bonito dice.
Solo es pastel de pollo.
Pero huele y se ve bien. ¿No puedes hacerlo mal?
Me río.
Nunca lo intenté.
Comemos. Repite, solo extiende su plato. Le sirvo. Charlamos: su trabajo, su hija, mis ideas para el verano cambiar de aire, sin destino. Sugiere Finlandia, por la calma.
Luego el té. Y bombones de la caja sencilla.
Afuera, Madrid respira abril, olor a asfalto mojado y a flores. Los árboles blancos menearon las copas.
Pensé: esto es. No una fiesta. No un acontecimiento. Solo una noche. Solo un hombre vivo y cálido, y comida de infancia, y ni una espera de juicio.
A veces pienso en aquellos años. Las trufas, el bogavante, las salsas arruinadas. La energía que quemé para oír: grasienta. Me da pena. De mí, del tiempo. Pero quedarse en la pena también es un lujo, y de los caros.
Leí una vez sobre la autoestima de la mujer, como si fuera una cosa fija como la altura o los ojos. No. Es una arquitectura que se conquista y se destruye. A veces nace de nuevo, a los cincuenta y dos, en un estudio compartido, cuando te peleas con los programas pero no te vas. Te quedas. Y vuelves a ver el espacio.
Las fronteras personales, esa palabra tan de moda. No soy de modas, pero ahora sí lo entiendo. Saber dónde terminas tú y empieza el otro. No es un muro; es un saber: aquí estoy. Y esto es mío.
La receta de la felicidad es sencilla. Hacer lo que sabes. Estar con los que te ven. Cocinar lo que te pide el alma. No esperar la palabra.
¿En qué piensas? pregunta Andrés.
Le miro, el rostro sereno, el té entre las manos.
En el pastel digo.
Ríe.
Buen asunto para pensar.
El mejor le sigo. ¿Te sirvo más té?
Sí, por favor.
Sirvo. Me sirvo. Dejo el hervidor. Miro en la ventana los árboles blancos.
Andrés.
¿Sí?
Tú nunca dirás que está demasiado salado, ¿verdad?
Me mira.
No estaba salado. Era perfecto.
Y si un día lo hago salado, ¿qué harías?
Lo piensa.
Diría “la próxima vez, menos sal”, y comería igual.
Asiento.
Buen plan.
Lo intento dice él, coge el último bombón. ¿Me dejas el último?
Todo tuyo.
Fuera, las ramas temblaban y Madrid murmuraba constante, como la respiración de algo inmenso al que no le importan los platos o las salsas, ni las trufas ni el trigo sarraceno, ni los años perdidos ni recuperados. La ciudad solo vivía. Yo también. El té ardía aún en mi taza, el aroma del horno seguía en la vivienda y en el alféizar una planta nueva, la que compré la semana pasada porque me gustó el color de sus hojas.
Me gustó el color.
La compré.
Así es como vivo ahora.







