Recuerdo como si fuera ayer el primer instante en que vi pe Inés. Supe al instante que me había enamorado. La belleza y el encanto de Inés ejercieron sobre mí un hechizo al que no pude resistirme. Me consideré afortunado de tener a mi lado a una mujer tan lista, guapa y de una pureza inigualable, por eso no tardé ni un momento en pedirle matrimonio.
Al poco tiempo decidimos irnos a vivir juntos, y Inés fue clara desde el principio: no le gustaban las tareas del hogar. Prefería enfocarse en su carrera profesional y quería que repartiéramos las obligaciones domésticas por igual. Yo, que entonces veía ese acuerdo como lógico y justo, acepté sin reparos, sin imaginar aún lo que nos aguardaba en el porvenir.
Entre ambos nos dividimos las tareas, e Inés me aseguró que podía afrontar sin dificultad tanto el trabajo fuera como dentro de casa. Decidí confiar en su criterio y no insistí más.
Medio año transcurrió y empecé a darme cuenta de que las cosas no estaban evolucionando como habíamos planeado. La faceta profesional de Inés no se desenvolvía tal y como ella esperaba. Trabajaba sólo a media jornada en una empresa poco conocida, con un salario irregular y horarios cambiantes. Además, gastaba lo que ganaba en sus propios caprichos. Mientras tanto, yo trabajaba de sol a sol, sin descanso. No obstante, a Inés le bastaba recordar nuestra división de tareas para omitir convenientemente las que a ella correspondían.
Al principio, cumplía con su parte; poco a poco, sin embargo, fue perdiendo entusiasmo. La casa empezó a desordenarse, con montones de ropa sin planchar por todas partes. Me sorprendió cuando me echó la culpa, afirmando que debía ayudarla aún más. Aquella actitud me dolió hondamente. Era una carga intolerable compaginar trabajo y el cuidado completo del hogar, sobre todo cuando nuestro acuerdo inicial era de compartir las responsabilidades justamente.
Pensé que, tras el nacimiento de nuestro hijo, las cosas mejorarían, imaginando que Inés aprovecharía la baja de maternidad para cuidar de nuestra familia y del hogar. Pero, por desgracia, no fue así; la situación empeoró aún más. A veces me asaltan pensamientos de que estaríamos mejor separados. Las discusiones se han convertido en una presencia constante en nuestra vida.
Intento entender la posición de mi esposa y ponerme en su lugar, pero no puedo evitar sentir que mis propias necesidades quedan relegadas. Compagino las obligaciones del despacho, el trajín doméstico y las mil gestiones de la casa, deseando sólo poder descansar un poco.
Me cuesta comprender a qué dedica Inés el tiempo durante la baja de maternidad, lo que le impide preparar una cena o recoger el salón. Nuestro pequeño sólo tiene dos meses y pasa la mayor parte del día dormido; creo que en esas horas yo sería capaz de hacer algo en la casa. No puedo dejar de preguntarme cómo nos las veríamos si tuviésemos otro hijo. Soy firme defensor de la igualdad y del apoyo mutuo, aunque parece que para Inés este concepto resulta complicado de asimilar.
No deseo que nuestra familia se rompa, pues amo con locura a nuestro hijo, pero siento que mi paciencia está alcanzando su límite. No sé cómo continuar en esta situación. Después de todo este tiempo me pregunto: ¿de qué lado estarías tú en esta historia?






