La suegra llevaba tiempo esperando que su abuelo falleciera por fin. Soñaba con quedarse con un piso, pero el anciano tenía un plan preparado desde hacía años.

Te voy a contar algo como si hablárăm la terraza de un bar, tú y yo, y que es más de novela que de vida real, pero bueno. Mira, durante diez años yo me encargué de cuidar al abuelo de mi marido, sin parar, literalmente. Vivíamos de alquiler con los niños en un piso pequeño. En ese tiempo, la hermana de mi marido, que se llama Belén ya sabes, uno de esos nombres que solo oyes por aquí, vivía en el piso del abuelo, bien acomodada.

Pocas ganas tenía nadie de hacerse cargo del abuelo: ni la suegra, ni los nietos, ni nadie. Yo, encima, nunca llegué a acabar la universidad porque me quedé embarazada joven y lo de construir una carrera brillante pues nada, ni por asomo.

Te juro que los días eran calcados uno al otro: entre los cuidados del abuelo, andar detrás de los críos así cada jornada. A mi marido le podía la presión de la casa, y muchas veces se perdía por los bares. Pero vamos, tampoco tenía muchas más opciones, porque, con hijos y sin un piso propio ni mujeres le hacían caso. Siempre acababa volviendo. Yo le perdoné, aunque no le tenía ya amor, pero bueno, aguantaba para que pusiera algo de dinero para los niños y para el abuelo.

Belén, la cuñada, apenas aparecía por casa. Y cuando lo hacía era para pedirle la pensión al abuelo o para quejarse de que no le llegaba el dinero Pero luego no les iba nada mal: sin pagar alquiler, hasta viajes a Italia se pegaban esos.

El abuelo, hace cinco años, me dejó el piso en herencia. Te juro que me dijo: Eres más familia para mí que todos los demás juntos. Mi nieto no vale para nada, a saber si acaba dándole la casa a su madre o a su hermana. Mejor que se quede para tus hijos, mis bisnietos. Que sea tu recompensa. Y que no me maldigáis luego porque os pasasteis la vida cuidándome.

Nadie de la familia sabía nada de esto. Cuando el abuelo empezó a empeorar, ahí sí: la hija y la nieta se pusieron a visitarlo de repente, fingiendo preocupación. Pero el abuelo ya sabía por dónde iban los tiros.

Cuando falleció el abuelo, aparecieron todos pidiendo su parte. La suegra y Belén convencieron a mi marido de que firmase para que el piso lo cogiese Belén, que vivía allí. Mi marido aceptó, sin saber del testamento.

Pues al día siguiente, mi marido hace maletas, me dice que tiene otra mujer y que solo estaba conmigo por obligación, por el abuelo. Se fue, y lo que sentí fue un alivio increíble, como si me quitara un saco de piedras de encima.

En cuanto mis queridas cuñada y suegra se enteraron de la herencia, montaron un drama: amenazas, insultos, una guerra. Me decían cosas como:

Oye, ni sueñes con quedarte el piso. No sé qué habrás hecho para engañar al abuelo y que te lo deje a ti, pero no lo vas a conseguir. Eres una aprovechada y te vamos a denunciar. Deja ya en paz a mi hijo, que por fin está feliz con alguien que merece la pena.

Y yo, que me descubrí con más fuerza de la que pensaba, les solté:

¿Sabéis qué? Que ahora me puedo permitir mandaros a freír espárragos mucho tiempo. Así que largaos de una vez.

Sus palabras ni me rozaron. Ahora, por fin, tengo trabajo, los niños y yo tenemos nuestro piso y, lo más importante, ya no tengo que ver a esa familia para nada.

Dime tú, ¿qué habrías hecho tú en mi lugar?

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La suegra llevaba tiempo esperando que su abuelo falleciera por fin. Soñaba con quedarse con un piso, pero el anciano tenía un plan preparado desde hacía años.
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