Vuelve y cuida de mí

Sofía, ¡abre enseguida! ¡Sabemos que estás ahí! ¡Elvira ha visto la luz en la ventana!

Justo en ese momento, Sofía ataba un tallo de eustoma a una estaca de madera. Las manos manchadas de verde por los tallos, el delantal lleno de tierra. Levantó la cabeza y miró la puerta acristalada del taller. Dos figuras al otro lado. Reconoció a una enseguida, incluso con el cristal empañado: hombros cuadrados, pelo teñido de rojo cereza demasiado intenso para ser natural. Carmen Padilla. La suegra. Bueno, la ex suegra.

No tenía prisa. Colocó la eustoma en el cubo de agua, se quitó los guantes, los colgó en la pared sobre el banco de trabajo. Finalmente fue a abrir.

Buenas noches dijo, apartando el cerrojo.

Carmen Padilla entró la primera, sin esperar invitación. Tras ella se coló Elvira, la hermana de Alejandro, ojos rojos de llorar, una bufanda deshecha, torcida, un extremo colgando hacia el suelo.

¡Qué buenas noches ni qué leches, Sofía! ¿Tú crees que tienes juicio? Carmen echó un vistazo reprobador al taller, como buscando algo que cuestionar. Encontró: ¿Aquí olisqueando flores mientras hay quien se muere?

¿Quién se muere? preguntó Sofía con calma.

¡Alejandro! gimió Elvira y enseguida se tapó la boca Alejandro está en el hospital, accidente, la columna.

Sofía las miraba en silencio. Algo se encogió dentro, pero ya no como hacía un año, cuando cada mención de Alejandro le apretaba el corazón. Era distinto ahora, como quien ya se ha quemado una vez y se aleja instintivamente del fuego.

Sentaos dijo, señalando los dos taburetes cerca del banco.

No estamos para sentarnos protestó Carmen, pero aun así se dejó caer pesadamente. Tenía problemas de circulación, recordaba bien Sofía. Venas, tensión.

Elvira seguía de pie, enredando la bufanda entre los dedos.

Contádmelo bien pidió Sofía.

Contaron: alternándose, pisándose, contradiciendo detalles la una a la otra. Tres días antes, Alejandro iba por la carretera, llovía, perdió el control y chocó contra la mediana. El coche para el desguace, él vivo, pero fractura vertebral. Operación hecha, pero los médicos cautos. Puede que camine, puede que no. Hace falta que alguien le cuide. Hace falta alguien de confianza.

¿Y Marta? preguntó Sofía.

Pronunció ese nombre sin rastro de dolor. Hace un año era como una espina. Marta, veintiocho años, comercial, por quien Alejandro se fue de casa tras dieciocho años de matrimonio.

Carmen frunció los labios.

Marta se ha ido.

¿A dónde?

A casa de su madre, a Valencia Elvira apretó la boca, esta vez por rabia Nada más supo que igual no volvía a andar, en tres horas había hecho las maletas. No responde al teléfono.

Silencio, sólo el goteo constante del grifo de la pila, olor a tierra húmeda y a lirios.

¿Y qué esperáis de mí? dijo al fin Sofía.

Carmen se enderezó.

Vivisteis juntos dieciocho años, Sofía. ¡Dieciocho! Tú le conoces mejor que nadie. Sabes cómo tratarle. Te escucha. Ahora le hace falta alguien que…

Carmen interrumpió Sofía, hablas del hombre que se fue con otra. Del que hace un año no encontró sitio para mí en la vida que compartimos casi dos décadas.

No digas eso saltó Elvira. ¡Eso fue en el pasado! ¡Hablamos de una vida!

¿De una vida?

El médico ha dicho que sin un cuidado constante puede acabar muy mal. ¡Úlceras, infecciones! ¡Le han abierto la columna, Sofía! ¡No es una gripe!

Sofía cerró el grifo. Se quedó mirando sus manos. Cincuenta y dos años. Manos que sabían hacer ramos, amasar pan, poner una inyección a su hijo de pequeño, vendarle una herida a Alejandro, hasta arreglar un enchufe y cargar bolsas del mercado. Manos que hacían de todo. Pero nunca se paró a pensar si de verdad quería hacerlo o sólo lo hacía porque es lo que toca.

Se secó las manos, se volvió.

Lo pensaré dijo.

¡No hay tiempo! Carmen se levantó, la voz ya dura, casi amenazante Mientras tú piensas, él está solo. Sin esposa, sin nadie. Elvira está todo el día currando, yo casi no puedo andar. ¡No puedes quedarte aquí entre tus flores fingiendo que no va contigo!

¿Pero sí va? preguntó Sofía, suave.

Nadie contestó.

Detrás del cristal ya era noche cerrada. Octubre, oscurece pronto. Sofía miraba la calle, la farola amarilla, el asfalto mojado, el banco vacío donde a veces los clientes esperaban su ramo en verano.

Historia de la vida, pensaba. No es una película ni novela. Dos personas delante exigiendo que vuelvas a ser quien ya no eres.

Está bien dijo. Iré mañana por la mañana. Veré cómo está. Pero no prometo nada.

Carmen suspiró, Elvira de repente la abrazó, y Sofía se dejó, sin corresponder, simplemente esperando con paciencia.

Luego, sola, Sofía estuvo mucho rato sentada en ese taburete, contemplando sus flores: la eustoma rosa en el cubo, las crisantemos en cajas de madera, las ramitas de physalis. Ese sitio lo había creado con sus manos. Lo alquiló tres meses después de que Alejandro se fuera, reformó ella misma, pintando paredes en gris y blanco, los armarios los colgó el vecino, don Manuel, a cambio de una buena botella de vino. El nombre, Tallo, le hizo gracia primero y luego le pareció idóneo. Buscó proveedores, abrió su perfil en internet, aprendió a hacer fotos que pararan el scroll.

Un año. Un año levantando una vida para sí, descubriendo que vivir para una misma no es egoísmo, es simplemente normal.

Y ahora, esto.

Apagó la luz del banco de trabajo, dejó la lámpara pequeña encendida y se fue.

El hospital quedaba en las afueras, un bloque de los de los setenta, pasillos largos y un olor que reconoció al instante: lejía, comida insípida y ese algo indefinible propio de los hospitales. Preguntó por la planta, una enfermera la miró con curiosidad.

¿Es usted familia?

Fui su mujer contestó Sofía.

Levantó apenas una ceja, luego le indicó el camino.

Alejandro estaba en una sala de cuatro, pero sólo él ocupaba cama. Tapado hasta la cintura, manos sobre el edredón. Más delgado, cara grisácea, ojeras. En la mesilla, vaso con té frío y el móvil.

Al verla, algo se acomodó en su expresión. No alegría, más bien una calma, como si al fin se cumpliera algo inevitable.

Sofía dijo.

Hola contestó ella, posando en la mesilla una bolsa con manzanas y agua. No era por cariño, era porque ir al hospital con las manos vacías está mal visto.

No se sentó en la cama. Cogió la silla junto a la ventana.

¿Te duele? preguntó.

Se lleva. Me dan pastillas. Pausa Has venido.

He venido.

Mamá me llamó. Dijo que fueron a verte.

Sí.

Miró el techo. Volvió a mirarla.

Pensé que no vendrías.

Yo también lo pensé.

Silencio. Llovía fuera. Noviembre adelantando a octubre.

Marta se ha ido dijo Alejandro.

Lo sé.

Así que esto es así. sonrió, torcido Como en las pelis. Uno se acuerda de Dios cuando truena. Pero tarde.

Sofía calló. No iba a dar lástima ni a rematarlo. Sólo miraba a ese hombre con el que había compartido dieciocho años, tenía un hijo, veraneado en la misma casa, discutido y reconciliado, convencida en su día de que eso era la vida.

Sofía y el tono cambió, más suave, ese tono persuasivo que ella reconocía y al que instintivamente se guardaba. He pensado mucho tumbado aquí. Cuando uno no puede levantarse, sólo le queda pensar. Fui un idiota. Lo único real que tuve has sido tú. La casa, la familia… Marta, bueno, tú ya sabes. No te pido perdón, sé que es tarde. Pero eres la persona más cercana que tengo. La única de verdad.

Sofía lo escuchaba de fuera, como si esas palabras fueran una fila bien ordenada: la más cercana, la única, he entendido, fui idiota… todo para que dijera que sí. No por cariño, ni reparación. Por comodidad.

Así son las relaciones tras un divorcio, pensó. Ni épicas ni miserables. Prácticas. Acuden a ti cuando les conviene, cuando no hay nadie más, porque eres fiable, porque sabes.

Alejandro dijo, me alegro de que estés vivo, de que la operación fuera bien. Pero no voy a volver. Ni a cuidarte ni a nada. Estamos divorciados.

Ya, pero…

Déjame terminar.

Calló. Ella siempre había dejado que la interrumpieran. Eso le sorprendió.

Buscaré una cuidadora. Buena y profesional. Yo pagaré el primer mes; imagino que tú ahora no puedes arreglarlo solo. Pero eso es todo. Y otra cosa.

Sacó una carpeta del bolso. Le costó, se había colado tras la cartera y la agenda.

Aquí están los papeles. El reparto aún sin terminar. Tú lo demoras, yo tampoco tenía prisa, no me apetecía otro trámite. Pero te pido que firmes.

Él miró la carpeta.

¿En serio ahora?

Totalmente. Mañana podrías decir que no estabas en condiciones o que fue bajo presión. Prefiero dejarlo claro con médicos de testigos.

Él la miró fijamente. Ella aguantó.

Has cambiado.

Sí.

Antes no podías ser así.

Puede.

Tomó la carpeta, hojeó, Sofía le dio un bolígrafo.

En eso entró el médico: bajo, unos cuarenta y cinco años, bata gris y cara tranquila, cansada de quien trabaja mucho y ya no disimula vitalidades.

Buenas tardes. Mirando a Sofía con curiosidad, cortés.

Soy Sofía.

¿Es usted…?

Fui su esposa otra vez la frase; iba acostumbrándose.

El doctor asintió como si fuera lo más natural y se giró a Alejandro.

Alejandro Fernández, ¿la noche qué tal?

Bien. Dormí.

Perfecto. Hoy subiremos el cabecero a ver qué tal. Vamos viendo, el proceso evoluciona favorablemente, pero aún es pronto para hacer cábalas.

Doctor interrumpió Sofía, ¿le puedo robar un minuto?

Salieron al pasillo. Sofía cerró la puerta.

Quiero organizar una cuidadora. Profesional. Dígame requisitos concretos, experiencia, habilidades y si hace falta comprar equipo extra.

Él la estudió atentamente.

¿No va a cuidarle usted?

No.

Vale… A decir verdad, me parece lo sensato. No se ofenda, pero familiares cuidando por culpa o deber… no suele acabar bien. Los pacientes necesitan calma y constancia, no dramas ni lágrimas. Una cuidadora con experiencia lo hará bien. La familia rara vez puede.

Sofía le sostuvo la mirada.

¿Eso se lo dice a todo el mundo?

Sólo a quien pregunta sonrió.

Casi le devolvió la sonrisa.

Dígame lo que necesito apuntar sacó el móvil.

Él dictó; ella apuntó, recomendó agencias que colaboran, se puede pedir en secretaria. Sofía agradeció.

Le diré una cosa añadió él, cuando ella se iba ya. Tiene bastante margen de recuperación. No es viejo, la cirugía fue bien. Quizá en seis meses camine. Pero no es seguro, ni rápido.

Lo entiendo.

Lo importante es que él lo entienda.

Sofía volvió dentro. Alejandro tenía la carpeta sobre el vientre, cerrada, el bolígrafo al lado.

¿Firmas?

Miró al techo.

¿Y si digo que quiero pensármelo?

Alejandro.

Vale, firmo. Lo harás igualmente. Ahora eres así.

Siempre lo fui dijo Sofía, sólo lo tapaba.

Firmó. Tres hojas en donde tocaba. Sofía guardó los papeles.

Tendrás cuidadora esta semana. Llamaré a Elvira, lo explico. El pago, el primer mes lo hago yo al centro. Después, os apañáis.

Sofía, dijo cuando ella cerraba el bolso.

¿Sí?

Gracias por venir.

Ella le sostuvo la mirada. No con lástima ni rencor. Sólo una última mirada, como a algo que fue parte de una vida y ya no lo es.

Cuídate.

Y se fue.

En el pasillo se paró al lado de la ventana. Patio del hospital, algún árbol ya sin hojas, banco mojado de lluvia. Un hombre mayor sentado, mirando al horizonte sin que hubiera gran cosa que ver, simplemente estaba ahí.

Sofía inspiró hondo.

Algo se soltó, no todo, pero algo importante. Como dejar una bolsa pesada en el suelo. No tirarla, no lanzarla. Soltarla y enderezarse.

Cómo soltar el pasado, escribiría en un diario. No lo sé. Pero parece que ocurre a base de pequeños pasos. Uno acaba de darlo.

La cuidadora fue fácil de encontrar por agencia. Mujer de cincuenta y ocho, Consuelo, con experiencia en geriatría y rehabilitación, tranquila, eficiente, con buenas referencias. Sofía la citó en una cafetería junto al hospital, le expuso la situación. Consuelo escuchó atenta, preguntó lo necesario: temperamento, tendencia a la depresión, umbral del dolor, familiares que aparecen.

A veces los familiares molestan más que ayudan comentó Consuelo.

Lo sé asintió Sofía.

Acuerdos tomados, Sofía pagó. Llamó a Elvira, explicó. Al principio quería protestar, que si a Alejandro le hace falta alguien de la familia, pero Sofía la cortó, ni bruscamente ni con gritos, sino firme y tranquila, algo que para ella era completamente nuevo. Antes saltaba. Ahora, ni paciencia ni ira. Sólo serenidad resolutiva.

Elvira, puedes ir a verle a diario si quieres. Consuelo no te quitará espacio. Pero yo no iré. Tengo mi vida, y no tengo que adaptarla a lo de los demás.

Elvira calló un momento.

Vale.

Sólo un vale. Sin reproches, sin dramas. Tal vez también estaba cansada. Tal vez, en el fondo, sabía que Sofía tenía razón.

Carmen Padilla llamó una semana después. Su voz, distinta. Más baja, más mayor.

Sofía, Consuelo es muy buena. Alejandro se adapta. Gracias por ocuparte.

De nada, Carmen.

No desaparezcas del todo, ¿quieres? Llámame a veces.

Sofía no dijo que sí. Sólo se despidió amablemente y guardó el móvil en el bolsillo del delantal. Estaba en el taller, como casi siempre. Si ahora le preguntan cómo dejar atrás el pasado, pensaría Sofía, respondería: sigue adelante. Nada de heroísmos. Te levantas, vas a trabajar, haces lo tuyo, lo que amas. Familiares tóxicos y exmaridos desaparecen poco a poco del centro de tu vida, no del todo, pero dejan de importar tanto.

El invierno llegó pronto ese año. En noviembre ya había nieve. Sofía, de repente, se dio cuenta de que le gustaba el invierno. Antes no; bueno, antes no se lo había planteado, era imposible con Alejandro quejándose siempre del frío, su artritis, su ritual del té caliente a tal hora. Ahora podía mirar la nieve y pensar simplemente: bonito.

Diciembre trajo más trabajo. Ramos de empresa para Navidad, regalos, centros festivos. Contrató a una ayudante, una chica universitaria llamada Clara, de veintitrés, alegre, inteligente, algo despistada pero dispuesta. Trabajaron bien mano a mano. Sofía le enseñaba a ver la flor no como simple mercancía, sino como materia artística. Clara aprendía rápido y a veces proponía unas composiciones que la dejaban asombrada.

¿Cómo se te ocurren? preguntó una vez.

Miro a la persona que compra respondió Clara encogiéndose de hombros, y pienso qué flor le parecería.

Sofía la miró.

Es buen truco.

Me lo enseñó usted. Siempre dijo que un ramo tiene que estar vivo.

Sofía no lo recordaba, pero seguramente lo dijo.

Pasaron enero, febrero. La vida siguió como debía. Sofía se apuntó a un curso de arte floral, aunque Clara decía que ya no le hacía falta. La respuesta nueva: siempre hay algo que aprender, no porque falte, sino porque apetece. Y eso era novedad: hacer algo porque sí, no porque toca o te lo piden.

Vivir para una misma suena egoísta, pero es tan sencillo como esto: apuntarse al curso, leer tranquila en el sillón sin que nadie se queje de que tardas, una excursión de sábado a Segovia sólo por admirar el acueducto, porque te encantan los edificios viejos aunque nunca lo hayas contado.

En febrero llamó Elvira. Alejandro mejoraba. Ya iba con muletas. Consuelo le trataba metódicamente, sin dramas ni palabras de más. Eso sí hizo sonreír a Sofía, de verdad. Nada de culpa ni rencor. Sólo alegría de ver a alguien recuperándose. Punto.

Marzo llegó con el deshielo y los primeros pedidos primaverales. Tulipanes, jacintos, anémonas. Sofía adoraba ese cambio: tras los arreglos de invierno, la floración impaciente, casi ruidosa de marzo.

Entonces sucedió.

Estaba Sofía poniendo un ramo en una caja cuando oyó abrir la puerta. No levantó la vista las manos, liadas con las cintas.

Buenas tardes saludó.

Buenas respondió él.

La voz. Antes de verle ya la reconoció: serena, algo cansada, cálida.

Era Mario Aguirre, el médico. Estaba de pie bajo el marco, observando el taller, tal como uno mira de cerca un lugar que imaginaba de otra manera. Sin bata, un abrigo oscuro, bufanda ligera, sin papeles de pacientes.

Usted dijo Sofía.

Yo asintió él.

Pausa breve. Clara se acababa de meter al almacén por papel de embalar. Estaban solos.

Alejandro salió hace diez días anunció Mario. Recupera en casa, con la misma cuidadora. Buen pronóstico.

Lo sé contestó Sofía. Elvira me lo contó.

Bien. Se detuvo, inseguro un segundo; luego, sonrió, genuino. En realidad me pasé por aquí a propósito. Recordaba el nombre, lo busqué en Internet.

Sofía soltó la cinta.

¿Viene por flores?

Sí. Y por algo más.

Silencio: olor a jacintos, tierra fresca.

¿Qué busca exactamente? preguntó ella.

Él acercó a los anémonas. Moradas, rojas, blancas con centro negro.

Esas. Tres. O cinco, lo que mejor quede.

Números impares explica Sofía. Tres o cinco. ¿Para quién?

Todavía no lo sé. La mira. Quizá me ayude usted a decidirlo.

Sofía cogió tres, añadió dos más, en rojo oscuro.

Cinco. Van bien juntas.

Comenzó a envolverlas. Las manos ya sabían el gesto: papel kraft, húmedo bajo, lazo.

Sofía.

Diga.

¿Le molesta si soy directo? No sé hacerlo de otra manera.

Hable sin rodeos.

Me gustaría invitarla. Nada de hospitales ni recados. Tomar algo, ir al teatro si le gusta, o caminar, lo que prefiera. Sé que suena raro. Pero creo que la gente adulta puede decirlo claro, no fingir.

Sofía levantó la vista.

Él la miraba sin presión, con la tranquilidad de quien aporta algo importante y luego espera, deja decidir.

¿Cuándo lo pensó?

Hace tres meses. En el pasillo, cuando me pidió anotar lo de la cuidadora.

Recordó aquel corredor, la ventana hospitalaria, los árboles pelados.

Aún estaba casada. Legalmente.

Lo sé. Por eso esperé.

En la calle, marzo lucía decido; nieve ya sólo en los canales, gorriones aleteando en el banco. Farola encendida, aunque ya no hiciera falta.

No sé dijo Sofía.

¿Qué no sabe?

No sé cómo va esto. Dieciocho años casada, luego un año aprendiendo a ser sólo yo. Cuesta.

Para ser franco, a mí también. Me divorcié hace seis años, tengo una hija de diecisiete, vive con su madre. Al principio me refugié en el trabajo, luego empecé a pensar, luego me convencí de que igual podía haber algo más aparte de pensar.

Clara salió en ese momento, vio al cliente, saludó sonriente.

¿Le ayudo, señora Sofía?

No, Clara, gracias. Lo hago yo.

Clara se retiró discretamente.

Sofía le tendió a Mario el ramo.

¿Cuánto es?

Espere dijo ella.

Él esperó.

Sofía miró los anémonas en sus manos. Las de pétalos aterciopelados. Siempre le gustaron esos, por el parecido con las amapolas, pero más sutiles. Niño callado, sin esconderse pero sin ruido.

Una historia de flores, pensó, toda su vida construida alrededor de ellas. Aquí se refugió. Aquí echó raíces. Ahora entra en esa vida alguien. No llega exigiendo, ni forzando, sólo entra. Dice claro sus intenciones. Sostiene anémonas y aguarda respuesta.

Vale dijo Sofía.

Él alzó la ceja.

¿Vale en qué sentido?

Teatro. Hace siglos que no voy.

Mario sonrió, de verdad.

Me alegro.

Pero hoy no. Tengo tres pedidos por cerrar.

Claro. El sábado, ¿le viene mejor?

Mejor sábado.

Ella dijo el precio. Él pagó en euros, guardó el cambio despacio.

Sofía, ¿una pregunta?

Diga.

¿Desde cuándo lo de las flores?

El taller, hace un año y poco. Las flores siempre. Antes, afición. Ahora, trabajo.

Da gusto cuando el hobby es trabajo.

Sí asintió. Da gusto.

Él cogió el ramo, fue hacia la puerta. Se despidió:

Hasta el sábado, Sofía.

Hasta el sábado, Mario.

Sonrió.

Mario, a secas.

Hasta el sábado, Mario.

Sofía le vio irse, cruzar la calle junto al banco y los gorriones aún en debate. Ni se volvió.

Clara reapareció.

¿Ese quién era, Sofía?

Un cliente.

Un cliente que charla quince minutos…

Clara.

¿Sí?

Envuelve las crisantemos para la señora Loreto, que viene a las cuatro.

Clara, contenta, se fue. Sofía volvió a su trabajo. Papel kraft, el agua en el cubo, el olor de los jacintos.

Sábado. Cuatro días normales, entre pedidos, proveedores y llamadas de la mayorista de peonías. Nada fue distinto en esa calma ganada al esfuerzo.

No pensaba en sábado especialmente. Sólo trabajaba. Algunos ratos, sola en el taller, recordaba el diálogo. No entero. Sólo: voz tranquila, anémonas en la mano, hasta el sábado, Mario.

Gente adulta, dijo él, puede hablar con franqueza.

Tal vez sea verdad.

No sabía cómo saldría la cita. Si quedarían bien, si conseguirían hablar de otra cosa que no fueran el pasado o el dolor. Pero lo decidía ella sola. No la exsuegra, ni Alejandro, ni la culpa o el miedo a estar sola. Ella.

Una sensación nueva: no de éxito, ni de euforia, sino sólida. Como pisar suelo firme tras mucho tiempo andando sobre hielo.

El viernes, cuando cerró y Clara se fue, Sofía puso en el jarrón unos cuantos anémonas, oscuros, para sí, no para venderlos.

Los miró.

Van bien juntos, había dicho.

Era verdad.

Apagó la luz y se fue a casa. Mañana, sábado.

El sábado amaneció gris, café en la cafetera que compró hacía meses, y que Alejandro jamás hubiera considerado necesaria. Innecesario es de esas palabras que se arrastran por el matrimonio como malas hierbas, tan habituales que no te das ni cuenta de que ahogan otros términos: deseo, preferencia, me gusta, quiero.

Bebía el café contemplando la calle: tejados mojados, una paloma, algún coche sorteando charcos.

El móvil en la mesa. Un mensaje temprano, como quien se lo piensa una hora y al fin escribe:

Buenos días. El teatro empieza a las 7. ¿Quieres que antes cenemos algo? O como prefieras. Mario.

Sofía lo leyó otra vez, notó el buenos días sin la s, y se sonrió.

Contestó:

Buenos. Podemos picar algo. ¿A las seis?

Enviando. Dejó el móvil.

Termino el café.

Fuera, marzo seguía a lo suyo. Goteaba de los tejados, el viento barría, el gorrión echaba a la paloma del alféizar. La ciudad despertaba, ajena a las primeras citas, a los pasos nuevos. No repara en los momentos importantes de cada uno. Sigue.

El móvil parpadeó: un solo Hecho.

Sofía recogió taza, se puso el delantal; hasta la tarde quedaban ocho horas y el taller no se abriría solo. Cogió las llaves.

En la puerta, echó un vistazo a su piso: pequeño, luminoso, con anémonas en un vaso en el alféizar, porque anoche se llevó algunos para ella. Su piso. Su cafetera. Sus flores. Su sábado.

Salió. La puerta cerrada, en silencio.

Mario ya la esperaba a las siete menos veinte frente al café. Un poco retirado, mirando el móvil, que guardó al verla. Abrigo, bufanda, sin flores.

Buenas tardes saludó.

Buenas contestó Sofía.

Se miraron dos segundos. Dos adultos en una marcha lluviosa de marzo, ahí porque sencillamente quieren estar.

¿Entramos? preguntó Mario.

Vamos dijo Sofía.

Y entraron juntos.

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