Eres esposa, tienes que soportar – Tras escuchar estas palabras de mi suegra me sentí aún peor.

Querido diario,

Cuando hay una boda en la familia, siempre parece que se respira una emoción especial en el ambiente. El matrimonio llena a todos de expectativas y alegría.

Aun así, muchas veces me sorprende cómo la gente solo ve un lado de las cosas, como si la vida fuese una moneda con una sola cara, cuando en realidad siempre existen dos perspectivas.

No es que yo piense que casarse es algo terrible, ni mucho menos. Pero es curioso cómo tantas mujeres aún hoy se empeñan en creer que la felicidad solo se encuentra en el matrimonio y en formar una familia. Muchas chicas jóvenes como lo fui yo no comprenden de verdad lo que implica casarse y lo que trae consigo.

El gran objetivo parece ser conseguir marido, y entonces, todo lo demás vendrá rodado.

Deja que te cuente cómo lo viví yo. Siempre pensé que, si me casaba con el hombre que amaba y teníamos un hijo, ya no podría pedirle más a la vida. Creía que sería la mujer más dichosa del mundo.

Sin embargo, la realidad del matrimonio me trajo muchos quebraderos de cabeza. Todavía no habíamos empezado ni a ahorrar para una casa cuando me enteré de que estaba embarazada. Hoy en día, traer un hijo al mundo es un lujo para muchos.

Recuerdo la ilusión de aquellos momentos: mi marido tenía su propio negocio, yo estaba de baja por maternidad, y cada día sentía más esa inseguridad económica apretando el pecho. Olvídate de ahorrar para una casa. La crianza me resultaba cuesta arriba. Mi hijo era inquieto, enfermaba a menudo, yo casi no sabía lo que era dormir bien y vivía con los nervios al límite. Llegué a pensar en salir corriendo. No todas estamos hechas para ser el pilar de la familia.

Ojalá lo hubiera entendido antes. Cuando mi niño tenía dos años, mi marido perdió la empresa. Cayó en una tristeza profunda. Y, donde hay desesperanza, muchas veces también hay demasiado alcohol. No me quedó más remedio que arremangarme y sacar el valor de donde no sabía que lo tenía: matriculé a mi hijo en la guardería del barrio y conseguí dos empleos a jornada completa. Trabajé hasta reventar para que saliéramos adelante, mientras mi marido se quedaba tumbado en la cama, borracho la mayor parte del día. Era tan duro, tan agotador, que me daban ganas de gritar. Si hubiera estado sola, estoy segura de que habría manejado mejor el dinero, el cansancio y hasta el ánimo.

Un día, le pedí ayuda a mi suegra, para que hablara con su hijo y lo pusiera en su sitio. Le abrí el corazón: le conté que no podía más, que estaba al límite de mis fuerzas y que necesitaba apoyo desesperadamente.

Esperaba palabras de consuelo, pero en su lugar me soltó: Mira, hija, no eres la única a la que le toca pasar momentos difíciles. Pero tú eres mujer; tienes que aguantar, porque una mujer no puede permitirse ser débil.

Según ella, la mujer es el pegamento que mantiene unida la familia. Que cerrara la boca, que no llorara y que aceptara lo que me hubiera tocado en la vida sin protestar. ¡Prohibido quejarse!

La verdad, aquellas palabras me atravesaron como una estocada.

Somos mujeres las dos, y sé que su vida tampoco ha sido fácil; su marido tampoco ha sabido nunca ser un verdadero compañero. Pero, en vez de apoyarnos unas a otras, me pedía que me resignara y aguantara. ¿Hasta cuándo? La vida realmente es sólo una, y yo quiero vivirla lo mejor posible, con felicidad y tranquilidad. Obstáculos habrá, sí, pero vivir en continua resignación no era la vida con la que yo soñaba. Las mujeres merecemos alegría y amor verdadero.

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Eres esposa, tienes que soportar – Tras escuchar estas palabras de mi suegra me sentí aún peor.
Casi accedió a venderlo todo, pero escuchó la verdad tras la puerta…