En busca del ideal
Víctor se sentó en una pequeña mesa redonda en un acogedor café de Madrid. Sin embargo, el ambiente apenas le importaba. Sus ojos no dejaban de fijarse en la entrada. Miraba el reloj cada poco y luego volvía la vista a la puerta, esperando que Lucía apareciera de un momento a otro.
Cada nueva mujer que cruzaba el umbral hacía que se tensara y mirara con atención. Entró una chica con un abrigo rojo intenso pero no era ella, luego otra morena bajita con un bolso enormetampoco era Lucía. Víctor empezó a imaginar las posibles razones de su retraso. Quizá simplemente tenía costumbre de llegar tarde a las citas, como hacen muchas para aumentar la expectación e intriga. Pero si Lucía pensaba atraparlo de ese modo, estaba equivocada. No era precisamente Víctor un hombre con paciencia infinita. Se dijo a sí mismo con firmeza: cinco minutos más y me marcho. Espera más larga, para él, era inaceptable; así lo dictaban sus principios.
El tiempo se arrastraba con lentitud. Víctor ya se estaba despidiendo mentalmente de la velada, cuando se sobresaltó con una voz musical a su espalda:
¡Hola! Perdona el retraso
Al girarse vio a una rubia esbelta, que se sentó sonriente frente a él. Llevaba el pelo perfectamente peinado y en su mirada había una naturalidad desarmante.
¿Espero que no hayas tenido que esperar mucho? añadió Lucía, ladeando ligeramente la cabeza con simpatía.
Víctor se quedó un instante callado, intentando reconciliar la imagen de la foto con la mujer sentada ante él.
¿Lucía? dijo con una duda imposible de ocultar, examinándola de arriba abajo ¿Eres tú de verdad? ¡La de la foto parecía otra mujer! Bueno, casi
Ella se echó a reír, con esa risa suelta tan ajena a la incomodidad.
Sí, soy yo confirmó, disfrutando con el desconcierto de Víctor. Y, para que no te quede la duda, sí, esa foto era mía. Pero la hicimos hace cuatro años. He cambiado bastante, ¿no crees?
Hablaba con orgullo, mostrándose como si el cambio fuera fruto de dedicación y esfuerzo. Lucía estaba convencida de que a su acompañante el sorpresón le encantaría.
Se equivocaba
Desde luego respondió Víctor, procurando la neutralidad. ¡Has cambiado, y mucho! Diría que demasiado.
Lucía ladeó la cabeza de nuevo, enredándose un mechón con aire juguetón.
Seguro que no te molesta encontrarme más guapa que en la foto dijo, entrecerrando los ojos con coquetería. Lo hice a propósito. Cuando tenía ese aspecto, nadie me hacía caso; ahora todos me escriben. Cuatro años dan para mucho.
Aguardó una réplica entusiasta, pero no llegó. Le extrañó la frialdad de Víctor.
Antes de aceptar la cita, Lucía había investigado bien el perfil de Víctor: fotos, bio, redes sociales. Todo en orden. Ocupaba un cargo importante en una empresa de ingeniería, tenía una casa de dos plantas en un barrio exclusivo cerca de La Moraleja y dos coches de alta gama. Parecía de revista. Lucía no entendía bien qué buscaba ese hombre en una web de citas pero lo esencial era no dejar escapar semejante partido.
Víctor, en realidad, trataba de calcular cuándo sería aceptable irse. Cada minuto sobraba. Escuchaba con cortesía, asentía a ratos, pero sentía en lo profundo que aquella mujer no era para él.
Lucía no le atraía nada; la de la foto, aunque tampoco fuera una modelo, le parecía más auténtica, más real. Ahora sólo veía a una desconocida: muy cuidada, segura, pero, por algún motivo, ajena. Todo parecía ensayado: los gestos, la voz, la sonrisa.
Echó otro vistazo al reloj. Un par de minutos más y podría despedirse con excusas. Ya ensayaba mentalmente una frase educada para marcharse sin parecer grosero.
No podía evitar pensar en la foto que le hizo decidirse a escribirle. ¿Qué le había llamado tanto la atención entonces? Fácil: la figura. En aquella imagen Lucía tenía unas curvas rotundas, con esa feminidad que él tanto apreciaba. Recuerda haberse detenido especialmente en ese detalle: “Por fin alguien que merece la pena”.
Y ahora, en cambio, tenía enfrente una mujer delgadísima, casi enclenque, medio camuflada por un jersey holgado. Trataba de no mostrar su decepción, pero no entendía esa obsesión de algunas mujeres españolas por perder toda su silueta natural. ¿Quién les metió en la cabeza que un cuerpo afilado es el canon ideal?
La conversación discurrió otros diez minutos Lucía hablaba de sí misma, sus aficiones, sus planes mientras Víctor intervenía apenas. Tenía pensado, en cuanto pudiera, ofrecerse a acercarla a casa mencionando una urgencia laboral. Por suerte, era verdad: le esperaba un asunto serio que no debía dejar pasar.
En cuanto percibió la pausa, propuso:
¿Te acerco a casa? Tengo una reunión importante en menos de una hora, pero me da tiempo.
Lucía vaciló, alzó una ceja con un atisbo de fastidio, pero aceptó con un simple:
Está bien, gracias.
El trayecto fue prácticamente en silencio. Él, atento al tráfico; ella, mirando al ventanal con expresión interrogativa, como si no supiera dónde se torció la cita. Antes de salir del coche, preguntó:
¿Me escribirás esta noche? Tal vez podríamos quedar otro día.
Por supuesto, ya hablamos respondió Víctor con una sonrisa forzada, pensando en que no volvería a verla. Mejor no perder el tiempo.
Se despidió y arrancó de inmediato. Esa noche eliminó su perfil de la app de citas y bloqueó el móvil de Lucía. No le cabía duda: lo había decidido en cuanto la vio. Simplemente fue demasiado educado para levantarme y largarse a mitad de la cita.
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Días después, Víctor estaba con un compañero almorzando en una brasería de Alonso Cano. Delante tenía un solomillo con patatas al horno, su plato favorito. Picoteaba tranquilo, de vez en cuando observando al resto de clientes. Se fijó en las chicas sentadas por el local: casi todas tenían delante una ensaladita o algo igualmente insípido y “ligero”.
¿Por qué las mujeres se martirizan con dietas? suspiró Víctor, dejando el tenedor. ¡Se privan de tantos placeres! ¿Tú crees que eso es comer? asintió señalando a una joven cercana que pinchaba hojas de espinaca con parsimonia. No parece disfrutar nada, sólo cuenta calorías.
El amigo, sobradamente conocedor del tema, bromeó:
Porque la mayoría de los tíos prefieren mujeres delgadas, macho contestó con media sonrisa y un sorbo de café. Tú eres especial Mira, aquella morena lleva media hora lanzándote miradas. A ver si te animas.
Le indicó discretamente a una chica de pelo oscuro y cuerpo esbelto, que fingía explorar la carta. Víctor ni se molestó en mirar.
Gracias, pero prefiero que no se metan en mi vida respondió frío. Yo tampoco lo hago con la de los demás.
El compañero levantó las cejas, pero no desistió:
¿Seguro que tienes vida privada? ironizó Siempre currando o con tus aficiones…
Víctor dejó el tenedor, clavando la mirada en él.
Vale, perdona se apresuró a decir su amigo, alzando las manos. Sólo quería ayudarte.
Víctor no replicó. Era verdad: últimamente la vida personal era un desierto. Un año atrás, lo dejó con la novia a la que pensaba pedirle la mano. Se llamaba Carmen. Cariñosa, bondadosa, sencilla. Y, sobre todo, tenía la figura perfecta según Víctor: femenina, llena de curvas, risueña y natural.
La relación fue avanzando con paso firme. Víctor no escatimó gastos para cuidar a Carmen: flores a diario, sorpresitas, detalles para hacerla feliz. Adoraba verla estrenar vestidos, faldas, blusas. Le fascinaba acompañarla en esas pequeñas vanidades.
El vestidor de Carmen ocupaba casi una habitación entera y siempre traía algo nuevo. Carmen rara vez repetía look le encantaba cambiar y lucirse y él lo aprobaba, feliz de verla así.
No paraba de halagarla: qué guapa, qué bien va ese jersey, qué radiante estás hoy Quería que Carmen supiera que la admiraba, que la elegía cada día.
Pero todo empezó a torcerse. Esas salidas constantes con las amigas café, cine, tiendas trajeron cambios mínimos al principio, pero luego se hicieron evidentes.
Un día, al regresar del trabajo, encontró a Carmen de perfil delante del espejo, con cara seria.
¡Estoy gorda! declaró entre fingido drama al verle entrar. Necesito ponerme en forma ¡Urgente! Si no, me dará vergüenza ir a la playa
Víctor casi se atraganta. Se quedó estupefacto.
¿Pero qué dices, Carmen? Estás espectacular De verdad, ningún complejo.
¡No lo ves porque me quieres! replicó ella acalorada. ¡Mírame! Todo me cuelga ¡Ahora lo que se lleva es estar delgada y tonificada! Si no adelgazo, pareceré una abuela.
Avanzó hacia ella, le tomó las manos apaciguándola:
Tus amigas se equivocan. Para mí eres perfecta tal como eres: tu cuerpo, tu risa, tu alegría. No cambies por un estándar tonto.
Pero Carmen no escuchaba. Ya sólo veía un objetivo: cambiar. Eliminó todo dulce, pan y grasas. El frigorífico se llenó de pechuga cocida, brócoli y queso fresco. Cada mañana la precedía una pesa y una tabla de calorías.
La transformación se notaba ya en todo: en el menú y en el carácter. Se volvió irritable. Las conversaciones ligeras se transformaron en reproches. Si él la piropeaba, ella cortaba en seco:
No me mientas, dime la verdad.
Por mucho que intentaba explicarle que iba en serio, Carmen solo pensaba en su ideal. Probó decenas de dietas: sin hidratos, crudiveganismo, días a base de agua
Víctor recordaba cómo era antes, alegre, vital, siempre dispuesta a zamparse su tortilla favorita. Ahora apenas jugaba con la ensalada del plato; los guisos y tartas quedaron en el olvido.
Una tarde la encontró inquieta, removiendo platos en la cocina.
¿Qué pasa? preguntó.
¡Es por tu culpa! saltó, con voz temblorosa. Por ti no lo consigo.
¿Qué?
¡Siempre insistes a la cocinera para que haga platos hipercalóricos! acusó. Sabes que estoy a dieta pero me tientas.
Pero yo también quiero comer bien, Carmen. ¿Por qué tengo que pasarme al pasto?
Eso fue la chispa para una larga queja. Él la escuchaba, agotado, sintiendo que, haga lo que haga, para ella nunca será suficiente. La Carmen real, antes tan luminosa, se había esfumado. En su lugar, una persona enfadada, obsesionada, a la que cualquier gesto le molestaba.
¿Dónde quedó aquella mujer dulce, la de las risas, la cómplice de tantas cenas y escapadas? Víctor ya no encontraba respuesta.
La ruptura fue inevitable. Dieron muchas vueltas, pero acababan siempre en discusión. Lo intentó, hasta comprender que así no podían seguir. No era una relación, sino una condena: sin confianza, sin alegría, sólo reproches.
La decisión fue dolorosa. Víctor recordaba los momentos felices: viajes, cenas, risas Pero ya no quedaba nada. Incluso exteriormente Carmen le resultaba irreconocible: su físico, su voz, su actitud. Y la antigua Carmen, al parecer, no regresaría.
El último desencuentro sentenció la historia: palabras hirientes, un portazo demoledor. Dejó a Víctor solo en la casa aún impregnada de su perfume y repleta de ecos de una felicidad que, ahora, sonaba a leyenda.
Las primeras semanas fueron duras. Instintivamente marcaba su número y al momento se detenía. Otras veces dudaba: ¿quizás debería haber aguantado más? Pero luego recordaba esos últimos meses, y sabía que no había marcha atrás.
Seis meses después, hastiado de la soledad, decidió probar por absurdo que le pareciese una web para conocer gente. Nada de milagros, sólo buscaba sentir que tenía a alguien con quien conversar.
Navegó perfil tras perfil, leyendo descripciones y mirando fotos. Unas demasiado serias, otras con pinta de no querer nada serio. Había chicas parecidas a la antigua Carmen, pero ninguna lograba igualar aquella chispa. Otras, distintas, tampoco le llenaban.
Se sentía vacío. Iba a citas, sonreía, era cortés. Pero ninguna le devolvía esa calidez, esa ilusión que al principio sintió con Carmen. El problema, lo sabía, lo tenía él: no había soltado el pasado.
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El tiempo fue curando. Se volcó en el trabajo y en nuevas aficiones. Poco a poco la herida fue cerrando.
Hasta que un día, la suerte quiso que entrara a un pequeño café cerca del centro para pedir un café para llevar. En una mesa cercana, una chica escribía en un cuaderno. Anotaba, levantaba la vista, volvía a sumergirse en sus notas.
Había en ella una tranquilidad especial; no comprobaba el móvil, ni se preocupaba por su reflejo en el cristal. Cuando cruzaron miradas, sonrió de forma sincera y desenfadada.
Víctor se atrevió a acercarse.
Perdona, te veía tan concentrada. ¿Es tu diario o es de trabajo? preguntó, procurando sonar natural.
Un poco de todo respondió ella apartando la pluma. Escribo para un blog. ¿Y tú? ¿Trabajas cerca?
La conversación fluyó enseguida. Se llamaba Victoria. Trabajaba como modelo, pero no en el sentido habitual; posaba para catálogos de moda de tallas grandes. Su rostro y figura se veían a menudo en tiendas online de ropa para mujeres con curvas, moda bonita y cómoda para quienes no perseguían la delgadez.
Lo que más sorprendió a Víctor fue la forma tan natural con la que Victoria hablaba de sí misma.
Creo que las dietas, si no son por salud, suelen ser una pérdida de tiempo y, muchas veces, una señal de inseguridad dijo, durante una comida. Claro, hay motivos médicos, pero matarse sólo por la báscula, o por agradar a otros no es para mí. Me gusta comer bien, moverme, disfruto de mi cuerpo tal como es.
Le sonaba tan sencillo y tan firme, que a Víctor le salió una sonrisa. Hacía años que no conocía a alguien tan a gusto consigo misma, con esa sensatez.
Se fueron viendo más y más. Victoria no pedía regalos caros, no montaba escenas ni buscaba pretextos para pelear. Conversar con ella era fácil y callar, más aún. No le imponía criterios, pero tenía la habilidad de aportar su visión con cariño.
Víctor fue notando cómo se disipaba su tensión acumulada tras la ruptura. Junto a Victoria volvió a saborear el placer de lo simple: paseos por los parques del Retiro, risas improvisadas en el sofá, charlas en la cocina mientras preparaban una cena.
Tras medio año de relación, lo tuvo claro. Una tarde, en el café de siempre, sacó una cajita y mirándola a los ojos le dijo:
Quiero que seas mi mujer.
Victoria, tras un segundo de sorpresa, rompió a reír con alegría y contestó:
Sí. Claro que sí.
Se casaron de manera discreta en un registro civil de Madrid, rodeados sólo de sus seres queridos; ninguno prestó atención a lo que pensaran los demás. Era suficiente con el calor que generaban ellos mismos: respeto, confianza y la felicidad de haber encontrado, al fin, su propio ideal.







