Mira, te cuento una cosa que me tiene ya un poco cansada. Mi suegra y la frugalidad parecen la misma persona; te juro que si pudiera, no compraría ni un chupete para el bebé. Según ella, no tiene sentido comprarle nada nuevo al peque cuando podemos apañarnos con la ropa y los trastos que nos dan los primos grandes de la familia. ¿Te imaginas el estado de esos modelitos después de pasar por diez niños diferentes? Vamos, que no necesito esa colección de harapos.
Al principio vivíamos de alquiler y mi suegra no se metía tanto. Pero cuando compramos nuestro piso aquí en Madrid, la señora se empeñó en organizar toda la reforma por su cuenta. Que si el alicatado lo pone su amigo, que si la instalación eléctrica la hace el cuñado de nosequién vamos, que según ella no hacía falta pagar a ningún profesional. ¿El resultado? Pues ni te cuento: chapuzas por todas partes. Yo ya había visto el desastre en su propia casa. Ella misma va tropezando todo el rato por el suelo desnivelado. Cuando me negué a seguir su plan, se enfadó y empezó a llamarme derrochadora, acusándome de tirar el dinero por capricho.
Y cuando intentamos cambiar los muebles, esto fue ya de traca. Mi suegra llamó a toda la parentela y empezó a recopilar sofás desfondados, aparadores desvencijados, alfombras que ni en un mercadillo Cuando le dije que prefería comprar cosas nuevas, me soltó que, con ese plan, no íbamos a durar ni medio año.
Por suerte, mi marido está de mi parte: entre los dos ganamos suficiente para poner la casa decente y a nuestro gusto. Lo hicimos así, pese a los dramas de su madre cada vez que veía algo demasiado nuevo para su gusto.
Que conste que no soy una pijotera. Mira, mi hermana muchas veces me da su ropa y encantada, porque está impecable y es de buena calidad. Pero eso de aceptar cualquier cosa solo por no gastar, pues no va conmigo, la verdad. Prefiero comprar cuatro cosas bonitas y cómodas para el niño, aunque me cuesten unos euros más.
¿Por qué malgastas dinero? ¡Con la de hijos que hay en la familia! me repetía mi suegra cada vez que veía una bolsa de Zara Kids.
Sabía perfectamente que mucha de esa ropa, si no se ha pasado por diez manos, poco le falta. Cuando me la enseñaron, te juro que lo que me dieron me sirvió para limpiar el suelo, porque para vestir al niño, ni de broma. Todo lleno de manchas, parcheado, sin botones… un desastre.
Otra más: una tía nos trajo una cuna de su hija mayor. No tenía ni un solo lateral, así que su marido intentó repararla, imagínate. Al final, llevamos ese recuerdo familiar al pueblo y nosotros compramos una cuna decente en condiciones.
¡Míralos, estos señores ricos! Ahora tiras el dinero, pero ya verás cuando estés de baja maternal, te pondrás las pilas. Entonces sí que te vas a acordar de mí y mis buenos consejos venga, así todo el día mi suegra.
Ya ni me molesto. Sinceramente, me da igual si se molesta o no, porque yo soy la responsable de que mi pequeño esté bien y que tenga lo que necesita. Aunque algún día tengamos apuros, sé que mis padres no me van a dejar tirada. No vamos a pasar hambre por no quedarnos con sus regalosY así seguimos, cada uno en su bando. Yo, con mi familia y nuestro pequeño a salvo entre algodones limpios y cunas nuevas, aprendiendo que no todo lo viejo tiene valor, y mi suegra, vigilando mis compras como si fueran delitos. Pero ¿sabes qué? El otro día, cuando traje al niño vestido con un conjunto precioso y cómodo, mi suegra se quedó mirando ese pijamita azul, suspiró y dijo bajito, casi para sí misma:
Bueno, la verdad es que está guapo el niño, parece feliz.
En ese momento, sentí que todo el desgaste y las discusiones habían valido la pena. Quizá nunca acepte mi forma de hacer las cosas, pero si ve a su nieto sano y contento, al final todos ganamos. Porque no se trata de ahorrar por ahorrar, ni de gastar por gastar, sino de dar lo mejor posible, dentro de nuestras posibilidades, a quienes queremos. Al menos eso lo tengo claro: la felicidad de mi pequeño no tiene precio ni etiqueta de segunda mano.







