Orgullosa

¡Ahí va! ¡Mírala, la reina del corral!

¿Y esa cara, Elena?

Es que es más orgullosa que una infanta. Saluda solo de vez en cuando y, siendo sincera… No es nada del otro mundo. Solo lleva ropa cara, pero en el fondo…

Ya, ya Esther soltó una carcajada y dejó la taza de café sobre la mesa. El día apenas empezaba y ya sentía la cabeza martillear como si un gigante zapateara un chotis en su cráneo. Por eso mismo ayer el señor Román González la nombró jefa de sección. Será que para los jefes es un cero a la izquierda, ¿no?

Esther calló en seco al ver cómo se ensombrecía Elena. Sabía que ese puesto nunca había estado a su alcance; jamás fue brillante en su trabajo. Pero lo de envidiar, eso sí que lo hacía con arte. Esther prefería mantener las distancias: ya supo el primer día en la empresa que con esa mujer no convenía cruzarse demasiado. No era joven, tampoco mayor, pero sí muy avispada: más astuta que el zorro de la sierra y más feroz que una manada de lobos en celo. Los motivos de tanta acritud seguían siendo un misterio para Esther. Recordó las sabias palabras de su abuela, y, calándose la máscara de la extrema cortesía, se esforzó en mantener una neutralidad férrea. Por suerte, estaban en departamentos diferentes y apenas coincidían.

Bebió otro sorbo de café y se le torció la boca. Frío era peor todavía. No soportaba el café instantáneo, pero en la oficina no quedaba otra, y menos cuando el tiempo siempre apremia. Soñaba con que llegara el sábado para prepararse una buena taza del café que le había traído su madrastra del último viaje a África con cardamomo y una gota de zumo de limón, y sentarse a contemplar Madrid desperezándose desde el mini balcón de su piso. Recordaba la primera vez que vio aquella vivienda en Chamberí: pequeña, destartalada, en un edificio previo a la Guerra Civil. Cuando pisó el balconcito, el horizonte le cortó la respiración. El trato se cerró antes de que pudiera pestañear: ni ella misma se creía capaz de decidir tan deprisa.

Siempre fue cauta. De trato difícil, poco dada a confiar. Por eso su relación en la oficina era puramente formal, ni amigas ni confidentes. La sonrisa justa para cada quien, incluida Elena.

Anda, vamos a apañarnos con el curro. Que aquí unas tiran del carro y otras solo recogen los laureles Elena casi arrojó su taza recién lavada en el escurreplatos y salió disparada de la sala de descanso.

Esther dedicó varios segundos a fregar la suya propia. Se esforzaba en fijar el texto para la próxima presentación en su mente cuando, a sus espaldas, resonó un:

¡Buenos días!

Se giró y vio a Paulina la joven en el centro de todas las críticas de Elena. Al observarla ahora, entendió el posible germen de las envidias: pocas soportarían compartir espacio con una belleza así. Paulina era alta, elegante, de ese tipo que no necesita maquillaje. Esther se acercó sin querer, mirando con curiosidad su piel. ¿De verdad existía alguien que se despertara con cara de portada de revista? Y sin rastro de rímel en sus pestañas. Sus ojos, de un azul que cruzaba con el gris del Cantábrico en invierno, destilaban calma e interés.

Buenos días acertó a decir Esther, por fin, y asintió.

¿Usted es Esther Moreno? ¿Lo he dicho bien?

Correcto. Puedes llamarme Esther. No hay tanta diferencia de edad ni de cargo para tanta pomposidad.

Encantada. Paulina.

Sorprendida, Esther correspondió al apretón de manos inesperadamente firme y cálido de Paulina. Aquellos dedos finos la soltaron en seguida, pero dejaron una extraña energía vibrando. Esther había leído que un apretón de manos podía contar mucho de alguien. Ya intuía a una mujer fuerte. ¿Pero en qué sentido? Cada vez le picaba más la curiosidad.

¿Tienes alguna consulta?

Sí, si tienes un minuto.

Hablaron de trabajo, y Esther, mientras escuchaba, no dejaba de sorprenderse del temple y la agudeza de Paulina. Iba entendiendo por qué había escalado tan rápido. Un cerebro rápido, precisión en los detalles, justo lo que ella valoraba. Paulina resultaba cada vez más interesante.

Llevas poco aquí, ¿verdad?

Sí, medio año apenas.

Curioso que no nos hayamos cruzado antes.

Sí lo hicimos Paulina sonrió de manera tan repentina que Esther parpadeó: de mujer seria a chiquilla traviesa en un instante. Por papeles. Tus informes son los mejores. Ordenados, claros, sin errores. Me ahorran tiempo todos los meses. Gracias.

Esther encogió los hombros.

No hago nada especial. Yo tengo por costumbre hacerlo así.

Pues no es común Paulina alisó la falda antes de despedirse. Saber trabajar así es un arte.

Cuando se fue, Esther se quedó pensando en lo sobria de su ropa, que más bien destacaba por cómo le sentaba y no por la marca. Otro error de Elena. Reprendió a su mente por recrearse tanto en las intrigas y fue a su escritorio, compartido con dos hombres que, por fortuna, preferían la distancia.

Desde ese día, a Esther la intrigaba sinceramente Paulina. Observaba de reojo cómo transitaba por la oficina, cómo lideraba reuniones en la sala Guernica de cristal, cómo su sonrisa controlada salpicaba incluso a Elena que no dejaba de rondarla tratando de pegarse cual lapa. Esther, en principio, prefirió no intervenir; por mucho que le gustara Paulina, no eran amigas. Pero el rumor se volvió ensordecedor en la penumbra de los pasillos, gracias a una “casualidad” tan poco casual como ver a Román, el director, invitando a Paulina a su coche.

¿Ves? No es cuestión de trabajar, es de… otras cosas Elena celebraba en la sala de descanso, repleta como el Mercado de San Miguel en Navidad. Esther, asombrada, ni entró; para ella, ese día no habría café.

En el pasillo se cruzó con Paulina.

¡Hola!

Hola Paulina se veía cansada y algo descolocada. Vaya ruido hoy. ¿Hay mucha gente en la sala? Quiero un café.

Esther se encogió de hombros, pero acto seguido murmuró:

No entres. No vale la pena.

Paulina se detuvo y la miró largo rato; después, con una sonrisa discreta, susurró:

Gracias.

Siguió camino sin más preguntas.

El día se le hizo eterno a Esther; su mente volvía una y otra vez a ese breve intercambio, que le había dicho más que meses de observación. Era una inquietud nueva, y se mezclaba con el eco de su única amistad de años: Verónica, con la que compartió años de veranos castellanos y confidencias bajo los álamos de Ávila. Ahora, Vero vivía en Viena, madre de dos niños, y se veían una vez al año, maratón de palabras para todo el curso.

Esa tarde, el zumbido de Paulina en su pensamiento era persistente, familiar, casi doloroso: le recordaba a Vero por su distancia elegante y su forma de entender lo no dicho.

Tampoco era Esther muy lanzada para acercarse ella misma, pero Paulina, inesperadamente, tomó la iniciativa.

¿Comemos juntas?

Se asomó a su despacho, y Esther dio tal bote que casi tira la silla. Con los nervios torpes cogió el bolso y vaciló tras ella hasta el restaurante más cercano.

Sentadas allí, la pausa se alargó como un hilo invisible.

Pregunta. Sé que tienes curiosidad dijo Paulina, plegando una servilleta como una arista de origami. Esther la contemplaba, embobada con el baile de sus manos, cuestionando sus propias manos, ocultas bajo la mesa.

¿Por qué me has invitado hoy? Hasta ahora no lo habías hecho.

Estaba observando Paulina la miró. ¿Tú también, me equivoco?

Fue tan franca, tan desarmante, que a Esther le faltaron las palabras.

Eres la única que no fue hoy a cotillear al café. ¿Por qué?

Los ojos de Paulina, ¿no eran azul marino? Ahora le parecían más grises, acerados, como el cielo de tormenta en la Ría de Vigo.

Aborrezco los cotilleos. Y la charlatanería mantuvo el contacto visual.

¿Han hablado de mí?

No lo escuché.

¿Porque no quisiste oírlo?

Sí.

Paulina dejó una rosa de papel sobre la mesa.

No me equivoqué. Me alegro.

El silencio ahora era otro: cálido, casi aliado. Esther se relajó. Preguntó, directa:

¿Ya te ha pasado antes esto de los rumores?

Claro. Es mi segunda vez, y no será la última. ¿Cómo me llaman? ¿Orgullosa?

Ajá Esther asintió, aunque de inmediato se disculpó. Perdona.

Tranquila. En algo tienen razón. Aprendí a protegerme. Antes solía confiar, contar pequeñas cosas de mi vida, esas tonterías de café. Pero la vida me puso en mi sitio. Menos que sepan, mejor para mí. Que piensen que soy una tía borde, pero no les doy carnaza. Aunque no funciona; siempre inventan más.

¿Te afecta?

Sí y no. Da rabia, pero ¿abrirme más? Es peor.

¿Tanto?

Mira, a la gente le encantan sus etiquetas.

¿Qué clase?

Que si la querida del jefe, que si ha ascendido por cama, que cerebro de paloma… y demás sandeces.

Pero no es cierto Esther cogió la cuchara para el postre, aún contrariada. ¿Por qué dejas que te afecte?

Siempre quise agradar. Mi madre era así: Eres una niña buena, y las niñas buenas complacen a todos. Y yo complacía. Hasta que no pude más.

Cuéntame…

Es largo.

Tenemos tiempo Esther sonrió. De verdad quiero saber.

Lo sé Paulina probó su ensalada sin ganas. Últimamente no me apetece ni comer.

No digas eso. Estás en los huesos. ¿De dónde sacas energía?

De la rabia, supongo. Fíjate si soy mala, Esther.

Esther se quedó muda.

¿Contra quién tanto enfado?

Contra la vida, contra la injusticia, contra mí misma.

¿Contra ti por qué?

Por ingenua. Por confiar demasiado.

Todo queda entre nosotras dijo Esther en voz baja.

Créeme, no eres la única observadora aquí. Yo también te tengo calada. ¿Debo temer a Elena?

No temer, pero cuidado sí. Puede hacerte daño. Sobre todo… se mordió la lengua.

¿Sobre todo si hay rollo con el jefe? Paulina se echó a reír. No, no hay. Aunque no me importaría. Es un buen hombre.

¿Y entonces?

Porque, cuando ven lo que hay detrás del escaparate, ya no les gusta.

¿Y qué hay?

Como un contrato con cláusulas. Mi hijo, Daniel.

Mostró en su móvil la foto de un chaval. Rubito, ojos de acero.

¡Guapo! ¿Cuántos años tienes?

No tantos como aparento. Fui madre joven, con diecinueve.

¿Y… él es la cláusula?

Paulina deslizó otra foto: Daniel en silla de ruedas, riendo con un gato enorme.

¿Ves por qué?

Esther solo asintió.

¿Mejora? ¿Tiene esperanza?

Nunca será normal. Pero progresa. Ya ensaya andar, y es muy listo.

Suspiró y guardó el móvil.

Eres fuerte…

Qué va. Esfuerzo hacerme la fuerte. Sin mi padre y sin Daniel, ya habría naufragado. Mis hombres son mi apoyo.

¿Y tu madre?

Murió al año de nacer Daniel. Enferma. Me adoraba, soñaba con muchos nietos tan guapos como tú. Sacrificó todo por mi felicidad, aunque lo suyo hubiera sido casarme bien y ya está.

Tenía razón en una cosa: eres guapa dijo Esther sonriendo.

Sí, pero la belleza no llena de alegría, precisamente. De pequeña me pellizcaban las mejillas: ¡Qué mona!, pero nadie me tomaba en serio. Si no llega a ser por mi padre, ni habría estudiado. Mami solo pensaba en boda. Menos mal que él insistió con la universidad. Allí conocí a Samuel.

¿El exmarido?

Sí, mi único amor, probablemente el último. Era como estar en el ojo del huracán: todo se movía a su alrededor, menos yo.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Me hizo dejar la carrera. Quería una esposa guapa, no inteligente. Era bastante mayor. Al poco de la boda, supe que estaba embarazada. Y empezó el infierno.

¿Por qué?

No quería hijos, jamás. Al negarme a abortar, dijo: O el niño o yo. Cuando Daniel nació con discapacidad, quiso que lo dejara. Me llamó de todo. Me dejó.

¿Lo superaste?

Cuando le oí decir que yo había parido un monstruo, todo acabó. Tanta belleza y amor y vivir deprisa, y nada queda cuando te niegan el derecho de ser madre.

Paulina cogió su taza, miró el sello del fabricante y sonrió.

Me encapricho con la loza bonita. Tengo demasiadas tazas, pero la de mi madre ni la cambio ni la presto.

Yo también guardo una de mi madre.

¿Y solo la usas en casa?

Es la del fin de semana, mi café especial.

El café de la oficina es infame aprobó Paulina. A mi padre le da un soponcio si lo prueba. Es gourmet hasta en el café.

¿Y te ayuda con Daniel?

Son uña y carne. Sin él, ni sé. Siempre le creí frío, pero desde que nació Daniel, vi a otro hombre.

¿Por qué dijiste que ya pasaste esto antes?

Paulina suspiró.

Trabajé en una empresa de aparatos médicos, propiedad de un amigo de mi padre, quien me ayudó a entrar. Pero cometí un error… Necesitaba una silla especial para Daniel. La conseguimos, y la gente empezó a murmurar. Pasó de rumor a escándalo, y alguien llegó a decir que Daniel era el hijo ilegítimo del jefe. Lo peor es que la esposa del dueño me creyó… y yo huí de allí.

No lo permitas bufó Esther apartando el postre. No dejes que inventen.

No puedo tapar cien bocas. Cuanto más niegue, más inventan.

Esther meditó.

Bah, cambiemos de tema Paulina echó el último té en las tazas. Quiero comprar coche nuevo, bueno, de segunda mano. ¿Conoces a alguien que me asesore? Mi padre, poco, y yo menos.

Tienes suerte. No necesitas a nadie más sonrió Esther. Mi padre tiene talleres. Te acompaño.

¿De verdad? ¿Sabes de coches?

Aprendí desde niña en el taller. Mi madrastra llegó tarde a mi vida. Mi madre murió joven.

¿No la recuerdas mucho?

La echo de menos. Mi madrastra fue correcta, pero no nos unimos mucho. Mi padre siempre estuvo allí.

Qué sabia eres.

No mucho, la verdad. Aún le echo de menos y le celo algo. Pero la vida es así. Ahora sus otros hijos lo necesitan más.

Paulina asintió.

¿Has visto coches ya?

Sí, tengo dos candidatos.

Este finde los vemos.

Y así fue. Una semana después, Paulina estrenaba coche. Dos semanas más tarde, Esther la observaba desde el aparcamiento: Paulina salía del ascensor acompañada de Román, quien, tras un breve saludo, quedó haciendo guardia mientras Paulina se encaminaba hacia ella.

¿Hablaste claro?

Le dije que no saldríamos juntos.

¿Le contaste lo de Daniel?

Sí.

¿Y él?

Pues, Esther… era previsible. Pero mira, nada mejora la autoestima como que un hombre interesante te eche el ojo, ¿no?

Nada mal. Pero mejor aún sería que lo hiciera con todas las consecuencias.

Ay, no, Esther. Las consecuencias llegaron hace tiempo y se quedarán mucho. Por cierto, Daniel pregunta cuando vienes: dice que nadie juega con él en línea como tú.

Le compré un juego nuevo.

¡Ay, no le malcríes!

¡Déjame hacerle un regalo!

Trae el juego y un álbum de dibujo, ya sabes lo que le gustan.

Días después, cuando Esther visite a Paulina, Daniel la recibirá con su flamante portátil nuevo entre risas. Paulina hará un gesto cómplice. Y cuando Esther, ya en la cocina, le susurre si hay novedades, Paulina, con esos ojos azulicios azules, soltará una sonrisa que ilumina la estancia:

No sé nada, Esther. Y me da un miedo terrible. Pero soñar… soñar no hace daño, ¿verdad?

Lo que daña es no soñar asentirá Esther.

Y un año después, junto a Daniel sosteniéndose firme, despreciando la silla a un lado, Esther le preguntará:

¿Orgulloso de tu madre?

Muchísimo responderá Daniel, vibrando de alegría mientras ve a su madre, espléndida en su vestido blanco durante la ceremonia con Román.

Mientras, Esther se inclina, y Daniel le murmura:

Se me ha ocurrido una historia para un juego nuevo.

Rara vez se equivocan contigo, genio. ¿De qué va?

De una diosa fuerte, orgullosa y hermosa, capaz de vencerlo todo y salvar a todos.

¿No será de tu madre?

No hace falta decirlo Esther le guiñará un ojo y saludará a Paulina.

Ni se te ocurra contarlo replicará Daniel, haciéndose el ofendido. Pero ambos reirán. Y Paulina, desde lejos, elevará su ramo mientras mira de reojo a su amiga, cómplice y feliz.

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