Nora debe levantarse dos horas antes y acostarse dos horas después que la “suegra”

Un día antes de comenzar las vacaciones, mi marido, Javier, me sugiere pasar el verano en la casa de campo de sus padres, cerca de Segovia. Tenemos dos hijos: nuestro hijo mayor, Mateo, tiene nueve años y está de vacaciones escolares durante todo el verano, mientras que nuestra bebé, Carmen, de siete meses, estaría mucho mejor al aire libre, respirando el aire fresco del campo, que en el bullicio sofocante de Madrid. Javier me asegura que sus padres estarán encantados de pasar tiempo con sus nietos y que comprenden perfectamente lo complicado que puede ser criar niños pequeños, así que no exigirán demasiado de nosotros.

Pienso que es una oportunidad estupenda para la familia y acepto enseguida. Sin embargo, el tiempo acaba demostrando que estaba muy equivocada

Javier y mi suegro, Alfonso, apenas quieren quedarse en la casa rural. Prácticamente en cuanto llegamos, regresan a Madrid por el trabajo y solo aparecen los fines de semana, esperando la mesa puesta, la casa limpia y, en general, que les preparemos todo para poder descansar del estrés laboral. A lo largo de la semana, estoy sola en la finca con los niños y mi suegra, Pilar.

Mateo, el mayor, necesita apenas unos minutos para desordenar por completo la pequeña casa, así que tengo que estar pendiente de él todo el rato. Carmen aún sigue siendo un bebé: además de ocuparme de ella, debo asegurarme de comer y dormir bien para no perder la leche materna. Nunca he sentido tanta tensión y estrés como aquí, así que disfrutar de la vida en plena naturaleza era imposible.

Las tareas con mi suegra se reparten automáticamente: ella se encarga del invernadero y de la siembra; yo me ocupo de la cocina y de la casa. Decidimos turnarnos para vigilar a los niños. Como por las tomas nocturnas de Carmen acabo agotada y me acuesto temprano, sobre las nueve, Pilar sigue trabajando en el jardín. Cada noche, cuando acuesto a los niños, le pregunto si necesita que la ayude, pero siempre me responde que no hace falta.

Aguanto con resignación las dificultades cotidianas de la vida en la finca y pienso que mi relación con Pilar es buena.

Sin embargo, el tiempo me demuestra lo mucho que me había equivocado. Todo se hace evidente cuando Javier, que viene el fin de semana, me toma aparte y me dice que su madre está molesta conmigo. Resulta que Pilar se siente agotada en el jardín. Sin ayuda mía, le parece que yo solo duermo. Javier incluso me repite sus palabras: Una nuera debería levantarse al menos dos horas antes y acostarse dos horas después que su suegra.

Encima le molesta que no estire las camas de los niños después de la siesta, lo que choca con su idea de la higiene.

Tal vez no sea la mejor anfitriona, pero no comprendo por qué tengo que extenuarme en el huerto solo para contentar a mi suegra.

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