Junto a mi hermano heredamos un piso de nuestra abuela. Tras su fallecimiento, ambos pasamos a ser propietarios de la vivienda a partes iguales. Como yo estudié durante cinco años fuera de Madrid, mi hermano vivió solo en el piso todo ese tiempo. Además, hace tres años me contó que tenía planes de mudarse al extranjero. La empresa donde trabajaba abrió una sucursal en Alemania y necesitaba gente con experiencia.
Álvaro aceptó la propuesta de la empresa. Sin embargo, quedaba el tema del piso por resolver. Decidimos sentarnos juntos y buscar la mejor solución. Mi hermano sugirió vender el piso y dividir el dinero. Pero yo comprendí que esa opción no me convenía.
A una chica joven le resulta muy complicado ahorrar lo suficiente para comprarse un piso propio en España. Y como a mi hermano le urgía cerrar el tema cuanto antes, tendría que bajar el precio por la prisa.
Quizá a él no le importaba perder algo de dinero, pero para mí era fundamental no malvender.
Acabamos discutiendo. Álvaro me advirtió que se iría en dos semanas y no había margen para pensárselo mucho. Le prometí entonces que le pagaría su parte en un plazo acordado. Así nos despedimos. Tuve que pedir prestado una cantidad importante de euros a amigos y conocidos. Me tocó trabajar duro para devolverlo cuanto antes.
El tiempo pasó; me casé y tuve hijos. Reformamos el piso. De repente, mi hermano me llamó diciendo que volvía y necesitaba una habitación.
Se lo conté todo a mi marido. Sinceramente, no entendemos las exigencias de Álvaro. Ya le pagué su parte hace años. ¿De verdad se le había olvidado? La sucursal alemana donde trabajaba mi hermano cerró, así que volvió porque perdió el trabajo. No puedo dejar de lado a mi hermano, así que le propuse quedarse con nosotros un tiempo, hasta que encontrase un piso y trabajo.
Pero Álvaro no valoró mi gesto. Dijo que la abuela dejó el piso para los dos, así que era suyo también. Mi marido intervino enseguida para recordarle que yo ya le había pagado su parte y aclaró que el piso era nuestro.
No sé qué será lo próximo. Hoy he aprendido que en ocasiones, aunque uno actúe con buena fe, no todos saben apreciar la generosidad ni recordar los acuerdos pasados.






