Un descarado ultimátum

El atrevimiento de un ultimátum

¡La culpa de todo la tienes tú! ¡Tú! ¡Tú!

El grito de la mujer resonaba por la calle, cargado de rabia y dolor. Su rostro, desencajado y húmedo por las lágrimas, reflejaba la magnitud de su tormento. Las gotas trazaban surcos en sus mejillas enrojecidas, pero ella parecía ajena a todo salvo su furia. Con un arrebato, se lanzó hacia el joven, extendiendo los brazos temblorosos, como si quisiera aferrarse a su chaqueta y zarandearlo hasta hacerle comprender algo. Sus dedos se abrían y cerraban nerviosos, mostrando una pena tan honda en sus ojos que por un instante Germán sintió un escalofrío.

Él logró esquivar su impulso y, con un gesto discreto, se llevó el dedo a la sien, sin alcanzar a comprender cómo podía recaer sobre él toda la responsabilidad de aquello. Internamente hervía de exasperación e incomprensión: ¿acaso era posible que se le culpara de todo?

Si no fuera por ti, mi hija seguiría sana… chilló la mujer entre sollozos, todo su cuerpo sacudido por el llanto. Su voz temblaba, cada sílaba le costaba como si arrastrara una gran losa de dolor. ¡Le has destrozado la vida! ¡Tú!

Eso sólo lo ve usted así escupió Germán, y su rostro perdió toda expresión. Por fin entendía con quién hablaba: la madre de Celia. Pero sentía que la acusación era completamente injusta. La rabia le palpitaba en el pecho; no había hecho nada para merecer semejante ataque. Yo no obligué a su hija a nada. Todo fue por su voluntad, ¿entiende? Celia sólo buscaba llamar la atención, y no le salió bien.

¡No vuelvas a hablar mal de ella! ¡Tú eres el culpable de todo! saltó otra vez la mujer, intentando de nuevo alcanzarlo.

Esta vez fue retenida por su hijo: un muchacho alto, de rostro cansado y ojeras profundas, se notaba que llevaba varias noches en vela. Agarró casi a la fuerza el brazo de su madre y la apartó hacia un lado, intentando calmarla y sacarla del altercado.

Mamá, ya basta, por favor… susurró con cansancio, sujetándola con firmeza. Vámonos de aquí. Esto no puede seguir así.

¡Tienes a tu hermana en el hospital y ni siquiera enfrentas al que le hizo esto! insistía la mujer, luchando por soltarse del agarre. ¡Tenías que haberle roto un par de huesos! ¿Cómo ha podido hacerle esto a Celia?

¿Y yo qué culpa tengo? murmuró el joven, dándole la espalda ligeramente, con una sonrisa amarga y resignada, como si ya estuviera cansado de pelearse así. ¡Igual debiste educar mejor a Celia! Así no habría pasado nada…

Entonces, se oyó la voz aguda y curiosa de una estudiante cercana:

¿Pero qué ha pasado aquí? ¡Esto sí que es interesante!

Germán masculló internamente una maldición. ¿Por qué tenía que presenciar precisamente Lucía aquella escena? Ella, la mayor cotilla de toda la universidad de Salamanca, tenía fama de conocer hasta el último rumor y recordaba historias de hace años que a otros ya se les habían olvidado. Hasta los profesores buscaban esquivarla: temían que les refrescara alguna vieja metedura de pata.

Ahora Lucía, plantada a solo un par de pasos, miraba con una chispa de diversión en sus ojos. Sus labios dibujaban una sonrisa de anticipación, mientras tamborileaba los dedos sobre la correa de su bandolera. Claramente, no iba a irse hasta que le contaran el cotilleo.

Anda, cuéntamelo todo pidió Lucía avanzando un poco más, ladeando ligeramente la cabeza con picardía. Si no quieres, ya lo invento yo sabes que no me falta imaginación.

Germán suspiró hondo, se pasó la mano por el pelo y dirigió una breve mirada a la mujer y su hijo, que seguían discutiendo, ya algo apartados. Sabía que de Lucía no iba a librarse tan fácilmente.

¿No vas a dejarme hasta que lo cuente, verdad? preguntó, resignado.

La chica negó levemente con la cabeza, su mirada casi devorándolo, ansiosa por conocer cada detalle.

De acuerdo, escucha… cedió por fin Germán, bajando mucho la voz. Pero prométeme que no lo sacarás de aquí. Es una historia fea y no quiero que ande pululando por toda la facultad. ¿Hecho?

~~~~~~~~~~~

Todo empezó dos semanas atrás. Ya hacía tiempo que Germán sentía que su relación con Celia iba derechita al desastre. Día tras día esa sensación se volvía más agobiante. Comenzaba a pensar que, en vez de estar con una persona, era como si hablara con un pozo sin fondo; Celia pedía sin cesar atención, necesitaba pruebas constantes de amor, como si las palabras y los gestos nunca bastasen.

Honestamente, Germán estaba hartísimo de sus continuos reproches, rabietas y quejas. Cada contratiempo, cada detalle no previsto por ella, era motivo de drama: Celia anunciaba que no podía vivir así, que nada tenía ya sentido. Le agotaban especialmente sus amenazas de hacer una locura. Al principio Germán las tomaba en serio, se asustaba y trataba de tranquilizarla, pero pronto comprendió que era una forma de manipularle. En esos momentos algo se le partía por dentro quizá la paciencia, la fe en sus sentimientos o la simple capacidad de empatizar. Cada vez sentía menos el calor y el interés de antaño.

Últimamente, aquellas amenazas eran el pan de cada día. Celia encontraba cualquier pretexto para montar una escena: que si Germán tardaba en contestar a un mensaje, que si saludaba a otra chica, que si olvidaba decirle un te quiero antes de dormir. Y no solo eso: le explicaba con todo lujo de detalles qué haría si él la abandonaba, como si ensayara un guion. Germán se sabía ese guion de memoria: primero venían los llantos, luego las amenazas, después las súplicas y promesas de cambio, para acabar en un gélido silencio esperando su reacción. Estaba agotado del círculo vicioso y de sentirse atrapado en una constante tensión.

Una tarde, Celia apareció sin avisar delante de la puerta del piso de Germán. Justo estaba con el ordenador cuando el timbre sonó con insistencia. Al mirar por la mirilla la vio: desencajada, evidentemente había recibido ya su mensaje de ruptura. La cara le ardía, tenía los ojos ya vidriosos por el llanto y las manos le temblaban.

¡Germán! ¡No puedes hacerme esto! golpeaba la puerta con los puños, su voz ronca casi desgarrada. ¡Si me dejas, me hago daño! ¿Me oyes? ¡No es ninguna broma!

Germán se mantenía al otro lado de la puerta, apretando los dientes hasta que le dolía la mandíbula. Luchaba por no dejarse arrastrar: una parte de él quería abrir la puerta, abrazarla y consolarla, la otra recordaba el precio de ceder. Si la dejaba entrar, sabía que le esperaba otra noche de lágrimas, reproches y amenazas. Conocía de sobra ese patrón.

Debes buscar ayuda le respondió a través de la puerta, la voz más cortante de lo que quería, pero agotado y sin fuerzas para fingir amabilidad. No estás bien, Celia, y yo no pienso ser responsable de tus decisiones. Tema zanjado.

¡Germán, no puedes tratarme así! chilló Celia y, dejándose llevar por la rabia, dio una patada a la puerta, solo para arrepentirse enseguida del dolor que le recorrió el pie. Sollozó, se irguió como pudo y, entre susurros, pidió otra oportunidad para hablar siquiera un minuto.

En ese momento, del piso nació el paso lento y medido de una vecina mayor, que subía con dificultad apoyándose en la barandilla. Su pelo, recogido en moño, y las gafas finas sobre la nariz la hacían parecer más severa.

Vete a casa, hija declaró la anciana con desaprobación, deteniéndose a cierta distancia. Una buena chica no se exhibe así ante un hombre. ¿Dónde está tu decoro, tu educación? Eso no es propio de una señorita de bien.

¡No le he preguntado su opinión! saltó Celia, levantando la barbilla con un orgullo fingido, aunque las palabras de la mujer le pinchaban la conciencia. Por dentro sentía que quizá llevaba razón, pero la vergüenza le impedía admitirlo. Con dignidad forzada, lanzó otro par de réplicas y se marchó, haciendo resonar sus tacones por las escaleras.

Mientras descendía, las mejillas ardiendo de rabia y vergüenza, Celia pensó que esto no podía quedar así. Germán no podía dejarla, ¡no tenía derecho! Recordó con añoranza aquel vestido que había visto en el escaparate hacía unas semanas: blanco de encaje, largo, y soñó con aquel anillo pequeño con su diamante brillante. Imaginó cómo serían las cosas si él cediera.

No me va a dejar tan fácilmente, se repetía, bajando los escalones. Ahora verá de qué soy capaz.

Unas horas más tarde Germán, de pie en la cocina con una taza de té frío, recibió un mensaje extraño. Celia le escribió diciendo que no podía más, jurándole que no le culpaba de nada. El texto era caótico, plagado de repeticiones y exclamaciones, propio de quien escribe presa de una agitación brutal, aunque él sabía que Celia nunca bebía alcohol. Al final, le pedía que fuera a verla porque decía tener miedo a estar sola.

Germán leyó el mensaje un par de veces. Notó el ansia contradictoria: la preocupación sincera y la certeza de estar ante una nueva manipulación. Conocía sus tretas al dedillo.

Si cedo ahora, pensó, nunca se acabará. Aprenderá que puede controlarme siempre, y jamás me dejará en paz.

Decidió buscar entre sus contactos el número de la madre de Celia. Le explicó en pocas palabras lo sucedido y le remitió el último mensaje de la chica. La mujer prometió acudir enseguida. Germán colgó, sintiendo un gran peso aliviado: al fin alguien adulto tomaría el control directo.

Entonces, se puso a preparar el siguiente examen. Lo apagó todo para estudiar concentrado, sin distracciones. Lo que desconocía era lo que estaba sucediendo fuera de aquellas paredes

Pasaron unas horas y, cuando por fin hubo terminado de repasar las anotaciones y los apuntes, Germán encendió el móvil. La pantalla se llenó de notificaciones y llamadas perdidas, la mayoría de la madre de Celia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al leer el primer mensaje: Celia está en el hospital. Han llegado a tiempo. Está fuera de peligro.

Por un instante se quedó inmóvil, procesando la noticia. Ella no estaba fingiendo realmente lo había intentado. Su imagen tras la puerta, entre lágrimas y gritos, le volvió a la mente. Sus ojos cambiaban de vivos y alegres a vacíos y remotos, como si lo que una vez fue su mundo quedara muy lejos.

Sus manos temblaban al leer el siguiente mensaje: ¡Tú tienes la culpa! ¡Por tu culpa ha hecho esto! Se le heló la sangre. Quiso serenarse, pero las palabras retumbaban en su cabeza.

Llamó entonces a la madre de Celia, con el pulso acelerado.

¡Ven al hospital y pide perdón de rodillas! gritó la mujer nada más descolgar. Su voz, rota por la desesperación, le conmovió un instante, pero Germán pronto ahuyentó ese sentimiento. Sus acusaciones eran demasiado duras.

¿Quiere usted algo más? replicó Germán, asombrado por tanta osadía y exigencias. No pienso pedir perdón por algo que no he hecho. Le dije a su hija que necesitaba ayuda profesional. No puedo sacrificar mi vida por los caprichos de alguien inestable.

¡Estás obligado! ¡Por tu culpa está en el hospital! no paraba la mujer, casi aullando.

Se acabó. No pienso seguir hablando. Celia solo busca atención, si hubiese querido realmente… Bueno, ni siquiera me hubiera mandado el mensaje. Adiós, y no vuelva a llamarme, por favor.

Intentó finalizar la llamada, pero la voz desesperada de la mujer volvió a sonar:

¡Si no te casas con ella… será peor! Si accedes, todo se arreglará, te lo prometo. Ella volverá a ser la de antes, estoy segura. Tienes que hacerlo, Germán. Por su bien. Por el nuestro. Si la dejas ahora, estarás marcado de por vida.

Germán no podía creérselo. La propuesta de matrimonio sonaba tan disparatada que, por un instante, perdió hasta la voz. Era un ultimátum en toda regla; sentía la ira bullirle en las venas. ¿Cómo podía alguien solucionar los males de su hija a golpe de chantaje?

¿De verdad me lo está diciendo en serio? murmuró, incapaz de contener su disgusto. ¿Quiere que me case con su hija porque amenazó con hacerse daño? ¡Eso es un chantaje, sin más!

No lo llames así gimió la mujer, tan angustiada que su voz se rompía. Quiero salvar a mi hija. La has destrozado y ahora tienes que remediarlo. Imagina lo que es verla apagarse, enflaquecer, dejar de sonreír ¡Sólo tú puedes ayudarla!

¿Y cree usted que un matrimonio forzado lo arreglaría? replicó Germán, dejando ya hablar la indignación. ¿Cree que sellar un papel cambiaría lo que está pasando? Eso no es amor, es una enfermedad. No formaré parte de este juego emocional, ni permitiré que me atrape la culpa y el miedo.

¡No lo entiendes! gimió la mujer, casi ahogada en lágrimas. Cambiará, lo prometo. Yo la conozco. Está confundida y necesita apoyo. Tú eres su apoyo. Si la dejas, lo lamentarás toda la vida. ¡Todo recaerá sobre ti!

Germán respiró hondo, luchando contra la tormenta de emociones. Aquellas palabras le despertaban cierto remordimiento: una parte de él había querido mucho a Celia, pero sabía que ceder ahora sería condenarse a una existencia asfixiante y sin sentido.

No me casaré con su hija respondió con voz firme, cada palabra afilada. Ni ahora ni nunca. No sacrificaré mi vida por una ilusión de salvación. Celia tiene que afrontar sus propios demonios, con o sin ayuda profesional. No soy ni su psiquiatra ni su cuidador ni su salvador. No nací para desempeñar ese papel.

¡Eres un desalmado! gritó la madre de Celia, indignada. Has destruido a mi niña y no quieres asumir las consecuencias. ¡No tienes ni idea de lo que has hecho! Nunca se recuperará sin ti. Le robas la última esperanza.

La última esperanza es un buen psicólogo respondió Germán, controlando el tono pese a la rabia. No aferrarse a quien ya ha tomado una decisión. Su papel es ayudarla a aceptar la ruptura, no empujarnos a un matrimonio abocado al fracaso. Eso no soluciona nada, sólo lo retrasa.

La pausa al otro lado del teléfono fue larga. Se escuchaban los sollozos de la mujer intentando recomponerse y buscar las palabras adecuadas.

Nunca la has querido susurró al fin, con una amargura que le caló hondo. Todo este tiempo sólo la has utilizado. Y ahora la abandonas cuando más te necesita. Como si fuera un juguete.

Nunca me aproveché de Celia respondió Germán, pesadamente. De verdad la quise, pero amar no es torturar, ni vivir pendientes de amenazas. Tampoco para mí es vivir esperando el siguiente escándalo. Ambos merecemos algo mejor.

Eres un cobarde suspiró entonces la mujer, todo desprecio. Temes asumir responsabilidades, dar un paso, ayudar a quien lo necesita.

Temo arruinar dos vidas en vez de una replicó Germán. Su voz, por primera vez, se mostraba inflexible. Este matrimonio sería una trampa, no una salvación. Ni para Celia, ni para mí. Esto es lo correcto. Adiós. No me llame más para esto, se lo ruego.

Colgó y dejó el móvil sobre la mesa, como si de repente pesara una arroba. Seguía temblando, sacudido por la tormenta de reproches, remordimientos y rabia, por no saber dar a esa familia lo que esperaban. Lentamente, inspiró y expiró varias veces, hasta tranquilizarse y poner un poco de orden en sus pensamientos. Apoyado en el respaldo de la silla, cerró los ojos durante unos segundos.

~~~~~~~~~~~~

Y esa, Lucía, fue toda la historia concluyó Germán, mirando distraído por la ventana, donde las sombras del anochecer caían sobre las calles de Salamanca. Su voz era apagada y ausente, sus hombros hundidos bajo el peso de tantas emociones. Se pasó la mano por el cabello, queriendo librarse del poso de amargura que le dejaba el relato. Y, por cierto, el hermano de Celia piensa como yo. Él mismo vio que todo era un teatro, una forma de llamar la atención. Dice que Celia ya era así de manipuladora desde pequeña, sólo que nunca llevó las cosas tan lejos…

Lucía guardó silencio, enrollándose un mechón de pelo. Lo miró con cierta ternura y empatía, poco habitual en ella, conocida como la reina del cotilleo en aquella universidad. Pero esta vez sus ojos no destilaban morbo, sino verdadero apoyo.

No has tenido suerte con tu novia, ni con su madre dijo en voz baja, suave. Pero tienes razón. Casarse bajo presión habría sido la peor de las decisiones. Celia tiene que aprender a vivir sin manipular y su madre a aceptar que no puede solucionarlo a la fuerza. Si quieres un consejo, bloquea todos sus números y no vuelvas a contestar. O seguirán robándote la energía y atrapándote con sus dramas.

Eso pienso hacer… respondió Germán, por fin dejando escapar el aire, mientras sentía cómo la losa se apartaba un poco de sus hombros. Se irguió, cerró los ojos y, después de mucho tiempo, sintió que volvía a respirar en libertad.

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Un descarado ultimátum
Olia, ¿son esos kilos de más tuyos?