Olia, ¿son esos kilos de más tuyos?

Oye, ¿y esos kilos de más que tienes? La madre de Adrián no se daba por vencida.

En mi opinión, no me sobran, y además, a mi futuro marido le encantan. No todas tenemos que ser muñequitas de porcelana. Lucía, con una mirada burlona, recorrió a Elena y a la madre de Adrián. Elena, indignada, estalló.

¡Mamá! ¿Compraste el té para adelgazar? ¿Y las semillas de chía? ¡¿Por qué me pusiste tanta mantequilla en las gachas?! ¡Son calorías de más! Adrián, ¿otra vez pan de molde? ¡Es malísimo! Hay que beber tres vasos de agua por la mañana, si no, la báscula no baja ¿Dónde está mi botella? Adrián llevaba escuchando este tipo de comentarios desde pequeño.

Su madre y su hermana mayor vivían obsesionadas con su figura. Elena, que ya rondaba los treinta y ocho, jamás se había casado y parecía un caballo famélico, con mirada hambrienta. Su madre, en cambio, era recta como una aguja de tricotar.

Estaba tan harto que siempre se rodeaba de gente alegre, de buen comer. Y soñaba con que su futura esposa fuese todo lo contrario a ellas. ¡Y la encontró!

Se llamaba Lucía. Hasta su nombre sonaba dulce, como un pastel recién horneado. No, Lucía no era gorda. Pero con sus setenta y tres kilos y un metro setenta y tres de estatura, irradiaba salud y felicidad. Pechos generosos, cintura estrecha, curvas femeninas y hoyuelos en sus mejillas, que invitaban a pellizcarlas. Adrián se quedó embobado al verla.

Una tarde, llevó a su hermana al banco por unos trámites. Ella tomó un número y se sentó, mientras él paseaba por la sala.

De pronto, escuchó una risa plateada, como un cascabel. Era suave, pero contagiosa. Adrián no pudo evitar sonreír y buscó de dónde venía.

Era la cajera, atendiendo a un anciano que le había contado algo gracioso. Adrián no podía apartar la mirada de ella: su pelo ondulado, sus labios de arco, y su figura, redondeada en los lugares precisos

En el coche, su hermana hablaba sin parar, pero él seguía en el banco, con aquella chica.

Adrián, ¿me escuchas? preguntó Elena, molesta.

Claro, claro mintió, intentando recordar de qué hablaba.

Le dije que no como carne frita, solo pechuga hervida se quejaba Elena de su último pretendiente. Adrián asintió compasivo.

Al día siguiente, volvió al banco. Al verla, suspiró aliviado. Cuando cerró, sacó un ramo de rosas y se acercó.

Oye, ¿necesitas un marido o un yerno para tu madre? soltó, torpe, mientras le tendía las flores.

Ella se rio, pero las aceptó.

¡Dios, qué bonitas! ¡Y huelen maravilloso! enterrando su nariz en ellas, mientras él la admiraba.

Desde entonces, fueron inseparables. A veces, conoces a alguien y sabes que es lo único que necesitas. A Adrián le pasó con Lucía. Le propuso matrimonio un mes después, y ella aceptó encantada. Solo faltaba presentarla a sus padres.

Los padres de Lucía lo recibieron con una mesa llena de comida, risas y alegría. Su madre, una mujer espléndida, lo besó en ambas mejillas, dejándolo rojo. Su padre le dio una palmada en el hombro y lo llevó a la cocina.

Aléjate de las mujeres, que te van a agobiar. Pero Natalia, la madre de Lucía, es tranquila. Por eso la quiero desde hace treinta años. Y Lucía es un diamante. Cuídala, hijo.

Pasaron horas comiendo, riendo y cantando con la guitarra de Iván. Adrián se sintió como en casa.

Tres días después, fueron a casa de sus padres. Lucía compró pasteles artesanales. Al llegar, su madre, Carmen, los recibió con la boca abierta.

¿Esta es Lucía? preguntó, escudriñándola.

Sí, encantada dijo Lucía, estrechando su mano con firmeza.

La familia de Adrián quedó en silencio. Solo su padre, Miguel, intentó animar el ambiente.

¡Brindemos por las mujeres de esta familia, tan distintas pero tan queridas!

Más tarde, al salir, Adrián y Lucía se rieron.

Vaya No esperaba que mi futura suegra me llamase gorda.

Cariño, eres preciosa. Y ellos bueno, no se elige a la familia.

La boda fue el 25 de agosto. Lucía brillaba en su vestido, resaltando sus curvas. Adrián no apartaba los ojos de ella. Natalia, su madre, deslumbraba igual. Los hombres no podían mirar a otro lado, mientras Carmen y Elena pasaban desapercibidas, vestidas con rigidez.

Durante el baile, Carmen murmuró:

La novia podría perder unos kilos Ese vestido no la favorece.

Natalia la escuchó.

A los hombres les gustan las mujeres de carne y hueso. Su hijo, por ejemplo. Y usted, cuide sus palabras, que aunque parezca dulce, no me controlo cuando hablan mal de mi hija.

Carmen, acorralada, palideció. Iván intervino rápidamente:

¡Venga, Natalia, baila conmigo!

La fiesta siguió, llena de risas. Y, al final, lo único importante era que los jóvenes fueran felices. ¿No es eso lo que cuenta?

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Olia, ¿son esos kilos de más tuyos?
Nunca Tomé lo que No Era Mío en la Vida Marta, incluso de adolescente en el instituto, sentía un profundo desprecio y a la vez cierta envidia hacia Ana. Despreciaba el hecho de que los padres de Ana eran unos bebedores empedernidos, que apenas conseguían algún trabajo y vivían al día. Por eso, Ana iba siempre medio hambrienta, con ropa desgastada y un aire de tristeza. Su padre, además, la maltrataba con frecuencia, por cualquier excusa, y su madre nunca la defendía, pues también temía al marido. Solo su abuela era el rayo de luz en la vida de Ana. Una vez al mes, con su pequeña pensión, la abuela le daba a su nieta una “paga” por portarse bien, aunque Ana sabía que aunque se portara mal, la abuela haría la vista gorda y le daría igualmente los cinco euros prometidos. Ese día, Ana corría a la tienda, compraba helado para ella y su abuela, algo de turrón y caramelos. Siempre intentaba racionar esas pequeñas alegrías para todo el mes, pero a los pocos días ya no quedaba nada dulce. Su abuela, entonces, le ofrecía su propio helado del congelador, “Toma, hija, cómetelo tú, que me duele un poco la garganta”, y Ana siempre pensaba que era curioso cómo la garganta de la abuela empezaba a molestar justo cuando ya no quedaban caramelos… La familia de Marta representaba todo lo contrario: casa llena, padres trabajadores, ella vestida a la última moda. Sus compañeras le pedían ropa prestada y a Marta no le faltaba de nada. Pero Marta envidiaba la belleza natural de Ana, su simpatía innata y esa capacidad para empatizar con todos. Ella consideraba indigno siquiera dirigirle la palabra a Ana, la miraba con desprecio y una vez, delante de todos, la llamó “¡Eres una desgraciada!”. Ana, hecha un mar de lágrimas, corrió a contárselo a su abuela. Su abuela la abrazó y le dijo: “No llores, Ana. Mañana respóndele: ‘Sí, tienes razón, ¡soy una hija de Dios!’”. Marta también era guapa, pero su hermosura era fría e inaccesible. En la clase, el preferido de todas era Carlos: un alumno regular, simpático y bromista que, pese a sus suspensos, siempre tenía una sonrisa. Pronto, Carlos empezó a acompañar a Marta a casa tras las clases, y la esperaba cada mañana en la puerta del instituto. Todo el mundo bromeaba con que eran novios, y hasta los profesores sabían lo que se cocía entre ambos. Al graduarse, cada uno siguió su camino, pero Marta y Carlos se casaron rápidamente tras descubrir que ella estaba embarazada. Pronto nació su hija, Sofía. Ana, tras acabar el instituto, tuvo que ponerse a trabajar. Su abuela ya no estaba y sus padres esperaban que ella los mantuviera. Aunque no le faltaban pretendientes, Ana se resistía, avergonzada por su familia y porque nadie le tocaba realmente el corazón. Pasaron los años. Frente a la consulta del centro de salud, se cruzaron de nuevo los destinos de Ana y Carlos, ambos acompañando a una madre y una esposa, respectivamente, aquejadas del alcoholismo. El reencuentro de antiguos compañeros les sirvió de apoyo en esos duros momentos. Carlos terminó separándose de Marta, quien se hundió del todo en la bebida, y se quedó criando solo a Sofía. Poco a poco, Carlos y Ana se hicieron inseparables. Compartieron experiencias y consejos, y el cariño creció en confianza mutua. Finalmente, Carlos pidió a Ana que se casara con él y formaron un nuevo hogar junto con Sofía. Sofía fue arropada por el amor y la calidez de Ana, quien con el tiempo fue llamada ‘mamá’ por la niña. Unos años después, tuvieron una hija juntos, María. Un día, la felicidad de la familia fue interrumpida por una visita inesperada: Marta, desmejorada y ebria, apareció en el umbral acusando a Ana de haberle robado a su esposo e hija. Con entereza, Ana le respondió: “En la vida nunca tomé nada que no fuera mío. Renunciaste a tu familia sin entender nada. Y nunca he dicho una mala palabra de ti. De corazón, me das lástima, Marta…”. Y cerró la puerta, con dignidad, ante aquella sombra de un pasado superado.