La vida bajo control
Miguel irrumpió en la comisaría, atravesando pasillos que se curvaban y se doblaban bajo las luces parpadeantes, como si el edificio mismo flotara entre las brumas de un sueño espeso. Caminó hacia el mostrador, donde un policía con ojeras infinitastan profundas como los pozos de Segoviamecía su bolígrafo sobre un mar de expedientes, mientras la realidad parecía doblarse y retorcerse a su paso. La cara de Miguel, demacrada y sudorosa, estaba surcada por unas sombras violáceas: llevaba tantas noches sin dormir que el mundo era un oleaje borroso, irreal.
¡Quiero poner una denuncia por desaparición de persona! escupió, el aire colapsando en sus pulmones. Mi prometida ha desaparecido, ¡ha desaparecido sin dejar rastro! No fue al trabajo, los amigos no saben nada… Algo malo le ha pasado, lo presiento. He llamado a todos los hospitales de Madrid y nadie la ha visto entrar…
El agente torció el gesto, arrugando el ceño mientras sus gafas se deslizaban hasta la punta de la nariz, como queriendo marcharse de aquel despacho. Con ritmo monótono, golpeaba la mesa con su bolígrafo, y el eco del golpeteo se colaba en la estancia como si fuera el tic-tac de un reloj distorsionado, que marcaba el tiempo en los dominios del absurdo.
¿Cuánto hace que no ve a su prometida? preguntó, su voz atravesada por el hastío de mil tardes grises, sin piedad ni compasión, sólo un leve y casi invisible fastidio. Ya eran muchos los que llegaban, presas del pánico, sólo para descubrir que el marido estaba en casa de la tía en Toledo o que la novia se había olvidado de cargar el móvil y de pronto reaparecía, como si nada, tras un par de días.
Miguel parpadeó y se ajustó la goma en la muñecaun gesto aprendido de Carmen, su prometidacomo si quisiese espantar la niebla de su cabeza a base de pequeños chasquidos de dolor. Respiró hondo, tratando de domar el corazón desbocado que rugía y saltaba como un ciervo asustado en una dehesa. La voz le tembló:
Hace tres días… Lo he buscado todo, no está en ningún sitio. Carmen jamás dejaría su trabajo así porque sí, es maestra de infantil y adora a los niños. Además, la semana que viene tiene la graduación de su clase, no se lo perdería. No es su estilo. Íbamos a casarnos, estábamos pensando en presentar los papeles…
Algo en la voz de Miguel, su desesperación casi tangible, hizo que el agente se incorporase un poco en la silla, como si le costara dejarse arrastrar por la gravedad. Aquella angustia era tan densa que parecía flotar en el aire, obstinada y venenosa.
Entiendo murmuró, escrutando a Miguel. ¿Ha hablado con la familia?
Sólo tiene a su madre, que vive en Galicia. Apenas la he tratado, y hace dos años que no tienen mucha relación. Carmen nunca me dijo por qué discutieron y se distanciaron. Decía que era “algo entre ella y su madre”… Miguel se dejó caer en una silla, cubriéndose la cabeza con las manos. Toda su angustia se arremolinaba en las sienes, donde la sangre latía desacompasada, como celebrando una fiesta enloquecida.
Recordó cómo Carmen se cerraba, cómo ninguna pregunta conseguía atravesar aquella armadura. Él sentía la necesidad de saberlo tododónde, con quién, por qué, qué sueños la cortaban por la noche, hasta qué desayunabapara sentirse seguro y tener la sensación, aunque sólo fuera un espejismo, de que nada malo podía ocurrir. En el fondo, siempre se disculpaba con la idea de que era por cariño y protección. Ahora una punzada de culpa le cruzó el pecho, efímera: ¿habría apretado demasiado? Pero esos pensamientos se disolvieron en bruma; lo único importante era encontrarla.
Alzó la cabeza, dispuesto a responder, a hacer lo que hiciera falta. El agente, mientras tanto, daba vueltas a algo en su cabeza.
¿No crees que estás un poco encima de ella? le había dicho, semanas atrás, su compañero Santiago, mientras veía cómo Miguel marcaba, por quinta vez, el número de Carmen esa mañana. A ver cómo tu Carmen no se harta un día. La mía me manda a freír churros si le llamo dos veces seguidas.
Miguel se había encogido, fingiendo seguridad:
Es que Carmen es un poco ingenua, y me gusta cuidarla. Si la dejo a su aire, seguro que termina en algún lío. Mejor tenerlo todo bajo control.
Su colega resopló, pero no insistió. Total, cada uno lleva su vida, pensó.
Vaya al despacho número cinco el agente despertó a Miguel de sus recuerdos. Allí podrán tomarle la denuncia en detalle.
Miguel asintió y caminó hacia el despacho, que se alargaba y se encogía como si el pasillo fuera de plastilina. Dentro, relató minuciosamente la rutina de Carmen, sus costumbres, los lugares que frecuentaba, incluso que si iba a estar fuera cogía siempre un bolso azul, grande y raído. Describió su ropa, las personas con las que hablaba últimamente, sus aficiones, los gestos que delataban su humor…
El policía le escuchó con creciente asombro, llenando páginas de su cuaderno: ni los padres saben tantas cosas de sus hijos. “Más parece un acosador que un novio”, pensó para sí el agente, anotando cada detalle. Pero la desaparición estaba ahí, había que esclarecerla. Quizá Miguel, tan nervioso y obsesionado, estuviera implicado. Quién sabe. Decidió, mientras tanto, recorrer el camino habitual: hablar con los vecinos de Carmen, revisar las cámaras de seguridadquizá entre las sombras de La Latina o el Retiro encontrara algún rastroy telefonear a los compañeros del colegio.
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De la bruma de la comisaría, Miguel salió directo al edificio donde vivía la mejor amiga de Carmen. Subió tropezando por unas escaleras que se retorcían como una espiral imposible y cuyo eco era un relincho lejano de caballos invisibles. Tenía la esperanza, como un faro tembloroso, de que allí encontraría alguna señal de su novia, pero la ansiedad seguía creciendo y le subía por el estómago como una marea negra.
Lucía, la amiga, vivía en una corrala en las afueras, entre geranios de plástico y cortinas ajadas por décadas de sol. Miguel no sentía ninguna simpatía por Lucía. Era un alma sencilla, y a él le gustaba eso: los amigos demasiado perspicaces sólo traían problemas. Había aprendido a mantener las amistades de Carmen a raya.
Cuando abrió la puerta, Lucía parecía un personaje de las novelas de Galdós: ojos sorprendidos, manos devanando los flecos de un mandil, la inocencia pintada en la cara.
¿Ha contactado Carmen contigo?
No… ¿Tenía que hacerlo? balbuceó ella, perdida.
Miguel sintió cómo la irritación le quemaba por dentro. Aquella expresión ingenua no ayudaba en nada.
Sois amigas, ¿no te importa que haya desaparecido? ¡He puesto una denuncia! ¿Cuándo hablasteis por última vez?
Hace como dos meses… Últimamente hemos perdido el contacto. Me voy a casar y no quiero líos. Además, Carmen es guapísima, yo no quiero tentar a mi prometido. Es un hombre de posibles y, bueno… Lucía empezó a contarle su vida, ajena a la tensión de Miguel.
Él no quiso oír más; dio media vuelta bruscamente y salió, la puerta cerrándose tras él con un portazo que reverberó por los pasillos como una campana rota. Bajó las escaleras siguiendo la línea quebrada de los azulejos mientras pensaba, martilleando de furia: ¿nadie sabe nada? ¿Dónde estás, Carmen?
Lucía, entretanto, curvó una sonrisa ladina, sacó el móvil de su bolso y mandó un mensaje escueto a un número aprendido de memoria. Mientras la pantalla se apagaba, un brillo pícaro encendía sus ojos, como si acabara de mover ficha en una partida de ajedrez alucinada.
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La casa de Miguel parecía ahora un laberinto de espejos. Entró atropelladamente, casi derribando a la vecina, una anciana de pelo azul plomo y bata estampada de flores, que le soltó una retahíla de improperios. No escuchó, subió las escaleras a trompicones, como si temiera dejar huellas en el aire. Al pie del portal, las comadres del barrio ya trinaban, compartiendo la anécdota: ¡Me ha arrollado el mocoso ese, ni un perdón me pidió!. Aquella frase se convertiría en leyenda en la acera de granito.
Miguel recorría su piso trastabillando entre sombras. Sólo le quedaba el eco de la pregunta: ¿me ha mentido Carmen alguna vez? Decía que iba a ver a Lucía cada semana… Pero ahora, la realidad parecía descomponerse: ¿dónde había estado, con quién? ¿Cómo había podido escaparse de su radar?
Siempre lo había controlado todo: la ropa de Carmen, el tinte del pelo, incluso su profesiónla misma que él consideraba el éxito. Pero Carmen odiaba aquel colegio de élite: los niños malcriados, los padres que creían tener una princesa en miniatura. Él nunca la escuchó realmente, sólo dictaminó.
Carmen era como una marioneta. Hasta ahora. Ahora sabía que le había mentido. El odio le subía en oleadas amargas.
Cuando la encuentre… pensó, cerrando los puños hasta que las uñas le arañaron la palma nada escapará a mi control. No volverá a tener secretos. Todo quedará claro.
Se puso en pie, caminando de lado a lado de la casa, como un animal atrapado en una jaula de sueños inquietos, preparando listas, llenando el aire de ideas que se evaporaban antes siquiera de acabar de pensarlas.
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¿Don Miguel García?la voz llegaba a través del teléfono enredada en ecos líquidos, como si la ciudad estuviera sumergida bajo el Manzanares. Le llaman de la Policía, sobre su denuncia.
Miguel había logrado dormirse apenas unas horas, tras desvelos furiosos y sofisticados monólogos interiores. Pero aquella palabraPolicíale sacudió. Se incorporó en la cama, con la sábana enrollada a la cintura. Por su mente desfilaron imágenes hiperreales: encontrándose con Carmen, ella culpable, pidiendo perdóna veces llorosay él, severo y paternal. Por fin, pensó, todo se arreglará, le explicará lo mal que lo ha hecho.
¿La han encontrado? ¿Dónde está? ¡Voy ahora mismo! gritó, jadeando.
Tranquilo la voz era fría, tan seca como la meseta en agosto. Sí, la hemos localizado. Bueno, en realidad, ella se ha presentado voluntariamente tras saber que estaba siendo buscada. Sólo podemos decirle que está bien.
¿Pero dónde? ¿Por qué no puedo verla? ¡Es mi prometida! Miguel berreó en el auricular.
Por orden expresa de Carmen Vázquez, no podemos facilitarle ninguna información. Ni le considera su prometido, ni quiere saber nada de usted. Incluso ha amenazado con presentar una denuncia contra usted.
Miguel quedó inmóvil, petrificado, la realidad resquebrajándose en un torbellino absurdo. ¿Carmen no quería verle? ¿Ya ni le reconocía como novio? El mundo daba vueltas, el suelo de la habitación convertido en un océano frío.
¿Y qué le he hecho yo? gruñó, la rabia desgarrándole la garganta.
La ha estado usted acosando afirmó el agente, seco, inamovible. Le daré un consejo: olvídese de Carmen. Ha venido con un abogado carísimo, de esos que sólo aparecen en las pesadillas fiscales, y con chófer y escolta. Créame, no podrá alcanzarla. Es mejor que pase página.
Miguel se derrumbó, quedando sentado al borde de la cama, mientras los muebles parecían distorsionarse y las paredes se inclinaban, como si toda la casa quisiera huir de él. De repente, estalló: un portazo de rabia, un jarrón hecho añicos, una lámina de la Plaza Mayor cayendo al suelo. Caminó desbocado entre trozos de cristal y muebles hostiles, sin encontrar salida al laberinto de rabia, tristeza y desolación en que habitaba.
¿Y ahora, qué? Carmen se había blindado. Nadie en la comisaría le ayudaría. Nunca había sentido tan claramente ese abismo de impotencia y soledad.
Llamaron al timbre.
Miguel se sobresaltótodo le parecía amenaza. Al abrir, vio a Elena, compañera de Carmen en la escuela: bajita, dulce, el pelo recogido en una coleta rubia descuidada. Un aire sencillo, demasiado transparente para sus gustos.
Sé que anda todo el barrio revuelto susurró ella, bajando la mirada. Que la policía no te ayuda… He pensado venir un rato, quizá te venga bien compañía.
Miguel sintió un calor extraño cuando la vio, tan abierta y vulnerable, y esbozó una sonrisa lánguida, casi forzada.
Pasa, gracias dijo, fingiendo gratitud, la voz rota.
Elena se sentó en el rincón del sofá, como una figurita de porcelana insegura, rodeando la taza de té que Miguelmoviendo tazas, limones y sobres de azúcar como en un ritual medievalle acercó desde la cocina.
Yo también estoy preocupada. Carmen no era así, jamás habría desaparecido sin decir nada balbuceó ella. No podía quedarme de brazos cruzados, sabiendo lo que sufres…
Miguel, enfrentado a la taza humeante, apenas podía reconocer sus propios pensamientos. De pronto, miró a Elena y algo en aquella vulnerabilidad le tentó.
Pensó, vago, mientras removía el té: Quizá ella pueda llenar el hueco; quizá resulte más sencillo forjar a alguien nuevo, alguien dócil…
Alzó la vista y sonrió, como si todo estuviera bajo controlsiempre bajo controlmientras en la estancia los objetos bailaban en la periferia de su visión, y la certeza de un futuro incierto se movía, lenta y retorcida, como humo de incienso sobre un altar olvidado.






