Enemigos jurados

En cuanto se recuerdan las historias de antaño, siempre sale a relucir aquella aventura de Dionisio y su fiel mastín, Ciro, en las afueras de Segovia, cuando la tranquilidad del campo se veía interrumpida por los insólitos lances de sus animales. Aquella tarde, Dionisio había decidido echarse una siesta, justo cuando el furioso ladrido de Ciro irrumpió a través de la ventana abierta. Por lo general, su mastín era reservado y poco ruidoso, pero aquel día parecía poseído: no dejaba de ladrar con una rabia inusual desde el amanecer.

En repetidas ocasiones Dionisio salió al patio, pero no vio nada fuera de lo usual. Pensó que, quizá, los perros de los vecinos se habían paseado cerca y eso desencadenó la furia de Ciro. Era un animal celoso, de esos que nunca permiten que nadie se acerque a su territorio. No era raro, entonces, que al salir Dionisio no hubiera ya ni rastro de intrusos. El potente ladrido de Ciro era suficiente para hacer correr a cualquier audaz. Así, los perros de los vecinos desaparecían rápidamente.

El oso peludo, como Dionisio llamaba cariñosamente a Ciro, pasaba las horas en el cercado, hasta el anochecer, cuando el dueño lo liberaba para que velase la finca. El que se acerque de noche, que se las apañe, pensaba Dionisio.

Una madrugada, incluso, tres pillos de una aldea próxima trataron de colarse en el terreno de Dionisio. Uno perdió los pantalones, enganchados en las puntas de la verja; otro dejó una zapatilla bajo el muro; el tercero trepó a un árbol y no pudo bajar. Ni el guardia civil pudo tranquilizar al tercer muchacho, y tuvieron que llamar a los bomberos para rescatarlo. Ciro fue implacable: de aquella noche, jamás olvidarían los temerarios.

Pero Ciro jamás ladraba sin motivo. Y aquel día, parecía desquiciado. ¡Ciro, basta ya!, le gritó Dionisio al levantarse y asomarse al ventanal. El perro se calló un instante, para arrancar otra vez con un bramido aún más feroz. Dionisio no pudo ignorarlo y salió al patio, a ver qué le perturbaba tanto a su mastín segoviano.

Tal como imaginaba, allí no había nadie. Ciro, al ver a su dueño, se tranquilizó, meneando su cola con aire culpable. El perro sabía que había interrumpido su descanso, pero solo ladraba cuando era preciso. De pronto, Ciro lanzó una mirada hacia la puerta, y volvió a ladrar.

Dionisio giró la cabeza, y vio cómo una sombra gris cruzaba el camino a toda velocidad. Se acercó, corrió hasta la puerta y salió a la calle, sólo para encontrarse con un gato común, de pelaje grisáceo.

El felino tenía una actitud arrogante, con esa mirada desafiando al mundo. Dionisio se echó a reír: ¿Qué haces por aquí, colega? Te voy a dar un consejo: aléjate, que Ciro no soporta a ningún gato. Si te atrapa El gato se encogió de hombros y, Dionisio juraría, esbozó una sonrisa burlona.

¿Atrapar? parecía decirle con la mirada el gato. Ese mastín ni sale de su jaula antes de que yo esté fuera. Está demasiado gordo, deberías darle menos de comer.

A Dionisio, francamente, le dolió el desprecio silencioso de aquel gato de la calle. ¡Fuera de aquí!, le gruñó, y volvió a cerrar la puerta.

¿Creen que el gato obedeció? Pues no. Desde ese día, el intruso gris empezó a aparecer en el patio cada jornada. Se paseaba sin miedo, se sentaba cerca del cercado como si fuese el dueño del lugar, y a Ciro no le quedaba más remedio que ladrarle sin descanso.

Al principio, Dionisio salía a espantarlo, pero en cuanto entraba de nuevo, el gato reaparecía. Nada podía hacer Dionisio contra aquel invasor astuto.

El gato, tras lograr una victoria, se proclamó rey de todo el patio. Una vez llegó a robar un trozo de jamón de la ventana de Ciro, y lo devoró tranquilamente frente al mastín indefenso.

Dionisio, testigo de semejante desparpajo, murmuró enfadado: Ya verás, voy a hacerte la vida imposible; te arrepentirás de meterte con mi perro.

Así que Dionisio decidió no encerrar a Ciro todo el día; dejaría la verja entreabierta para que el mastín pudiese salir si la situación lo requería. Que ponga orden en el patio, pensaba el dueño.

Pero ese día, cuando esperaban la llegada del felino, el gato gris no apareció. Ni al día siguiente, ni al tercero. Dionisio y Ciro estaban desconcertados. Quizá sea mejor así, reflexionó, aunque algo en su interior extrañaba aquel gato revoltoso. El mastín también parecía notar la ausencia: había aprendido a ladrarle y protestar por sus travesuras.

Días después, Ciro empezó a mirar a su dueño con ojos inquietos, como pidiéndole que buscara al gato. Dionisio comprendió: ¿Piensas que algo le ha ocurrido a nuestro bandido gris? No sería raro; con ese carácter cualquiera acaba en apuros. Vamos, Ciro, salgamos a la calle a ver si aparece.

Abrieron la puerta, salieron y se pusieron a mirar por el camino. Ciro oliendo el aire, intentando captar el aroma familiar y odiado del gato insolente; pero con el olor de las vacas del vecino, difícil distinguirlo.

Dionisio recorrió el camino arriba y abajo, y justo cuando iba a dar por terminado el asunto, escuchó un alboroto: un maullido agónico, seguido de ladridos enfurecidos. En ese instante vio al gato gris correr con una pata herida, perseguido por un elegante perro, un Doberman de ciudad. Dionisio reconoció al animal; cada verano la familia de Madrid venía con ese perro que a veces se paseaba por el campo.

Parece que el gato, queriendo demostrar su audacia al urbanita, salió malparado. Al Doberman no le tembló el pulso y, de hecho, Dionisio notó manchas de sangre en el pelaje del gato.

Mientras Dionisio observaba el drama, Ciro no esperó permiso: se lanzó de inmediato. ¡Ciro, no!, gritó Dionisio, temeroso de lo que pudiera pasarle al pobre gato, que ya había recibido lo suyo. Pero el mastín no escuchó; aceleró, corrió hacia el gato, que quedó paralizado en mitad del camino, consciente de que se jugaba la vida en ese instante.

Y lo que ocurrió después fue asombroso. Ciro, en vez de atacar al gato, olfateó su herida y, lleno de furia, se lanzó contra el Doberman, defendiendo al felino. Persiguió al perro urbano hasta el final del camino, que por suerte fue rápido y logró huir.

El gato gris, aprovechando el caos, desapareció. Dionisio perdió de vista al felino, y por la tarde, al salir a alimentar a Ciro, casi dejó caer la bandeja al suelo: allí estaba el gato. Vivo, saludable, con los ojos llenos de gratitud. Se apoyó contra la pata de Ciro, ronroneando. El mastín miró a su dueño y Dionisio estalló en carcajadas.

Me toca cuidarlo parecía decir Ciro con su mirada. Lo salvé, y ahora se queda conmigo.

A partir de entonces, Ciro aceptó al gato a su lado, permitiéndole comer de su propio plato; un gesto de generosidad increíble para aquel mastín de carácter huraño. Nadie lo podría haber imaginado: de enemigos declarados pasaron a ser compañeros fieles.

¿Creen que esto terminó aquí? Nada de eso. Dionisio llevó al gato gris a la ciudad para que el veterinario suturara su herida. Tras la operación, el felino se quedó en casa. Ciro lo vigilaba y Dionisio cuidaba de él como a uno de los suyos.

Unos días después, al portón apareció una joven bellísima. Ciro estuvo a punto de ladrarle, pero entendió que solo la asustaría, y solo emitió un par de ladridos tímidos. Dionisio salió a recibirla. ¿B-b-buenas tardes viene usted por algo en particular?

La mujer preguntó si Dionisio había visto un gato gris rondando la zona: Es muy travieso, mi gato Bartolo. Intenté tenerlo en casa, pero siempre se escapa. En Madrid está tranquilo, pero ahora vine de visita con mi madre, que está recuperándose de un derrame, y Bartolo se ha desbordado. Siempre vuelve, lo baño y lo alimento, pero estos días no ha regresado. Estoy algo preocupada.

Pues creo que sé dónde está Bartolo sonrió Dionisio. Pase usted, no tema por el perro, es noble. Venga, verá.

La mujer dudó, pero Dionisio tenía un aire honesto. Cuando se acercó al cercado y vio al gato gris acurrucado junto a Ciro, soltó una exclamación: ¡Bartolo! ¡Cómo has acabado así! ¿Te ha atacado este mastín?

No, qué va Dionisio se sonrojó. Al contrario, Ciro y yo le salvamos.

¿De quién?

Si tiene tiempo, se lo cuento todo. Le aseguro que es interesante.

Dionisio lo relató a la joven, que se llamaba Inés, y juntos se rieron. ¡Vaya! Mi Bartolo dando guerra y usted lo rescata Así somos Ciro y yo, de buen corazón dijo Dionisio. Ahora Bartolo se va recuperando. Y es un encanto, ya ni nos molesta.

Siempre fue así Quizá el aire del campo le ha cambiado. O se ha resentido porque le presto menos atención. Cuido a mi madre, y es un proceso largo.

Pues venga a visitarnos, cuando quiera, con Bartolo Dionisio murmuró tímidamente.

Lo pensaré respondió Inés, sonriendo.

Medio año después, toda la aldea celebraba el enlace de Dionisio e Inés en la plaza mayor. Bartolo y Ciro, por supuesto, estaban presentes. Hasta el Doberman de ciudad acudió, aunque evitaba mirar al gato. Y así terminaba la historia más recordada en la comarca, de cómo dos enemigos se transformaron en amigos, y un amor nació entre ladridos y maullidos.

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