¡Carmen, bonita! Prepárate que tienes compañía me soltó mi hermana y, sin pestañear, empujó la maleta hasta el recibidor ¡con el pie!
Era sábado, casi mediodía, y yo, Carmen, no tenía la cabeza puesta en nada serio, cuando de repente sonó el timbre.
Una vez. Luego otra, y otras tres más. Al final, con insistencia, como si de eso dependiera la vida.
Javier, mi marido, sin apartar la vista de la tele, murmuró pensativo:
Alguien trae prisa, ¿eh?
Al abrir la puerta estaba Elena, mi hermana pequeña. Dos maletones enormes, un bolsón colgando del hombro, y ese gesto de quien ha tomado una decisión trascendental y no puede estar más orgullosa.
¡Carmen, preciosa! Aquí tienes a tu invitada dijo, encajando la primera maleta en el recibidor con el pie, como una profesional, vamos; como si hubiera entrenado toda la vida para ese momento.
Me aparté sin pensar mucho, reflejo automático de más de cuarenta años de vida compartida con esa criatura. El cuerpo reacciona antes que la mente.
¿Pero para cuánto rato? le pregunté señalando al segundo armatoste.
Elena se quitó la cazadora y la colgó, ni corta ni perezosa, justo en el gancho donde yo tenía mi abrigo. Entonces, inspeccionó con cara de aparejadora revisando el piso.
Me vengo a vivir, Carmen. Tenéis un piso enorme, tres habitaciones, sois dos Vamos, que aquí hay sitio. Así que he decidido instalarme.
La miré un rato. Ella ya lo había decidido, sí.
Javier, desde el salón, subió el volumen de la tele con muchísima delicadeza.
¿Pero lo dices en serio, Elena?
¡Hombre! iba ya pasillo arriba, asomándose a los dormitorios. Mira, esta me va perfecta. Mucha luz y da al patio, muy tranquila.
Era la habitación de invitados. Donde tengo el sofá viejo, la máquina de coser de mi madre y tres cajas llenas de trastos que nunca acabo de ordenar.
Elena, escúchame la intercepté en la puerta. Esto no lo hemos hablado.
¿Y qué hay que hablar, Carmen? me saltó alzando las cejas. Así nos educó mamá, ¿no? Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo, ¡que para eso somos familia!
Pensé que, quizá, lo de esgrimir a mamá era mejor dejarlo estar.
Mientras, la tele del fondo anunciaba el tiempo. Javier, seguramente, muy interesado en saber si mañana llovería o no durante horas.
Elena ya abría la maleta.
Lo hizo a conciencia, acomodándose como quien recupera el sitio que cree que le corresponde.
Primero, cambió la cama de sitio. Que si no podía dormir con el cabecero a la ventana, «que me cojo una tortícolis de esas, Carmen, no sabes». Después, la máquina de coser acabó en una esquina. ¿Para qué está aquí si ni coses? Pues eso. Yo miraba cómo la arrastraba y me mordía la lengua.
Al caer el día, sus zapatillas enormes, suaves, con pompones ya estaban estratégicamente colocadas en el pasillo. Parecía la típica compra de mercadillo de abuela simpaticona. Al lado, los discretos zapatos míos se veían como hechos para otra vida, otra persona.
En la cena, Javier ni levantó los ojos del plato, como quien busca algún secreto oculto en la sopa.
Muy rica la sopa, Carmen dijo.
Una sopa es una sopa le contestó Elena. Oye, ¿tenéis ventilador? Mi cuarto parece una sauna de Benidorm.
Javier levantó la vista, primero a Elena, luego a mí.
Miraremos contestó él.
Sentí un suspiro que me recorría entera, como si me deshinchara por dentro.
Al tercer día, Elena se dedicó a conquistar la nevera.
Pero no solo abrirla, no, la examinó, la analizó. Una científica frente al Amazonas.
Carmen, ¿sabes que este yogur está caducado?
Sí, no me ha dado tiempo a tirarlo.
¿Y para qué compras tres barras de mantequilla? Solo ocupan sitio.
Bueno, Elena, ¡la nevera es mía!
¿Y qué? Si no soy una extraña.
Ese era su mantra, su llave maestra. Me lo repetía cinco veces al día y siempre me cruzaba por la mente contestarle que, en este asunto, ¡igual sí eras una extraña! Pero me callaba.
Elena, para entonces, ya era la reina del piso.
Sabía cuándo Javier salía para ir a botar maderas al centro social. Tenía memorizado el horario de mi novela, y justo entonces se presentaba con un té y ganas de charla: la vida, el vecindario que ya no era el suyo, el tiempo de Madrid, que el país va de mal en peor y la política, ni te cuento.
Yo escuchaba, asentía, miraba de reojo la tele y pensaba que mi vida también era un culebrón de los primeros.
Por las mañanas, se levantaba antes que todos.
Siempre pensé que era trasnochadora ¡y resulta que no, una alondra! A las seis y media ya tenía la cocina retumbando, la sartén en pleno apogeo, y su voz, más fresca que los anuncios de café:
Javier, ¿quieres tortilla? Carmen, ¿con tomate o sin? El queso lo he rallado, ya estaba duro, ¡que no pienso tirarlo!
Javier entraba a la cocina con cara de «no sé muy bien qué hago aquí, pero tampoco quiero preguntar». Se sentaba, desayunaba y musitaba un gracias educado.
Yo, en la puerta, en bata, observando todo aquello.
Ella, sirviendo a mi marido. En mi cocina. En mi piso.
Y esa mañana, sentí que dentro de mí algo cambiaba, aunque no hiciera ruido.
Me serví un café, me senté ante la ventana y llamé a mi hija:
Sofía, ¿puedes hablar ahora?
Claro, mamá, dime.
Ven. Tengo que contarte algo.
Sofía vino el domingo, para la comida. Trajo un roscón de Reyes, aunque ya no era época. Puso la bandeja sobre la mesa, me abrazó y bajó la voz:
Venga, mamá. ¿Qué ha pasado?
Y se lo solté todo: los maletones, las zapatillas, la máquina de coser en la esquina, el dichoso queso rallado, las tortillas mañaneras.
Ella escuchaba atenta, callada, solo alzando las cejas de vez en cuando, sorprendida.
Mamá ¿Pero al menos te paga algo? La comida, la luz, ¿qué?
Dice que pagará la compra.
¿Dice o paga?
Callé.
Dice.
Sofía miró hacia el pasillo, donde tras la puerta estaba la habitación de invitados.
Justo entonces, Elena salió. Al ver a Sofía puso esa cara tan suya, de alegría sin dobleces:
¡Sofía! Qué gusto verte por aquí. Carmen, ¿dónde está el azúcar? En la azucarera se acabó.
En el armario le contesté.
¿Tomo?
Toma.
Elena se sirvió, removió el café, probó, y asintió para sí.
Sofía la miraba con esa serenidad especial de quien ya ha tomado una decisión.
Tía Elena dijo, ¿y ya vendiste el piso?
Se hizo el silencio. Pequeñito, como una coma.
¿Y tú cómo lo sabes? soltó Elena, dejando la taza sobre la mesa.
Tía Rosa me lo contó. Hablando de otra cosa, sin querer.
Elena me miró, esperando apoyo. Yo miraba por la ventana.
Bueno, lo he vendido, sí admitió, y esa voz suya de siempre, entre enfadada y orgullosa. Tengo dinero, solo que esperar no viene mal. Ahora mismo comprar no conviene. Me quedo aquí un tiempo, ahorro un poco más y ya veremos.
¿Tiempo cuánto? preguntó Sofía.
Pues un año, quizá dos. Ya veré.
Me giré despacio.
Elena le dije. Suave, con calma, ¿te has venido a mi casa con la venta hecha, para no gastar tu dinero? ¿Es eso?
Carmen, no lo digas así
¿Es así o no?
¡Que somos familia!
Era su frase estrella. Su ganzúa.
Pero esta vez en mí no funcionó.
Sofía y su familia se mudan aquí la semana que viene. Ya les he dicho.
Elena no la esperaba. La miró, y Sofía solo bebía té, sin pestañear.
¿Cuándo has decidido eso?
Ya está decidido le solté.
No era verdad. Sofía vivía en su piso tan a gusto, y mudarse no iba a mudarse. Pero notó en mi voz una determinación nueva.
Elena calló un rato. Después se levantó, se arregló la bata.
Entendido dijo, cortante. Y se encerró en su cuarto.
Tardó dos días en recogerlo todo.
Sin prisa, como toda su conquista, aunque ahora en sentido inverso. Primero se oían bolsas, luego perchas, después mudó la cama de sitio, imagino que devolviéndola como la encontró. Ni yo ni Javier nos asomamos.
El miércoles, salió a la cocina con las dos maletas y las dejó junto a la puerta.
Me voy a casa de Lola. Que lleva tiempo llamándome.
Muy bien contesté.
Llámame de vez en cuando.
Claro.
Cogió la maleta.
Carmen dijo justo en la puerta, de espaldas, has cambiado.
Esperé unos segundos.
Puede ser le respondí. Puede que sí.
Se marchó.
Me quedé allí de pie, mirando el perchero, donde ya no colgaba su cazadora. El suelo, despejado de esas zapatillas de feria. El pasillo, de repente, más ancho.
Fui a la habitación de invitados. Abrí la ventana.
Luego volví a poner la máquina de coser junto a la luz, donde siempre estuvo.
Por la tarde me llamó Sofía:
¿Se fue ya?
Sí.
¿Y cómo estás?
Lo pensé un momento.
Bien, hija. Muy bien.
Anochecía fuera, Javier aporreaba los cacharros en la cocina, y ese ruido, tan de casa, me supo a gloria.







