Su lugar
¡Mamá, pero qué haces! ¿Qué estás haciendo? Lorena estaba a punto de echarse a llorar mientras veía a su madre lanzar sus cosas del armario con un desprecio digno de una estrella de culebrón. El vestido rojo de lunares, su favorito, acabó en el suelo, momento que aprovechó su hermano pequeño, Pablo, para agarrar el cinturón y llevárselo directamente a la boca. ¡No, Pablito! ¡Dámelo!
¡Caramba, parece que te duele la trapo este! Natalia zanjó el capítulo lanzando los vaqueros de Lorena a otro montón y cerrando el armario de un portazo. ¡Venga, fuera de casa!
¿Pero a dónde, mamá? ¿Adónde voy a estas horas? ¿Te has vuelto loca?
¡Aquí mando yo y hago lo que me da la gana! ¡Y esta no es tu casa!
¿Ah, no? ¿No es mi casa también?
¡De eso nada, guapa! ¡Aquí tú no tienes nada tuyo! Natalia cogió a Pablo en brazos y, no contenta, le limpió la nariz con la falda del vestido de Lorena. ¡Ni mijita! ¡Y deja de darme la tabarra! Bastante me ha costado empezar a arreglar mi vida como para que vengas tú ahora a fastidiarme. ¡Eso sí que no!
¿Pero qué te fastidio yo, mamá? ¡Por Dios!
¿A quién te crees que vas tomando el pelo delante de Víctor? ¿No eres tú la que hace todo para quedar bien?
¡Mamá! gritó Lorena tan fuerte que Pablo se asustó y se echó a llorar desconsoladamente. ¡¿Te escuchas lo que dices?!
¡Me escucho perfectamente! ¡Y he dicho basta! ¡En cinco minutos quiero verte lejos de aquí!
Natalia dio un portazo al salir de la habitación, y Lorena se quedó aturdida, sin asimilar lo que acababa de pasar. ¿La acababan de echar de casa…? Su cabeza no procesaba nada. Intentaba agarrarse a alguna idea, alguna cuerda para saber qué hacer ahora, pero las ideas volaban por su mente como mariposas hiperactivas. Fuera, el llanto de Pablo la trajo de vuelta a la realidad. Era ella la que siempre le calmaba, distraía, hacía cualquier cosa para que no llorara. El nuevo marido de su madre no soportaba los llantos y, en realidad, no soportaba nada que tuviera que ver con un niño. Lorena, que había crecido envuelta en el cariño familiar, no entendía en qué se había convertido su madre. Ahora, en vez de consolar a Pablo, se lo endosaba a Lorena a la mínima.
¡Hazte cargo! ¡Ya eres mayor, así que ayuda!
Mayor… Ayer mismo era la niña mimada de papá y mamá, y hoy, de repente, un desecho ambulante, como decía ahora su madre. En los últimos dos años la vida dio tales volantazos, que Lorena perdió el norte.
Primero se fue su padre, de un infarto absurdo e injusto, que seguramente se habría evitado si alguien, aunque fuera uno, se hubiera parado a ayudarle en esa parada de autobús. Ni cincuenta años tenía, siempre impecable, y allí pasó tumbado más de una hora, mientras a su alrededor la gente iba a sus cosas, posiblemente importantísimas. Nadie se acercó, ni una simple pregunta. Seguramente pensarían que estaba borracho o no en sus cabales, si se quedaba dormido en plena calle en noviembre. Solo una señora, tarde ya, se atrevió a moverle el hombro. Llorar, para qué.
Lorena recordaba perfectamente la reacción de su madre a todo esto: fue como si alguien congelara a Natalia en el tiempo y el espacio, indiferente, muda. Lorena lloró, suplicó, pero nada. Natalia despidió al marido como si fuera un trámite, sin derramar una lágrima, y después se encerró en su cuarto, olvidándose de que tenía una hija sola en casa.
Familia no tenían; los amigos, esas amistades del pasado, hacía años que simplemente aparecían por compromiso, una vez cada mil, para después desaparecer de nuevo, sin dejar rastro. Lorena, de pequeña, también creía que su familia bastaba para ser felices. Odiaba cuando venían invitados: ¿Para qué, si estamos tan bien solos?.
Su percepción cambió cuando empezó primaria. Por alguna razón, en su clase había muchas más chicas que chicos y a ella le tocó sentarse con una menudita y vivaracha, con unas trenzas negras casi del grosor de su propia muñeca, tan pesadas que esa niña andaba siempre con la cabeza bien alta. Aquellas trenzas provocaban la envidia total de Lorena, con sus bucles rubios y rebeldes que ni su madre lograba domar, motivo por el que desde el primer día fue bautizada como Diente de león.
No se atrevió a tocar aquella trenza mágica hasta el segundo día, cuando Carmen porque ese era el nombre de la trenzuda, harta de los nudos y de las cintas, gruñó:
¡Estoy harta! ¡Me las corto, aunque mi madre me mate!
Lorena, con la fe del carbonero, la acarició y murmuró:
¿Estás loca? ¡Si son preciosas!
Desde entonces, nació su amistad con Carmi, como todos llamaban a Carmen y a sus legendarias trenzas, que cautivaron a Lorena.
Carmen era la cuarta de siete hermanos en una familia típicamente numerosa, los Rodríguez de toda la vida. El primer día que Lorena visitó aquella casa, medio destartalada, con añadidos por todas partes más un campamento base que una vivienda, se quedó tan desbordada por el gentío de niños, mayores, abuelas y bebés, que necesitó semanas para distinguir quién era quién. Lo único claro era que cada vez que llegaba, la madre de Carmen le soltaba un ¡A comer, que hay que alimentar a la gente! y la ponía a dos velas de lo llena que salía. Los hermanos, con sus catorce y dieciséis años, ayudaban a las pequeñas con deberes de álgebra. Las hermanas mayores enseñaban a cocinar. Allí hasta las de primaria amasaban masa y horneaban empanadas ricísimas mientras Lorena ni podía acercarse a la cocina. Aún no, eres pequeña, decía su madre.
Fue en casa de Carmen donde Lorena entendió que la familia extendida y los amigos podían no estar tan mal. Más tarde, claro, descubriría que no siempre es así, y que incluso la gente más cercana puede volverse extraña. Pero en ese momento, ella flipaba cada vez que veía la montaña de regalos que Carmen recibía no sólo en su cumpleaños, sino en cualquier fecha señalada. En esa casa cada excusa era buena para celebrar. Y siempre tocaba premio: caramelos, una bufanda, lazos nuevos
¿Y eso? Si hoy no es tu día le preguntaba Lorena a Carmen, mientras ella daba vueltas ante el espejo.
¿Y qué más da? Si quieres a alguien, ¿para qué esperar? Espera a Navidad, ya verás la fiesta de regalos se reía Carmen, y el buen rollo era contagioso.
Su madre, claro, desaprobaba la amistad: Carmen no le entraba en el ojo. Si llega a ver su casa, no habría dejado a Lorena volver a pisarla jamás. Afortunadamente, la madre de Lorena pasaba el día en el trabajo, así que era fácil escabullirse rumbo a la República Rodríguez donde la esperaban siempre con tarta o mermelada de melocotón.
Fueron precisamente los Rodríguez quienes, al enterarse del drama vivido en casa de Lorena, enviaron esa noche a los dos hermanos mayores. Trajeron dinero, ayudaron con los trámites, y acompañaron a Lorena y a su madre en todo momento. Natalia apenas les dirigía la palabra, pero cumplía, eso sí, con cara de vinagre, todo lo que ellos pedían. Carmen, mientras, hacía lo posible por consolar a Lorena, y cuando entendía que ni con cariño podían calmar las lágrimas de su amiga, acababan llorando juntas en la cocina entre harina y llanto, con tanto pastel que tuvieron que pedirle sitio en la nevera a la vecina.
Al día siguiente, Lorena tuvo la escolta constante de los chicos Rodríguez, que se hacían cargo de cualquier gestión o problema. Su madre ni parpadeaba; Lorena, en cambio, lo grabó a fuego.
Cuando le preguntó a Carmen por qué hacían todo eso, la respuesta fue simple:
¿Y cómo no hacerlo? Eres de los nuestros. Y en vuestra casa ya no hay hombres. Alguien tenía que hacerse cargo.
Poco después, Carmen fue prometida en matrimonio. Lorena alucinó y la acribilló a preguntas:
¿Estás loca? ¿Matrimonio ahora? ¿Y tu sueño de ser médica?
No lo he dejado. Seguiré estudiando. Mi padre ya lo ha hablado con mi prometido respondía Carmen con naturalidad, desenvolviendo su velo de novia.
¿Pero y si no le quieres? ¿Vas a ser feliz así?
No sé, Lory. Así es como se hace siempre aquí. Nuestros padres nunca desearían nada malo para nosotros.
Lorena se quedó sin palabras. En la boda de su amiga casi llora, pero se contuvo. Cuando supo que Carmen se iba a estudiar medicina a Madrid, ya no lo pudo evitar y lloró a mares.
¿Qué haré yo sin ti?
¿Y yo contigo lejos? Si mal te va, vente. Algo inventamos.
Mientras tanto, Natalia ya tenía en casa a su Víctor y Carmen veía con preocupación cómo Lorena hacía todo para no volver a casa tras las clases.
Qué iba a contestar Lorena: ¿que su padrastro la espiaba por el pasillo, o en la cocina? ¿O que su madre, tras el último parto, se había vuelto una desconocida, siempre enfadada, siempre a punto de gritar por una puerta cerrada? El pequeño Pablo era un amor, sí, pero las noches en vela acunándolo traían consecuencias: ya había llegado a desmayarse en clase dos veces, dando mucho que hablar.
Con los estudios sin acabar, Lorena se buscó la vida en un hospital, lo que trajo consigo los dichosos turnos nocturnos. Así, podía desaparecer días enteros de casa.
El día que Carmen se fue para Madrid, Lorena volvió a casa y estalló la tormenta definitiva con su madre. El rencor era como una ampolla a punto de estallar y Lorena ya no sabía cómo rebajar la tensión.
Pero Natalia sólo escuchaba su propio eco. Y cuando la vecina, revolviendo los mofletes de Pablo en el descansillo, comentó:
Qué hijos más guapos tienes, Natalia. Mira a Lorena, ¡una belleza! Ya se le ve cara de novia. ¿No tendrá novio ya? Ese trajín que lleva que si clases, que si trabajo. Así no se puede, hija. Las niñas tienen que hacer su vida.
Qué cuerda tocó la vecina, quién lo sabe. Pero fue justo después de ese comentario que Natalia echó a Lorena de casa, y ahora Lorena recogía a la carrera sus pertenencias, preguntándose adónde ir. Si ya no era bienvenida, ¿dónde estaba su lugar?
Podría llamar a Carmen, claro, pero qué iba a decirle. Y además, ahora que esperaba su primer hijo ¡y aún así sacando matrículas! Menuda es Carmen. Y ella, Lorena, ni a su madre podía explicarse.
Miró una última vez su habitación, cogió la foto de su padre, la guardó en la mochila, secó sus lágrimas y se juró: ¡pues ya está! Tal vez mejor así, si total, aquí ya estaba de más.
En la cocina sonaba el televisor, y Natalia preparaba algo con el mismo entusiasmo que una manifestación de cacerolas. Lorena dudó antes de cruzar el pasillo; ¿qué podía ya decirle a su madre después de todo lo oído? Nada. ¡Basta! Hubo un tiempo en que se querían, pero ese tiempo había quedado atrás.
En la calle ya era de noche y Lorena se encogió bajo su bufanda ancha. El otoño se había instalado en la ciudad de manera repentina, tan a lo aquí mando yo, que no dio tiempo ni a cambiar el armario. Ella se felicitó por haberse puesto el año anterior la bufanda que Carmen le trajo en Navidad y una chaqueta calentita. No tendría que volver para recoger ropa de abrigo; cruz y raya a ver a su madre. La herida empezaba a arañar su pecho como un hamster con malas pulgas, pero Lorena se obligó a pensar positivo. ¡Lo importante era decidir qué hacer ahora!
La parada estaba casi vacía. Sólo un par de tardones y un gigante de chucho callejero. Lorena dejó la mochila en el banco y metió las manos en los bolsillos.
Cuando un coche negro frenó junto a ella, se asustó un poco. Otra vez la inseguridad Ya no se sentía a salvo ni en la plaza del barrio.
¿Lorena?
¡Arsenio!
Se le puso un nudo en el pecho: era el hermano mayor de Carmen, el mismo que hacía años les había socorrido con los deberes y después con todo lo demás.
¿Qué haces aquí a estas horas? ¿No tendrás turno en el hospital?
Bueno… sí. ¡Claro! Tenía guardia, justo iba ahora.
No me mientas, Lorena. ¿Qué haces con la mochila?
Le miró tan comprensivo que Lorena, sin saber cómo, volcó toda la historia. Su madre, Víctor, la sensación de estar en la calle sin nadie que le importara.
Entiendo Arsenio, siempre parco, se sentó al volante. Lorena decidió subir a su coche, pensando que la dejaría cerca del hospital.
El trayecto transcurrió en silencio por una ciudad dormida. Lorena se sintió tranquila, casi anestesiada: sabía que esa calma era frágil, pero se aferró a ella todo lo que pudo, hasta que se dio cuenta de que no iban al hospital.
Arsenio, ¿a dónde vamos? Que tengo guardia, en serio
¿Así piensas dormir todos los días? ¿En el hospital?
De momento, sí.
¿Y después? ¿A dónde irás mañana?
No lo sé…
Por eso mismo. Vamos a otro sitio.
¿A cuál?
Ya lo verás.
El bloque de pisos, en un barrio tranquilo de Madrid, estaba rodeado de una verja de forja. El portero dejó pasar el coche sin inmutarse y Arsenio fue directo al portal.
Vamos, que aquí se va a estar mejor.
Lorena cruzó el portal a remolque, subieron al tercero, y Arsenio tocó el timbre.
Pasó mucho rato hasta que abrió la puerta la mujer más impresionante que Lorena había visto nunca.
¡Arsenio, hijo! ¿Y eso de aparecer sin avisar?
La señora, vista de cerca, no era tan imponente; sólo grande, desgarbada y con un vestido que la hacía aún más monumental.
¿Y ésta quién es? ¡Ah, calla! ¡Tú eres la amiga de Carmen! ¡La del pelo rubio, claro, claro! ¡Pasa, muchacha! Pero cómo no, ¡si aquí nunca eres extraña!
Lorena entró en la casa y se sintió envuelta por un calor que no venía de la calefacción sino de las cortinas, los azulejos marmoleados del pasillo, el enorme candelabro de cristal. Arsenio murmuró algo a la abuela y se despidió con la mano.
¿Adónde vas? Lorena apenas articuló cuando vio que la puerta se cerraba tras Arsenio y se quedó a solas con la abuela de Carmen.
¡Pero no te quedes en el umbral! Anda, deja el abrigo y ven a la cocina. Te haré un café y me cuentas por qué una chica tan guapa como tú acaba a estas horas sola por la calle. ¿No tienes casa? ¿Y madre?
Creo que ya no Lorena sintió cómo se le iban las fuerzas y, sentándose en un puf, rompió a llorar con una tristeza de las que dejan sin aliento.
La abuela de Carmen, que resultó llamarse Esperanza, la abrazó con tanta ternura que Lorena apenas pudo dejar de sollozar.
Ay, mi niña. Anda, ven, que de esto se sale. Las penas con café son menos penas, aunque no se vayan del todo. De vez en cuando hay que dejarse un rato para reponer fuerza. Ven, que aquí hay sitio para ti de sobra.
En la enorme cocina, Lorena bebía café tan amargo que ni sus propias lágrimas podían con él, mientras Esperanza hablaba y hablaba.
Llámame Esperanza. Así me llamaban de joven, cuando aún era una chiquilla ingenua. Vivía en un pueblecito, cuidando de mis hermanos. Aquél era nuestro sitio, nuestro lugar. Desde allí venimos todos los Esperanza al mundo. Pero hace mucho que no vuelvo. Mi dolor quedó allí, pero hay otros peores.
¿Cuáles?
Esperanza se sentó, el vestido desparramado como un peñón, y contestó con voz ronca:
No he podido enterrar a mis padres ni a mi hermana mayor. Se los llevó la violencia de antes, y yo ni siquiera pude despedirme. ¿Sabes lo que es eso, Lorena? Que te digan que aquí ya no tienes sitio; que ni tu idioma puedes hablar Y lo único que puedes hacer es resistir hasta que pase, o te dejen ir.
No quiso contarle detalles duros, sólo añadir con ironía:
Eso sí, salimos adelante. Cuidé de hermanos y sobrinos; crié a los nietos de todos mis hermanos, y hasta crié a mis nietos postizos como Carmen y Arsenio. Hoy los tienes a todos bien, y pronto habrá otro más.
¿Y cómo es que vives sola y no con ellos?
Porque al final los recuerdos pesan y prefiero no dar la lata con mis pesadillas. Así todos están tranquilos.
¿No tuviste hijos?
No tuve tiempo. Me tocó criar a los de otros Y no sólo por eso. También hay cosas que nunca se cuentan.
Esperanza bajó la voz:
Yo amé a alguien de los que me echaron de casa. Y eso, niña, duele más que cualquier pérdida. Pero aprendí una cosa: no somos fuertes por nosotros mismos, sino por la gente que sostiene. Su fuerza fue la mía. Su bondad. Y ahora, Lorena, le toca a la tuya: aquí tienes tu lugar hasta que la vida te lleve a otro sitio. Eso sí, aquí aprenderás a ser mujer de provecho, ¡ya te enseño yo! Carmi no se me escapa tan fácil, y tú tampoco.
Esperanza se echó a reír y Lorena tembló de miedo, pero también de alivio.
Lo prometido era deuda: dos años después, Lorena cocinaba mejor que Carmen, que venía a visitarla con su tripón y los niños a cuestas.
Te quedan mejores que a mí los empanadillos, ¡dinos el truco! decía Carmen mientras devoraba pastelitos. Y tú, ¿cómo vas?
Bien, gracias a la abuelita Esperanza. Si no fuera por ella…
Ay, muchacha, no me alabes tanto, que me va a dar un ataque de soberbia y me cierran la puerta del cielo reía Esperanza, vigilando la cafetera.
Aquel día, Carmen notó que algo raro pasaba.
¿Lory, está todo bien?
Lorena no quería sacar el tema, pero al final confesó:
Mamá está muy enferma. Está ingresada y… le queda poco.
Carmen se sobresaltó.
¿No la has ido a ver?
No puedo…
¡Pero Lorena! Luego lo lamentarás. Cuando ya no puedas, llorarás el resto de tu vida. Eso también hay que perdonarlo.
Ya lo sé, Carmi. Pero… no puedo, no sé…
Piensa en Pablo, al menos. ¡A ti nadie te pensó! ¿Y te fue bien, eh? Pues no hagas lo mismo.
Al final, Lorena se reconcilió con su madre, justo dos días antes de que falleciera. La cuidó durante dos meses, silenciosamente, dejando de lado el rencor, preocupándose solo de reunir los papeles para recuperar a Pablo. Y en esos últimos días, mirando a su madre, deshecha, ya no pensó en aquel día horrible, sino en una mañana muy lejana en la que tenía cinco años y su madre, joven y guapa, vestida de rojo y de lunares, la alimentaba con cerezas amarillas y dulces como los besos de mamá. Nada existía salvo ese instante de felicidad. Y las palabras salieron solas:
Te perdono, mamá.
Y entonces recordaba aquello que decía Esperanza:
El rencor hay que soltarlo, igual que el perro rabioso que sólo muerde a quien lo alimenta. Si no, acabarás siendo tú la devorada.
Una semana después, Pablo, agarrado con fuerza a la mano de su hermana, cruzó el umbral y le preguntó:
¿Lorena, ya estamos en casa? ¿De verdad?
Sí, peque. Ya estamos en casa. Este es nuestro sitio, ¿lo ves?
Y Pablo asintió tan serio, que Lorena entendió que, por fin, todo estaba en su lugar.







