Maleta sin asa

Diario de Anastasia, 16 de marzo

¿Qué te falta? Ya vivimos juntos. ¿Por qué te hace falta todo eso? ¿Te ha dado por el anillo y el papelito? ¿Eso es más importante que mi amor? ¿Más importante que todo lo que te digo y hago por ti? Ramón empezaba a perder los papeles otra vez, mientras yo dejaba el centro de la plancha en su soporte con mucho tiento, temiendo que se me agotara la paciencia justo en ese instante.

No te he dicho nada de anillos ni de papeleo. Solo te he preguntado: ¿qué sigue? Ramón, llevamos casi seis años juntos le recordé, mirándole y sintiendo el nudo en la garganta.

¿Y qué más da? Hay mogollón de gente que vive así, toda la vida. Sin compromisos, sin ataduras. Aman con libertad, sin preocuparse de lo que digan o piensen los demás. ¿Acaso importa un sello o un trámite? A mí, desde luego, no. ¿Tú lo necesitas, Anastasia?

Sentí que iba a estallar. Colgué la última camisa de Ramón en el armario, respiré hondo y salí de la habitación sin decir palabra.

No era nuestra primera conversación sobre el tema. De hecho, la primera acabó en una bronca monumental tras la cual nos distanciamos durante medio año, ni una llamada siquiera. Me había convencido de que todo estaba acabado. Nunca fui buena para resolver conflictos ni para defender mis intereses. Siempre que intentaba plantarme, me entraban las ganas de llorar en el peor momento posible. Desde niña era una llorona. Si otras se partían de risa con tonterías, yo lloraba por cualquier cosa. Nadie, ni mis padres, entendía de dónde me venía esa sensibilidad. Mi madre se ponía de los nervios e intentaba razonar conmigo, mi padre se limitaba a consolarme:

¡Menuda llorona eres, hija! Dentro de poco no necesitaremos regar las plantas: bastará con traerte bromeaba. ¿Qué te ha pasado ahora? ¿Alguien te ha hecho daño?

La respuesta podía no llegar nunca. Y cuando finalmente descubrían que lloraba porque me daba pena la mosca que mamá había matado en la cocina, por si tenía hijos a los que alimentar, mis padres se reían, y yo me ponía a llorar aún más fuerte, de pura rabia. ¡No me entendían!

Crecí, y las razones absurdas para llorar se terminaron, pero mi afición al llanto se quedó conmigo. Me ahogaba a lágrimas con libros, películas, hasta viendo como un niño cruzaba la calle con la ayuda de una abuela, o al ver cómo rescataban a un gato de un árbol. A mí, lo que me emocionaba, me hacía llorar.

Ramón me vio en uno de esos momentos. Yo estaba en el parque del Retiro, dejando caer discretas lágrimas al ritmo de las hojas otoñales. Me encontró así: ojos brillando, absorta en el aire dorado de las cinco. Ramón tenía un punto severo: hijo único después de tres hermanas que, junto con su madre y abuela, intentaron endurecerle a base de los hombres no lloran. Así que él tenía clarísimo desde pequeño que el llanto era territorio de chicas, y ni siquiera de todas. Las listas, como sus hermanas, no lloraban: arreglaban las cosas a su manera, y defendían tanto a sí mismas como a su hermanito. En la guardería, nadie decía nada, pero en el colegio fue otra cosa y Ramón, por evitar bromitas, insistió en apuntarse a judo. Karate no quería, porque allí iban sus hermanas.

Las tres se le reían al principio, hasta que la abuela intervino:

¿Hasta cuándo vais a defenderle vosotras? ¿De qué le sirve teneros encima todo el día? Si queréis que crezca de verdad, dejadle que aprenda a valerse solo.

La chapa de medallas y copas de sus hermanas empezó pronto a compartir espacio con la suya, modesta pero propia. Algún que otro golpe, un par de fracturas, y Ramón se ganó por fin el respeto en el colegio. Sus hermanas se apartaron, por fin, a sus asuntos.

Con la lección clara de que las mujeres ya no eran “el sexo débil”, Ramón se fascinó al encontrarme inesperadamente tan frágil: cuando me preguntó quién me había herido y yo respondí moviendo la cabeza:

Es que es todo tan bonito…

Eso bastaba para que él viera ante sí una dulzura y ternura que nunca había experimentado en casa. Todo me gustaba de Ramón, incluso su modo simple y directo de enfrentar la vida Su risa transparente, su manera de decir las cosas sin rodeos.

Soy como una jirafa bromeaba a veces Ramón. Todo me llega tres días después.

¡Pero si ese chiste lo conté yo ayer! reía yo.

¡Ya sé de qué iba ahora!

Nos entendíamos bien. Cuando Ramón empezó a trabajar, ya en el último curso de carrera, nos fuimos a vivir juntos pese al rechazo rotundo de mis padres.

Hijita, eso no está bien decía mi madre.

¿El qué, mamá? Nos queremos. ¿Qué hay de malo en quererse y vivir juntos?

Elena, mi madre, me miraba mientras yo colocaba camisas y blusas nunca pantalones ni vaqueros, que nunca me gustaron en la maleta. Tan diferente, tan de antigua novela. Chica turgeneviana, le vino a la mente. Finalmente, me apoyó la mano, parando mi selección de camisetas.

Lo que no está bien es que un día puedes acabar como una maleta sin asa me dijo.

¿Y eso qué es? me quedé congelada, camiseta en la mano, sin atreverme a tirar.

Eso: Ramón puede cansarse de la vida de familia y decidir irse, porque no hay compromiso y es libre de hacer lo que quiera. Y tú te quedarías, ni dejar ni llevar. Sigues, pero no puedes soltar, y dejarlo te da pena.

Me enderecé, abrazándome con los brazos finos.

Mamá, la gente se divorcia aunque esté casada. ¿Qué cambia entonces el papel?

No lo sé, hija. Siempre he pensado que, si un hombre pide a una mujer que sea su esposa, se compromete con ella, es responsable. Pero ahora parece todo da igual, como si la vida fuera infinita. No sé, hija… A mí solo me duele que te vayas de casa no con la marcha nupcial, sino arrastrando la maleta de cualquier modo.

La abracé, y me quedé así, en silencio, los labios en su mejilla. No quería admitir que yo también me sentía dolida. Ramón nunca había mencionado si quería casarse, aunque fuera en el futuro. No lo habíamos hablado.

Estoy tan bien contigo me decía Ramón cuando me acompañaba a casa, besándonos delante del portal. No quiero separarme ni un minuto. Solo pensar en irme otra vez, y mañana todo el largo día sin verte… ¡uff! Mejor vivir juntos y así no hay que buscar rincones ni temer que mis hermanas nos pillen. ¡Menudo lío sería! Ellas pueden hacer lo que quieran, pero yo, ¿no?

¿Por qué?

¡Porque soy el pequeño! sonreía Ramón, pero con cierto dolor. Tienen que vigilarme. ¿Y si alguien me hace daño?

¿Yo, por ejemplo?

Claro. Aunque parece que les caes bien, pero nunca se sabe, como serpientes, observan…

¡Ramón! me apartaba escandalizada. ¡Son tus hermanas!

Es solo una metáfora. Son listas, guapas y peligrosas. Pero si te atacan, no te dejarán vivir.

¡Qué suerte tienes! volvía a sus brazos.

¿Por?

Por tener hermanas. Yo estoy sola…

Te puedo prestar una bromeaba él, besándome la nariz, y nos reíamos juntos.

Así quedaban las cosas, hasta que hace una semana Ramón cobró su primer sueldo y llegó con una noticia tremenda:

¿Recuerdas a mi tío? Se va otra vez al extranjero y nos deja el piso. Yo cuidaría de su casa y de su perro. ¿No está genial? Solo habría que pasear a su bulldog inglés, pero eso es lo de menos, ¿no?

Me dejó descolocada. Era tentador, pero Ramón solo hablaba del piso y de compartir techo, no de lo que yo quería soñar… Resultó que para él no había más que eso: vivir juntos, tal cual.

Nos mudamos al piso del tío de Ramón, paseábamos a Dickens al que acabamos llamando Dick para abreviar, cocinábamos juntos, compartíamos el último trozo de tarta… Estábamos bien. Pero yo… notaba una carencia.

Pasó un año, dos, tres, y de repente empecé a añorar algo aunque no sabía qué. Me refugiaba cada vez más con mis padres. Y ver a mis ex amigas de escuela con hijos, con alianzas como Olga, siempre girando el anillo mientras se quejaba del marido empezó a avivar en mí un deseo: poder decir aquí, mi marido con la cabeza alta, poder quejarme de los calcetines por en medio y de la taza sucia. Me apetecía señalar a un bebé dormido y murmurar:

Es una copia de su padre, ¿verdad? Da miedo que hasta el carácter se le parezca…

Quería ese sentido de vida que, aunque caduco, me parecía el más real.

Ramón no lo entendía.

¿Y para qué? Pasarse meses ahorrando para una boda, invitar a cincuenta personas que ni conocemos ni veremos nunca… ¿Eso es lo importante? ¿Bailar tontas congas y besarnos al grito de que se besen? ¿Eso te hace ilusión?

¡No! contestaba luchando por no llorar. Solo quiero que seamos algo más que compañeros de piso, Ramón…

¡Eres mi vida, Anastasia! ¿De verdad no te vale con eso?

Y entonces preferí callar. La conversación de hoy, sin embargo, me afectó aún más. Befé dos vasos de agua de golpe y me quedé de pie en la cocina, oyendo como Dick, el perro, roncaba.

Dick se había vuelto mi confidente. Cuando necesitaba llorar sin tener que escuchar reproches ni consejos, era perfecto. Aquella tarde, me senté en el suelo junto a su cama, acariciándole las orejas. Cuando se despertó y estornudó, sonreí triste:

¿Estás bien, Dick? Yo no mucho. ¿Por qué soy tan torpe? Ni siquiera sé explicar lo que siento. O lo hago tan mal que Ramón no me entiende… Es absurdo, ¿no?

Dick escuchaba con la cabeza en mis rodillas. Le acaricié y dentro de mí crecía la inseguridad.

¿Por qué tengo que explicarlo siempre yo, por qué tengo que pedir? ¿No será que este papel lo elegimos ya hace mucho y solo seguimos cada uno el guion?

¡Soy una chica, caray! me di un golpe en la rodilla. Dick ladró asustado. Perdón, mi vida. Pero creo que voy a dejarte…

No sé ni cómo, decidí algo entonces. Fui a la habitación donde Ramón dormía ya, roncando bajo la manta. Le miré largo rato, preguntándome si hacía bien. Sin hacer ruido, tomé la maleta y empecé a guardar mis cosas.

Mis padres se asustaron cuando llegué de noche y me abrieron, pero no preguntaron nada. Mamá me preparó un vaso de leche caliente, lo que me hizo ponerme a llorar sin parar. Luego me tapó como cuando era niña.

Mamá…

¿Sí? se detuvo en la puerta.

No quiero ser una maleta…

¡No lo seas! Nadie te obliga.

Le quiero…

Ay, hija… Se sentó junto a mí, acariciando mi mano. ¿Te acuerdas cuando decías que serías princesa, que vivirías en una torre con una trenza esperando al príncipe? Hasta me robabas el cinturón del batín para hacerte la trenza.

Me reí por dentro, recordando cómo tejíamos con cintas el cinturón, cómo mamá me daba el velo de cuando era bebé. Montaba mi castillo en el sofá, colgaba mi trenza y empezaba a esperar.

Luego la abuela dijo que príncipes hay pocos, que mejor un chico bueno que te quiera y cuide… Tú dijiste que vale, pero que podía venir ya, que esperar te aburría. ¿Te acuerdas?

Salí del abrazo y la rodeé yo a ella.

¿Me estás diciendo que debo pensar bien si estoy dejando escapar a mi príncipe?

Lo has dicho tú, hija, no yo. Pero me gusta esa idea. Solo quiero que seas feliz. Si este príncipe no puede, quizá haya otro…

No supe qué responder. No sabía lo que quería. Pasaba del llanto a la risa en segundos. Esa noche hablamos mucho en susurros para no despertar a mi padre. Al final, me sentí en casa. Allí, al menos, sí me sentía querida. Con Ramón… ya no estaba segura.

Me dormí al albami madre se fue a trabajar y yo, con mi día libre, desayuné sin pensar en dieta y me enterré en la manta. Repasaba todo lo bueno de Ramón, pero lágrimas no salían; los pensamientos, en cambio, se atropellaban hasta que, como diría mi padre, me reprendí a mí misma:

Pensando no se enriquece nadie, Anastasia. ¡Basta ya! Lo hecho, hecho está. No sirve de nada lamentarse.

Lo dije en alto y en ese instante sonó el timbre. No quería abrir. Si era Ramón, habría bronca, terminaría por perdonarle, y volvería a casa sabiendo que no debía nunca más sacar el tema. Porque solo son palabras y no cambian nada. Porque fastidia, caray. Nosotras, aunque ya seamos adultas, queremos cuentos de princesas. Queremos casarnos, aunque lo neguemos. Queremos mimos, dulces, o un pepinillo y una moto. Pero a todas nos apetece que nos quieran, que nos cuiden, que para alguien seamos la princesa sin torre ni trenza.

Escuché los timbrazos. Finalmente, me levanté y fui a abrir la puerta. Y me quedé muda.

Las tres hermanas de Ramón estaban ahí la mayor, Marta, con un bebé a cuestas.

¡Hola! ¡Emergencia! ¿Dónde está tu baño? y se fue corriendo con el bebé para cambiarle.

Diana y Natalia me dieron bolsas llenas y entraron directas a la cocina:

¿Tus padres están? Mejor.

¿Día libre? Genial.

En la cocina, en un plis, pusieron la mesa. Me sentaron, y llamaron a Marta:

¡Venga, vente! Y solemnemente declararon. ¡Venimos a pedir tu mano por nuestro hermano! Eres el producto… vamos, la novia. ¿Nos recibes como cuñadas?

Me quedé sin palabras.

¿Y él?

Festejando, porque se muere de miedo de venir después del sermón que le dimos. Hoy le hemos dejado claro más de una cosa. Marta, ya con el niño cambiado, resopló y citó: ¡Ah, qué difícil es educar! Siempre quise ser como la señora Doubtfire, práctica e implacable…

¿Por qué? Diana le cogió el niño y le dio una copa de cava en cambio.

Para el futuro. ¡Que estos chicos se crían solos! Ya he fallado con uno, tengo que aprender…

Y tú, Anastasia, ¿por qué has aguantado tanto?

Porque le quiero, a ese cabezota rechacé la copa que me ofrecía Natalia.

¿Por?

No sé si puedo beber.

Las tres me miraron con ojos de plato.

¡Venga ya!

Sonreí, encogiéndome de hombros:

Aún no lo sé…

¿Pero quieres? Marta me examinó y, al ver que asentía, exclamó. ¡Pues por lo menos eso! ¡A brindar!

Las copas chocaron y, de repente, empecé a llorar.

¿Pero qué te pasa? Diana buscó agua a toda prisa. Me plantaron dos vasos delante, y Marta me puso el niño en brazos.

¡Ve acostumbrándote! Y deja de llorar, que se cae…

Al tener el bebé conmigo, se me cortaron las lágrimas. Olí su pelo y pregunté:

¿Da miedo dar a luz, Marta?

No, da miedo después. Cuando le tienes y no sabes qué hacer. Antes, hasta se disfruta. Eso sí, que Ramón se implique pronto.

¿Cómo?

Exige antojos, cambios de humor, todo. Así entenderá que es un proceso duro y se esforzará.

¿Marido…? Se me llenaron los ojos otra vez.

Natalia me recogió el niño suavemente.

¿Dónde está, eh?

¡Ya llegará! Marta guiñó a sus hermanas. ¿Otra vez lloras?

No quiero ser una maleta…

¡Aaah! Diana rió. ¡Todas las madres iguales! ¿La maleta sin asa?

Sí sollozaba.

¿Ves? Mamá siempre sabe.

La nuestra también confirmó Marta. Nos dijo: si os vais así, la puerta la cerráis detrás. Que no me crié para nada. Hay que usar la cabeza. Si no, como en el chiste: gustan, prueban, pero no se casan… ¡Ay, perdona, Anastasia! Pero es así.

Marta miró por la ventana y anunció:

¡A cabalgar! Perdón. ¡A caballos! Que han llegado los oficiales.

Ramón se cruzó con sus hermanas en la entrada, soportando tres puños al aire y mandando un beso para todas.

¡Ni se te ocurra hacerle daño otra vez! murmuró Marta, acunando al bebé mientras bajaba escaleras.

Por supuesto, volví a perdonar a Ramón, pero le pedí tiempo antes de casarnos. Sus hermanas se partían de risa al saberlo.

¡Eres de las nuestras! Hay que ficharla.

No tuve razón para mis temores. Nuestro primer hijo llegaría dos años después, tras meses de dudas sobre si de verdad quería este cuento de hadas. Aunque me hiciera la dura, el anillo me ilusionó como la primera vez que Ramón vio a esa llorona en el Retiro.

La boda fue solo para la familia, los padres y las hermanas. Todo el dinero ahorrado para la fiesta sirvió para nuestro primer piso cuando por fin, una mañana, mirándome al espejo, dije:

¡Estoy lista!

Ramón, dormido, no lo entendió al principio.

¿Segura?

Sí respondí, acurrucándome. ¿Crees que hemos reunido suficiente para la entrada?

¿De verdad?

Asentí y le miré seria:

Ya somos mayores. Pronto mamá y papá. ¡Hay que pensar en un hogar propio! Pero…

¿Qué?

A Dick no le suelto. En la casa tiene que haber al menos un hombre que entienda de clubes de Pickwick y me ayude con el estrés.

¿Crees que tendrás mucho?

Preguntémosle a Marta. Seguro que lo sabe.

Ramón suspiró, y yo, por primera vez en mucho tiempo, en vez de echarme a llorar, me reí tan alto que hasta Dick, en la cocina, se despertó y ladró con sorpresa ante ese sonido nuevo.

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— Ese es el hijo de Íñigo…