Lo entiendo, respondió Inés y se apresuró a la cocina para coger el móvil. Tras enviar un mensaje a alguien, regresó al salón. Desde ese momento, Rodrigo estuvo aún más convencido de sus sospechas de que su esposa le engañaba. De alguna manera, ella le dejaba salir con amigos y en viajes de negocios sin poner ninguna pega. Ni se enfadaba cuando él volvía a casa algo borracho. Sus amigos, todos a una, decían que mujeres así apenas existen y que seguro no había trampa alguna. Pero Rodrigo sentía remordimientos.
Rodrigo era ocho años mayor que su esposa. Si acaso ella había encontrado a un hombre más joven porque ya no le interesaba… Al menos, él era lo suficientemente inteligente como para guardar sus sospechas para sí mismo. Sería muy inapropiado acusar a alguien sin pruebas claras. Quería estar absolutamente seguro. Por eso, Rodrigo no encontró una mejor opción que instalar cámaras por todo el piso.
Partió en su viaje de negocios de mala gana. Incluso Inés notó cuánto le afectaba el asunto. Estuvo a punto de ofrecerle un tranquilizante. Rodrigo encontró consuelo en el cuidado de su esposa y llegó a pensar que todo estaba bien. No quiso consultar las grabaciones en línea; tampoco tenía tiempo para ello. Solo por las noches, Rodrigo abría la aplicación y miraba los vídeos. Tras cinco minutos, cerraba la aplicación y apartaba el portátil… lo más lejos posible de la tentación.
El viaje de negocios pasó rápido. Ese día, Rodrigo acompañó a Inés al trabajo, abrió el portátil y empezó a ver las grabaciones. Todavía no quería enfrentarse a la verdad.
Encendió el ordenador y repasó las imágenes. Al principio, todo parecía normal. Inés se levantó, desayunó y limpió la casa. Pero, más tarde, por la tarde, Rodrigo vio a su esposa, siempre tan arreglada, sentada en pantalones cortos y su camiseta grande frente al ordenador, jugando a un videojuego. Se oían las voces de otros jugadores al otro lado de la pantalla. Inés resultó ser adicta a los juegos online.
No es algo bueno, claro. Pero cada uno tiene sus propios pasatiempos, se calmó Rodrigo. Luego repasó el resto de las grabaciones a toda velocidad. No vio nada fuera de lo común. El ordenador y las tareas domésticas. Lo más importante: en ningún momento hubo otra persona en la casa.
Rodrigo cerró el portátil y respiró hondo. Ahora solo sentía culpa por haber dudado de su esposa. Decidió comprarle un gran ramo de rosas y tener una cena romántica con ella. Sin embargo, resolvió no quitar las cámaras de momento. No sabía que…
Al final, Rodrigo entendió que la confianza es inseparable del amor y que la sospecha injustificada puede dañar incluso las relaciones más sólidas. Dudar sin motivo es como construir muros donde deberían existir puentes, y a veces el mayor aprendizaje está en valorar lo que tenemos y aprender a confiar en quienes nos quieren.







