El hijo anunció de repente que se va a casar con una chica nueva a la que conoce desde hace solo tres días.

He decidido que me voy a casar anunció el hijo durante la cena.

El padre soltó una risilla y la madre se quedó con el tenedor en el aire, mirando al chico con los ojos bien abiertos.

¿Cómo que te vas a casar? preguntó ella, confundida ¿Con quién, exactamente?

Es nueva en la clase. Tan guapa, tan lista, tan encantadora… suspiró el muchacho, apoyando la cabeza sobre la mano como si estuviera en la portada de una novela romántica.

De tal manera le había trastocado la vida esa chica, que ya ni comía ni podía concentrarse en nada.

¿Y la niña lo sabe? preguntó el padre, conteniendo la carcajada.

Sí… Hoy se lo he dicho y ella dijo que le da igual, solo que quiere que yo tenga un piso.

¿Pero tienes un piso? la madre estaba entre sorprendida y divertida.

Pues claro que tengo. O sea, nosotros vivimos en un piso. Papá tiene coche y le he prometido que se lo pediré prestado para la boda…

El padre negó con la cabeza, como si quisiera decir que él no había firmado ningún contrato de préstamo de coche y que, ni en sueños, iba a dejar el coche al hijo tan fácilmente.

¿Y ella qué tiene? ¿Es buena candidata? preguntó la madre, ya totalmente integrada en la conversación.

Sí, contestó el chico con entusiasmo. Es simpática y habla muy educadamente.

La madre no pudo aguantar la risa y señaló el plato del hijo.

Al final, ni siquiera estás comiendo, ¿eh?

Déjale, está con la cabeza en las nubes pensando en su futura boda bromeó el padre Pero te prohíbo casarte hasta que me enseñes tus notas de matemáticas y de lengua.

El hijo miró al padre como si le hubiera caído un jarro de agua fría. Se había pasado todo el día pensando en la chica, ni había tocado los deberes, y la dictada de hoy le había salido de pena porque, claro, la chica nueva distraía a toda la clase. Era la más guapa que había visto en su vida. Y no era el único que estaba coladito por ella, así que había puesto toda su energía en conquistarla en vez de estudiar.

¡Venga ya, papá!

Ahora que has terminado de cenar, vete a hacer los deberes. Ni boda, ni piso, ni coche mientras tus notas estén por debajo del cuatro.

El hijo se sintió indignado, pero obedeció y se marchó a su cuarto.

Ay, estos chicos de quinto, suspiró la madre.

No nos hagas hablar… añadió el padre, con un guiño.

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El hijo anunció de repente que se va a casar con una chica nueva a la que conoce desde hace solo tres días.
Esposa y suegro Carla solo fingía interés en conocer a los padres de Javier. ¿Para qué le iban a servir, sinceramente? No pensaba convivir con ellos y, por mucho dinero que tuviese su suegro, don Álvaro, lo más probable es que acabase con problemas y sospechas, nada más. Pero ya que había decidido casarse, tocaba aguantar hasta el final. Carla se arregló, pero de manera sencilla, para que la viesen como una chica agradable. El primer encuentro con los padres del novio siempre está lleno de trampas invisibles; y si encima son inteligentes, ya es una prueba de fuego. Javi pensaba que ella necesitaba ánimo: —No te preocupes, Carla, de verdad no te preocupes. Papá es un poco seco, pero se puede hablar con él. No te dirán nada espantoso. Y te acabarán cogiendo cariño. Mi padre tiene sus rarezas, pero mi madre es puro encanto —le aseguró delante de la puerta familiar. Carla sonrió, apartándose un mechón de pelo. Papá seco, mamá el alma de la fiesta. Buen dúo. Sonrió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Había estado en sitios más lujosos. Les recibieron de inmediato. Carla no estaba muy nerviosa. ¿Para qué? Gente normal. Teresa, la madre de Javi, era ama de casa de toda la vida, salía de vez en cuando de excursión con amigas, pero nada digno de crónica social. Don Álvaro, el padre — según Javier, no muy dado a bromas, pero sí más bien callado. El nombre le resultaba vagamente familiar… Les dieron la bienvenida… Y Carla se congeló antes de entrar. Fin del juego… No conocía a su futura suegra, pero al suegro lo reconoció al instante… Ya se habían visto. Tres años antes. No muchas veces, pero sí interesadas por ambas partes. En bares, hoteles, restaurantes. Nadie lo sabía, ni Teresa ni Javi. Ahí estaba el lío. Don Álvaro también la reconoció. En su mirada hubo un destello imposible de interpretar: sorpresa, alarma, o incluso algo más oscuro. Pero permaneció mudo. Javier, sin enterarse de nada, la presentó felizmente. —Mamá, papá, os presento a Carla. Mi prometida. La habría traído antes, pero es muy tímida. Vaya… Don Álvaro le dio la mano. El apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carla —dijo, y en su voz se coló un matiz sutil… algo que Carla no supo descifrar de inmediato. ¿Rencor? ¿Advertencia? ¿O…? Carla se preparaba para salir del atolladero, esperando que don Álvaro la desenmascarara en cualquier instante. —El placer es mío, don Álvaro —respondió ella, procurando que no la pillaran de primeras. Mientras le estrechaba la mano, el pulso le latía a mil. ¿Ahora qué…? Pero… nada. Don Álvaro, fingiendo una sonrisa, tuvo incluso el detalle de acercarle la silla en la mesa. Seguro guarda el escándalo para después… Pero no, la comida fluyó. Entonces Carla cayó en la cuenta: jamás la delataría. Porque si él lo hacía, también se delataba ante su esposa. Relajada, la velada resultó más natural. Teresa compartió anécdotas del pequeño Javi, y don Álvaro la escuchaba a ella con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Claro, él sabía de sobra su historia. Pero su cinismo ya no le hería. Incluso soltó algún chascarrillo que, para sorpresa de Carla, le hizo gracia. Eso sí, sus bromas iban repletas de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, mirándola directamente, dijo: —¿Sabe, Carla? Me recuerda mucho a una antigua… compañera. Muy lista también. Tenía don para tratar con todo tipo de personas. Carla, sin inmutarse: —Cada uno tiene su talento, don Álvaro. Javi, enamoradísimo, no captaba dobles fondos. De verdad la quería. Y eso era lo más dulcemente trágico para él. Más tarde, hablando de viajes, don Álvaro, con intención, le planteó: —Yo siempre prefiero lugares apartados, sin ruido, para sentarse a pensar con un buen libro. ¿Y tú, Carla, qué ambientes te gustan? Un dardo. —A mí me gusta la gente, el ruido, la alegría —contestó ella, sin dejarse provocar—. Aunque a veces demasiados oídos pueden ser peligrosos. Teresa pareció captar algo raro. Frunció el ceño, pero se esforzó por no darle importancia. Don Álvaro sabía que Carla no era precisamente de las que buscan soledad. Y sabía por qué. Ya al final, al irse a dormir, don Álvaro abrazó a su hijo. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a piropo y a aviso. Solo Carla lo entendió. Sintió cómo bajaba la temperatura al oír “especial”. Había elegido la palabra exacta. *** Esa noche, Carla no podía dormir. Daba vueltas, repasando el encuentro, imaginando cómo seguir. Valía la pena mirar hacia el futuro… complicado. Intuía que don Álvaro, como ella, tampoco pegaría ojo. Ze tenía mucho que hablar. Por todo, la verdad. Se levantó en silencio, se puso una sudadera encima del pijama y salió de la habitación. Bajó pisando la escalera para que, si alguien estaba despierto, la oyera. Salió a la terraza, segura de que él aparecería. No tardó. —¿No duermes? —le preguntó, acercándose por detrás. —El sueño no viene —respondió ella. Un fresco aroma de su colonia y el análisis paciente en sus ojos. —¿Qué buscas de mi hijo, Carla? Sé hasta dónde puedes llegar. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y siempre has contado las cosas muy claras. Un precio, aunque fuese velado. ¿Para qué quieres a Javi? Ya que él no iba a dulcificar, Carla tampoco. —Le quiero, don Álvaro —canturreó—, ¿por qué no podría? No le convenció. —¿Le quieres? Eso no me lo creo. Sé muy bien quién eres. Y pienso contárselo a Javi. Todo. Lo que hacías. Quién eres de verdad. ¿Tú crees que se casará contigo después? Carla se le plantó enfrente, a apenas un brazo. —Cuéntaselo, don Álvaro —articuló, lenta y amenazante—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que contar también lo que hacíamos. Créeme, yo completaré la historia. —No es lo mismo… —¿Ah, no? ¿Vas a contarle lo mismo a tu mujer? Don Álvaro se quedó helado. Ella le había acorralado. O callaban los dos, o se hundía el barco. —¿Qué dirías tú? —No solo a ella. También a Javi. Les contaré lo gran marido que eres y de qué “trabajillos” salías tan tarde. Lo contaré todo, ya que perdería todo igualmente. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Hazlo. Menudo dilema. Convencer a su hijo de no casarse era invitar a su propio divorcio. —No te atreverás. —¿No? ¿Tú sí y yo no? —sonrió Carla—. No lo haré solo si tú no cuentas nada de mi supuesta “interés­ta”, sabiendo que tienes mucho más que perder. Y doña Teresa, ya sabes que valora la fidelidad… Una vez, borracho, él había confesado a Carla sus infidelidades, que su mujer era ejemplar y él, un canalla. Doña Teresa no perdonaría. Ni su hijo, probablemente. Sabía que Carla no jugaba de farol. —Vale —cedió él—. Yo no diré nada. Y tú… tú tampoco. Nadie sabrá nada. Olvidaremos aquello. Por eso Carla estaba tranquila. Él perdería mucho más. —Como quieras, don Álvaro. La mañana siguiente, se despidieron de los padres de Javi. Bajo la mirada feroz de su futuro suegro, Carla abrazó a su suegra, que ya la llamaba “hija”. A don Álvaro le tembló un ojo. No soportaba no poder advertir a su hijo de la auténtica Carla, pero no podía arriesgarse. Perder a Teresa suponía perder media vida y su fortuna. Y su hijo jamás se lo perdonaría… En otra ocasión, Carla y Javi se quedaron dos semanas con sus padres. Las vacaciones, en fin, estaban en pleno apogeo. Don Álvaro procuraba evitar a Carla, poniendo excusas. Hasta que un día, estando solo en casa, la curiosidad le pudo. Hurgó en el bolso de Carla: neceser, agenda, libretita. Y un test de embarazo. Dos rayas. —Pensaba que la desgracia era que mi hijo se casase con… No, esto sí que es una desgracia —lo volvió a dejar en el bolso, pero no cerró a tiempo. Carla le pilló enseguida. —Qué feo es rebuscar en ajeno, don Álvaro —ironizó, aunque no parecía molesta. Él tampoco se excusó. —¿Estás embarazada de Javi? Carla se le acercó, recogió el bolso y, mirándole, soltó: —Creo que le he fastidiado la sorpresa, don Álvaro. Él se enfureció. Ahora Carla no se alejaría de su hijo. Si hablaba, todos caerían. El silencio era su única salida. Pero dolía no poder avisar al hijo del agujero en el que iba a caer. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Javi y Carla criaban a Alicia. Don Álvaro evitaba visitarles. Ni ver, ni pensar. No sentía a la nieta como propia. Carla le inquietaba. Su indiferencia hacia Javi y su pasado oscuro le aterraban. Y otra vez. Teresa planeaba ir a ver a Javi y Carla. —¿Vienes, Álvaro? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto ya huele raro. —No, en serio. Estoy cansado. Ve tú sola. Don Álvaro se parapetó, como siempre, detrás de supuestas migrañas, resfriados o dolores de piernas. Hasta tomaba pastillas para disimular. No podía estar cerca de Carla, pero tampoco podía contar nada. La tarde resultó monótona, salvo por las neuras. Leyó. Vagueó. Hasta que se dio cuenta de que Teresa tardaba mucho. Eran las once y su mujer no volvía. No contestaba el móvil. Así que llamó a Javi. —¿Todo bien? ¿Tu madre se marchó? Aquí no ha llegado. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y colgó… Don Álvaro pensó en acercarse cuando un coche se paró frente a la casa. Era el de Carla. Se puso tenso, pero al verla casi se desmaya. —¿A qué vienes tú aquí? ¡Dímelo! ¿Qué ha pasado? Carla aparentaba calma. Se sirvió un vino y se acomodó. —Se acabó todo. —¿Qué dices? —Lo nuestro. De todos. Javi ha encontrado unas fotos nuestras de hace cuatro años en la web de un bar, ¿sabes? Aquella fiesta en el “Oasis”. Resulta que buscaba sitios para celebrar el aniversario y, sorpresa, ahí estábamos, preciosos. El fotógrafo lo colgó todo. Y ahora Javi está como una furia. Tu Teresa quiere divorciarse. Y, como tú querías, yo también acabaré divorciándome de tu hijo. Don Álvaro se dejó caer en el suelo. —¿Y a qué has venido? —A huir un poco —sonrió Carla—. La casa es un desastre. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció el mismo vino que él tomaba. Bebieron en la terraza. Solo el canto de los grillos les recordaba algo de complicidad. —Todo esto es culpa tuya —dijo él. Carla asintió, sin despegar los ojos del vaso. —Eso parece. —Eres insoportable. —Eso seguro. —Ni siquiera te da pena Javi. —Me da, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No te lo discuto. Él le tomó la cara con la mano. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Te creo. *** Por la mañana, cuando Teresa llegó dispuesta a hacer las paces y perdonar a su marido aunque le costara medio sistema nervioso, encontró a Carla y a don Álvaro juntos. Aún dormidos. —¿Quién anda ahí? —preguntó Carla, medio despierta. —Yo —musitó Teresa, contemplando cómo se le venía el mundo abajo. Carla sonrió con calma. Don Álvaro se despertó después, pero no salió tras su mujer.