Los polvos de mamá
No sé qué hacer con ella. Me preguntó si tu padre se escapaba a menudo solo a las termas.
Ana estaba plantada junto a la ventana de la cocina, observando el pequeño jardín del chalet, donde entre las hileras de tomates se desplazaba la figura de su madre, con un vestido demasiado chillón para ese mediodía tan blanco de Salamanca. Su marido, Javier, no levantó la vista del periódico y emitió un hmm arrastrado.
A lo mejor solo tiene curiosidad, mujer. Tu madre siempre ha sido muy de preguntar por todo.
No lo entiendes, Javi. Con la sonrisita esa, como si tuviera algún secreto… Y se ha puesto colorete. En plena canícula de julio. ¡Colorete, Javi!
Ana se apartó de la ventana y se dejó caer frente a Javier sobre la mesita de la cocina. Afuera, el sol castellano convertía la urbanización de veraneo en un espejismo ondulante y, en el jardín, cantaban grillos invisibles. Tres semanas atrás había invitado a su madre, Asunción, a pasar unos días en el chalet de sus suegros. Pensó que, quizás, así se distraería del vacío de su piso mínimo en la ciudad. Desde que falleció su última amiga, María Encarnación, su madre se había apagado: dejó de llamar por teléfono, apenas respondía a mensajes y cuando Ana la visitaba la encontraba fija, ensimismada junto a la ventana.
Por eso decidió llevársela a la casa de campo, para que se airease, cosechara tomates y ayudara a la suegra, Felisa, haciendo bizcochos y riendo juntas. Felisa era generosa. Espacios y tiempo había de sobra. Don Bernardo, el suegro, pasaba horas en su taller, cacharreando con maderas y cachivaches. Todo, en principio, iba a ser tranquilo, familiar.
Pero algo no cuajó.
Asunción llegó a mediados de junio con una pequeña maleta y, enseguida, se puso manos a la obra. Puso la mesa, lavó cacharros, quitó malas hierbas del huerto. Al principio, Felisa estaba encantada: Qué suegra más hacendosa tienes, decía a Ana, no como las visitas perezosas que sólo buscan la tumbona. Don Bernardo le sonreía cada vez que ella le daba las gracias al pasar.
La primera semana fue una taza de leche templada.
Después, Asunción comenzó a aparecer allá donde estuviera don Bernardo. Si él reparaba la verja, ella surgía con agua fresca; si él removía la tierra, ella estaba cerca, a su vera. Ana al principio no pensó nada raro; su madre siempre tuvo ese impulso de ayudar. Pero una tarde, paseando con Javier por la avenida tambaleante de calor, la vio junto al taller, asomándose en la penumbra, observando a don Bernardo trabajar la madera, mientras las virutas caían al suelo como rizos dorados.
Mamá, ¿qué haces ahí? la llamó Ana.
Asunción dio un brinco, giró el rostro; un rubor le subió a las mejillas, y no era por el calor.
Mirando, hija. Don Bernardo está haciendo un taburete. Y le está quedando precioso.
Sonrió con aquella expresión casi adolescente, impropia en un rostro que peinaba cincuenta y muchos. Ana tuvo una punzada de inquietud, pero calló.
Pasados unos días, Felisa sirviendo zumo en la cocina susurró preocupada:
Ana, ¿crees que tu madre está demasiado sola en la ciudad? ¿No será que echa en falta conversación?
¿A qué te refieres?
Felisa enjugó las manos en el delantal, boqueó.
Bueno, ya sabes… Que está muy pendiente de Bernardo. Le acerca cosas, le pregunta, le ronda. Entiendo que quiera ayudar, pero él tiene su ritmo. Y puede llegar a agobiar.
Ana sintió cómo toda la sangre de la vergüenza le subía a la cara. Conocía esa inquietud tras la muerte de su padre, esa necesidad desesperada de llenar el vacío, de buscar en los demás una tabla de salvación. Pero, así de evidente, ante los suegros…
Hablaré con ella prometió Ana.
Pero la charla se disolvió antes de empezar, como ocurre en los sueños en los que las palabras se quedan pegadas a la garganta. Aquella noche, Ana afrontó el tema en la terraza:
¿Mamá, cómo te ves aquí? ¿Estás bien?
Hija, de maravilla. Aires limpios, naturaleza. Y don Bernardo es un hombre fascinante, sabe hacer de todo.
Mamá, comprendes que él necesita estar a lo suyo, ¿no? Demasiada conversación le interrumpe.
Asunción le sostuvo la mirada y en sus ojos asomó esa tristeza infantil de quien no entiende por qué los otros cambian el juego.
Solo trato de ayudar…
Lo sé, mamá. Pero mejor pasa más tiempo con Felisa. Le encantas, podéis preparar mermelada, regar rosales.
Asunción asintió, pero Ana supo que no penetró el mensaje. Al día siguiente, Asunción apareció en el desayuno con una blusa nueva: azul, de manga corta y demasiado ajustada. Felisa levantó una ceja, pero no dijo nada. Don Bernardo ni se inmutó.
Después del desayuno, Asunción volvió al taller. Ana, fregando platos, la vio por la ventana: colocándose el cabello, sonriendo, parada ante la puerta. Don Bernardo le hizo un comentario, ella soltó una risa sonora y prolongada. Demasiado.
Madre mía musitó Ana.
Al terminar la segunda semana, la situación era ya tan surrealista que parecían vivir en una pintura de Dalí: relojes derretidos al sol, vestidos demasiado estrechos para la realidad, mejillas pintadas en colores imposibles. Asunción empezó a maquillarse de manera estridente: barras de labios fucsias, rubor encendido, vestiditos de verano que no correspondían con la brisa fresca de Castilla. Ya no pisaba la cocina, pero no se separaba de don Bernardo cuando este regaba o arreglaba algún trasto.
Una noche, Ana escuchó conversación:
Don Bernardo, ¿no ha sentido usted que le falta algo en la vida? la voz de su madre, dulzona, flotaba desde el umbral del taller.
¿En qué sentido? respondió él, sincero y despistado.
No sé… Experiencias nuevas, una conversación más profunda. Pasa mucho tiempo solo, trabajando. La vida vuela…
Tengo ya sesenta y ocho, experiencias me sobran. El trabajo me descansa replicó él, adoptando un tono helado.
Bueno, claro… Solo decía.
Ana se retiró, con el corazón hecho un nudo, deseando huir con su madre a la ciudad y evaporársela de la realidad contorsionada de aquel verano. Pero ¿cómo explicárselo a sus suegros? ¿Cómo a su madre, sin romper lo poco que quedaba indemne entre ellas?
Aquella noche no durmió. Javier roncando, y ella temblando bajo la sábana, contando el brillo de las estrellas en el techo.
A la mañana siguiente, Felisa fue especialmente fría mientras servía el porridge. Ni palabras, ni sonrisas. Asunción también temblaba mientras removía el café.
Don Bernardo se marchó al taller; Asunción, como de costumbre, tras él… Pero Felisa, de voz forjada en mil temporales, la interceptó:
Asunción, ¿me ayudas con las grosellas? Tenemos que hacer mermelada.
Era una orden disfrazada de súplica. Asunción vaciló, pero accedió.
Respiro, sí, pero fugaz. En la comida, cuando reinaba el silencio, Asunción pronunció, mirando directamente a don Bernardo:
¿Sabe? Mi padre también era un manitas. De niña me podía quedar absorta horas mirándole trabajar.
Ser hábil es hermoso repitió don Bernardo, amable pero distante.
Siempre me ha fascinado ver a un hombre de verdad usando las manos. Es hipnótico.
Felisa soltó el tenedor. Javier se atragantó. Ana cerró los ojos.
Tras la comida, Ana abordó a su madre en el pasillo:
Mamá, basta. Lo que haces está mal y lo notas, ¿verdad?
Solo converso, Ana.
No. Te comportas como una chiquilla, buscando su atención. Se nota. Todos lo notan. Y al final, Bernardo también lo notará. Y entonces sí que será incómodo para todos.
Asunción enmudeció. Luego se le quebró la voz:
Solo quería sentirme viva. Notar que existo. Que soy algo más que un mueble invisible.
El enfado de Ana estalló en lastima. La abrazó, empapándose de las lágrimas de su madre.
Mamá, eso no te va a ayudar. No así…
Me quedaré, prometí ayudar a Felisa. No arruinaré más cosas marchándome de golpe.
El primer par de días bajó el soufflé. Asunción se mantuvo en la cocina, discreta. Menos maquillaje, vestidos discretos.
Pero aquello era la antesala de una tormenta.
En el cumpleaños de Felisa, la casa se llenó de familia, vecinos, jamón y alegría. Ana por primera vez bajó la guarda, aliviada. Hasta que Asunción emergió del interior del sueño sudando maquillaje, vestida de verde esmeralda, labios rosa chillón, colorete pesado sobre la cara que parecía tragada por otro siglo… Tacones sobre el césped seco.
Todos se giraron. Felisa apretó la copa. Ana se congeló de susto.
Asunción fue directa al lugar frente a don Bernardo, le sonrió. Él, como siempre, no captó el código, siguió su charla de anzuelos y riveras.
Las risas duraron media hora. Pero Asunción no miraba más que sus manos, su sonrisa, sus palabras.
Cuando comenzaron los brindis, y le tocó su turno, se levantó con la copa:
Felisa, muchas felicidades. Eres admirable, buena anfitriona y tienes la suerte de poseer un hombre como Bernardo, todo un caballero. Eso hay que cuidarlo.
El silencio cayó como plomo. En su mirada, directa a Bernardo, había algo turbio, descolocado.
Gracias, Asunción cerró Felisa con voz de escarcha.
Pero el episodio no paró ahí. Asunción le servía vino, le abanicaba, pegada como la sombra al cuerpo. Felisa le marcó el alto, muy quedo, sin dejar margen.
Siéntese, por favor. Bernardo puede cuidarse él mismo.
Asunción, herida, se sentó. Cuando Bernardo se levantó al caer la tarde para ir al taller, Asunción saltó tras él.
Ana no logró detenerla. Felisa, rígida, la siguió, seguida de Ana y el resto.
Dentro, bajo la luz dura, Asunción rozó la mano de Bernardo.
Siempre me han atraído los hombres habilidosos. Enséñeme, por favor, cómo talla la madera…
Bernardo se apartó.
Asunción, ya es tarde. Vaya a la casa.
Ella avanzó otro paso, le asió la muñeca.
Sé que también se siente solo. Su mujer no le entiende como yo podría…
Una paz de muerte llenó la estancia. Bernardo se zafó con desdén.
¿De qué demonios habla? ¡Eso son memeces!
Ella tartamudeó, pero entonces entró Felisa como el invierno:
Vete preparando las cosas. Mañana te llevamos a la estación.
Felisa, yo no…
Has estado rondando a mi marido tres semanas, te pusiste guapa como si aquí fuese la feria. Aquí, mi casa, mi familia. No vuelvas por aquí.
Asunción se fue tambaleando, los tacones haciendo eco en la noche. Ana quiso correr tras ella, pero Javier apenas la retuvo, y los sueños no permiten desandar los hechos.
La noche fue de insomnio empañado.
Ana intentó disculparse con Bernardo.
No entiendo qué le pasó, Ana. Pensé que solo era amable… Pero ella… movió la cabeza, un restallar del alma en la voz. Tengo sesenta y ocho, podría ser su padre.
No es usted. Es ella. Necesita llenar un hueco y usted fue quien primero le dio los buenos días.
Felisa nunca perdonará algo así.
Lo comprendo. Mañana mismo la llevo a Salamanca. No volverá.
Ana subió al cuarto, Asunción estaba sentada en la oscuridad, arrugada como un jersey olvidado, la cara en ruinas.
Mamá, ¿por qué?
Porque el vacío es un tornado, Ana. Me despierto y no quiero levantarme. Cada día igual. Sin amigas, sin nadie. Tú, con Javier y tu vida… Yo, con mi vacío y la tele. Y con Bernardo… me parecía que al menos me veían. Yo era, otra vez, mujer. Y lo confundí. Lo confundí todo.
Se abrazaron en la oscuridad, sin luz ni respuesta. Al día siguiente, recogieron la maleta. Felisa no salió de la habitación. Bernardo se limitó a asentir. Viajaron hasta el piso antiguo, que olía a tiempos mejores. Solo cuando llegó la despedida, la soledad volvió a meterse bajo la piel de ambas como una sombra que no se exorciza.
Ana propuso actividades, cursos, teatro.
No inventes, hija. Mejor quedo aquí, con mi soledad. Así no hago daño.
Y cerró la puerta.
Javier conducía en silencio de vuelta a la casa de campo. La tarde era un lienzo hendido de manchas y calor.
Al llegar, Felisa limpiaba grosellas, Bernardo cerraba el taller, y todo parecía igual que antes, pero algo, una rotura, rezumaba en los bordes.
Ana llamó cada tarde. Asunción contestaba con frases planas, sin calor.
Pasaron semanas, después meses. El otoño trajo lluvia, el invierno silencio. Ana la arrastró al parque, a clases de informática, a las matinés de cine. Asunción reía, a veces, pero por dentro seguía hueca, resquebrajada.
¿Alguna vez te has sentido completamente sola, Ana?
A veces. Pero tengo gente.
Yo no. Ni tendré. Y a Bernardo… solo le vi porque estaba ahí. Y fui tonta.
No eres tonta, mamá. Solo estás herida.
Los días caían como hojas y ninguna servía de vendaje.
La primavera volvió a llenar de azahar el jardín en Salamanca. Ana fue de visita.
¿Cómo va tu madre? preguntó Felisa.
Sobrevive. Más no puedo decir.
Quizás fui demasiado dura.
Protegerse también es necesario.
Sí, pero necesitaba ayuda. Nos perdimos mutuamente.
Ana volvió a Salamanca, al piso oscuro donde Asunción, sentada junto a la ventana abierta, miraba sin mirar la ciudad que hervía en vida y ruido.
Tal vez debí quedarme sola, Ana. Por no herir a nadie más.
La tarde castiza seguía su curso, los niños lanzaban gritos hacia el futuro, y Ana, con la mano sobre la de su madre, comprendió al fin que ciertos errores no tienen vuelta, como ciertos sueños, como ciertos veranos que nunca se repiten. Solo queda sentarse al borde del tiempo y esperar, del otro lado de la ventana, que quizá alguno de esos días, la luz vuelva a entrar.







