El hijo no quiere llevarse a su madre a vivir con él porque en la casa solo hay una señora, y esa soy yo.

¡Madre mía, esto no está bien! Al final, ella es su madre, ¿no? Él podría llevarla a su propia casa Estas cosas me las sueltan los cercanos a mi marido. Sé que mis amigas piensan igual, aunque no me lo dicen directamente. Todo por el lío con mi suegra.

Te cuento: Carmen tiene 83 años, pesa más de cien kilos y está enferma casi siempre. Hace tiempo, mi primo me preguntó, ¿Por qué no te llevas a Carmen a vivir contigo? Está genial que la ayudes cada día, pero, ¿y si le pasa algo por la noche? Es duro estar sola. Al fin y al cabo, tu Javier es su único apoyo.

Lógico, ¿no? La abuela iba a estar cuidada por su único hijo, la única nuera y el único nieto. Carmen lleva cinco años sin salir del piso, ni una sola vez. Le duelen las piernas, y su peso la deja sin fuerzas. Pero esto viene de tiempo atrás, treinta años más o menos. Entonces mi suegra era enérgica, joven, sana, y mandona.

Recuerdo el primer día que fui a conocerla, la madre de mi futuro marido Javier. ¿Quién has traído aquí?, me soltó indignada. ¿Para esto he sacrificado toda mi vida? Después de eso, caminé hasta el bus sin decir ni pío. En ese momento ella vivía en un chalé en Pozuelo, precioso y grande. Su marido tenía un buen puesto, así que Carmen vivió bien durante mucho tiempo, incluso después de su muerte. Esa tarde, Javier me alcanzó y se vino conmigo. Por suerte, mi marido nunca ha seguido ciegamente a su madre, aunque la respeta. Me intentó tranquilizar, diciendo que ella siempre ha sido así, que era cuestión de carácter.

Cuando nos casamos, empezamos a ahorrar para nuestro propio piso. Javier se fue a trabajar fuera y estuvo sin volver medio año. En unos años conseguimos comprar nuestra casa y la reformamos. A Carmen no la veíamos mucho. Ella iba contando a todo el mundo, incluido Javier y todos sus conocidos, que yo no le dejaba ayudar a su madre. Que cómo podía ser, supuestamente.

Más tarde quiso mudarse a Madrid. Pero el dinero que sacó de la venta de su casa no le llegaba. Nos pidió que pusiéramos algo y nos prometió que el piso sería para nuestro hijo, su nieto. Pero, en el notario, de repente dijo que el piso debía ser para ella, porque una amiga le contó que así las abuelas no se quedan sin casa. Luego soltó que planeaba dejar el piso a quien la cuidara en la vejez. Quería ser la señora de la casa, vaya. Decía que íbamos a engañarla, que la íbamos a dejar sin nada.

De eso han pasado casi veinte años. En el notario armó tal escándalo que todo el mundo oyó sus quejas y nosotros nos sentimos fatal. Al final lo dejamos correr. Se mudó casi de inmediato y ni nos dejó hacer una reforma. Estuvo allí apenas un mes y empezó a quejarse de que todo estaba viejo, que se rompía Mi suegra me culpó de todo: según ella, yo había encontrado el piso equivocado y quería estafarla.

Carmen adoraba a los hijos de su prima, pero ignoraba a su propio nieto. Incluso fingía no acordarse de su cumpleaños. Hace unos años se puso peor de salud. El peso era tal que no podía ni moverse en casa. Le llevaba comida sana, con dieta de médico, pero ella se enfadaba y se negaba a comer, diciendo que sólo su prima le daba de comer bien y que yo la tenía pasando hambre.

El año pasado, Javier empezó a pedirme que la llevásemos a casa. Según él, su madre ya entendía lo que pasaba y aceptaba los consejos del médico.

Le dije que sí, pero puse condiciones: la cocina solo la gestiono yo, yo decido los menús y nada de ver familiares en casa. Como puedes imaginar, Carmen se indignó y no quería venir porque pensaba que ella iba a mandar en casa. Pero aquí sólo hay una jefa, y soy yo. Así que seguí visitándola, limpiando, cocinando, incluso quedándome a dormir. Mientras, su prima solo se preocupaba por teléfono.

Carmen llamaba a su prima quejándose: decía que la tenía pasando hambre porque no le daba dulces ni embutido. Me pedía que le llevase pasteles, pero su prima, con el rollo de que tenía agenda apretada, retrasaba las visitas, a pesar de vivir el triple de cerca que yo. Sólo iba una vez al mes y le llevaba porquerías, mientras yo estaba pendiente de ella cada día.

Un día, Carmen llamó a la prima diciendo que había perdido un collar y una cruz. Me señalaba con el dedo, porque ese día ambas habíamos ido a verla, pero estaba convencida de que yo los había cogido.

Sin decir nada, le puse la comida en la mesa y recogí el collar y la cruz que se le habían caído detrás de la mesita. Al llegar a casa se lo conté todo a Javier y le dije que no pensaba volver. Le propuse llevarla a una residencia. Javier aceptó.

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