Mi hijo se cruzó con una chica poco honesta, que lo manipula a su antojo. Últimamente ha empezado a enfrentarle conmigo. Ella le asegura que no me importa su felicidad, que sólo pienso en mí. Llegó a semejantes conclusiones porque me negué a cambiar de piso con ellos.
Mi esposa falleció hace algunos años, y mi hijo es mi único descendiente. Lo crié con cariño y dedicación, le ofrecí una buena educación. Antes de casarse, vivía con nosotros. Empezó a trabajar mientras estudiaba en la universidad y, nada más licenciarse, consiguió un buen empleo.
Mi hijo es mi orgullo. Es un chico estupendo y se desenvuelve perfectamente en su vida profesional. Mi esposa y yo nunca pudimos comprarle un piso; siempre vivimos con sencillez. Compramos nuestro propio piso a los cuarenta años, tras muchos años alquilando, por lo que no teníamos medios para adquirir otro para nuestro hijo. Pero al fin y al cabo, puede conseguir su propio piso, como hicimos nosotros.
Cuando Javier me contó que salía con una chica, me llené de alegría. Hice todo lo posible por llevarme bien con mi nuera: jamás la reprendí ni la critiqué. Nunca me importó quién fuera la nuera, lo esencial era que mi hijo fuese feliz con ella. Al principio me caía fenomenal Carmen, era amable y discreta. Pero tras la boda, mostró su verdadera cara.
Después de casarse, Javier y Carmen se fueron de viaje de novios. Al volver, Carmen renunció al trabajo. Me dijo que el jefe la acosaba y que buscaba algo mejor. Pero ahí no acabó la cosa. Lleva dos años viviendo a costa de mi hijo y no muestra intención alguna de trabajar.
Javier y su mujer empezaron a vivir en el piso de ella, de una sola habitación, situado en las afueras de Madrid. Al estar Carmen en casa, mi hijo no puede permitirse comprar un piso nuevo, pues ella gasta todo el dinero en peluquerías y ropa.
No comprendo cómo es posible no encontrar trabajo tras dos años. Dudo mucho que realmente vaya a entrevistas. Más bien disfruta de vivir del esfuerzo de su marido y de una vida cómoda.
Un día le pregunté si planeaban tener hijos. ¿Qué hijos podríamos tener viviendo en un espacio tan pequeño? me contestó Carmen. ¿Por qué no ahorráis para una entrada para una hipoteca? sugerí yo. No hay nada que ahorrar, apenas nos llega para fin de mes replicó Carmen.
Me mordí la lengua y no le dije que si ella trabajara, podrían haber ahorrado hace tiempo. Si de verdad intentasen ahorrar para un piso, les ayudaría sin duda, porque tengo una cantidad reservada, pero ahora no quiero darle dinero, porque sé que Carmen lo gastaría en tonterías.
Últimamente mi nuera ha empezado a hablar sobre tener hijos, que el tiempo pasa y que debemos pensar en el futuro, pero ¿cómo van a criar a un niño en esas condiciones? Mi hijo cada vez coincide más con Carmen.
Papá, estamos pensando que podríamos intercambiar nuestros pisos. No hace falta firmar nada, solamente hacemos el cambio y listo. Así no tendríamos que preocuparnos por hipotecas y tú tendrías suficiente espacio.
Me dolió escuchar eso de mi hijo. Me cuesta creer que haya pensado esa propuesta él solo. Le expliqué que estaría lejos de su casa por mi trabajo, y que los árboles viejos no se trasplantan.
Sólo te quedan unos años de trabajo y pronto tendrás nietos me dijo Carmen sonriendo.
Rechacé esa propuesta ventajosa porque no me gusta nada. No quiero salir de mi casa.
Después mi hijo volvió a insistir varias veces sobre el tema, y cada vez sus palabras me herían más. Nunca intentó aprovecharse de los demás, pero ahora su mujer le incita a hacerlo.
Vámonos, te he dicho que a tu padre no le importa si tenemos hijos o no. ¡No movería un dedo por nosotros! le dijo Carmen a Javier cuando vinieron a verme por última vez.
Desde aquel día, mi hijo no tiene contacto conmigo, no responde a mis llamadas ni me devuelve el mensaje. No entiendo cómo puede comportarse así; no es tonto, pero cuando está junto a su mujer parece que pierde el sentido.







