La segunda suegra
Una mujer con bata de limpiadora asomó la cabeza con cautela en el despacho del dueño de la clínica de cirugía estética Sol de Plata. Se llamaba Jacinta y hablaba en susurros, como quien teme despertar a una bestia adormilada.
He oído que hay una vacante de masajista junior
Tomás Granados levantó la vista y la taladró con una mirada severa. Estaba de muy mal humor: justo le habían comunicado que unas negociaciones clave con unos inversores se habían ido al garete y el dolor de cabeza le taladraba las sienes.
¿Y qué? ¿Vas a dar masajes a los clientes tú, con la fregona en la mano? espetó, casi soltando espuma.
Bueno, no pero he hecho cursos online. Y tengo un currículum preparado tartamudeó Jacinta, mostrándole un folio más arrugado que un billete de cinco euros sacado de la lavadora.
En ese instante entró el subdirector, Leandro Saavedra. Tomás, frotándose las sienes, explotó en voz alta:
¡Leo, pero esto qué es! ¿Las limpiadoras ahora andan por aquí cuando les da la gana? ¡Sácala de mi despacho! ¡Que se cree la reina de los masajes con la fregona! ¡Que no vuelva a traerme estas chorradas! ¡Fuera!
Y, sin esperar respuesta, le arrebató el papel, lo rompió en trocitos y lo tiró a sus pies.
Jacinta, mordiéndose el labio para no llorar, se agachó a recoger los restos. Los ojos se le llenaban de lágrimas. Leandro Saavedra la agarró del brazo, la arrastró hacia el pasillo delante de clientes y personal, y la metió en el pequeño cuarto de bártulos.
Sentada sobre una caja polvorienta que parecía llevar en ese rincón desde tiempos de Isabel II, Jacinta por fin rompió a llorar.
Llevaba poco tiempo en Sol de Plata. Limpiar suelos no era ni de lejos su sueño, pero pagaban bastante mejor que en otras clínicas, y Tomás Granados tenía fama de tío hecho a sí mismo. Decían de él: trabajador infatigable, se ha levantado él solito un imperio.
Y razón no les faltaba. Granados había sido huérfano; nunca conoció a sus padres y toda su vida adulta la pasó tratando de encontrarlos, sin éxito. Pero se las había apañado para ascender desde cirujano a gurú de la medicina estética. Incluso actrices de Madrid y damas de la alta sociedad acudían a él, pagando fortunas. Y cada año subía los precios, quitándose hasta los antojos de encima.
Por eso Jacinta se atrevió: supo de la vacante y pensó que, por intentar, que no quedara.
Siempre soñó con ser masajista. Estudiaba con libros de segunda mano y completó por su cuenta el temario de auxiliar de salud, pero la falta de título oficial le impedía ejercer. Iba ahorrando poco a poco para poder estudiar, pero el marido se fugó con todo el dinero y la dejó sola con una hija pequeña y la cuenta temblando.
Solo más tarde descubrió que Pablo, su marido, tenía antecedentes y era un embaucador profesional, con un pasado inventado. El divorcio fue largo y tortuoso: el hombre jamás se presentó ante el juez. Por su hija Lucía, Jacinta soportó todo, y ahí comenzó su auténtica odisea.
Las madres solteras no estaban bien vistas para trabajar. Vivía apretada en un mini-piso con su hija y la abuela Carmen, que fue quien realmente salvó la situación. Carmen era un terremoto, ex gimnasta, obstinada y luchadora. Se ocupó de la niña para que Jacinta pudiera empezar a buscarse la vida.
Con los ahorros de lo poco que juntaba y el tiempo que le dejaba la vida, Jacinta hizo un cursillo barato. El mismo certificado que Granados acababa de hacer trizas.
Se limpió las lágrimas, se levantó y fue a seguir fregando. El personal la miraba con recelo. Pero esa tarde, en casa, su madre la recibió sonriendo: Lucía había ganado un concurso de dibujo en el cole. La niña tenía talento, y Jacinta procuraba siempre darle buenos materiales cuando podía. Estaba encantada de que Lucía pudiera ir a la escuela de arte.
El cubo ya le pesaba como una losa. Cuando iba a vaciarlo se encontró con Don Federico, el jardinero, el único de la clínica que nunca iba de sobrado. Hombre mayor, Federico miraba siempre a Tomás con sorna y cierta ternura, como quien mira a alguien que ha olvidado que una vez fue pobre.
Don Federico jamás menospreciaba a Jacinta. Al contrario, le traía rosquillas caseras los sábados, le animaba y le servía de paño de lágrimas. Él fue quien le dio el empujón para ir a ofrecer su currículum, aunque fuera un currículum de risa.
Al verle, Jacinta volvió a llorar a moco tendido.
Venga, hija, no llores le acariciaba el hombro el jardinero. Todo cambiará, ¡ya verás!
Mejor ni lo hubiese intentado sollozaba Jacinta. Solo he empeorado las cosas.
Hoy Granados estaba como una fiera, mujer. Inténtalo otro día le sugirió con cariño.
Han dicho que ni me acerque más a él. Yo, ilusa, pensando que yo también podría salir del fango Creí que Granados era persona, pero es un engreído con diploma caro.
Federico solo encogió los hombros. Jacinta guardó fregona y cubo, y marchó a casa pensando en cómo demonios iba a estirar el sueldo este mes. Lucía quería un juguete caro y no había para lujos.
En casa el ambiente no era el habitual. Carmen, su madre, estaba sentada y esforzándose por disimular el llanto. Jacinta se encogió de miedo: su madre era una roca, si lloraba era grave.
¿Qué te pasa, mamá? preocupada.
Nada, ya ves intentó quitarle hierro Carmen.
Mamá, suéltalo. ¿Qué ha pasado?
Su madre lloró con ganas:
He ido al médico, revisión rutinaria del teatro. Han hecho análisis hasta a las costureras. Y han encontrado un problema. Cirugía, sí o sí. O tengo un año, con suerte. La lista de espera es eterna. Y privado imposible con nuestro dinero. Además, hay que ir a Madrid para la prueba gorda, y eso ni te cuento.
Mamá, no digas eso Jacinta se levantó de un salto. Alguna solución encontraremos.
¿Con tu sueldo de limpiadora y mi pensión? dijo Carmen, entre amarga y resignada. Claro, hija pero por mucho que remiendes, con un trozo de tela no haces pantalón.
Esa noche Jacinta no pegó ojo barajando posibilidades. Al amanecer lo tenía claro: debía intentarlo otra vez con Granados, aunque la fulminaran.
Pero ese día ni la dejaron entrar en la clínica. Expediente de regulación: reducción de plantilla, le dijeron. Le pagaron tres meses mínimos de indemnización y a la calle.
Don Federico, siempre atento, le obligó a apuntar su número antes de despedirse. Jacinta guardó el teléfono con gesto ausente; ¿ahora qué? Un mes, y veremos.
Rendirse no iba con Jacinta. Le dijo a su madre que había dejado el trabajo por voluntad propia, y se lanzó a rastrear empleo. Sin título, mal pagaban en todas partes. Dando mil vueltas por los anuncios, vio uno: se busca cuidadora interna. No pedían título, pero sí cocinar, limpiar, ayudar en casa.
Jacinta suspiró. Ni más ni menos digno que fregar suelos en la clínica. Envió su currículum. La llamaron en una hora. Era una agencia, el puesto para una señora rica y sola.
Le pidieron ir con los papeles al día. Pronto, ya estaba sentada frente a Tamara, la jefa de recursos humanos.
Se lo digo desde ya, para evitar que idealice nada enfatizó Tamara, escarchada. Nuestra clienta es difícil. Será la décima cuidadora. Nadie aguanta.
Jacinta apretó los labios y calló.
Seguro que ha oído el nombre: Elvira de la Vega. Alias artístico. Ha cambiado el apellido tantas veces que ni ella lo recuerda Antigua diva de la Ópera. Caprichosa, pero con mucho dinero. Dicen que los amantes pudientes la han dejado bien servida.
A mí, sinceramente, me da igual murmuró Jacinta. No estoy para elegir.
Si tiene niños, sepa que la señora odia los niños y los animales. Anda con andador, pero prefiere que la empujen en silla. La aviso. Periodo de prueba de tres meses, si resiste, contrato anual y sueldo doble.
Jacinta asintió en silencio. Solo el sueldo ya duplicaba lo máximo que había ganado. Era la única oportunidad de ayudar a su madre, por lo que ni se lo pensó.
Empezaba la mañana siguiente. Jornada arrancando a las siete.
Esa noche, ya en casa, Jacinta buscó información sobre Elvira de la Vega. Encontró recortes de hace una década. En las fotos, una mujer corpulenta de pelo azabache y mirada de águila. Nada que ver con lo que se topó al día siguiente.
Le abrió la puerta un segurata trajeado. Resultó que el casoplón antiguo del centro precisamente era suyo. Jacinta, que solo lo había visto en revistas de decoración, se sintió abrumada por el mármol y los cuadros.
¿Qué miras, eh? ¿Buscas algo que robar? chilló una voz mohosa.
En la mitad del salón apareció una carísima silla eléctrica sobre la que viajaba una anciana, completamente canosa y diminuta, con ojos vivaces de pájaro chico.
Buenos días, doña Elvira saludó Jacinta.
¡Habla alto, no susurres! ordenó la dueña. Las manos a la vista. Y póngase los cubre-zapatos. El parqué es de roble húngaro. Ahí, esos del cubo ¡vamos! Ya es hora de desayunar.
Jacinta se calzó las fundas de tela, nada de esas azules de hospital, y corrió tras ella.
¡Péiname! Pero con cuidado, ¿eh? bramó Elvira. No con ese peine, por favor. ¿Pero qué haces, criatura? ¡Quítale la redecilla primero! Después el postizo, y, hala, a peinar.
Perdone, es que no lo entendí bien balbuceó Jacinta.
Ay, otra inútil ¿De qué fábrica os sacan, hija mía? ¡Tráeme el té frío! Que tengo sed, deprisa.
Jacinta fue a la cocina.
¡No arrastres los pies! le chilló Elvira. ¡Pareces un elefante, muchacha!
A la hora del té, Elvira examinó la taza frente al sol como si buscara veneno. De pronto, frunció la cara y le lanzó el líquido caliente encima.
¡Me has pegado un codazo! ¡Tú misma tienes la culpa!
Jacinta respiró hondo.
Entiendo, ¿dónde puedo lavarme?
El baño de servicio, planta baja. Y la bata de repuesto en la habitación de invitados. La tuya, al montón de lavado gruñó la señora, y le lanzó una mirada de águila.
Jacinta obedeció y regresó. El resto del día, Elvira se dedicó a amargarle la vida: reñía, humillaba, trabas y bromas pesadas. Pronto comprendió que todo era una prueba de paciencia. Resistió en silencio: ya se cansaría.
Al final, Elvira perdió fuelle y se calmó. Por la noche Jacinta le hizo un masaje suave. Cuando terminó, la dejó durmiendo y salió saludando al sorprendido vigilante.
Al día siguiente, el de seguridad que hacía el relevo le abordó con una sonrisa:
¿Qué le has hecho a la señora? ¡Sigue dormida cual ángel!
Nada de nada dijo Jacinta, encogiéndose de hombros. Será el cansancio
Esa mañana Elvira estaba con energías y lo primero que disparó fue que Jacinta vestía fatal, y así nunca iba a pillar marido, y que ya era hora de aprender a maquillarse. Jacinta asentía sumisa mientras preparaba la higiene matinal de la señora. Lo del postizo ya no la pilló de sorpresa.
Luego exigió cita de manicura y la hizo vestirla con un batín japonés precioso y llevarla al boudoir, como lo llamaba.
Al poco llegó un caballero distinguido, José, viejo amigo de Elvira, y se tomó el café preparado por Jacinta, que esta vez no produjo ninguna catástrofe.
Por la tarde Elvira preguntó:
¿Qué me hiciste anoche antes de dormir?
Un masaje susurró Jacinta.
¿Y de dónde sabes tú de masajes? inquirió la dueña con suspicacia.
Aprendí por mi cuenta
Bueno. Hazme otro le concedió la señora, magnánima.
Y así terminó otro día. Los tres meses de prueba pasaron volando. Jacinta solo libraba un día por semana y casi no veía a Lucía, pero eso le permitía que su madre pudiera descansar: Carmen ya no estaba para sobresaltos en el teatro, con tanto disfraz pesado.
Poco a poco, la relación con Elvira fue mejorando. Ella la estudiaba con atención, como calibrando si Jacinta sería más de las que huyen o de las que resisten. Un día le soltó:
¿Y cómo lo lleva tu familia con estos horarios?
Solo tengo a mi madre y mi hija explicó Jacinta. No hay mucho donde elegir.
¿Cuántos años tiene la niña? ¿Le gusta algo especial?
Casi seis. Dibuja de maravilla respondió, precavida, recordando el aviso de Tamara.
Tráela, que quiero conocerla ordenó Elvira.
Así empezó a ir Lucía con Jacinta al trabajo. La niña se sentaba en un rincón, coloreando en silencio. Un día dibujó un retrato de doña Elvira tan realista que la señora ordenó enmarcarlo y colgarlo en la pared.
Se fue estrechando el vínculo. Jacinta dejó de temer perder el trabajo.
Elvira tenía una artrosis compleja. Cuando las piernas le dolían, Jacinta le pasaba largos masajes y a veces lograba aliviarla. Un día, la señora pidió que la niña y Jacinta se quedaran a dormir; les cedió la habitación de invitados.
A punto de dormir, con Lucía acurrucada, Jacinta soñó por un instante que vivía allí de verdad. Le había cogido afecto a ese caserón donde hasta el aire sabía a historia.
Al día siguiente, Elvira se sentía mejor. Desayunó con Lucía, y a Jacinta le mandó a limpiar su despacho demasiado importante para la asistenta.
Recogiendo trastos, Jacinta halló un álbum antiguo. Cuando terminó, lo llevó a la sala.
¿Podemos verlo, doña Elvira?
Tiempos aquellos y qué fama suspiró la señora. Vamos a cotillear.
Las tres se apiñaron en torno a la mesa redonda. Fotos de la infancia de Elvira, y de repente, Lucía exclamó:
¡Mira, si es la abuela! ¡En casa hay una igual!
Jacinta se quedó helada. Era, sin duda, una foto de Carmen, de joven.
¿Cómo tienen esa foto? balbuceó Jacinta.
Elvira entornó los ojos y tomó aire:
No me digas ¿Eres hija de Carmiñita? ¡Pero qué cabeza la mía! Ya me extrañaba
¿Conocía a mi madre? Jacinta ahogaba la pregunta.
¡Claro, mujer! Carmiñita y yo éramos uña y carne, inseparables. Ella se saltaba entrenamientos, yo hacía pellas en el conservatorio. Hasta fuimos de gimnasia juntas, pero ella tenía más talento. Yo nunca me conformé con ser segunda.
¿Y por qué se distanciaron? preguntó inocente Lucía.
Cosas de la vida suspiró Elvira. Tu abuela tenía un entrenador guapísimo, Julián, y nos peleamos por él. Se quedó conmigo, sí, pero la abuela perdió su sitio en la selección.
Vaya No lo sabía susurró Jacinta. ¿Y el apellido que usa ahora?
¡Uf, no, hija! Yo era Saavedra de joven. El tal Julián era Martínez de segundo. Fue mi primer marido tres meses, lo justo para quitarle el apellido, y me quedé con él.
Desde ese día, Jacinta solo podía pensar en cómo reunir a las dos viejas amigas. Se presentó la ocasión sola.
Elvira pidió que se quedasen a dormir de nuevo. Lucía tenía excursión temprano, así que Jacinta pidió a Carmen que viniera a buscarla.
Carmen apareció, digna, con su abrigo llenos de zurcidos. Elvira, antes de acostarse, rodó hasta el vestíbulo.
¿Quién es? preguntó, seca.
Hola, Elvira dijo Carmen, tiesa. No voy a decir que me alegre de verte.
Lo mismo digo bufó Elvira. Veo que la vida te ha dado alguna que otra bofetada.
Nada fuera de lo normal respondió Carmen. Yo por lo menos tengo hija y nieta. Ya veo que a ti tu casa te la limpian extraños. Ni los matrimonios eternos te han solucionado nada.
Bah, ni siquiera tú has conseguido eso rió Elvira. Sé que sigues con tu apellido de toda la vida.
Pero Carmen, de repente, sonrió con dulzura:
Ay, Elvirita nunca te he podido odiar. ¿Recuerdas hace cinco años aquella llamada misteriosa?
Elvira empalideció.
Cuando un gigoló del teatro estaba a punto de timarte. Yo escuché su plan: decirte que te iría a vivir contigo, que la abuela al asilo y él de vividor. Y te llamé fingiendo la voz. Fíjate tú, lo poco que hizo falta.
¿Fuiste tú? susurró Elvira.
Nunca aprendí a odiarte suspiró Carmen. Te admiraba, conventillo arriba, conventillo abajo. Pero ese tipejo no, a ese sí que no.
Elvira bajó la vista.
Me salvaste, tonta dijo, muy bajito. Estaba a punto de regalarle la casa.
Menos mal que pagaste un detective asintió Carmen. Bueno, nos vamos, la niña tiene sueño.
Espera, Carmiño. ¿Dónde vivís ahora?
En un mini-piso, poco espacio, pero suficiente dijo Carmen.
Pues se acabó dijo Elvira, de repente, autoritaria. Mañana mismo os mudáis aquí. Demasiadas habitaciones. Quiero que Lucía tenga una de verdad. Y no protestes. Nos queda mucho de qué hablar, y no sabemos cuánto tiempo tendremos dos viejas brujas. Sé lo que me queda.
Carmen se sentó, agotada.
Unos ocho meses.
¿De qué? ¿Cáncer? se inquietó Elvira.
No, corazón. Pero ni ahorro ni lotería lo cubren dijo Carmen. Así es la vida.
Listo, no hay más que discutir sentenció Elvira. Mudanza, y a partir de ahí, vemos. La deuda es mía; y ya te vale haberme quitado a Julián.
No empecemos con viejos líos, que te acuerdas hasta del guapo del colegio rió Carmen. Hoy volvemos a casa; mañana ya veremos.
Mi chófer os lleva ordenó Elvira. Mañana viene con Jacinta a por las maletas.
Esa noche Elvira no podía dormir y preguntó acerca de la enfermedad de Carmen. Recordó su juventud, lamentó su vida artística entre brillos y soledades. El acto de su amiga le ablandó el corazón.
En una semana, el caserón era un caos. Paquetes, muestras de cortinas, catálogos de lámparas. Elvira organizó la mudanza en plan reconquista.
Por las noches, compartían té en la mesa ovalada, contando historias viejas. Cuando ya estuvieron instaladas, en una cena, Elvira soltó:
Carmen, he enseñado tus papeles a un médico amigo. Tienes cirugía en dos semanas. El cirujano es joven, guapo y hijo de un catedrático. Procura no seducirlo mucho.
¿Has conseguido hueco en la lista de espera? se asustó Carmen. ¿Por qué?
Nada de listas, las esperas son para los demás se rio Elvira. Yo pago. Ya está hecho. A recuperarse toca. Lucía merece una abuela cohete, que la otra ya está averiada.
No debiste Carmen lloraba de alegría.
¿Y para qué quiero yo el dinero? Al cementerio no me lo llevo. Te operas y punto. Jacinta te cuida, yo aquí con Lucía, que además últimamente me va bien el masaje.
A las dos semanas, Carmen ingresaba en la mejor clínica privada de la ciudad. El cirujano era Valentín Serrano: joven, simpático, hijo de profesor médico, pero independiente. Jacinta, asombrada de que alguien tan humano se dedicase a la sanidad, le cuidaba la madre día y noche.
Le confieso, pocas veces he visto tanto cariño en una familia. Su hija es afortunada. Seguro que su marido también lo sería.
Solo tengo hija pero la mejor del mundo se sonrojó Jacinta.
No lo dudo sonrió Valentín. Yo me casé joven, convencido por todos menos por mí. Mi ex buscaba el dinero del “hijo del jefe”. Nos mudamos aquí en cuanto pude, en un piso de treinta metros. Ahí se quebró el amor.
Seguro que encontrará a alguien mejor contestó Jacinta en voz baja.
Quizá ya la he encontrado contestó él, casi en un susurro.
Jacinta se sorprendía mirándole de otra manera. No era un galán como Pablo, pero tenía una dignidad y capacidad de escuchar infinitas.
La recuperación de Carmen fue rápida. El tiempo que Jacinta estaba en la clínica, Elvira se las apañaba sola y cuidaba de Lucía, que ya la llamaba yaya y la quería como a una abuela legítima.
Sin embargo, el cuerpo de Elvira notaba el desgaste. Cada vez se movía menos en la silla eléctrica y hacía como que no pasaba nada. Por las noches, mientras Jacinta le daba masajes, notaba lo tensos que estaban sus músculos. Ya era difícil desplazarse.
Una noche, antes de dormir, Elvira le soltó:
Tienes que dejar de trabajar de cuidadora.
¿Quiere otra persona? Jacinta se asustó y palideció.
Ay, criatura, ¿para qué? Si esta casa ya parece la ONU de tanto ir y venir. Quiero que vayas a estudiar un buen grado de masaje, presencial y con diploma. ¿Te atreves?
¡Claro! asintió Jacinta, eufórica. ¡Pero eso es carísimo!
Piensa que soy tu hada madrina. Además, tener una masajista en casa es como tener oro en paño. Estudio pagado, todo y más. A cambio, no me falles.
Jacinta aceptó feliz. Prácticamente Elvira mantenía a la familia, pero Jacinta tenía claro que todo se lo devolvería con creces.
En el curso el profesor era Simeón Alonso, todo un personaje y maestro artesano. Desde pronto empezó a recomendarla como la más prometedora del grupo. Al dar los diplomas le preguntó de golpe:
¿Conoce usted el spa Canela y Miel?
¿Cómo no? Todos soñaríamos trabajar allí. Es lo mejor de Madrid, aunque sea nuevo.
Pues yo soy el dueño sonrió Simeón. Lo monté hace un año. ¿Quiere trabajar conmigo? Me centro en recuperación tras operaciones y traumatismos, es duro, pero de confianza.
Jacinta solo pudo asentir, conteniendo las lágrimas de alegría.
Desde entonces no dejó de formarse. Simeón le pagó parte de la siguiente formaçao, llamándole beca. Pronto empezó en Canela y Miel, con un horario que le permitía seguir ocupándose de su madre y de Elvira, y llevar a Lucía a la escuela de arte.
A los seis meses, los clientes ya pedían cita específicamente con Jacinta.
En paralelo, la relación con Valentín Serrano se estrechó, primero amistosa, luego con cierta chispa. Valentín llevaba poco más de un año en la ciudad, aspiraba a dejar de ver solo quirófanos en su tiempo libre. Los domingos paseaban, iban al circo, al teatro infantil, al Retiro.
Carmen volvió al teatro (solo para coser, nada de andamios ni pesas). Pero Elvira pasaba cada vez más horas en cama. Los dolores crecían, el masaje apenas calmaba.
Valentín empezó a derivar pacientes a Jacinta: necesitaban manos expertas para la rehabilitación. Jacinta devoraba manuales de recuperación cardiológica. Tenían cada vez más puntos en común.
Valentín era ya de la familia, hasta Elvira le dio su aprobación:
Mira, chaval le soltó un día, si se te ocurre dañar a mis chicas, te haré dormir en el baño de servicio el resto de tu vida.






