¡Deja la sopa agria! Tras una cena familiar con mis padres, preparé el equipaje de mi esposa.

El pasado fin de semana, mi esposa y yo fuimos a casa de sus padres en Madrid para una cena familiar. Allí fue donde ocurrió el conflicto.

Todo empezó como de costumbre, nos sentamos a la mesa y conversamos sobre distintas cosas. Pero, de repente, el tema giró hacia la necesidad de que yo cambiara de trabajo; fue mi mujer quien lo sacó a relucir.

No era un tema del todo injustificado. Resulta que hace poco empezamos a discutir la posibilidad de construir una piscina junto a la casa de mis padres, en Toledo. Era un sueño que llevábamos tiempo teniendo y este año mi esposa pensó que ya no debía posponerse más.

También teníamos planeado cambiar el coche antes del invierno y, para el verano, queríamos hacer una escapada a la costa andaluza, porque llevábamos tres años sin ir. Y en nuestra familia, solo yo trabajaba.

Yo estaba satisfecho con esta situación (hablo de mi empleo, no me quejo), pero la empresa donde estoy ha estado teniendo ciertas dificultades, así que algunos compañeros han sido despedidos y a los demás nos han rebajado el sueldo de forma indefinida.

Por eso expliqué que sí, tenemos ahorros, pero solo serían suficientes para unas vacaciones modestas en la playa y, si el precio no sube, para un coche con el equipamiento más básico que había estado mirando.

Ella, en cambio, priorizaba la piscina de sus padres sobre nuestros planes. Me opuse a esa postura; la conversación acabó con ella reprochándome que era un vago y que no quería buscar un nuevo empleo para que la familia pudiera tener dinero para todo.

Y en la mesa se repitió el mismo asunto. No pude mantener la calma y, secamente, le recordé que sus padres ya reciben una ayuda considerable de nuestra parte cada mes. En un arrebato de rabia, dije que probablemente toda la cena había sido organizada prácticamente a mi costa.

No debería haberlo dicho, pero ya no había marcha atrás. En ese momento tenía delante una sopa que sabía amarga y fue ahí cuando mi esposa comenzó su discurso cargado de emoción. Se sintió tan ofendida que escuché muchas cosas sobre mí que nunca había imaginado. No lo soporté mucho tiempo; me levanté en silencio y volví a casa.

Allí recogí las cosas de mi esposa y las llevé a casa de sus padres. Sinceramente, creo que con ese tipo de actitudes, mi esposa no debería permitirse tener esas conversaciones ni comportarse así, me parece inadmisible. Ahora estoy de vuelta en casa, me cuesta pensar en algo. En fin, no sé qué hacer ahora.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

7 + 17 =

¡Deja la sopa agria! Tras una cena familiar con mis padres, preparé el equipaje de mi esposa.
El Regalo —Bueno, hijo, cuéntame: ¿cómo te ha ido hoy, cómo ha sido tu día? Víctor, recién llegado del trabajo, levantó y sentó a su lado en el sofá a su hijo de cinco años, Andrés, despeinándole con cariño el pelo rubio y suave. Mientras Polina, la mamá, preparaba la cena, el padre conversaba con su querido y, por ahora, único hijo. En el piso reinaba el calor y la tranquilidad; en un sitio bien visible del salón, entre el televisor murmurando y el armario, brillaba misteriosamente una pequeña pero muy vistosa arbolito de Navidad, con sus lucecitas de colores. Faltaban justo veinticuatro horas para Nochevieja. —¡A mí me ha ido muy bien! —anunció el heredero—. Pero a mi amigo Nico le ha ido mal. —¿Y qué le pasa a ese amigo tuyo? —se interesó Víctor— ¿Es Nico, el del portal de al lado? —Sí, ese mismo —asintió Andrés. —En la fiesta de Navidad del cole hoy no le han dado regalo —contó Polina, asomando desde la cocina envuelta en olores de pollo asado—. Pobrecito… Venga, chicos, a lavarse las manos y a la mesa, que la cena está lista. —¿Cómo que no le han dado? —exclamó Víctor con sorpresa, levantándose del sofá— ¿Si a todos les dieron, por qué a Nico no? Algo raro hay aquí. —Sí, a todos les dieron, menos a Nico —confirmó Andrés, bajándose del sofá tras su padre—. La Señora de la Nieve y Papá Noel repartieron los regalos, pero a él nada. Y él esperando… —Qué Papá Noel y Señora de la Nieve son esos que dejan al niño sin regalo… —dijo Víctor, enfadándose. Se sentó a la mesa, arrastrando la silla. —No fue culpa de ellos —se encogió de hombros Polina—. Lo más probable es que la madre de Nico se olvidó de pagar el regalo o no tenía dinero para ello. A veces ocurre. Andrés, ¿te has lavado las manos? —Sí, lo hice contigo en el baño —respondió Víctor, cortando el pollo dorado y sirviendo las raciones—. Bueno, pongamos que no pagaron por el regalo. Pero ¿cómo pudo la directora, Ana Petrovna era, ¿no? ¿Cómo permitió Ana Petrovna semejante humillación, dejando al niño sin regalo delante de todos? —Ana Petrovna era la Señora de la Nieve —informó Andrés—. Papá Noel es el conserje. —¡Pues peor me lo pones! —el padre no se calmaba—. ¿No podían haber buscado otro regalo para ese niño? Ya después se ajustarían cuentas con los padres. Es de ser muy insensibles… —Parece que no podían —suspiró Polina—. Aunque yo en su lugar lo hubiera arreglado. —¿Y los padres de Nico? ¿Por qué permitieron que su hijo se quedara sin regalo? —Víctor seguía indignado— No lo entiendo… Por cierto, hijo… Víctor miró a Andrés, que devoraba el muslo de pollo con ganas. —Espero que hayas compartido tu regalo con tu amigo. El niño miró a su padre con reproche. —Sí, papá, lo intenté. También Sergio, Natalia, Álex, y más. Pero Nico no quiso nada de nadie. —¡Qué orgulloso! —se sorprendió Víctor—. No me digas que ni lloró… —No lo sé, yo no lo vi —dijo sinceramente Andrés. —¡Vaya chico! —se admiró Víctor—. No merece ese trato. —Sí, de verdad da pena Nico —comentó Polina compasiva—. Imagino la rabia que sintió… —¡Yo propongo restablecer la justicia! —declaró Víctor de repente y las mejillas se le encendieron, los ojos le brillaron de forma especial—. —¿Y cómo? —preguntó Polina, limpiándose los labios—. Andrés también miró curioso a su padre. —¡Así! —respondió misterioso Víctor— ¿Sabéis en qué piso vive Nico? Andrés, ¿lo sabes? —No —negó moviendo la cabeza—. Nunca he estado en su casa; sólo jugamos en el parque y en la guardería. —Bueno, creo que puedo averiguarlo —dijo Polina tras pensar—. Tengo una amiga que conoce a todos los vecinos. La llamo y le pregunto. ¿Pero para qué? —Llámala. Hazlo ya —insistió Víctor. —Vale —concedió Polina—. Pero luego recogéis vosotros la mesa y laváis los platos. —Viven en el treinta y cinco, se apellidan Sitikov. La madre se llama Valentina. El padre no está, o se fue, o ella lo echó. Viven solo madre e hijo —informó Polina tras unos minutos. —¿De dónde tantos detalles? —rió Víctor. —Por algo mi amiga se llama Alicia, ¡lo sabe todo de todos! —sonrió Polina—. Además, está en la junta de la comunidad, allí llega todo. —Ahora sí lo entiendo —concluyó Víctor—. Andrés, ¿te has acabado el regalo? —Todavía no —resopló el niño—. Mamá dice que muchos dulces no son buenos. —Lo dice bien —aprobó Víctor—. ¿Tienes la bolsa del regalo intacta? —Sí —dijo Andrés—. La abrí con cuidado. —Perfecto —le revolvió el pelo de nuevo—. ¿Podrías meter lo que quede en otra bolsa y darme la del regalo? —¿Para qué? —preguntó Andrés con cautela, pero fue a su cuarto y regresó con la bolsa de regalo, ya más ligera. Vació el contenido en la mesa: caramelos y galletas brillando en sus envoltorios. Polina, tras observar la escena, intervino: —Entonces, ¿queréis alegrar a Nico con un regalo? ¿Cuándo? ¿Y quién lo llevará? —¡Mejor esta misma noche! —respondió Víctor—. ¿Qué opinas, Andrés? —¡Sí! ¡Esta noche! —se entusiasmó el pequeño—. ¿Le doy algunos de mis dulces? —Si no te importa, claro —sonrió Víctor. —¿Vamos juntos? —preguntó Andrés, metiendo dulces en la bolsa. —Ya intentaste compartir con él hoy, ¿y qué pasó? —dudó el padre—. Es orgulloso… Mejor hagámoslo de otro modo. Víctor fue a la habitación y al poco salió… ¡de Papá Noel! El más genuino: botas blancas, chaquetón rojo, ribete de pelo blanco, gorro, barba larga, báculo en una mano y saco rojo bordado en la otra —eso sí, vacío. Andrés lo miraba atónito, hasta que preguntó: —¿Papá, eras tú Papá Noel el año pasado? ¿Y antes también? —Fui yo —admitió Víctor—. Perdón por contártelo ahora. Me lo pidieron en el trabajo una vez y gustó tanto que ya llevo tres años haciéndolo. Así aprovecho para felicitarte a ti y a mamá ¿Te gustó el Papá Noel de hace tiempo? —¡Muchísimo! —alabó Andrés—. ¡Y qué bien tener nuestro propio Papá Noel! Abrazó la pierna paterna. Polina añadió más caramelos, hizo un lazo de cinta en la bolsa, que Víctor puso en el saco de regalos. Ajustándose la barba, dijo: —¿Os parece bien que vaya a visitar a Nico, el niño triste? —¡Claro! —respondieron madre e hijo al unísono. El niño pidió: —¿Puedo ir contigo, papá? —¿Como la Señora de la Nieve? —rió Víctor. —¡De conejito! —gritó Andrés y se fue a su cuarto. Volvió en su disfraz blanco de conejo, con orejas largas y cola de pompón, y la careta de cartón de bigotes pintados. —Vale, vamos. Espero que Nico no te reconozca así —aceptó Víctor—. Pero ponte el abrigo, aunque seas conejo blanco, en la calle hace frío. Padre e hijo salieron. Polina apenas contenía la risa: junto al largo Papá Noel, el pequeño conejo con la bolsa casi arrastrándola. Al cabo de diez minutos regresó Víctor solo, con cara de apuro. —¿Dónde está Andrés? —se alarmó Polina. —Tranquila, está bien; se ha quedado jugando con Nico. Iré a por él en media hora —respondió, secándose el sudor de la barba postiza. Se dejó caer en el sofá, aún vestido de Papá Noel, y murmuró: —¡Vaya noche! Contó a Polina que ellos habían sido… ¡los sextos en llevar regalo a Nico! Antes había pasado hasta la directora, Ana Petrovna, disculpándose por el error, muy apurada. —Alguien grabó vídeo de la fiesta y lo subió al portal del ayuntamiento; en unas horas ya tenía miles de visitas y comentarios de todo. —¿En serio? —se sorprendió Polina—. Habrá que verlo. —Lo importante es que la madre de Nico pudo pagar el regalo, aunque tarde… —Parte de culpa es de la madre —repuso Polina—, vive sola y a veces no hay dinero, pero el cole podía haber buscado solución. —Los del cole no se complicaron y simplemente borraron a Nico de la lista, dejando al niño sin regalo —Víctor seguía indignado. —Si yo fuera jefa de esa directora, la despedía… —lamentó Polina. —Quizá la despidan, o aprenda de su error —terció Víctor—. Quien trabaja con niños no debería hacer eso nunca. Tras un silencio, Víctor dijo: —Y otra cosa: ¡hasta el padre de Nico apareció! Con regalos y disculpas a punto de llorar. —¿En serio? —se alegró Polina. Sonó el timbre. Polina fue a abrir: era Andrés. —¿Por qué volviste solo? —exclamó Víctor—. Yo iba a por ti… —¿Qué crees, que soy pequeño? —protestó Andrés—. Me aburrí allí. —¿Por qué? —preguntó papá. —La madre y el padre de Nico discutían y lloraban; cuando Nico les abrazó, todos se pusieron a llorar. Unos raritos… Ni se enteraron de que me fui. Víctor y Polina se miraron y se rieron aliviados. —Bueno, queridos, a tomar el té —propuso Polina—. Luego, los que aguanten despiertos, a recibir el Año Nuevo, que ya falta poco. ¡Y que sea feliz para todos! —¡Que lo sea! —aceptó generoso Andrés.