Aunque Lucía fue una nuera y esposa ejemplar, terminó destruyendo no solo su matrimonio, sino también a sí misma

Alba, como un hilo suelto en el telar del mundo, era huérfana y su infancia transcurrió en un orfanato en las afueras de Toledo. El día en que cumplió dieciocho años se casó, aún sin entender el significado de ser esposa, de pertenecer a una familia, porque entre sus conocidos nadie llevaba anillos en el dedo. Cuando cruzó el umbral del apartamento de su marido, absorbió la información como si fueran gotas de una lluvia extraña, intentando descubrir cómo debía ser la esposa ideal. Su principal fuente era la madre de su esposo, Francisca.

Alba tenía eco de los cuentos oscuros sobre las suegras, pero pensaba que, al no haber tenido madre, Francisca sería su faro, una madre que velaría por su bien. En parte tenía razón, porque Francisca no deseaba el mal para su nuera, pero, en el vaivén surreal de las cosas, resultó algo diferente Francisca comenzó a enseñarle con entusiasmo las reglas de la vida matrimonial, y entre palabras que parecían monedas de oro en la mente de Alba, le soltó: La esposa es culpable de las infidelidades de su marido.

¿Por qué? Alba creía que la culpa residía en quien decidía traicionar. Pero en la realidad difusa de aquel hogar, la culpa de la esposa era simplemente que, quizá, se olvidaba de sí misma y dejaba de atraer a su marido como mujer. Su suegra le recomendó mantener una cintura de avispa incluso con los años, así que Alba anotó en su cuaderno: No engordar y, con un gesto de sueño, se apuntó al gimnasio.

Alba era delgada y elegante, pero, temerosa de perder su figura, empezó a desvanecerse en el aire. En cuanto cumplió ese reto, Francisca soltó otra pepita de sabiduría: En una familia normal, trabajan los dos.

Esto no le incomodó, porque ella también deseaba ser útil. Estaba dispuesta a aceptar cualquier empleo. Cuando preguntó a la suegra cómo debía proceder durante la baja por maternidad, Francisca dijo: La baja parental es tu problema, tú verás cómo lo resuelves.

Alba no anotó ese consejo, pero cuando, años después de casarse, llegó su baja, comenzó a trabajar a tiempo parcial como cuidadora de niños. Estaba contenta, aunque suegra y marido empezaron a lamentar que ganaba poco dinero.

Decidió que no habría problema en usar sus euros para ir al peluquero, pero entonces apareció otro axioma: En la baja por maternidad, no tienes razón para vestirte elegante. Cuando vuelvas al trabajo, te peinas y maquillas. Ahora ahorra.

Alba solía entregar todo lo que ganaba a su esposo. Aclarado quedó que una línea invisible de sabiduría recorría los años de la vida matrimonial: Una buena esposa puede encargarse sola de las tareas domésticas.

Así lo hacía, y así seguía. A veces, caía dormida de agotamiento, pero hacía todo por sí misma. Desmayarse era casi ritual, después de dormir al último niño a las nueve de la noche, limpiaba y cocinaba para el siguiente día. Su marido ya dormía el décimo sueño, porque ganaba dinero y estaba muy cansado.

Que Alba terminara en el hospital era casi preludio lógico en este sueño. El tiempo no le alcanzaba para cuidar sus dolencias dispersas; no percibió el inicio de una enfermedad grave. Pasó allí más de dos semanas y ni su esposo ni su suegra la visitaron. Tuvo suerte: el móvil estaba en sus manos cuando llegó. Llamó a su amiga Carmen, quien le llevó todo lo necesario. Cuando Alba salió del hospital, presentó la petición de divorcio, como si fuera el último acto de una danza circular y absurda en la plaza de una ciudad invisible.

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Aunque Lucía fue una nuera y esposa ejemplar, terminó destruyendo no solo su matrimonio, sino también a sí misma
Todo depende de ti: ¿Acordamos ya o la verdad saldrá a la luz?