Con catorce años ya me enfrentaba a migrañas hemipléjicas, ataques poco comunes que pueden dejarte medio cuerpo inutilizado.

Mira, te voy a contar una historia como se la contaría a una amiga, porque todavía me parece increíble. Imagínate: con catorce años, ya estaba lidiando con migrañas hemipléjicas, que son unas crisis rarísimas que, de repente, te dejan medio cuerpo sin fuerza. Desde el principio, era como si me dividieran a la mitad, a veces me costaba hasta hablar; y como puedes imaginar, ni los médicos sabían bien qué hacer, porque lo conocían solo de los libros, no de la vida real.

Al principio, los ataques eran mensuales, más o menos predecibles, pero ya con veinticuatro, mi vida dio un vuelco tremendo. De repente las migrañas se volvieron diarias, imprevisibles, insoportables. Imagina que apenas podía pensar con claridad, ni mucho menos trabajar.

Antes de todo esto, cuando aún era yo, trabajaba en un despacho de arquitectura en Madrid, de estos jóvenes en pleno auge. Me encantaba la presión de los plazos, el equipo, la sensación de estar construyendo algo. Pero cuando el dolor pasó a ser mi compañero diario, apenas podía salir de la cama muchos días. Llegué a perder el trabajo, luego la independencia, y lo peor, la confianza en mí misma. Lo intentaron todo conmigo: pastillas que apenas podía pronunciar, inyecciones de bótox en la cabeza, bloqueos nerviosos que dolían más que el propio ataque, dietas imposibles. Nada me funcionó. Al final, solo los opiáceos me daban ese respiro para seguir tirando. Los detestaba, pero sin ellos no habría conseguido trabajar aunque fuera a medias.

Y luego, hace un par de años, los médicos aquí en Madrid empezaron a sugerir algo que sonaba a locura: tener un hijo. Sí, tal cual. Tres neurólogos diferentes me dijeron que a veces el embarazo puede resetear el cerebro, que a veces te cambia tanto la química que las migrañas desaparecen como por arte de magia. Eso sí que no te lo esperas ¡Me lo decían hasta con cara de bueno, es una apuesta rara, pero oye! Yo quería ser madre, sí, pero me asustaba muchísimo hacerlo a lo loco, por desesperación Mi marido, Andrés, y yo nos lo pensamos muchísimo. Durante meses evitábamos el tema, como si fuera un elefante en la habitación.

Cada vez que una migraña me tumbaba, que no podía mover el brazo o que soltaba la taza de café en el suelo porque la mano no respondía, sentía que la situación se volvía insostenible. Andrés tenía esa cara de querer decirme que sí, que lo intentáramos, pero a la vez no atreverse a sugerirlo. Nuestro mayor miedo era: ¿y si el embarazo no sirven, y si encima le sumamos otro riesgo trayendo un bebé al mundo a ciegas?

Al final, un día, después de una crisis tremenda, yo tirada medio paralizada en el suelo del baño, le dije: No puedo más, no puedo seguir así. Y él no me llevó la contraria, solo me abrazó. Ese día hablamos horas, sobre nuestros miedos, sobre lo justo o injusto que era traer un niño al mundo en esas circunstancias. Pero ahí Andrés dijo una frase que nunca olvidaré: Si esto te devuelve la vida, nuestro hijo nunca será una carga, será quien te salve. Ahí, decidimos intentarlo.

No te voy a engañar, el camino fue una montaña rusa. Siete meses de pruebas, análisis, médicos, esperanzas y decepciones Hasta que un día el test fue positivo. Cuando lo vi, me puse a llorar como una niña, de alivio, de miedo y de esperanza. El primer trimestre fue durísimo, las hormonas a su bola, días buenos, otros de vómitos y temblores, pero… empecé a notar que algo cambiaba en mi cuerpo. Las migrañas seguían, pero eran menos frecuentes y la recuperación era más rápida. Era sutil, pero después de años de desesperación, ese pequeño rayo de esperanza era todo para mí.

A los seis meses ya solo tenía dos o tres migrañas por semana. No era el milagro esperado, pero se podía vivir. Y te juro que la primera vez que pasé un día entero sin dolor, rompí a llorar en la frutería del barrio. La cajera me miró como pobrecilla, ésta no está bien, pero yo me sentí libre por primera vez en cinco años.

Pero, claro, el embarazo aún me tenía reservada una sorpresa. En el séptimo mes, una tarde se me nubló la vista y no sentía las manos. Los médicos me diagnosticaron preeclampsia. Se nos vino el mundo encima: ese embarazo que se suponía iba a curarme, ahora era un peligro para mí y para la niña.

Estuve semanas ingresada en el Hospital La Paz. Andrés se instaló en una butaca incómoda, comiendo bocadillos de máquina y cogiéndome la mano hasta quedarse dormido. Los médicos no paraban de controlar mi tensión, preocupados por si había que inducir el parto antes de tiempo.

Al final, en la semana treinta y cinco, me subió la tensión, me dio un dolor de cabeza brutal y me ingresaron de urgencia. El ginecólogo entró firme: Eva, hoy vamos a tener a tu hija. Entré en pánico. ¿Estará bien tan pequeña?, pregunté entre lágrimas. Andrés me dijo: Es fuerte, tratando de creérselo también.

El parto duró doce horas eternas. Todo lleno de médicos por si había complicaciones neurológicas, y yo atada al gotero de sulfato de magnesio para evitar convulsiones, como si pesara cien kilos más. Pero a las 3:12 de la mañana, nació nuestra niña, Sofía, gritando como si le indignara haber salido antes de tiempo, y todas las enfermeras sonrieron aliviadas.

Era diminuta, pero sana. Perfecta.

Al abrazarla, se me cayeron las lágrimas. Andrés me besó la frente y me susurró: Lo has logrado. Ya está aquí.

Y mira, lo mágico es lo que vino después. Dos meses después de nacer Sofía me di cuenta de que no había tenido una sola migraña. Ni una. Al cuarto mes, seguía sin rastro del dolor. A los nueve meses, el neurólogo me miró boquiabierto y me dijo que podía considerar la enfermedad en remisión.

Poco a poco recuperé mi vida. Volví a trabajar en el despacho, incluso volví a animarme a salir a correr por el Retiro, planifiqué el futuro sin ese miedo permanente de ¿me despertaré paralizada mañana?. Ahora, algunas noches, me quedo mirando a Sofía dormir y pienso: ¿cómo puede alguien tan pequeño resetear la vida de su madre entera? Los médicos tenían razón, aunque yo no quería creerlo. El embarazo me cambió por dentro, poquito a poco, regalándome la libertad más grande de todas.

Las migrañas ya no me condicionan. Ya no me atan. Me dejaron libre.

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