El límite del amor de madre
Ana Fernández marcó el número por tercera vez en la mañana. Las dos primeras veces había colgado antes siquiera de que sonara el primer tono. Seguía sentada en la cocina, mirando por la ventana el patio gris, la zona de juegos infantiles con un tobogán carcomido por la vida, y pensaba: ¿Debería? ¿Quizá mejor me las apaño yo sola?
Pero justo cuando Lucía volvió a salir corriendo del cuarto de los niños gritando ¡Mamá, que Álvaro está vomitando otra vez!, entendió que no quedaba otra.
Sergio contestó al sexto tono.
¿Diga, mamá?
La voz tranquila, algo distraída. Seguro que delante del ordenador, en pleno domingo, que eso de los días libres no va con él.
Sergi, hijo, hola habló Ana despacio, escogiendo bien las palabras. Perdona que te moleste, ¿te pillo mal?
Bueno, estoy trabajando un poco… ¿Pasa algo?
Mira, lo de Lucía es un drama. Los tres niños, enfermos. Fiebre altísima, vómitos. Ella sola, que Víctor está trabajando fuera hasta final de mes. Vine ayer a ayudarle, pero esto es demasiado… Hay que ir al hospital, urgente. El pequeño ni siquiera toma líquidos, y me asusta que se deshidrate.
Pausa. Se escuchó su suspiro.
Mam, llamad a una ambulancia.
Sergi, la ambulancia aquí llega en cinco horas, si es que llega. Ya sabes cómo va el asunto en el barrio. He llamado y me han dicho que hay cola. Lo necesitamos ya. Pensaba… ¿podrías acercarte y llevarnos a urgencias? Yo iría en taxi, pero con tres críos enfermos, sola…
Mamá el tono ya más serio, mamá, escúchame. Hoy tengo una noche importante. Marina y yo vamos al La Verónica, que tenemos mesa reservada a las siete. Es nuestro mes de casados. No puedo cancelar, ¿entiendes? Para Marina es importante.
Ana sintió que algo se atragantaba dentro. No era el corazón. Era algo más arriba, en la garganta, en el pecho.
Sergi, por favor. Los niños están fatal, fiebre de las que asustan. Lucía ya está colapsada, no se da abasto. Yo ya no tengo fuerzas con los tres…
Mamá, vieja no eres; tienes sesenta y ocho y estás estupenda. Llama un taxi de Goyo, que tiene coches grandes. Te paso dinero ahora mismo al móvil, ¿te vale?
Sergi, no se trata de dinero…
Mamá, es que de verdad no puedo. Lo tenemos planificado hace mucho. Marina tiene cita en el salón, se ha comprado vestido nuevo. Si ahora cambio los planes, la siento fatal. Seguro que lo entiendes.
Ana guardó silencio. En la línea sólo se oía su respiración tranquila.
¿Estás enfadada, mamá?
No, Sergi. No estoy enfadada.
Menos mal. Te paso trescientos euros, ¿vale?
Vale. Gracias.
Bueno, mam, tengo que acabar una presentación. Besos. Que os mejoréis.
Él colgó primero.
Ana Fernández se quedó sentada con el móvil en la mano, mirando la pared. Al otro lado se oía a Lucía hablando con los niños, la voz rota, casi gritando, luego otra vez dulce, en modo chantaje cariñoso. El pequeño llorando sin parar, los mayores con tos de perro viejo.
Recordó a Sergio, pero con siete años. Se cayó de los columpios y se rompió el brazo. Ana entonces curraba en una gestoría cerca de la calle Mayor. Aquella vez salió del trabajo corriendo, ni abrigarse pudo; lo cogió en brazos y corriendo al centro de salud. Él llorando, y ella besando sus mejillas mojadas y susurrando tranquilo, cielo, mamá está aquí, todo irá bien. El brazo roto en dos, escayola hasta el codo. Tres semanas durmiendo a su lado, porque el pobre tenía miedo de moverse y hacerse daño. Le daba de comer en la cama, cuchara a cuchara, porque con la izquierda no se apañaba. Le leía cuentos.
Ese era su Sergio. Un niño flaco, las orejas como parabólicas, siempre objeto de bromas. Ana iba al colegio a hablar con la tutora: Déjenle en paz, por favor.
Ahora, el hombre del teléfono era otro: cuarenta y dos años, piso recién comprado en Las Tablas, coche recién sacado del concesionario, mujer estilista y reserva en La Verónica.
Dejó el móvil en la mesa y salió a buscar a Lucía.
Lucía estaba sentada en el suelo de la habitación, el pequeño Mateo en brazos, rojo de sudor. Álvaro, el de siete, tumbado en el sofá mirando al techo con los ojos vidriosos. Maite, la de cinco, dormía hecha bola en la alfombra.
¿Y? preguntó Lucía con voz ahogada, sin esperanza.
Iremos en taxi dijo Ana. Ahora lo pido.
Lucía asintió. Ni lágrimas le quedaban.
¿Sergio no puede?
Hoy es importante para él. Aniversario de casados.
Primer mes… murmuró Lucía. Un restaurante vale más que niños enfermos. Vale.
No digas eso Ana lo soltó en automático mientras por dentro dolía como una muela. Cada uno tiene sus prioridades.
Ya. Las suyas están clarísimas.
Callaron. Mateo gemía y se volvió a echar, volviendo a salpicar los pantalones de Lucía. La pobre ni se inmutó; sólo lo abrazó más fuerte.
Tranquilo, peque, ya vamos al médico susurró. Ya casi estamos.
Ana llamó al taxi.
La furgoneta llegó tras media hora. Dio tiempo a cambiar a los tres críos, Lucía se quitó los vaqueros empapados, se puso chándal. Ana preparó el kit de supervivencia: agua, toallitas, camisetas limpias, toalla, documentos, tarjetas sanitarias.
El taxista, un tipo de unos cincuenta con cara de lunes eterno, puso morro nada más ver el cuadro.
¿Todos estos vienen conmigo?
Todos Ana le encaró. Al hospital infantil de Castellana.
No me empapéis el coche, ¿eh? Que luego me lo dejáis…
Lo vamos a intentar bufó Lucía. Ábrenos el maletero para las bolsas.
Él se encogió de hombros y abrió.
Ana se puso atrás con Mateo, Lucía a su lado con Maite, Álvaro delante, pegado a la ventanilla.
Tardaron lo suyo. Era domingo tarde, atasco de vuelta de centro comercial. Mateo gimiendo bajo, Maite no se despertaba, Álvaro mudo. Ana ya no sentía los brazos del peso, ni la espalda, y el lumbago punzando más fuerte el médico decía cosas de la edad, un ungüento; se lo puso una semana y luego lo olvidó, para qué, con todo lo que hay que hacer.
Miró las luces de las tiendas, la gente en las paradas de autobús y pensó en Sergio.
Siempre fue un buen chico. Nada de líos. Buen estudiante, entró en la universidad pública. Cuando terminó la carrera, a currar del tirón y a ayudar en casa. Le mandaba cien euros cada mes cuando Ana se jubiló. Él: Mamá, chipirón, qué menos, con todo lo que hiciste. Ella lo aceptaba. La pensión justita y la factura de gas más larga que un día sin pan.
Después se casó con Marina. Chica guapa, siempre impecable, uñas hechas, peinado perfecto. Trabajaba primero de estilista, luego en una agencia de esas modernas Ana nunca entendió bien, pero asentía.
La boda fue una romería, ochenta invitados, restaurante en la ribera, banda en directo. Ana estrenó vestido de rebajas, vio bailar a los novios y pensó: esto sí que es felicidad. Una familia, lo que siempre deseó.
Pero los niños nunca llegaron. Marina decía que aún era pronto, que había que avanzar en la carrera y terminar de amueblar el piso, que prefería vivir para ellos. Ana no decía nada; no era cosa suya.
La que sí los tuvo fue Lucía, y del tirón. Del primer marido sólo quedó Álvaro; el tipo se fue de ingeniero a Alemania, pasaba la pensión de vez en cuando. Lucía se quedó sola, currando de dependienta y alquilando un cuarto. Ana ahí, siempre al quite: guardería casera, guisos, cuentos.
Luego vino Víctor. Tío majo, currante de obra pública. También de los que hacen turnos fuera pero pagaban bien. Se casaron, adoptó a Álvaro, llegaron Maite y Mateo. Alquilando en Carabanchel, ahorrando para comprarse algo. Lucía dejó la tienda, de madre a tiempo completo. Víctor un mes en casa, dos fuera. El círculo de la vida, versión barrio obrero.
Ana veía a Lucía reventada. Ojeras, ataques de nervios, luego arrepentimiento. Iba a echarles una mano siempre que podía: potajes, lavadoras, parque. Lucía le daba las gracias: Mamá, sin ti me muero.
Sergio, en cambio, llamaba los domingos. Cinco minutos: ¿Qué tal, mamá? Por aquí todo bien, mucho curro. Marina se ha ido a Mallorca de puente, a desconectar. Yo cerrando proyectos, un sinvivir. Bueno, mamá, que tengo más llamadas. Un beso.
Ana no se enfadaba. Se repetía: Ocupaíto está, vida hecha. Se alegraba de que no pidiera nada, de que gestionara solo.
Pero el día que dijo no, algo se rompió.
El taxi paró en urgencias. El conductor giró la cabeza:
Son trescientos ochenta.
Ana buscó el monedero con las manos temblando. Lucía ya salía sacando a Maite. Álvaro bajó solo, a duras penas.
Aquí tienes, cuatrocientos. Quédese el cambio.
El conductor asintió y desapareció. Como alma que lleva el diablo.
Se quedaron ante la puerta del hospital: tres niños destrozados, Lucía extenuada y una mujer mayor con la espalda hecha polvo. Ya anochecía. Corría viento desde el Manzanares.
Vamos, dijo Ana. Vamos, cariño.
La entrada era luz blanca, olor a lejía y una cola de padres y criaturas en diferentes grados de deterioro arrimados a las sillas de plástico. Algunos lloraban, otros tosían, otros se desmayaban sobre mamá.
Lucía peleó un hueco en el mostrador. La administrativa, más quemada que la moto de un hippie, ni se inmutó.
Rellena los papeles y esperad. Hay lista. Tocará aguantar.
El pequeño está muy mal protestó Lucía. No bebe, no para de vomitar. ¿De verdad no se puede pasar antes?
Todos están muy mal la otra, sin mala leche, sólo con resignación. Gastroenteritis vírica. Esperad turno.
Tocó sentarse. Ana con Mateo encima, Lucía con Maite, Álvaro tumbado en sus piernas. Una hora. Dos. Mateo seguía potando, Ana lo limpiaba y lo acunaba, ardía de fiebre.
Lucía lloró, bajito, con la cara enterrada en el pelo de Maite.
¿Por qué, mamá? pidió. ¿Por qué no vino?
Ana callaba. No tenía respuesta.
Son sus sobrinos. Soy su hermana. Yo haría cualquier cosa por él, lo que fuera. Y él… mira, restaurante, que si aniversario, que si vestido…
Ya, Lucía. Ahora no, hija.
¿Cuándo sí? Estoy agotada. Sola con tres niños, Víctor fuera dos meses, sólo una semana por casa… Estoy exhausta. Él podría sacrificar sólo una noche…
No puede, hija. Simplemente, no puede.
¿Le sigues disculpando?
No, sólo digo lo que hay.
Lucía calló.
Les llamaron a consulta a las diez menos cuarto. La médica, joven y eficiente, examinó a Mateo, midió temperatura, auscultó.
Gastroenteritis vírica sentenció. Necesita suero y vigilancia. Ingreso, sin duda.
¿Los otros dos también?
El pequeño seguro. Los otros, si beben bien y responde la fiebre, pueden estar en casa.
Me quedo con él dijo Lucía. Mamá, ¿te apañas con los otros dos en casa?
Ana sólo asintió. Ya ni palabras le salían.
Les separaron: Lucía carretera y manta a planta, Ana en el pasillo con los otros dos. Álvaro en una silla, Maite acurrucada en su regazo. Eran ya las doce al llegar a casa. Ana les metió en la cama, compensó el termómetro y el paracetamol, cubrió con manta, preparó un zumo.
Se sentó en la cocina, la taza de café delante. El móvil en la mesa. ¿Llamar a Sergio y contarle la odisea? ¿Para qué? ¿Qué cambiaba?
Recordó a Sergio de niño. El parque, los patos. ¡Mamá, esa está gorda, seguro se ha comido el pan ella sola! y risas a carcajada limpia.
Haciendo los deberes juntos, ella a su lado con paciencia, él refunfuñando y arrugando el ceño.
Ya de mayor, venía de visita, trayendo pasteles, soltándose en el sofá: Cuéntame algo, mamá. ¿Qué tal?
¿Cuándo se acabó aquello? ¿Cuándo hablar solo fue un trámite?
Tal vez tras la boda. Marina llenó su vida entera, y no era malo, así debe ser: la mujer por delante, la madre a un lado.
Pero hoy Ana notó que ni a un lado la dejaba; simplemente, fuera.
El restaurante era más importante que tres niños ardiendo. El vestido de Marina, más que una hermana al límite. El aniversario de un mes, más que una madre que no suele pedir nada.
Ana fue al salón y se asomó a la ventana. El patio, desierto y apagado. Farola titilando, a punto de rendirse. Nadie va a arreglarla, salvo que los vecinos protesten lo suficiente.
Pensó: así es la vida. La bombilla parpadea y nadie viene a cambiarla. Pides ayuda al hijo y él está de celebración. Lucía sola con tres críos, el marido en la otra punta. El pequeño, entre goteros en el hospital.
Y Sergio y Marina, probablemente descorchan vino, sonríen, bromean con platos cuyo nombre Ana nunca sería capaz de pronunciar. Marina se ríe echando la melena hacia atrás y Sergio la mira embobado.
Son felices. Les va todo bien.
Mientras, en un piso antiguo a las afueras, hay una mujer mayor que entiende, por fin, que ha perdido a su hijo.
No lloraba. No tenía lágrimas. Sólo un vacío frío que le apretaba la garganta.
A la una se fue al sofá. Oyó a Álvaro toser y moverse. Se levantó dos veces en la noche para darles agua y fiebre. De madrugada mejoraron, bajó la temperatura, Maite se despertó pidiendo zumo.
A las ocho, llamó Lucía:
Mamá, ya le han puesto la vía, Mateo duerme. La médica dice que si sigue bien, por la tarde nos dan el alta. ¿Álvaro y Maite?
Mejor. Duermen ahora.
Gracias mamá. Sin ti…
Ni lo digas. Descansa, aprovecha.
Colgó. Se hizo café. El móvil al lado. Sergio no llamaba.
¿Llamaría? ¿Preguntaría?
Seguro que no. Tendría mucho que hacer.
Justo en ese momento sonó el teléfono. Sergio.
Ana miró la pantalla mucho rato. Pulsó la tecla roja. Descolgó la llamada.
Llamó de nuevo a los dos minutos. Volvió a colgar.
Llegó un whatsapp: Mamá, ¿todo bien? No coges el móvil.
No contestó.
Una hora después volvió a llamar. Esta vez Ana recogió el teléfono.
¿Mam?
¿Sí?
¿Por qué no cogías el móvil? Me tenías preocupado.
Estaba ocupada.
¿Y ayer? ¿Fue bien todo? ¿Todo correcto?
Correcto.
¿Mejoran los niños?
Sí.
Pausa.
¿Mam, sigues enfadada?
No, Sergio.
¿Seguro?
Seguro.
Vale. Es que te noto un tono raro. Llamo sólo para eso, para saberlo.
Ya te dije: todo bien.
Perfecto. Bueno, que entro a trabajar, un beso.
Adiós.
Colgó. Lo supo: se acabó.
No gritó, no echó la culpa, no pidió explicaciones. Entendió, simplemente, que ya no había conversación posible.
Sesenta y ocho años. Treinta y siete de contable, dos hijos criados sola tras la muerte de su marido él murió joven, cuando Sergio tenía nueve, Lucía siete, de un infarto en la fábrica, siquiera los cuarenta y dos. Tras aquello, un cuarto alquilado, nómina ajustada.
No se quejó nunca. Arrimó el hombro. Hizo arreglos para los vecinos, apretó céntimos. Los hijos nunca pasaron hambre, ni frío, ni dejaron de estudiar. Sergio ingeniero, Lucía para maestra ella no terminó, se casó y fue madre, Sergio sí terminó y trabajó.
Ana estaba orgullosa. Todo lo puso en él; creía que saldría un buen tipo, y lo fue… a su manera.
Ahora, sentada en la cocina, mirando la pared, entendió que se había equivocado.
No era malo. Era distinto. Vivía según otras reglas: restaurante antes que sobrinos, la comodidad propia antes que todo lo demás. Su espacio, su santuario, y pedir ayuda es traspasar fronteras.
Nadie tiene la culpa. Sólo que son dos mundos, y Ana ya no entiende el suyo.
Los días pasaban. Lucía regresó con Mateo, en casa ya mejoraban todos. Víctor llamaba, preocupadísimo, Lucía le tranquilizaba. Ana se quedó una semana más, de abuela: guisos, batas, parque.
Sergio llamaba cada domingo. Conversaciones vacías, con monosílabos de Ana que él no percibía, o fingía.
Un día dijo:
Mamá, vente a casa, Marina ha hecho tarta, tomamos algo.
Gracias, Sergi, tengo lío.
Pues cuando quieras, ¿eh?
Sí, hijo, sí.
No fue. No quería.
Un mes. Otro más. Llegó la primavera. Ana hacía vida con Lucía y los nietos. Mateo empezó a hablar mejor, Maite fue a la escuela, Álvaro se preparaba para primaria.
Una tarde, Lucía preguntó:
¿Hablaste con Sergio?
¿Y qué iba a decirle, hija?
No sé… lo de aquella noche.
No.
¿Por qué?
¿Para qué?
Es tu hijo, mamá.
Sí, mujer. Mi hijo.
Lucía ya entendía.
Sergio llamó en mayo, por el cumpleaños de Ana. Sesenta y nueve. ¡Felicidades, mamá! Te traigo un regalo esta semana, ¿vale?
Gracias, Sergio.
Pensamos en llevarte a un restaurante pero como no te gustan los bullicios, hemos elegido regalo. Un plaid de los caros, cálido.
Gracias, qué detalle.
Paso el sábado. Un beso, mamá. Justo ahora tengo reunión. Felicidades otra vez.
Gracias, hijo.
Apareció el sábado, a las seis. Tocó el timbre, subió. Ana abrió.
Él, sonriente, bolso en mano, traje caro, reloj reluciente.
¡Feliz cumple, mamá! ¿Te sorprendo?
Hola, Sergio. Pasa.
Entró, miró la cocina.
Aquí todo igual, como siempre.
¿Y para qué voy a cambiar? A mí me vale.
Nada, nada, era un comentario. Aquí tienes.
Plaid de buena lana, gris elegante.
Bonito, sí.
Marina tiene buen gusto.
Siempre lo supe.
Sergio se sentó, Ana puso el agua a hervir.
¿Qué tal, mam? ¿Y la salud?
Bien. Se va tirando.
Nosotros, estupendos. Yo con un proyecto nuevo, internacional. Marina ascendida, directora creativa ahora, doble de sueldo.
Ole, ole.
Pensando en cambiar el coche, un BMW serie 7, lo que ella quería.
Enhorabuena.
Silencio. Él la miró:
Mamá, ¿te noto rara? ¿Pasa algo?
Nada. Nada pasa, hijo.
¿Seguro? Llevas un tiempo distante…
Serán cosas tuyas.
Él frunció el ceño.
Mamá, si te he ofendido, dímelo. No entiendo indirectas.
Sirvieron el té.
Sergi, no me has ofendido.
Entonces, ¿qué te pasa?
Nada pasa.
Mamá, sé directa. Es por lo de Lucía y los niños, ¿verdad?
Le miró, él estaba sinceramente confuso.
No, Sergio. No estoy enfadada.
Pero algo hay; se nota. Sólo quiero saberlo.
Todo está como debe estar.
Él suspiró, tomó té.
Es que ese día de verdad no podía, era importante para nosotros. Lo planeamos con tiempo. Cancelar le hace daño. Eso quería que entendieras.
Lo entendí.
¿Entonces por qué ese rencor?
No hay ningún rencor, Sergio. Lo único que pasó es que entendí.
¿Qué?
Que eres adulto, tienes tu vida, tus prioridades. Ya no me necesitas como antes.
Él se quedó frío.
¿Mamá, qué tontería es esa? Eres mi madre.
Sí, Sergio. Pero la palabra es sólo eso. Palabra. Si no hay hechos, no vale.
¿Qué hechos quieres? Te mando dinero, llamo, pregunto…
Llamas cinco minutos cada domingo, igual que quien le da al reloj. Eso no es interés, hijo, es protocolo.
Él enrojeció.
Mamá, tengo vida, trabajo, mujer. No me da la vida para charlas.
No te pido que la tengas. Sólo constato la realidad.
¿Y es…?
Que para ti pesa más un restaurante que tus sobrinos. Más el confort de Marina que la agonía de tu hermana. Más tu aniversario que la voz de tu madre. Por una vez que te pedí ayuda, no estuviste.
Él palideció.
Sabía que ibas a estar dolida. Pero no me parece justo. Ya te lo expliqué.
Sí, pero elegiste. Y es tu derecho. Y el mío, saber quién eres.
¿Quién soy? ¡Tu hijo!
No. Eres un desconocido que una vez se llamó Sergio.
Saltó del asiento.
¡Oye! Sólo quiero celebrarte el cumpleaños y me montas el juicio. ¿Ahora soy el malo?
No es un juicio. Es sólo lo que pienso.
¿Y qué quieres, que me fustigue?
No quiero nada, Sergio.
Se puso el abrigo.
Me voy. Cuando se te pase, hablamos.
No hace falta, hijo.
¿No hace falta qué?
No hace falta que llames, ni que vengas. No hace falta que finjas nada.
Él se quedó helado.
Pero, ¿lo dices en serio?
Muy en serio.
¿Prefieres que me olvide de ti?
Ya lo hiciste hace tiempo. Yo sólo lo acepto.
Esto es absurdo. ¡Mamá, por favor! Soy tu único hijo.
Tengo hija y tres nietos. Me basta.
Él se marchó. Ana recogió la mesa, plegó el plaid, lavó las tazas.
Se tumbó en el sofá, bajo la manta de siempre. Miró el techo.
De lágrimas, ninguna. Sólo el mismo hueco que apareció aquella tarde de taxi, aquel día que Sergio cenaba en su restaurante.
Pensó: ya está. Sergio, hijo brillante, marido de Marina. Pero ese no es mi Sergio. El mío se quedó atrás, en la infancia, llorando por un brazo roto, llamando a su mamá.
Ese niño murió. Y Ana simplemente lo había ignorado.
Pasó una semana. Él llamó. No descolgó.
Mensaje: Mamá, vamos a hablar. No quería hacerte daño.
Tampoco respondió.
Otra semana, y se presentó en casa. Tocó el portero automático, aporreó la puerta. Ana, sentada en la cocina, escuchó los gritos:
¡Mamá, abre! ¡Por favor! ¡Mamá!
No abrió.
No volvió a aparecer.
Mes, otro. Verano. Ana se fue a la casa de Lucía en la sierra, echó el verano de abuela: huerta, nietos, tartas. Lucía nunca preguntó por Sergio. No hacía falta.
Un día, tras acostar a los niños, Lucía y Ana tomaban el fresco en la terraza:
¿No te arrepientes?
¿De qué?
De cortar con él.
Ana reflexionó.
¿Sabes? Se arrepiente de lo que se pierde. Y yo no he perdido nada. A ese Sergio que yo quería, hace mucho que no lo tengo.
Pero sigue siendo tu hijo.
Biológicamente, sí. Pero de verdad, hijo es quien está cuando hace falta, el que acude cuando le llamas, el que te elige y no a un restaurante. Y ese, hija, no es mi hijo.
Lucía la abrazó.
Perdón, mamá, por cómo es.
No lo sientas, hija. No es culpa tuya.
Silencio. Sólo el sonido lejano de grillos y el olor a jazmín y a hierba recién cortada.
Ana miró el cielo rosa del crepúsculo y pensó: la vida sigue. Está Lucía. Los nietos. El verano. Hay a quién querer y por quién preocuparse.
Sergio eligió su camino: uno sin madre, sin sobrinos, sin molestias. Restaurantes, coche nuevo, esposa elegante.
Que le vaya bien.
Ana seguirá el suyo: Lucía que da abrazos y gracias, mamá. Álvaro corriendo a saludar ¡abuela Ana, mira que ya sé ir en bici!. Maite trayendo flores del campo para ti, la más guapa. Mateo echando los brazos ¡abu…!.
Con eso basta. Más que suficiente.
Sergio ya no le hace falta. Y seguramente, ella ya no le hace falta a él.
Así es esto. Los hijos crecen. Algunos se van tan lejos, que ya no hay camino de vuelta.
Ana lo aceptó. Ni perdón, ni olvido. Como aceptas las canas, las arrugas, el lumbago matinal.
La vida sigue. Con Sergio o sin él.
Y ese niño de orejas revoltosas, el de verdad, queda como foto vieja. En la memoria. En esa vida que ya no existe.
Y está bien así.
Todo pasa. Incluso el amor de madre tiene límites. Cuando ya no queda nadie a quien querer, porque el hijo que fue, simplemente, ya no está. Se evaporó.
Ana apuró el té, se levantó.
Me voy a la cama, Lucía. Hoy caigo redonda.
Descansa, mamá. Mañana Álvaro te enseña el nido que encontró.
Seguro, no me lo pierdo.
Entró en la casa, se tumbó en la camita de la habitación pequeña.
Se quedó dormida. Sin sueños de Sergio.
Sergio ya sólo vive en el pasado. Donde debe quedarse.
Ana, en el presente. Con quienes la quieren, de verdad. Sin grandes palabras, sino de verdad.
Y eso basta.
Más que suficiente.







