La ilusión de la traición

Ilusión de traición

¿De verdad quieres que vaya contigo? preguntó Esteban, ladeando la cabeza mientras miraba a Lucía con una sonrisa cálida y algo burlona. Sus ojos brillaban con curiosidad y en su voz había una pizca de sorpresa. Claro que me apetece conocer a tu familia, pero

Por supuesto Lucía se apartó un mechón de pelo, sus mejillas se tiñeron de color melocotón por la emoción y buscó su mano, entrelazando los dedos con los de él de forma suave. ¡Tienen que verte! Les he hablado tanto de ti que mi madre ya te considera uno más de la familia. Ayer incluso me preguntó qué es lo que más te gusta para comer. ¡Imagínate!

Esteban soltó una leve carcajada, pero no se resistió. Había algo extrañamente grato en saber que Lucía estaba tan orgullosa de él. Con veinte años, llena de energía y con una sonrisa traviesa encendiendo su mirada cada vez que lo observaba, Lucía le parecía tan fresca y auténtica como la primera brisa de la primavera. En apenas unos meses de relación, él se había sentido integrado en su mundo de paseos imprevistos, risas y esa inquebrantable alegría ante la vida.

Era un domingo soleado en Madrid, aunque con ese fresquito sutil que anuncia la llegada del otoño. Lucía eligió para la ocasión su vestido favorito de florecitas, que resaltaba toda su juventud y ligereza, mientras que Esteban optó por unos vaqueros y una camisa, un término medio entre el respeto por la familia de Lucía y mantener su propio estilo. Durante el trayecto, ella lo miraba a menudo, como asegurándose de que todo iba bien, de que él no se arrepentía. Con nerviosismo, jugaba con el bajo de su vestido y volvía una y otra vez la mirada hacia el rostro de Esteban.

¿Estás nerviosa? preguntó él al notarlo, apretando cariñosamente su mano.

Un poco… respiró Lucía, bajando la voz. Es un momento especial, ¿sabes? ¡Quiero que salga perfecto! Estoy segura de que caerás bien a mis padres. Pero también está Claudia… mi hermana. Ella me tiene envidia, porque no tiene pareja Lucía reía, pero se le notaba preocupada. Me da miedo que te guste mi hermana. ¡No podría soportarlo!

Claudia era cinco años mayor que Lucía, alta, delgada, con pelo oscuro recogido en una coleta perfecta. Terminando la carrera y trabajando en una notaría, era seria, organizada y madura. ¿Y si Esteban prefería a alguien como ella? Lucía no podría permitirlo.

Nada más entrar en el piso, Lucía advirtió que Claudia estaba especialmente arreglada: vestido rojo con escotazo, tacones y maquillaje discreto que realzaba sus rasgos. Se encontraba de pie frente al espejo del vestíbulo, ajustándose un pendiente, como si no esperase que llegaran tan pronto. El ambiente se cargó como una tormenta de verano.

¡Ah! Claudia se dio la vuelta, arqueando las cejas, con voz fría y distante. Habéis llegado pronto. Esperábamos más tarde.

Nos hemos adelantado Lucía frunció el ceño, algo incómoda. ¿Salías?

Sí, a cenar con unas amigas respondió Claudia, lanzando una mirada fugaz hacia Esteban. Quería irme antes de que vinieseis.

Esteban, que hasta ese instante repasaba los detalles del piso, intentó relajar el ambiente:

Estás muy guapa.

Lucía sintió un nudo en el estómago. Conocía ese tono: natural, sincero, pero sabía que Claudia tenía facilidad para impresionar. Su corazón se aceleró y notó las manos sudorosas.

Gracias Claudia respondió con una mínima sonrisa y la mirada impasible, aceptando el cumplido como quien acepta el saludo de un cajero.

Pero para Lucía aquella cortesía fue suficiente para encender su celos. Una rabia instantánea nubló su juicio.

¡Claro! ¡Tienes que ser el centro siempre! Incluso cuando traigo a mi novio para que os conozcáis. ¡Como si fuera una competición!

Lucía… Claudia suspiró, al límite de la paciencia. Yo no quería estar, solo me iba a cenar. Eres tú quien complica todo.

¿En ese vestido? ¿Para tus amigas? ¡No me tomes el pelo! ¡Vas así para impresionar a Esteban! ¿Te da envidia que tenga pareja y tú no?

¿Pero qué dices? Claudia levantó las manos, ya perdiendo la compostura. Siempre me he vestido así, Lucía. No tienes que proyectar en mí tus inseguridades.

Esteban miraba de una a otra, confuso y algo abrumado. No comprendía por qué Lucía estaba tan alterada, si apenas había sido un cumplido inocente.

Lucía, quizá podríamos… intentó intervenir, cauteloso. ¿Por qué no nos calmamos?

Nada podía parar a Lucía en ese momento.

Siempre igual, Claudia. Siempre tienes que eclipsarme. Eres mayor, más lista, más guapa… Siempre todo para ti.

Córtala. No somos rivales. Nunca lo hemos sido.

Será para ti, porque para mí sí Lucía apretaba los puños, conteniendo las lágrimas.

Fue entonces cuando aparecieron los padres. Don Fernando, en su jersey y con el ABC bajo el brazo, se quedó parado en la entrada, con el ceño fruncido. Carmen posó la mirada cansada desde la cocina, secándose las manos en el delantal.

¿Qué ocurre aquí? preguntó Fernando, con la voz neutra de quien ha vivido ya muchas escenas similares.

¡Mirad a Claudia! explotó Lucía, al borde del llanto. ¡Se arregla solo para gustar a Esteban! ¡Quiere demostrarnos que es mejor!

Carmen suspiró y negó con la cabeza, mirando a ambas hijas con una mezcla de cansancio y resignación.

Claudia, hija, podrías haberte vestido con algo más sencillo. Lucía me avisó de que venía con Esteban.

¡Me iba a cenar, de verdad! Claudia cruzó los brazos, intentando contener la rabia. Si me quedo en casa, mal. Si salgo, peor. Si me arreglo, peor todavía. ¿Qué puedo hacer?

¡¿Veis?! chilló Lucía, y su voz temblaba al borde de las lágrimas. Encima echa la culpa a los demás.

Esteban intervino, tratando de sonar conciliador:

De verdad, no entiendo este malentendido. No veo mala intención en Claudia. No deberíamos discutir así.

Pero Lucía ya solo veía enemigos.

¡Tú no ves nada! Porque estás de su parte. Después de todo lo que te he contado, de intentar que fuera un día especial… ¿Y esto?

Esteban respiró hondo, buscó palabras que no reforzasen la disputa:

No estoy de parte de nadie. Esto no tiene sentido. Podíamos haber pasado una tarde estupenda.

Claudia, hasta entonces impasible, sonrió con amargura:

Eso, una tarde estupenda. Gracias, Lucía. Siempre rompiendo el hielo…

Claudia acarició el vestido roto, con los dedos aún temblorosos. En aquel gesto no había arrogancia, solo agotamiento de batallar siempre por el mismo hueco en la familia.

Lucía estaba paralizada, mirando a Esteban y a Claudia, con una tormenta de emociones. Por primera vez, algo dentro de ella se quebró: ¿y si de verdad había exagerado? ¿Y si todo era fruto de su imaginación?

No quería esto… susurró, apenas audible.

Carmen se acercó para consolar a Claudia.

Déjalo, mamá dijo Claudia, apartándose. Me cambio y salgo a cenar. Me están esperando hace rato.

Fernando finalmente dejó el periódico y, con tono inusualmente firme, zanjó:

Quizá deberíais disculparos ambas. Claudia, entiende a la pequeña; Lucía, discúlpate, que eres muy sentida.

Pero era tarde. Las semillas del rencor y la desconfianza germinaban ya entre las hermanas.

Desde entonces la casa de Chamberí se volvió fría. Al poco tiempo, Esteban se mudó temporalmente al piso familiar tenía goteras en el suyo. Claudia permaneció en su cuarto y el ambiente entre ambas era gélido. Todo se interpretaba como una provocación o un reproche.

Un día por la mañana, Lucía se encontró a Claudia en la cocina, preparando té frente a unos apuntes. Ese día tenía examen.

Lo haces a propósito, ¿verdad? murmuró Lucía desde la puerta. Su voz temblaba de ira contenida. Esperas a que Esteban entre para lucirte de empollona.

Claudia bajó la taza con un pequeño golpe sobre la mesa. Lucía la veía ahora ojerosa, con canas prematuras asomando.

Solo quiero desayunar antes de ir a la universidad. Hoy me juego mucho.

¿Universidad? ¿No será para ponerte delante de Esteban otra vez?

¿Hasta cuándo? Claudia se dio la vuelta de golpe, voz firme. ¿Por qué todo ha de ser una guerra? ¿Por qué no puedes alegrarte por nadie, ni siquiera por ti misma?

Porque siempre has sido mejor. Y ahora quieres lo único bueno que tengo.

Esta vez, Claudia no contestó; cargó su mochila, entró en su cuarto y empezó a hacer la maleta. Lucía observó sin intervenir, sabiendo en el fondo que había ido demasiado lejos, pero su orgullo no la dejaba pedir perdón.

Al día siguiente, Claudia se fue. Llamó a Martina, una amiga que vivía en Lavapiés, y le pidió quedarse unas semanas. Martina, sabedora de la tensa vida doméstica de Claudia, le abrió la puerta sin preguntas.

Los primeros días fueron duros. Claudia echaba de menos la cocina familiar, incluso el runrún de su madre. Pero con el tiempo, esa convivencia tensa se evaporó y todo resultó más ligero. Podía estudiar, escoger qué cenar o con quién hablar, sin sentirse nunca más como un estorbo.

Los exámenes iban bien; pasaba las tardes con los apuntes y noches tranquilas con Martina, café en mano, descubriendo incluso que podía respirar mejor.

Los padres llamaron varias veces. Solo hablaban para reprocharle que se había ido, que malinterpretaba todo, que debería volver y reconciliarse con Lucía. A Claudia le terminó cansando y dejó de contestar.

*************

Pasaron dos meses. Lucía y Esteban seguían juntos, pero la relación apenas se sostenía. Los celos, las discusiones y el hastío pesaban demasiado. Esteban lo intentó todo: conversaciones, razonamientos, mostrar a Lucía que su inseguridad era consigo misma, no con Claudia. Pero Lucía no veía más que amenazas y traiciones.

Una noche, Esteban hizo la maleta.

No puedo más le dijo en el recibidor, voz apagada. No me dejas respirar. Todo lo que hago o digo acaba en sospechas. Estoy cansado de justificarme por fantasmas.

¿Te vas por ella? ¿Por Claudia?

No resopló él, pasándose la mano por el pelo. Me voy por ti. Porque no toleras la realidad y te encierras en fantasías. Levantas muros y me culpas porque no puedo saltarlos.

Cerró la puerta y el silencio llenó el piso. Lucía se dejó caer al suelo y, por primera vez, lloró de verdad. Por dentro algo se resquebrajaba: ¿y si Claudia no tuvo nunca la culpa? ¿Y si todo lo que perdió fue por los miedos que no supo controlar?

Los padres, al enterarse de la ruptura, no parecieron sobresaltados por su sufrimiento, sino por las molestias prácticas. El ambiente empeoró: Lucía, sumida en su tristeza, dejó de colaborar en casa; Carmen, resignada, recogía los platos y doblaba la ropa en silencio.

Hasta que Carmen, viendo la montaña de ropa sin planchar y la indiferencia de Lucía, decidió telefonear a Claudia.

Claudia, que ahora vivía con Martina y tenía trabajo de prácticas en una oficina, estaba en la Biblioteca Nacional cuando vio la llamada perdida. Dudó un instante la mezcla entre nostalgia y alivio era extraña, pero devolvió la llamada.

Claudia, hija la voz de Carmen sonaba blanda, hasta maternal. Hemos pensado… ¿No querrías volver a casa?

Claudia apretó el móvil.

¿Por qué?

Lucía no está bien, tu padre y yo no podemos con todo. Tú sabes cómo va esto.

Mamá, yo os agradezco que queráis que vuelva, pero tengo mi vida: estudio, trabajo… No puedo hacer como si nada hubiera pasado. No después de acusaciones y reproches, después de que Lucía rompiera mi vestido y me echase la culpa de todo.

Pero Esteban ya se fue se le escapó a Carmen con algo más de dureza. Ahora es más fácil que os reconciliéis.

No es por Esteban respondió Claudia con firmeza. El problema es que, si vuelvo, solo será cuestión de tiempo hasta que vuelva a pasar lo mismo con cualquier otra cosa. No quiero vivir sintiéndome culpable por cosas que no hago.

Silencio al otro lado.

¿Vas a abandonarnos del todo?

No, mamá respondió con calma. Solo vivo mi vida aparte. Y por cierto… estoy saliendo con alguien. Se llama Dani, es ingeniero informático, y hemos alquilado un piso juntos. De momento no quiero presentaros a nadie.

El silencio fue largo.

Bueno… felicidades, supongo.

Gracias. Prefería que lo supierais por mí.

Colgó. Lejos de sentirse mal, Claudia notó una calma nueva. Se incorporó, recogió sus apuntes y salió a la plaza con una sonrisa. Dani la esperaba en la puerta. Él le cogió la mano.

¿Todo bien?

Sí. He colgado. Ellos querían que volviera.

¿Y tú?

Me quedo. Mi lugar está aquí, contigo.

Se sonrieron y se fueron juntos al encuentro de sus amigos, pensando qué harían el fin de semana.

******************

Lucía, sola en casa, poco a poco comenzó a reconocer sus errores. Recordaba el vestido rasgado de su hermana y sentía vergüenza, pero seguía sin querer dar el primer paso. Pasaba los días encerrada, enganchada al móvil, negándose a ayudar en casa. Carmen y Fernando la observaban en silencio, cansados de su muro de indiferencia.

Una noche, Carmen no pudo más:

Lucía, llevas un mes sin apenas salir. Hay que espabilar. No podemos estar pendientes de ti siempre.

¿Y qué hago? protestó ella, la voz rota. Me habéis dejado sola. Nadie me entiende.

Te escuchamos todos los días intervino Fernando. Pero tienes que aceptar tus errores. Has perdido a tu hermana y a tu novio por no saber distinguir tus temores de la realidad.

Lucía miró, por primera vez, los rostros arrugados de sus padres, el cansancio en sus gestos.

Puede que sea verdad, pero… ¿qué hago ahora? ¿Cómo arreglo lo que destruí?

Empieza por lo pequeño sugirió Carmen, sentándose a su lado y tomándole la mano. Mañana ayúdame con la limpieza. Luego llama a Claudia. Pide perdón. No esperes ningún milagro, pero deja de estancarte.

¡No pienso disculparme! ¡Yo no tengo la culpa!

Carmen negó despacio. Tenía el corazón encogido de ver la ceguera de su hija, sabiendo lo duro que sería el futuro si no aprendía a perdonar, a aceptar sus propios fallos y a confiar.

La historia de Lucía y Claudia solo dejó una lección: muchos problemas existen solo en nuestra mente, alimentados por la inseguridad y los celos. Si no los enfrentamos, terminamos perdiendo lo más valioso: la familia, los amigos y esa paz tan buscada. Aprender a pedir perdón y mirar hacia adelante es la llave para reconstruir cualquier relación tanto con los demás como con uno mismo.

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La ilusión de la traición
Gracias, mamá – dijo Román, levantándose de la mesa y estirándose –. Voy a salir un rato a dar una vuelta. No te preocupes, iré con cuidado; además, a estas horas ya casi no circulan coches. —Desde que te compraste el coche pasas todo el día con él. ¡Ya va siendo hora de que te cases! —Mamá, no empieces —Román se acercó a su madre y la abrazó—. Ya sabes lo mucho que soñaba con tener mi propio coche. Ahora que por fin lo tengo, quiero disfrutarlo un poco, luego ya pensaré en formar una familia. Te lo prometo. —En fin. Tienes casi treinta y sigues jugando con tus cochecitos —la madre le acarició el pelo—. Anda, vete ya. Román salió del portal, se acercó a su coche y limpió los copos de nieve del parabrisas. El carné lo sacó hace tiempo, y su padre le dejaba conducir el viejo coche familiar, así que experiencia al volante no le faltaba. Pero a Román todavía le faltaba esa satisfacción tan especial de disfrutar de la sensación de poseer su propio coche. Había ahorrado durante mucho tiempo, y luego tardó en decidirse. Y ahora cada noche recorría la ciudad, a veces salía a la carretera. Si alguien hacía autostop, siempre le acercaba, y nunca cobraba ni un euro. Se sentó al volante, giró la llave del contacto y disfrutó del rugido del motor. Subió el volumen de la radio y salió despacio del patio. Bajo la luz de los faros las motas de nieve chispeaban. Este año el invierno había llegado de repente, y en pocos días había cuajado una buena nevada. Román conducía sin rumbo fijo. En una de las calles vio a una mujer y un niño. Bajó el volumen de la radio, se detuvo y bajó la ventanilla del asiento del copiloto. —¿Podrías llevarnos hasta la calle de los Albañiles? —preguntó la mujer asomándose a la ventanilla. Era joven y guapa. —Subid, —señaló Román el asiento de al lado. —¿Y cuánto sería? Está lejos —preguntó ella, aún inclinada hacia la ventanilla. —No te preocupes. A las chicas bonitas no les cobro nada. Al ver que ella retrocedía asustada, Román se apresuró a tranquilizarla. —¿Te parecerían bien cincuenta euros? Anda, subid —rió él. La joven abrió la puerta trasera y dejó pasar primero a su hijo, de unos cinco años, y después se sentó junto a Román. Este tomó la carretera principal. —¿Cuántos caballos tiene tu coche? —preguntó el niño desde el asiento trasero. —¿Caballos? —respondió Román—. Pues la verdad, no lo sé… —¿Cómo que no lo sabes? —insistió el pequeño pasajero. —Cuando compré el coche, elegí uno que me gustase por fuera y que resultase cómodo. La potencia del motor no me importaba mucho. Pero veo que tú entiendes del tema —dijo Román con toda seriedad. —Sí, sé bastante —respondió el niño, muy serio. —¿Y cómo te llamas, experto en coches? —rió Román. —Santi. ¿Y tú? —Vaya, qué curioso. Yo soy Román. Perdona, colega, no puedo darte la mano ahora —Román se divertía con la conversación. —¡Basta ya, Santi! No distraigas al señor —le reprendió su madre. —Déjale, que hable —respondió Román mirando al retrovisor, y se cruzó con la mirada de la joven. Sintió de repente un calor alegre en el pecho. Las luces de los escaparates y las farolas iluminaban la ciudad nocturna. Faltaba un mes para Navidad, pero ya se sentía el espíritu festivo. —Deja justo aquí, por favor —pidió la mujer desde atrás. —¿Te llevo hasta el portal? —Román volvió a mirar al retrovisor, pero ella desviaba la vista. Detuvo el coche frente al largo bloque de nueve plantas. La mujer salió sujetando la puerta, mientras esperaba a su hijo. —Santi, venga, date prisa —le apremió. —¿Mañana vendrás a por mí? —preguntó el niño con voz casi llorosa. —El domingo iré a buscarte. No llores, venga, que tengo prisa. Sal ya —dijo su madre. Santi cruzó despacio el asiento hasta la puerta. Román salió también del coche. —Toma —la mujer le ofreció cincuenta euros. Román cogió el dinero, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. —Me lo guardaré como un amuleto —dijo seriamente y tendió la mano a Santi, que finalmente salió del coche—. Hasta luego. —Hasta luego —el pequeño puso su mano en la grande y cálida de Román. —Venga, vamos, la abuela nos espera —la mujer tiró suavemente del niño. A los pocos pasos Santi se volvió, y Román le saludó con la mano. Vio a un hombre salir al encuentro de la madre y el hijo desde uno de los coches aparcados. Besó a la mujer y le ofreció la mano a Santi, pero el niño giró bruscamente la cabeza, apartándose. «La mamá tiene novio, y el niño está celoso. No tiene buena relación con él», pensó Román, y eso de alguna forma le reconfortó. Román volvió al coche, subió el volumen de la música. El aroma de un perfume femenino flotaba aún en el interior del coche… De pronto, ya no le apetecía conducir. La música le empezó a cansar y cambió de emisora. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la joven. ¿Qué tenía de especial una mujer sencilla y agradable? …Unos años atrás se había enamorado de una mujer mayor, que ya tenía una hija adolescente. Román le pidió matrimonio y la llevó a casa para presentarla a su madre. —Es mayor que tú, tiene una hija. Eres joven, guapo, ¿de verdad no puedes encontrar a alguien más joven? No cometas ese error, hijo… —le rogaba su madre cuando Darina se marchó. Más tarde, su madre sufrió mucho por haber destrozado la felicidad de Román. Ninguna de sus relaciones posteriores funcionó. Le gustaban a las chicas, pero ninguna logró tocarle el corazón como Darina. Y Darina acabó volviendo con su marido y se casaron de nuevo. Y ahora, esa noche… Román pasó más de una vez por el edificio en el que dejó a Santi y su madre. Incluso recorría la calle por donde los recogió. Pero jamás volvió a encontrarlos… A menudo se acordaba de la pasajera y su hijo. Sabía el número del portal, podría haber preguntado por la abuela de Santi, sin duda alguien le hubiera orientado. Pero, ¿y si todo les iba bien con aquel hombre que los esperaba en la puerta? Y así, Román seguía recorriendo la ciudad, esperanzado en un feliz reencuentro… …Llegaron los días previos a Año Nuevo. Su madre, desde la mañana, se afanaba en la cocina; junto a la ventana brillaba un precioso árbol de Navidad. Román durmió a gusto, ayudó a su madre con las ensaladas y sacó la vajilla especial. Pero, cuando oscureció, una fuerza invisible le impulsó a salir. —Mamá, está nevando, parece un cuento. Salgo a dar una vuelta, antes de dormirme y perderme la cena. —¿Adónde vas ahora? —se asustó su madre—. Solo quedan tres horas… —No tardo. Tranquila —le dijo, y fue a vestirse. El coche estaba cubierto de nieve. Román encendió la calefacción y observó las calles vacías; solo algunos peatones corrían a cenar en familia. En las casas las ventanas brillaban, la gente ultimaba los preparativos para la gran noche. Junto a la carretera, un hombre alto hacía autostop bajo su abrigo entreabierto. Román paró. El hombre se acomodó resoplando en el asiento de atrás. Al salir le dio doscientos euros, aunque el trayecto fue corto. —En estas fiestas, todos se vuelven generosos. Tarifa navideña —sonrió Román, aunque aceptó el dinero. Después llevó a una pareja que no dejaba de discutir. Rechazó su pago. Felices y sorprendidos, se fueron dando las gracias y riendo. Román condujo por la calle tranquila donde subieron Santi y su madre. Miró las ventanas y pensó que tras una de ellas estarían sentados a la mesa, ella, el niño, y… el otro. Siguió su ruta hasta el edificio de la abuela de Santi. ¡Y entonces los vio! Caminaban por la acera hacia él. La reconoció por su abrigo beige y el gorro blanco de lana con pompón. A su lado, Santi parecía muy triste. El corazón de Román dio un brinco. Frenó y salió del coche. Ellos se detuvieron también, con expresión cautelosa. —No me reconocen —se dio cuenta. —Subid, os llevo a donde queráis. Hoy por ser Nochevieja, es gratis —dijo. Se acercaron al coche. Román extendió la mano al niño. —Hola, Santi. El niño miró a su madre y solo entonces le dio la mano. —¿Has olvidado los guantes? Subid rápido, hace frío. Santi y su madre se sentaron atrás. —¿No os acordáis de mí? Hace un mes os llevé aquí —comentó Román mirando a la joven por el retrovisor. Tenía los ojos enrojecidos. —¿A dónde os llevo? —preguntó. —A la estación —contestó ella. Santi guardaba silencio, apagado. —Falta menos de una hora para el nuevo año. Hoy no debéis viajar. No sé qué ha pasado, pero llorar en esta noche está prohibido, ¿verdad, Santi? —Román se dirigió al niño. —Vinimos con mamá a casa de la abuela, pero discutieron… —susurró el niño. —¡Basta, Santi! —le cortó su madre. —Eso pasa. ¿Sabéis qué? No vamos a ninguna estación. Espera, piénsalo, piensa en tu hijo. Hace frío. No le dejes sin fiesta. —¿Y a ti qué te importa mi hijo? Llévanos a la estación —insistió ella. —Mi madre ha cocinado para un regimiento. Todo está buenísimo, te lo prometo. Vamos a mi casa y celebramos juntos. ¿Qué te parece, Santi? —¡Vamos, mamá, vamos! —gritó Santi, esperanzado. —Venga, anímate. ¿A dónde vas a ir ahora? Mi madre estará feliz de tener compañía. Las lágrimas y los malos recuerdos deben quedarse en este año, y hay que entrar en el nuevo con una sonrisa. Román subió la radio. «Esto es el destino. ¿Qué otra cosa? Y encima suena la misma canción de aquel día. Y dicen que los milagros no existen…», pensó. Román detuvo el coche frente al portal. —Venga, rápido, que nos queda poco tiempo —anunció. —¡Toma ya! —gritó Santi, echando a correr. Román abrió la puerta y entró en casa. —¡Mamá! ¡Tenemos invitados! ¡Y vienen hambrientos! Desde la cocina se oyeron ruidos y risas. —Venga, quitad los abrigos, ¡solo quedan diez minutos! Poco después apareció la madre de Román. Al ver a los desconocidos se quedó sorprendida. —¿Quiénes son, hijo? —consiguió preguntar. Román miró con complicidad a la joven. —Esta es mi madre, doña Antonia, —dijo—. Mamá, él es Santi, y ella… —miró a la joven, que sin abrigo ni gorro, parecía más frágil y bonita. —Nuria —respondió ella tímida. —Mamá, invita a Santi y Nuria a la mesa —dijo alegre Román, guiando a los invitados al comedor. Cuando tomaron asiento ante la mesa festiva, Román subió el volumen del televisor. —Tenía el presentimiento y, como siempre, puse un plato de más —dijo Antonia, con lágrimas en los ojos—. Nunca me acostumbro a que tu padre ya no está… —¡Mamá, más lágrimas no! Venga, probemos tus manjares. Román descorchó el cava y se levantó. Le imitaron todos, incluso Santi, alzando su vaso de zumo. —¡Feliz Año Nuevo! —anunció Román emocionado. —¡Y por los nuevos amigos! —exclamó Santi con su aguda voz, y todos rompieron a reír… …En la Nochevieja, cuatro personas, por alguna voluntad desconocida, se encontraron reunidas a la misma mesa. Y ninguno de ellos podía imaginar que, desde ese instante, sus destinos quedarían unidos para siempre. Y cada uno consiguió justo lo que soñaba…