El anillo que llegó tarde
No debías haber venido, Nico. Ya está todo ocupado.
Ella se interpone en la puerta, sin moverse. No es por crueldad; el marco es estrecho y lo ocupa entera, y en eso reside una verdad sencilla que Nicolás todavía no comprende del todo en ese preciso segundo.
Ha venido con flores. Quince crisantemos blancos, envueltos en papel kraft que le dieron en la floristería junto al metro. La dependienta pregunta: «¿Para qué ocasión?». Él responde: «Una conversación importante». Ella asiente y añade una ramita de eucalipto de regalo. A Nicolás le parece una señal.
Ahora está en el rellano, en el tercero, con los crisantemos en la mano, mirando a Valeria. Ella lleva bata azul de casa con pequeños estampados blancos, el pelo recogido de manera sencilla, nada elegante. Es claro que no esperaba visitas. Quizá esperaba, pero no a él.
¿Puedo pasar, al menos hablar?
¿Hablar de qué, Nico?
No es pregunta; es afirmación. Cansada y definitiva, como una ventana cerrada en noviembre castellano.
Desde el interior huele a empanadas. No solo a pan, sino justo a esa mezcla de repollo y huevo que Nicolás asocia con Valeria. Ese aroma era calor, era pertenencia. Llegar a ese olor significaba hogar, significaba que le esperaban. Pero hoy, esas empanadas no son para él.
La luz cálida, de tono ámbar, ilumina el pasillo tras ella. Desde la cocina llega una voz masculina:
Vale, ¿pongo el temporizador a cinco o a diez minutos?
Ella gira apenas la cabeza:
A diez, Sergio.
Sergio. Un tal Sergio está en su cocina, preguntando por el temporizador de las empanadas. Nicolás siente cómo los crisantemos se le enfrían en las manos.
No recuerda cómo baja luego. Solo retiene que no coge el ascensor y baja a pie, contando escalones: son treinta y seis, tres tramos de doce. En la calle hace dos grados y llueve fino, casi invisible. Se mete en el coche, deja las flores en el asiento trasero y se queda mirando el parabrisas, el agua resbalando por el cristal.
Saca del abrigo una pequeña caja de terciopelo azul oscuro. La abre. El anillo, sencillo, de oro, con un pequeño brillante, reposa sobre el cojín blanco. No fue barato. Estuvo una hora en la joyería, probando, consultando. Cierra la caja y la guarda.
Diez años. Hace diez años que conoce a esa mujer. Se conocieron cuando ella tenía cuarenta y cuatro y él cuarenta y cinco. Amigos comunes, una fiesta de empresa a la que le arrastró un colega. Valeria era contable, casada, aunque ya con un pie fuera de su matrimonio. El marido tenía la costumbre de beber demasiado, y ella llevaba años tirando del carro sola. Nicolás la vio junto a la ventana, copa en mano, y hubo en ella algo que nunca supo explicar: no era belleza, aunque lo fuera; tampoco el estilo. Era una dignidad que no clamaba, simplemente existía.
Él se acercó. Charlaron dos horas, mientras todos bailaban y bebían. Ella reía bajo, tapándose la boca con la mano: una vieja costumbre de cuando le daban vergüenza los dientes. Los tenía perfectos, y se lo dijo. Le sonrojó.
Seis meses después, ella se divorció. Un año más tarde, ya salían juntos, aunque ese término apenas bastaba para definirlos.
Nicolás era libre; su propio divorcio lo había dejado con un hijo adulto, piso, coche y empleo estable como ingeniero en una constructora de Madrid. Las visitas a Valeria se convirtieron en rutina acogedora. Él llegaba, ella siempre feliz de verle. Se iba cuando quería; ella no retenía.
Solo una vez, al cabo de tres años, ella preguntó con cautela:
Nico, ¿esto va hacia algún sitio?
Él se sorprendió, encogiéndose de hombros, algo como: «Estamos juntos, ¿no?». Ella asintió, o fingió hacerlo, y él creyó haberlo entendido.
Nunca hubo escenas. Ni lágrimas. Ni exigencias. Cuando él se fue dos semanas de pesca con los amigos y no llamó ni una sola vez, Valeria le recibió con comida, preguntando por las capturas. Nicolás pensó: «Qué mujer. Oro puro; sin dramas, sin reproches».
Ahora entiende, sentado en el coche ante el cristal mojado, que su serenidad no era sumisión sino otro tipo de paciencia: la de quien observa, mide y concluye, sin prisa; ¿qué es la prisa a los cincuenta?
Encendió un cigarrillo, aunque llevaba cinco años sin fumar. En la guantera aún quedaba un paquete arrugado con tres pitillos. Fumó, mirando las ventanas iluminadas del tercer piso.
A la mañana siguiente llamó.
Tenemos que hablar.
Diez años, Nico. Lo dijiste todo. Y yo también, anoche.
Vale, escúchame. No me pasé solo a ver cómo estabas. Traía un anillo. Iba a pedirte que te casaras conmigo.
Pausa larga, de esas que parecen desconexión.
¿Me oyes?
Sí. Nico, de verdad. Pero ya no hace falta.
¿Cómo que no hace falta? Lo digo en serio. Tengo el anillo. Lo he pensado.
Lo sé. Es justo eso.
Ella cuelga. Sin dramatismo, solo pulsa el botón. Nicolás llama otra vez. No responde. Le escribe: «Vale, por favor, quedemos una vez, solo hablar». Ella contesta dos horas después: «No, Nico. Ahora no». Ese ahora no él lo toma como un más adelante. Se equivoca.
En la joyería le dicen que tiene catorce días para devolver el anillo. No lo devuelve. Lo guarda en el cajón y lo mira a ratos. No sabe por qué. Quizá para convencerse de que eso fue real.
Una semana después le manda flores por mensajero, un ramo grande y caro, con tarjeta: «Perdona. Aún hay algo que vale la pena». Ella acepta las flores pero no llama. Una compañera le chiva a Nicolás: puso el ramo en un jarrón, su rostro tranquilo.
Tranquilo. No contento, ni emocionado. Solo tranquilo.
Esa paz le desconcierta. Está acostumbrado a otra Valeria: la que se ruborizaba si él aparecía sin avisar, la que cocinaba su cocido favorito sin que se lo pidiera, la que cruzó todo Madrid para traerle medicinas cuando se resfrió, solo porque se había quejado al teléfono.
La Valeria que él conocía no podía hacer esto, no podía cerrar la puerta y hablarle con esa serenidad. Algo ha cambiado. O es otra mujer con una bata azul, y la verdadera Valeria sigue dentro, esperando que él se esfuerce.
Y empieza a esforzarse.
Tres semanas después la ve a la entrada del portal, al anochecer, con bolsas del súper, algo doblada por el peso. Corre a ayudarla, las agarra antes de que proteste.
Devuélvemelas, anda.
Las llevo yo. Pesan.
Suelta, Nico.
Obedece. Ve cómo ella las lleva sola hasta el ascensor. Desde lejos dice:
Te echo de menos. ¿Lo sabes? Te echo mucho de menos.
Ella para ante la puerta del ascensor, sin girarse:
Diez años escuché cómo no me echabas de menos. Vuelve a casa.
El ascensor la engulle. A él le parece que ella es cruel, o que se venga, o que no comprende. Cree que ha cambiado, que está listo. No entiende que sus palabras son cuentas, sumas mentales hechas durante años hasta llegar a un resultado.
Nicolás creció en una familia común de Salamanca. Su madre, profesora; su padre, obrero. Cuarenta años juntos. Él creció viendo lo mismo: madre que soporta, padre que hace su vida. Y la familia seguía. Con su primera esposa, Inés, se divorció justo porque ella no aceptaba ese guion. Exigía diálogo, tiempo, presencia. Él se irritaba. Cinco años después, Inés le dijo: «No aguanto vivir sola en este matrimonio», y se marchó. El hijo, Javier, tenía cinco años. Nicolás aún lo arrastra, aunque casi no lo confiesa.
Con Valeria estaba bien precisamente porque ella no pedía, o eso creía él.
En realidad, sí pedía: solo con su ternura, sus empanadas, sus tres horas de trayecto con medicinas. Ella daba, y esperaba, sin decirlo, que lo advirtiera. Que lo pidiera. Que por fin dijera: «Vale, lo entiendo. Quédate».
No lo dijo. En diez años, nunca lo dijo.
Un verano, hace seis, fueron juntos al mar, a Cádiz, diez días. Un único viaje compartido. Mismo hotel, playa, cenas fuera. Era vida familiar, de esa que florece: ella resplandecía, reía alto, una noche le cogió la mano en la orilla, sin preguntar. Él no apartó la mano pero por dentro se tensó: demasiado público, demasiado oficial.
Al regresar, la distancia creció de forma natural. Ella no preguntó nada.
Él pensó: «Así está bien. Mujer comprensible, no se va a marchar».
Sergio llegó hace un año y medio, en la casa de campo de su amiga Carmen. Era amigo del marido de Carmen, viudo, maestro en una fábrica, vivía cerca. Se llamaba Sergio Moreno, pero todos Sergio, a secas, pese a sus cincuenta y dos años. No era guapo, ni especialmente listo, pero sabía escuchar con atención y compartir el silencio de forma cálida.
Carmen contó luego que Sergio preguntó por Valeria tres veces. Sin presión, solo preguntaba: “¿Cómo está tu amiga? ¿Sigue sola?”. Carmen, mujer sabia, volvió a reunirlos: montar una cena, invitar, aparentar casualidad.
Hablaron tres horas. Sergio la llevó a casa en su coche, modesto pero bien cuidado. Frente al portal le dijo:
¿Puedo llamarte algún día?
Ella lo pensó un segundo. En ese instante repasó diez años con Nico y contestó:
Puedes.
Eso fue hace catorce meses.
Nicolás supo lo de Sergio por Carmen, que no sabía guardar todo para sí. Se chivó casi por accidente en la farmacia. Nicolás escuchó en silencio, salió y se quedó en mitad de la acera sin saber a dónde ir.
Fue entonces cuando sintió algo punzante. No celos: más bien extrañeza, como si al volver a casa las cerraduras hubieran cambiado.
Entonces compró el anillo.
Un acto impulsivo, muy poco propio de él. Siempre tan calculado. Pero algo se activó: algo real se le va, no en teoría, sino ya, la Valeria concreta de las empanadas y la bata azul y la mano en la risa.
Va a la joyería, compra el anillo. Como si pudiese arreglarlo todo.
Acude a su casa. Ella abre y repite: «No debías haber venido, Nico. Ya está ocupado». Y las empanadas huelen, pero para otro.
Pasan dos semanas sin llamar. Al final escribe. Propone verse en una cafetería, territorio neutral. Ella acepta: «Sábado a las cuatro, Café Encanto en la calle Mayor».
Llega veinte minutos antes. Elige mesa junto a la ventana, pide café, luego lo cambia por té y luego pide otro café. Nervioso, aunque disimula. O eso cree.
Ella llega puntual. Lleva un abrigo burdeos que él no recuerda; el pelo suelto, pendientes nuevos de ámbar. Se la ve bien. No ostentosa, no desafiante, solo bien, como alguien que vive tranquilo últimamente.
Piden café. Silencio.
Querías hablar, habladice ella.
Vale. Quiero que lo entiendas. Que no he venido con el anillo por miedo ni porque no me quedara nada más. Vine porque entendí que eres tú a quien quiero.
Ella sostiene la taza con las dos manos, lo mira serena.
Te creo, ahora mismo lo piensas así.
No es pensar, lo sé.
Nico. Diez años pensaste que siempre estaría aquí. Y era cierto. No me fui. Te esperé. No presioné ni exigí porque creía que no hay que apurar a un hombre. Que ya llegaría su momento. No llegó. Yo esperé… y apareció otro.
Pero él… ¿Sabes siquiera quién es? Solo lo conoces año y pico.
Catorce meses.
Por eso. Yo, diez años.
Ella inclina la cabeza, como hace siempre pensativa.
¿Sabes qué he entendido en estos catorce meses? Que conocer a alguien y estar con alguien son cosas distintas. A ti te conozco. Con Sergio, vivo. Cada día. Es distinto.
Él calla. Luego pregunta:
¿Le quieres?
Silencio.
Con él estoy tranquila. No espero. ¿Lo entiendes? No estoy pendiente de si llama, si viene el fin de semana, de su humor. Simplemente comparto la vida, juntos.
Eso no contesta.
Sí contesta, solo que no como esperas.
Mira la calle. Un sábado normal. Vida que sigue.
¿Qué hago?, dime. Lo que sea.
No hace falta hacer nada, Nico.
¿Por qué?
Porque lo que no hubo en diez años no se hace en unas semanas. Porque estoy cansada. No de ti, de la espera. Diez años viví en tu vía auxiliar. No lo veías, yo sí. Y seguí, porque lo permití. También es mi falta, lo sé. Pero ahora elijo otra cosa.
Le duele no por lo que dice, sino porque tiene razón. No hay cómo refutarlo.
Pasan un rato. Beben café, hablar de trivialidades, el invierno, obras en la Gran Vía. Luego ella se abrocha el abrigo. Él le ayuda con la manga, de costumbre. Ella no se aparta, pero en su gesto hay una despedida, como en la última página de un libro.
En la puerta dice:
Eres buen hombre, Nico. De verdad. Solo que no eres mi hombre. Ya no.
Él la ve alejarse por la acera, sin mirar atrás, el abrigo burdeos perdido en el gris de Madrid.
Vienen tiempos turbios, como luego los llama Nico. El trabajo va bien, entregan el proyecto, recibe elogios. Todo en orden por fuera. Por dentro, sólo ruido, no dolor, ruido: como un televisor sin señal.
Llama varias veces a Javier, su hijo que vive en Valencia, programador, casado, dos hijos. No fueron muy cercanos, pero se llamaban cada mes, a veces más. Nicolás nunca habló de Valeria. No por secreto, sino porque no sabía cómo explicar esa relación. Ahora ya no hay qué explicar.
Un día de noviembre, Javier pregunta:
¿Te pasa algo?
No, todo bien.
Te noto raro.
Es el tiempo.
No insiste. Hablan de los nietos, del fútbol, una serie. Cuelgan. Nicolás se queda largo rato en la cocina, a oscuras.
Una noche, sin más rumbo, conduce hasta el bloque de Valeria. Aparca delante. Mira las ventanas iluminadas. Las cortinas cerradas, el resplandor cálido. Pasa cuarenta minutos allí, fumando los últimos cigarrillos, pensando qué estará ocurriendo tras esos cristales. Probablemente empanadas. O cena. Ese Sergio de manos grandes se sienta a su mesa, usa sus platos, ve cómo ella se tapa la boca al reír.
Se siente perdido. Es una sensación nueva.
Se va, tiritando.
En diciembre hay cena de empresa. Acude por compromiso. Allí conoce mejor a Marina, compañera divorciada de otro departamento, de su edad. Nunca hubo más que saludos en el ascensor, pero esa noche charlan, ríen. Marina es alegre, cuenta anécdotas. Él sonríe sin ganas. Ella le da su contacto: «Llámame si te aburres». Él lo guarda, pero no llama. No es por ella. Simplemente, no quiere comenzar nada.
Antes de Nochevieja hace algo que luego no se explica: escribe a Valeria un mensaje larguísimo, de varias páginas. Le cuenta que por fin ha entendido, que los diez años valieron, que es otro hombre desde entonces, que se arrepiente, recuerda su viaje a Cádiz, la mano en el paseo marítimo, cómo tuvo miedo y ahora lo lamenta. Le dice que el anillo sigue en el cajón, que aún piensa en ella cada día.
Ella responde, no de inmediato. Al día, contesta breve:
«Nico. Leí cada palabra. Todo es verdad, es bueno que lo entiendas. Pero es tu trabajo contigo, no conmigo. Me alegro por tu claridad. De verdad. Pero yo ya no tengo nada a lo que volver. Vive bien».
Vive bien. Ni frío, ni daño. Solo definitivo.
En enero todo es de algodón. Trabaja, cena, ve la tele y olvida lo visto. Un día llama al viejo amigo Luis, colega desde la universidad. Viven en la misma ciudad, Luis está en su segundo matrimonio, tres hijos de dos esposas y una visión cínica de la vida.
Quedan en una cervecería. Nicolás le cuenta todo, desde el principio. Luis escucha, asiente de vez en cuando.
Luego dice:
A ver, Nico. Te has pasado diez años cenando empanadas y sin pagar ni una vez. Ahora te sorprende que te echen del restaurante.
No tiene gracia.
No me río. Así es.
¿Entonces, me quedo sin hacer nada?
¿Y qué más puedes hacer? Luis deja la jarra. Ya lo hiciste todo. Es tarde. Suele pasar. Lo más difícil es aceptar que es tarde. No es tragedia; simplemente ya pasó el tiempo. Irrevocable.
Nicolás calla.
Era buena mujer añade Luis. La vi en tu cumpleaños, ¿recuerdas? Trajo ensaladilla casera. Pensé: Mujer de verdad.
¿Por qué me dices eso?
Porque me pediste consejo. ¿No? Ya lo tienes: no vuelvas. Déjala ir. Se lo ha ganado. Y tú, empieza a vivir.
Pagó la cuenta y se marchó. La palabra rondaba en la cabeza de Nicolas: irrevocable. No es agradable, pero es cierta.
Un momento vuelve a él con frecuencia. Sucedió en febrero. Caminaba en hora de comida por la plaza de su ciudad, vio a Valeria y Sergio ante el escaparate de una librería. Ella hablaba, señalaba un libro, Sergio escuchaba inclinando la cabeza. No se cogían de la mano, solo estaban juntos, hablando con naturalidad.
Nicolás se paró a veinte metros, junto a una farola. No le vieron. Observó a Valeria reír. Reía sin taparse la boca. Por primera vez la veía así. Sergio dijo algo, ella rio más. Entraron a la tienda.
Nicolás siguió de pie, un minuto. Luego giró y se fue.
Ahí algo se movió por dentro. No se rompió, solo se desplazó, como una piedra que lleva años en el mismo sitio.
Caminaba pensando en esa risa, sin mano cubriendo la boca. Durante diez años nunca le dijo que no hacía falta, que tenía dientes preciosos. Lo dijo una vez y lo olvidó. Sergio, tal vez, lo repitió. O miró de tal modo que ella creyó.
He ahí la cuestión, pensó Nicolás. No es que uno sea mejor que otro. Es que una persona te agranda, y otra, sin querer, te reduce.
Todo ese tiempo creyó que Valeria le esperaba. En realidad, se esperaba a sí misma. Esperaba ser bastante valiente para elegir distinto. Y lo hizo.
Estas historias pueden resultar banales al contarlas. Él no valoró, ella se fue y lo lamentó. Trivial, sí. Pero cada historia así encierra años de viernes, domingos, olores de empanada y palabras pronunciadas o no.
La convivencia, o algo similar, se gasta. No de la persona, sino de la espera. Ella se cansó de esperar que él actuara. Él no notó el cansancio. No es maldad. Es pura inatención. A veces duele tanto como traicionar, solo más lento.
Un psicólogo, de ir, le habría dicho: Temes al compromiso no por ella, sino por ti. Si te comprometes y falla, la culpa es tuya. Mientras esté en el aire, puedes decirte que no era tan importante. Pero nunca fue al psicólogo. Creía que eso no era para él.
Marzo llega mojado a Castilla. Nieva, llueve, las calles resbalan. Nicolás piensa en reformar la casa. Sobre todo la cocina, vieja y oscura. Siempre lo posponía, porque ¿para uno solo?. Ahora piensa: ¿y por qué no para uno? Vive solo. Es para sí.
Pequeño pensamiento, diferente: sobre sí mismo, no sobre Valeria, ni sobre Sergio, ni la pérdida.
Llama a un equipo de reformas.
El tiempo y el amor, si se observa bien, son la misma cosa. El tiempo que das a alguien es amor puro. No son palabras, ni regalos, ni anillos: es el tiempo. Irrecuperable. Valeria dio a Nicolás diez años de su vida. Él creyó que no era pérdida, que solo era vivir, verle a ratos. Pero no. Podría haberlos dedicado a otro, a Sergio… o a sí misma.
La felicidad a los cincuenta, la que encuentra Valeria, no es cuestión de suerte. Es un resultado. Un día suelta el pasado, sin escándalo, solo firmemente. Se elige a sí no por egoísmo, sino por respeto al poco tiempo que queda. Eso es sabiduría femenina de verdad. No la de aguantar; la de decir basta.
Las historias de pareja rara vez terminan por culpa o maldad. Terminan cuando cada uno está en su propio lugar. Él pensó que estaban juntos; ella sabía que estaba sola. Ahí radica la brecha.
El nuevo piso de Nicolás está reformado en abril. Cocina nueva, muebles claros, luz distinta. En el alféizar una maceta con una planta cuyo nombre ignora, la ha comprado por impulso. La riega cada dos días. La planta sigue viva.
Una mañana de abril, Javier llama sin motivo.
Papá, ¿cómo vas?
Bien. He hecho reforma.
¡Por fin! Siempre lo decías.
Ya era hora.
Oye, en mayo pensamos ir todos. Masha, las niñas, yo. ¿Te parece?
Nicolás duda un segundo.
Venid. Hay sitio.
¿Seguro?
Venid, Javier. Me hará ilusión.
Organizan viaje, tren. Javier dice:
Papá, te noto cambiado últimamente. Para bien.
¿En qué sentido?
No sé… más tranquilo, hablas más. Antes siempre ibas rápido, ahora no.
Nicolás no responde. Solo asiente. Y tras colgar, se queda en la cocina nueva, bebiendo té, pensando en esas palabras: más tranquilo. Quizá eso es el inicio de algo. No la felicidad, que suena demasiado fuerte. Pero sí algo nuevo en él.
Valeria no sabe nada de esto. Ni Sergio tampoco. Ellos siguen su vida.
En mayo, ella va con Sergio a la finca de su cuñado en Segovia. Dos semanas en el campo, rodeada de trigales y silencio. Planta pepinos por primera vez. Él la observa agachada, y la ve hermosa. Ella, notando la mirada, levanta la cabeza:
¿Qué miras?
Nada. Simplemente te admiro.
Ella sonríe y sigue con la tierra, pero los hombros se relajan, el gesto se ablanda.
Por la noche, sentados en el porche, huele a tierra húmeda y a hierba, y se oye un ave lejana. Él le da una jarra de infusión. Ella la abraza entre las manos. Pasan largo rato en silencio, un silencio lento como el agua tranquila.
Sergio, dice ella.
¿Sí?
Estoy bien.
Él la mira.
Yo igual.
No hace falta decir más.
Soltar el pasado no es cuestión de técnica, es de instante. Ella no planeaba soltar: sucedió solo, cuando llegó lo real. Cuando hay un hoy, el ayer queda como historia. No herida, ni deuda. Historia que trae hasta aquí.
Nicolás ignora lo de los pepinos, ni el porche. Él pasa mayo con su hijo Javier y sus nietas, va al zoo, compra helado aun con desaprobación de Masha. Javier observa algo nuevo en su padre, más abierto.
En la última noche, están los adultos en la cocina nueva, las niñas duermen.
Papá dice Javier. ¿No piensas que… bueno… estar solo es malo?
No estoy solo. Estoy conmigo.
Es lo mismo.
No, Javier. No es igual.
Su hijo lo mira, asiente.
Vale. Como quieras.
Nicolás observa la cocina, la luz, la maceta. Valeria nunca ha visto esta cocina. La anterior sí. Esta, no. Eso le parece extraño y un poco triste. Solo un poco.
Hubo una mujer dice de repente. Valeria. Estuvimos mucho tiempo. No la traté como debía.
Javier no se sorprende, solo pregunta con la mirada.
Pasa.
Sí conviene Nicolás. Ahora tiene a alguien. Un buen hombre, dicen.
¿Te arrepientes?
Nicolás lo reflexiona.
Sí. Pero no porque quiera volver. Sino porque sé lo que perdí. Es distinto.
Javier asiente. Terminan el té, recogen juntos, apagan la luz.
Ella duerme en la casa rural, en la cama vieja de hierro. Sergio, junto a ella, respira suavemente. Entra el aire tibio del campo por la ventana. Sueña algo luminoso, que olvida al despertar. Por la mañana, sale al porche con la taza de té en las manos. Siente que está donde debe. Por fin.
No piensa en Nicolás. Ni un segundo. Quizá la primera vez en años que no lo recuerda al amanecer. No porque lo haya olvidado. Simplemente, ya no hace falta.
Él, esa misma mañana, se levanta temprano, prepara café, se sienta al ventanal. Las niñas siguen dormidas. Mira el mayo verde y tenaz. Saca la cajita azul del bolsillo del albornoz. Abre. Mira el anillo.
Vuelve a guardarlo en el cajón. Se acerca a la ventana.
La planta sobrevive y está más verde que nunca.
Él mira la calle, bebe café. No piensa en nada concreto, o quizá en todo a la vez. Así es una mañana de mayo: estás solo, pero no exactamente solo, o quizá un poco, sin saber cuál será el siguiente paso, pero seguro de que habrá alguno.
Desde la habitación llegan las voces de las niñas.
¡Abuelo!, grita la pequeña. ¡Abuelo, dónde estás!
aquí, responde él. Voy.
Y va.






