La gente no salía de su asombro: una perra en una casa abandonada alimentaba a alguien que no eran cachorros
Amalia Fernández volvía del mercado arrastrando dos bolsas rebosantes de naranjas y pan tierno. Por su cabeza bailoteaban pensamientos como hojas barridas por el viento: las rodillas le dolían, su nieta prometió llamarla pero seguía sin dar señales y, para colmo, aquel invierno en Madrid era de lo más insólitounas veces una niebla espesa, otras chaparrones fríos y charcos de barro por todas partes. No se sentía parte del escenario, pero la vida la arrastraba entre sueños.
De pronto, una sombra rojiza se cruzó a toda velocidad entre sus piernas y casi la tira al suelo. Amalia se tambaleó, el corazón le retumbó en las sienes. La perra, magra hasta el alma, costillas asomando bajo el pelaje enmarañado, ni la mirócorría como si alguien la esperara más allá del tiempo, apretando en la boca un trozo de barra de pan.
¿A dónde vas, tunanta? bufó Amalia entre dientes.
La perra se desvaneció entre la bruma. Por alguna razón, aquella escena reverberó rara y torcida en la mente de Amalia. Como si el mundo estuviese desajustado, huesos y engranajes cada uno a su ritmo y compás.
Al día siguiente, la misma historia: la sombra rojiza en su carrera, el pan como un tesoro, y la misma direcciónhacia la casa vieja al final del patio, esa donde la señora Casilda había vivido antes de desvanecerse en la nada hacía medio año. El edificio, ahora vacío, exhalaba silencio y penumbra.
Mira, Amalia, ahí va tu amiga otra vez le gritó la vecina Pilar desde el balcón, envuelta en su batín raído. Cada día igual, esa perra y su rutina. ¿De dónde sacará la comida?
¿Comida? se detuvo Amalia.
¿No ves? Ahí lleva pan. Rapiñando entre las basuras, seguro. A saber dónde tiene escondidos los cachorros.
¿Estás segura que son cachorros? preguntó Amalia, dejando el pensamiento rodar como un guijarro bajo la lengua.
¿Qué si no? Ya huele a primavera, la naturaleza es ley.
A Amalia la duda la rodeó, afilada como una espina. Los cachorros, lógico. Pero el corazón le decía que algo bailarín y torcido había en el aire.
La perra se deslizó por el hueco de la verja desvencijada y desapareció en el patio sombrío. Amalia la siguió, como arrastrada por un hilo invisible. El oxido chirrió, las ortigas rozaron su abrigo y los cristales rotos crujieron como siendo pisados por cientos de pies invisibles.
Un lamento, apenas un susurro de vida, emergió desde el fondo.
Amalia rodeó la esquina: la perra rojiza estaba sentada junto a una caseta carcomida por los sueños, vigilando a otra perra anciana, con el pelo negro y bigotes grises, atada a un poste con una cadena herrumbrosa que parecía salida de otro tiempo. Los ojos lechosos y fijos en la nada: ciega.
La perra rojiza dejó el pan junto a la morro de la negra, que olfateó torpemente antes de devorarlo con ansia. Y la joven no se movió. Sólo observaba, quieta, como si velara un secreto sagrado ante el mundo.
Dios Santo susurró Amalia ella la cuida. La alimenta todos los días, aunque ella misma pase hambre.
No supo cuánto tiempo quedó allí de pie entre matas y recuerdos, hasta que la perra rojiza giró la cabeza y la miró. En sus ojos centelleó una chispa de inteligencia ajena a lo cotidiano: “¿Sigues ahí? Haz algo. Ayúdanos.”
Un momento, espera respondió Amalia.
Echó a correr hacia casa con los huesos gritando que no eran tiempos para carreras. Recogió de la cocina lo que pudoun muslo de pollo, arroz, queso manchego y una taza de agua frescay volvió, arrastrando la respiración como un rumor tras la puerta.
La rojiza no probó bocado. Esperó, tensa y vigilante, mientras la negra vieja comía cada trozo que Amalia le acercaba a la boca.
¿Es que no tienes hambre, criatura? murmuró Amalia, comprendiendo en silencio que el lazo era más fuerte que el instinto. Sólo cuando quedó un trocito, la joven lo tomó, con delicadeza.
Las dos bebieron agua. Amalia se quedó contemplando ese universo de lealtad callada y lágrimas que no se atrevió a dejar escapar.
¿Qué haces ahí, mujer? irrumpió la voz de Pilar desde el hueco, ojos abiertos como platos.
Ya ves respondió Amalia, sin voz No alimenta a cachorros.
A la caída de la tarde, en aquel patio se congregó toda la vecindad, como si un imán secreto los llamase. Unos trajeron tortillas, otros mantas deshilachadas, y los hombres forcejeaban con la cadena inútilmente.
Aquí hace falta una radial sentenció Matías, el portero viejito. Mañana la traigo.
Por la mañana, Matías apareció con la máquina, y Amalia observó mientras la chispa cortaba la cadena y liberaba a la negra. Todos guardaron silencio.
¿Podrá andar? preguntó Amalia, mientras Matías la izaba entre sus brazos.
¿A dónde la llevamos?
Al bloque tres, piso veintiuno.
Los vecinos se apartaban como esculturas de piedra mientras Amalia, la negra y la rojiza cruzaban el patio, las dos perras pegadas a ella como dos sombras por costumbre.
En el portal las cotillas de toda la vida ya cuchicheaban:
¿Qué es eso, Amalia? rezongó una.
Perros que vienen conmigo devolvió Amalia.
Pero estarán llenos de pulgas. ¡Y apestarán la escalera!
Los lavaré.
¿Y qué dirán los vecinos?
¿Qué han dicho todos estos meses? Nada. Nadie vio a la negra, atada y olvidada. Sólo la rojiza la vio, y le dio de comer aunque se moría de hambre. ¿Y nosotros? ¿Qué hicimos nosotros?
Su voz retumbó como un trueno y los susurros se ahogaron en oídos culpables.
Ya en casa, Amalia extendió una manta en el suelo. Matías depositó dulce la perra negra y se despidió. La rojiza se sentó junto a la otra, mirándola sin parpadear, y Amalia sintió un agradecimiento profundo reflejado en sus ojos, como si durante años alguien la hubiera estado esperando.
Bueno, vamos a presentarnos. Yo soy Amalia. ¿Tú cómo te llamas?
La rojiza ladró apenas.
Te llamaré Canela. Y tú, acarició a la negra suavemente serás Sombra. ¿Os parece?
Sirvió un bol de arroz y pollo. Sombra olfateó, asustada aún, pero Amalia le ofreció un poco en la mano y aquella lengua temblorosa aceptó suavemente.
Así, buena chica. Come tranquila.
Canela apoyó la cabeza en el regazo de Amalia y ésta sintió que, por una vez, la soledad se disolvía en algo grande y extraño.
Esa noche sonó el teléfonoera Pilar:
¿Todo bien con ellas?
Duermen musitó Amalia, cansada. Al fin en paz.
¿Y tú?
No puedo dormir.
¿Por qué?
La respuesta se demoró en salir, como si bailara en el filo del sueño:
Porque me da vergüenza. Vergüenza de no haber visto De que esta perra haya sido mejor persona que nosotros. Nos pasamos la vida cruzándonos con el dolor, y ni siquiera nos paramos a mirar.
Colgó, se sentó en el suelo y abrazó las rodillas, dejando deslizar una lágrima que cayó silenciosa entre los ladridos de sueños.
Pasó una semana. Sombra recobraba poco a poco la fuerza, primero comiendo apenas, después poniéndose en pie a veces, siempre guiada por Canela como un lazarillo fiel. La historia corrió por los portales como un viento misterioso:
¿Sabes lo de Amalia? ¡Ha recogido dos perras!
¡Una ciega! Dicen que estuvo meses atada.
Y la otra la alimentaba, fíjate tú.
¡Increíble!
El día que Amalia salió a pasear con las dos, algunos la miraron con sonrisas, otros con incredulidad.
Amalia, eres una valiente le dijo Matías. Una de las buenas.
La buena es Canela rió Amalia, sacudiendo la cabeza. Yo solo dejé de mirar para otro lado.
Una tarde llamaron a la puerta: era Lucía, una joven con coleta y bata blanca.
¿Es usted Amalia Fernández?
Sí, ¿y tú eres?
Lucía. Soy veterinaria. Oí lo que hiciste con las perras Si quieres, puedo revisarlas, gratis.
¿Gratis?
Sí, de corazón. Solo por ayudar.
Lucía examinó a Sombra a conciencia. Luego habló suave:
Está mayor, está enferma, y no volverá a ver. Pero podrá vivir bien si la cuidas.
Dejó vitaminas y medicinas, instrucciones apuntadas en una hoja y se negó a tomar ni un euro.
No me debes nada. Es mi pequeño aporte.
Al cerrar la puerta, Amalia se sentó. Sombra durmió a sus pies, Canela enroscada al lado. Por primera vez en mucho tiempo, Amalia supo que era verdaderamente necesaria para alguien.
Y en ese extraño sueño que era su vida, hasta la felicidad asomó por la ventana mediterránea.







