Simplemente seguir adelante

Sólo seguir viviendo

Diario de Salvador Jiménez, Madrid.

Águeda, una niña pequeña y traviesa, siempre correteando con sus coletas despeinadas, cruzaba la amplia y luminosa terraza de nuestra casa de campo en la sierra de Guadarrama. Sus ojos brillaban de emoción y tenía las mejillas arreboladas tras horas de juegos. Al ver que mi amigo Julián, el compañero de mi hermano Carlos, se acercaba despacio a la puerta, Águeda se detuvo en seco, jadeando, y salió disparada tras él.

Sin dudarlo un momento, saltó como un rayo hasta alcanzarle, agarrándole la mano con sus pequeñas y tibias palmas. Echó la cabeza hacia atrás para mirarle desde abajo, con esa sinceridad tan limpia de los niños, y soltó una carcajada clara y contagiosa:

¡No te voy a soltar nunca! Cuando sea mayor, ¡me casaré contigo! Sólo tienes que esperarme.

Julián se quedó un momento quieto, con una ceja alzada por la sorpresa, y después su rostro se iluminó con una sonrisa cálida y bondadosa. Contempló a la pequeña con ternura y cierta incredulidad. Sin prisa, bromeando con dulzura, respondió:

Te esperaré.

Dicho esto, le revolvió el pelo con cariño, desordenando aún más sus coletas. Águeda entrecerró los ojos sorprendida, pero enseguida volvió a sonreír, sin soltarle la mano.

Pero, mientras tanto añadió Julián, agachándose un poco para que quedaran a la misma altura, estudia mucho y haz caso a tus padres. Tienes que ser digna de ser mi novia.

Su voz, más que seria, era acogedora, como ese tono protector y amable que a veces adoptamos los adultos con los niños. Águeda se quedó pensativa, como sopesando sus palabras con toda seriedad, para luego asentir con énfasis, apretando aún más fuerte la mano de Julián.

¡Lo haré! ¡Seré la mejor!

El aire de aquel mediodía estival olía a despreocupación, estaba lleno de risas, sol y sueños infantiles que, en aquel instante, parecían tan auténticos como alcanzables…

************************

Águeda pasaba las páginas de su libro de matemáticas distraída, sentada en su habitación. Afuera, la luz del atardecer empezaba a desvanecerse y, en la casa, reinaba un silencio denso, sólo roto por los murmullos de la sala contigua. De pronto, prestó atención: Carlos hablaba por teléfono, y en su voz tenía una alegría especial.

Sin darse cuenta, Águeda se pegó a la puerta, esforzándose por oír mejor. El nombre de Julián cruzó la conversación y el corazón le palpitó con fuerza. Se quedó completamente quieta, toda oídos. Carlos comentaba una cita, un bar, su sonrisa… No quedaban dudas: hablaban de la nueva novia de Julián.

Antes de pensarlo demasiado, Águeda se puso en pie, caminó de puntillas hasta la habitación de Carlos y pegó la oreja a la puerta fría. Tragó cada palabra de la charla con avidez. Sintiéndose incómoda, apartó los pensamientos que la rondaban: Quizá no sea lo que imagino. Pero eran vanos intentos de autoengaño.

Cuando Carlos acabó la llamada y salió al pasillo, Águeda se irguió tan tiesa como un resorte, como si la hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. Pero ya era tarde: su hermano la había visto.

¿Julián tiene nueva novia? disparó ella sin esperar preguntas. Su voz tembló, pero intentó que sonara despreocupada.

Carlos se detuvo, la miró con comprensión y suspiró. No había irritación en su voz, sino cansancio paciente. Hacía tiempo que se daba cuenta de cómo Águeda se fijaba en su amigo, cómo se le encendía la risa al oír su nombre, cómo repasaba en secreto sus fotos en redes.

¿Otra vez igual? rodó los ojos, apoyándose en el marco de la puerta. Águeda, ya tienes dieciséis años. Tenías que haber superado este enamoramiento. Es sólo una ilusión de niña.

Águeda levantó la barbilla, con sus ojos destellando orgullo. Cruzó los brazos sobre el pecho, desafiante.

¡Jamás! negó vehemente, agitando sus cabellos dorados en el aire. No entiendes nada, Carlos. Julián me va a querer, ya lo verás. Sé que esto no es una tontería de cría. ¡Es real!

Su voz sonaba firme y un tanto desafiante, pero en el fondo buscaba convencerse a sí misma. Recordó las miradas furtivas de Julián, las sonrisas ocasionales, los roces casualestodo lo guardaba como una colección de esperanzas en su pecho.

Carlos la contempló en silencio, sin saber qué decir. Sus ojos ardían de determinación, sus labios temblaban, y él entendía que ningún argumento razonable serviría. La inocente obsesión de su hermana se había convertido en algo mucho más profundo…

***************************

Un rayo de sol se filtró entre las cortinas, llenando la habitación de un dorado cálido. Águeda entró en el salón como una ráfaga de viento, tan ligera que parecía que flotaba sobre el suelo. Su rostro irradiaba tanta alegría que el propio sol quedaba eclipsado. Sus ojos centelleaban como dos luceros y su sonrisa era tan amplia que rozaba los pómulos.

Sin reponerse aún de la carrera por la escalera, fue directa hacia Carlos, que tomaba café tranquilo mientras hojeaba el periódico en la tableta.

¡Me ha pedido salir! exclamó, temblando de entusiasmo. Su voz tintineaba como una campana y apretaba las manos cerradas de pura emoción. ¡Imagínate! Me ha traído un regalo de cumpleaños, una cajita preciosa con mi nombre grabado, y me ha dicho que, al cumplir la mayoría de edad, podía decirme lo que sentía. ¡Julián me quiere!

Casi saltaba en el sitio, tocándose el pelo una y otra vez, asegurándose de que todo estaba en orden. La felicidad la envolvía tanto por fuera como por dentro.

Carlos alzó la mirada de la tableta y depositó la taza con gesto pausado. Una sonrisa sincera y cálida cruzó su cara. Llevaba meses esperando ese momento, no solo por su hermana, sino también por su mejor amigo. Julián, últimamente, no paraba de mencionarla: preguntaba por sus planes, sus gustos, sus flores preferidas, o inventaba cualquier excusa para hablar de ella.

Es preciosa decía siempre Julián, medio perdido en sus pensamientos. Y tan lista, tan buena Ojalá ya fuera mayor de edad. ¿No te importa si estamos juntos?

Carlos siempre contestaba lo mismo: Si ella es feliz, yo lo apoyo. Conocía la seriedad y la bondad de Julián, su lealtad y responsabilidad, y ver a su hermana tan radiante le confirmaba que no podía encontrar mejor pareja.

Enhorabuena dijo Carlos levantándose para abrazarla. De verdad, me alegro mucho.

Águeda se abrazó a su hermano, sin terminar de creerse que no estaba soñando. Sentía que el mundo era ahora más luminoso y sencillo. Mientras tanto, y como fondo de su alegría, el gato Botón ronroneaba en el alféizar, feliz de la casa tranquila

*******************

La muchacha estaba sentada en el estrecho pasillo del hospital, sobre una silla de plástico rígido. Las paredes, de un color crema apagado, y la luz plomiza de la tarde daban a todo un aire de tristeza infinita. Águeda miraba al frente, con la mirada vacía, como si no viese ni el suelo ajado ni el irremediable ajetreo de enfermeros y médicos a su alrededor. Era como si contemplase un paisaje lejano solo visible para ella.

Las manos le reposaban inertes sobre las rodillas, la ropa arrugada y ajena, el pelo, normalmente recogido, caía desordenado sobre los hombros. Recordaba una muñeca rota, inmóvil, despojada de su calor. Los pensamientos le giraban en espiral: ayer por la tarde, Julián y ella discutían los detalles de la decoración del salón para la boda, entre risas, todo parecía aún posible. Ahora, Julián ya no estaba.

Todo fue brutalmente rápido y absurdo Un conductor perdió el control del coche en el cruce, tres vehículos colisionaron, hierros retorcidos, ni un solo superviviente. Julián, otros dos jóvenes, el propio conductor… Una fracción de segundo y la vida se hizo añicos como un cristal.

El repiqueteo de unos pasos rompió el vacío. Carlos dobló la esquina, ojeras oscuras bajo los ojos enrojecidos, la piel reseca y pálida. Se arrodilló junto a su hermana y la abrazó con torpeza. Sus propias manos temblaban, pero intentaba mantenerse sereno por ella.

Águeda musitó, con voz quedísima, casi un murmullo. Háblame, por favor.

Giró la cabeza lentamente. Sus ojos estaban secos, pero la intensidad de su dolor helaba la sangre. Miraba a través de él, como buscando algo que ninguno podía encontrar.

¿Hablar de qué? respondió, monótona, incapaz de fingir interés.

Carlos tragó saliva, buscando palabras que no abrieran más heridas.

De lo que sea… Cuéntame qué sientes. Pero llora, Águeda, por favor. No te lo guardes dentro.

Ella negó suavemente, los labios apenas trémulos, ningún sollozo, ninguna lágrima. Se contempló las manos, buscando en vano reacción física al dolor.

No puedo. Encogió los hombros con una calma desoladora. No tengo lágrimas. Ni ganas de vivir.

Las palabras cayeron como plomo. Carlos cerró los ojos, aguantando su propio desgarro, obligado a ser fuerte incluso sin fuerzas.

Después de aquello, Águeda quedó sumida en una niebla, los médicos intentando estímulos, nadie obtenía respuesta. Se convirtió en estatua, inmóvil, perdida en su vacío.

Decidieron administrarle tranquilizantes. Una aguja leve en el brazo y el mundo se fue diluyendo. El cansancio pesaba, los párpados pesaban, los pensamientos se difuminaron como tinta bajo el agua. Llegó un sueño gris, sin descanso ni consuelo.

Despertó más tarde en su propia cama. El estampado familiar de las cortinas, la estantería con libros, una foto enmarcada sobre la mesilla. Todo le resultaba a la vez cercano y distante, como si hubiera regresado a un lugar del que ya no formaba parte.

Giró la cabeza y vio a Carlos sentado, la espalda encorvada sobre el sofá pequeño, barba de días y ojos hinchados. Charlaba en voz baja con su madre, que acababa de volver de un viaje urgente. También ella pálida, ojerosa, pero con una determinación férrea.

…me preocupo mucho por ella oyó decir a su hermano, tembloroso. Siempre fue todo Julián para Águeda, no veía más allá. ¿Qué vamos a hacer ahora?

El tiempo lo cura todo contestó la madre, pero su voz carecía de fe. Ella misma sabía que aquella frase era vana. La vida de su hija giraba en torno a Julián; sin él, era como si todo hubiera desaparecido. Tendremos que cuidarla mucho añadió, más convencida.

Águeda oyó todo, pero no podía mostrar que estaba despierta. Sentía un vacío tal que fingía dormir, incapaz de responder a tanto desvelo. Cerró los ojos, resignada, incapaz de enfrentarse a su dolor ni siquiera con palabras.

Carlos permaneció un rato más, luego se levantó en silencio para no molestar. Lanzó una mirada de preocupación y abandonó la estancia. Su madre permaneció junto a la cama, acariciando la mano de su hija, transmitiéndole su fortaleza calladamente. Sólo el tictac del reloj y la respiración entrecortada de Águeda rompían la quietud

*******************

Nueve días cuarenta días El tiempo se alargaba como un jarabe pegajoso, detenido en cada instante. Águeda apenas se movía de su ventana, sentada sobre el alféizar, abrazando sus rodillas, la mirada perdida en el viejo patio interior.

De vez en cuando sus ojos se desviaban a la banca de madera bajo el gran plátano. Allí, una tarde cálida de septiembre, Julián se armó de valor para pedirle matrimonio. Águeda recordaba los dedos de él temblando al sacar el anillo, las frases torpes y atropelladas, el sí atropellado y feliz que apenas le permitió terminar la pregunta.

Ahora el banco parecía ajeno y frío. Los árboles ya sin hojas, el patio vacío; el otoño se había rendido al invierno y ella ni lo notó. El tiempo se detuvo para ella en el instante de recibir la noticia.

Águeda, ven a cenar la voz apagada de su madre atravesó el silencio.

Se acercó suavemente y la tocó en el hombro. Sus dedos estaban fríos, como si el invierno se hubiera instalado también dentro de ella. La miró con tal preocupación que era imposible no sentir escalofríos. Pero contuvo las lágrimas: sabía que no podía mostrar fragilidad.

No quiero respondió Águeda sin girar la cabeza. Su tono era plano, impersonal, como si hablara de otra persona.

Debes comer algo, hija, intentó ser firme, aunque se le escapó el temblor. Ayer no probaste bocado. Necesitas tener fuerzas.

¿Para quién? Águeda la miró por fin, con la mirada deshabitada. No debo nada a nadie.

Su madre se detuvo dolorida, sin palabras. Suspendió el gesto, respiró hondo, y se retiró lentamente, impotente y vencida.

Se detuvo junto a la puerta, miró de nuevo a su hija, y salió. En el pasillo, Carlos ya la esperaba, con el gesto abatido.

He hablado con la doctora Morales susurró su madre, aferrando el delantal. Hace falta ayuda especializada. Nosotros solos no podemos.

Carlos asintió. Llevaba tiempo temiéndolo, era insoportable verla tan ensimismada, etérea, disuelta en su dolor.

Llamaré ahora mismo dijo, sacando el móvil. La doctora nos dijo que ayudaría si esto empeoraba.

La madre asintió, mirando la sombra quieta de su hija, fundida en el escaparate de la ventana.

Esa noche, cuando el cielo se cubrió de nubes y la luna apenas recortaba su luz helada sobre el entarimado, Águeda pudo al fin levantarse del alféizar. Sus piernas flaqueaban; tras tantos días, cada movimiento costaba esfuerzo. Caminó lenta hasta la cama, se quitó la bata y se acostó, arropándose con cuidado.

La casa era silencio, sólo alguna voz lejana cruzaba desde la cocina. Cerró los ojos rogando quedarse dormida pronto, sin dolor. El sueño llegó, pero no como ella esperaba.

Soñó con Julián. Le veía de pie delante, igual que siempre: cálido, sonriente, con su sudadera gris favorita. Pero esta vez su expresión era seria, incluso severa.

Águeda dijo su voz, tan nítida que parecía escucharla de verdad, mira cómo estás.

Trató de responder, pero las palabras no salían. Él avanzó un paso.

¿Has visto cómo te estás dejando? No debes seguir así.

Intentó rozarle, pero su mano cruzó el aire, era solo una visión, un eco.

No puedo sin ti susurró, notando cómo le ardían las mejillas de pura pena.

Sí puedes afirmó él con suavidad. Eres fuerte. Siempre lo has sido. Tienes que seguir. ¿Me oyes? Seguir viviendo.

Se acercó más, y por un instante ella juraría haber sentido el calor de su palma en la mejilla.

Te queda tanto por delante… Habrá días buenos, malos, y eso está bien. Pero no te quedes parada. Yo estaré aquí, siempre. Sólo tienes que mirar al cielo, entre las estrellas, y aquí me encontrarás. Si algún día no puedes, llámame. Te ayudaré.

Ella sollozó, intentando alcanzarle. El sueño empezó a disolverse.

¡No te vayas! gritó, extendiendo las manos. ¡Por favor!

Pero él se esfumaba, dejando apenas un murmullo:

Vive, Águeda. Prométemelo.

Se despertó sobresaltada. La luna seguía en el techo, todo estaba igual, pero la almohada estaba empapada en lágrimas y una tempestad de sensaciones le ahogaba el pecho.

Sin pensarlo, gritó. Un grito crudo, desconsolado, que desgarró la noche. Al instante sus padres y Carlos corrieron a la habitación.

¿Qué te ocurre, mi niña? su madre la abrazó, buscando su rostro.

¿Dónde te duele? preguntó Carlos, temblando.

Pero ella no respondía. Temblaba, abrazada a sí misma, llorando sin sonido, el eco de Julián llamándola aún en la memoria.

Prométemelo susurró su propia mente.

Y entre lágrimas, con un hilo de voz, murmuró:

Lo prometo

Su madre la apretó con fuerza, meciéndola, y Carlos acabó por sentarse en la cama, dándole su apoyo. No dijeron nada; simplemente permanecieron a su lado.

Y Águeda, encogida en el regazo de su madre, comprendió por primera vez la pregunta fundamental: ¿cómo seguir? ¿Cómo respirar, caminar, sonreír… sin él? Pero en el fondo, una idea, débil aún, germinaba: él había creído en ella, se lo había pedido. Por él, debía encontrar la manera.

Aunque sólo pudiera hacerlo por él.

************************

Una tarde, mientras la lluvia golpeaba los cristales, nos reunimos los tres en el salón. Mi madre sirvió té, pero nadie prestó atención a las tazas. Había que tomar decisiones.

Tenemos que mudarnos dijo Carlos, serio, dirigiéndose a su hermana. Aquí cada rincón es un recuerdo. Cada paseo es sufrimiento.

Águeda escuchaba desde el sillón, acurrucada sobre sí, sin protestar, mirando por la ventana. Estaba más pálida, pero sus ojos, aunque enturbiados por la pena, ya no eran un pozo vacío.

En otra ciudad será más llevadero apuntó mi madre con suavidad, rozando la mano de Águeda. Gente nueva, calles distintas… Quizá eso ayude a empezar de cero.

Águeda giró por fin la cabeza, su voz apenas audible pero ya no muerta:

¿Adónde?

Tengo opción en Valladolid explicó Carlos. Un amigo trabaja en una consultora, podría buscarme sitio. Alquilamos un piso y vamos viendo.

Mi madre asintió con decisión:

Para ti también encontraremos instituto o universidad. Lo que haga falta. Lo primero es que mejores.

Águeda titubeó. Pasaron por su mente los recuerdos: la banca del patio, las salidas con Julián, los primeros ramos de flores… Cada sombra del barrio dolía.

Está bien. Nos mudamos susurró al fin.

El acuerdo le costó. Había más necesidad que esperanza en esas palabras. Pero era una decisión propia, la primera en mucho tiempo.

La mudanza fue un torbellino. Águeda apenas intervino; veía a sus padres y hermano empaquetar libros, abrir armarios, limpiar estanterías vacías. A veces sujetaba un llavero, una fotografía, una entrada de cine de una cita con Julián, la observaba un largo rato, y la colocaba en una caja aparte.

El día de la partida salió al balcón. Observó por última vez ese patio donde todo empezó. Volvió a sentir la punzada, pero no permitió que el dolor la devorara: Puedo hacerlo repitió para sí. Debo hacerlo.

Una lluvia ligera y el tráfico madrileño los recibieron en Valladolid. El piso era amplio y luminoso. Águeda se quedó tiempo mirando a través del cristal, contemplando las calles desconocidas. Todo era ajeno; precisamente por eso, libre.

Los primeros días no fueron sencillos. Extrañaba los rincones de Madrid, a los amigos. Las noches traían sueños con Julián, su sonrisa, palabras dulces, y se despertaba con los ojos anegados.

Pero poco a poco, pequeños detalles emergieron: los tulipanes del parque cercano, el camarero del café que recordaba su pedido y le sonreía cuando entraba dos días seguidos.

Eran pasos diminutos, pero pasos al fin. Nunca olvidaría a Julián, eso era imposible. Pero empezó a comprender: seguir viviendo no es traicionar la memoria. Es respetar su deseo, cumplir la última promesa.

Iba a clases, ayudaba en casa, paseaba con Carlos entre tiendas nuevas. Cada jornada suponía una prueba, pero cada una dejaba espacio a lo que vendría.

En el fondo, lo sabía: Julián, donde quiera que estuviera, estaría viéndola.

Y estaría orgulloso.

Porque sigue en pie.

Porque sigue viviendo.

Hoy, escribiendo esto, lo entiendo: incluso en el dolor más grande, hay que permitirse seguir viviendo. En honor a los que amamos y por nosotros mismos.

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Perdóname por no haber asistido a tu cumpleaños, tuve un accidente.