Y así fue cómo se conocieron…
¿Pablo, qué te pasa? preguntó Inés tras unos minutos de incómodo silencio, mirándolo fijamente. De verdad, tienes la cara blanca ¿Te encuentras bien?
Sí, sí todo bien consiguió responder Pablo, esforzándose por recuperar la compostura. Dejó el tenedor a un lado y alargó la mano hacia su vaso de zumo de manzana, como si así pudiera aplazar el momento de contestarle a Inés.
*****
Pablo se detuvo ante el portal, agarró el pomo frío de la puerta de hierro y estuvo a punto de tirar de él, pero en el último instante le faltó el valor.
No quería entrar. Lo sabía. Recordaba la promesa que le hizo a Inés, su palabra de que iría a su casa, pero los nervios lo atenazaban como si de un jovencito se tratara.
Le daba verdadera vergüenza; un hombre hecho y derecho con las rodillas temblando, como si fuese un chiquillo llamado a la pizarra por el profesor por primera vez.
Y en realidad solo le faltaba un último paso: abrir la puerta, subir hasta el tercer piso, buscar el piso número 36
Pero un miedo irracional era como una cadena invisible que no le permitía siquiera moverse.
Lo único que deseaba en ese momento era darse la vuelta e irse. Da igual si a su casa o al otro extremo de Madrid. Lo importante era alejarse de allí.
¿Para qué habré aceptado? murmuró en voz baja, retrocediendo un par de pasos. Está clarísimo que no les gustaré
Pablo levantó la mirada y clavó los ojos en la ventana iluminada del tercer piso. Brillaba con una intensidad particular, como si fuese el faro de un puerto.
Un aviso claro para que no se perdiese y supiera dónde tenía que llegar.
Pero eso no era suficiente para convencerse de subir. Lo único que lo retenía allí era el hecho de imaginar la reacción de Inés cuando supiese que se marchaba. Ella quería que fuese, se lo pidió con cariño.
Y él se lo prometió
*****
Pablo, mira, no te asustes le dijo Inés la noche anterior con un brillo especial en los ojos. Mis padres quieren conocerte.
Inés, su novia.
Cenaban en una terracita de la calle Alcalá, charlando animadamente sobre los planes del fin de semana. Y de repente, eso: que los padres de Inés estarían encantados de conocerle. Pablo se quedó pasmado, con el tenedor en el aire, intentando discernir si era una broma o lo decía en serio.
No era, desde luego, nada raro; lo normal, al final: los padres de Inés querían saber con quién salía su hija, aspirar a futuro yerno, conocer al hombre que quizá, quién sabe, sería parte de la familia.
Lo raro hubiera sido lo contrario.
Pero Pablo solo podía pensar que no estaría a la altura. Que no sería para nada el yerno ideal.
Tenía motivos para pensar así, y de peso. La madre de Inés María Victoria Fernández, toda una vida dedicada a la Universidad Complutense de Madrid, desde los primeros días como profesora hasta llegar, finalmente, a ser decana y después algún cargo de peso en el Ministerio de Educación.
El padre de Inés Leandro Morales, tras años como ingeniero en una constructora gigante, acabó fundando su propia empresa. Tenía relaciones con el ayuntamiento, era un hombre respetado en la ciudad.
Y la propia Inés, a sus treinta y poco, ya era jefa de un departamento jurídico en una reconocida consultora financiera de la Castellana.
¿Y Pablo? Un simple técnico informático. Sin título universitario siquiera. Cobro decente, pero nulas perspectivas de ascenso.
Allí, sentado con ellos en una mesa, ¿qué iba a contarles? ¿Cómo soportar sus miradas? ¿Cómo no sentirse pequeñito?
Puede que te preguntes, ¿cómo acabaron juntos él y Inés? Fue todo azar.
Aquel día Pablo decidió pasear por el Retiro. Precisamente Inés también pasaba por allí, con dos amigas. Las chicas se fueron a buscar horchata, y ella quedó solita en un banco, guardando sitio y llamando a su madre por teléfono…
No vio que se le venía encima un chaval en patinete eléctrico, borracho como una cuba. Pablo la agarró de la muñeca y la apartó justo a tiempo, mientras el chaval seguía de largo y acababa estampándose contra una papelera.
¿Pero qué haces? empezó a protestar Inés.
Pero al ver la escena y comprender que, de no ser por él, podía haber acabado en urgencias, lo miró con otros ojos.
Y así empezó todo. Mientras las amigas hacían cola para comprar helado de turrón, ellos charlaban y se intercambiaron los números y aquí llevan medio año juntos.
Todo esto lo repasaba Pablo, mientras digería la nueva noticia de conocer a los padres.
Temía, con fundamento, que no le dejarían ni intentarlo. Que pensarían que era un interesado más. Algo así le había pasado años atrás, y perdió a la chica que quería.
¿Y ahora? Ahora temía perder a Inés.
Pablo, ¿qué te pasa? repitió Inés, viéndolo blanco como el papel. ¿Estás bien?
Sí, sí, tranquilo respondió, volviendo poco a poco en sí. Dejó el tenedor, bebió un sorbo de zumo.
Entonces, ¿vas a venir?
¿A dónde?
A casa. Mi madre hará croquetas caseras y mi padre traerá un Rioja de los de su amigo el coleccionista Solo falta que tú digas que sí, Pablito. ¿Vienes?
No lo sé, es que dudó él. Siento que tus padres nunca aprobarán que estés conmigo.
¿Por qué dices eso?
No tengo ni estudios, ni nada especial Solo sé arreglar ordenadores y recuperar discos duros. Tus padres seguro querrían para ti un empresario, un político Alguien con futuro. Yo solo soy un informático, sin más. ¿Qué van a pensar?
No te agobies le susurró Inés, apretándole cariñosamente la mano. Mis padres son como cualquiera. No los conoces. Te espero mañana a las siete. No faltes.
Ajá asintió él, aunque no estaba del todo seguro de hacerlo.
*****
Llegó el día siguiente.
Pablo, a la puerta del portal, sin saber si entrar, en Madrid hacía un frío que pelaba. Faltaban cinco minutos para las siete.
Lo sabía, tarde o temprano tendría que enfrentarse a ellos. Con Inés quería algo muy, muy serio; quería vivir con ella.
Pero hoy no era el día ideal. Le habían prometido en el trabajo que en unos meses abriría un nuevo departamento IT y podría optar a una promoción; entonces, tal vez, se sentiría digno ante los Fernández Morales.
A punto estuvo de largarse, pero justo su móvil empezó a vibrar.
Era Inés.
¡Hola, Pablo! le contestó ella feliz. Ya tenemos la mesa lista, mamá está en la cocina y papá está a punto de llegar con el vino. ¿Dónde estás? ¿Ya vienes?
Hola Inés Sí, estoy
¿Estás llegando, verdad?
Sí, sí, ya casi.
Pablo, si vas a empezar con las dudas otra vez, mejor ni lo intentes. Todo saldrá bien, te lo prometo. ¿Quieres que baje a buscarte?
No, no hace falta titubeó Pablo, nervioso. Enseguida subo.
Está bien, te esperamos los tres.
Colgó. Se quedó allí de pie frotándose la sien, buscando una excusa para no subir, pero no se le ocurría ninguna.
Como venga Leandro Morales ahora y me pille aquí en la calle, sí que será el colmo… pensó, y empezó a andar, rodeando el edificio.
Por el camino, se encontró con un chaval y le pidió un cigarro. Hacía años que no fumaba, pero ahora lo necesitaba para calmar los nervios, ordenar las ideas.
Parado en la esquina, fumando, echando el humo hacia la noche, no encontraba excusa. Nada por un lado: solo un contenedor; por el otro, un solar, donde antes había garajes y donde pronto construirían viviendas.
Y allí la vio. Una perra, sola, tirada en mitad del solar, encogida sobre el frío del suelo.
De primeras, Pablo dudó; los perros callejeros pueden ser imprevisibles, defenderse de la gente, pero al mirar mejor, vio que aquella perra, ni caso. Ni se inmutaba.
Allí, tumbada, como resignada. Al menos, en Madrid no hace tanto frío como en la Meseta, pero suficiente para helar los huesos.
¿Quién iba a dejarle entrar al portal a calentarse? Nadie. Aunque se estuviera muriendo de frío.
*****
La perra se llamaba Canela, aunque eso Pablo aún no lo sabía.
Hacía varios días que no comía nada. Antes vivía en otro barrio, donde los vecinos la alimentaban y la trataban con afecto. Pero una señora había empezado a movilizarse para echarla.
Esa mujer escribía a la Comunidad de Propietarios, al Ayuntamiento: ¡Esa perra callejera, siempre cerca del parque de los niños! ¿Y si muerde a alguien? ¿No veis la mirada hambrienta y peligrosa?
Pero Canela no era peligrosa. Era triste. Su primer dueño era un chaval, Enrique, que, en un viaje familiar al pueblo, la vio correteando y se encaprichó de ella. Los padres accedieron.
Pero cuando llegó el momento de volver a Madrid, la dejaron allí, como quien deja una bolsa vieja.
¿Dónde vamos a meter un perro callejero en casa? Además, ¿quién lo sacará a pasear? ¿Tú?
No, yo no puedo… dijo Enrique, olvidando el vínculo que los unía.
Así que la dejaron. Triste y sin entender por qué.
Unas semanas después la recogió una señora y la llevó a Madrid. Allí intentó colocarla, vendiéndola en un mercadillo como si fuera pura raza. Y al final, una pareja la compró. Pero al crecer, se dieron cuenta de que solo era una perra corriente, mestiza, y la abandonaron también, a las afueras, pero por suerte ya era primavera.
Canela vagó bastante hasta que encontró un barrio donde los perros grandes no la molestaban y casi nadie le prestaba atención. Miraba a los niños en el parque y recordaba a Enrique.
Soñaba, quizás, con volver a encontrar algún día un hogar.
Hasta que tuvo que marcharse del barrio: un día, incluso, la mujer de antes le lanzó piedras y palos. El resto también le fue retirando el saludo. Canela no comprendía qué había hecho mal.
Marchó sin más, para no molestar.
Ahora estaba sola, acurrucada en el solar, tiritando tanto que ni fuerzas tenía para moverse.
Así se encontraba cuando Pablo la divisó desde la esquina.
*****
Pablo, al acabar el cigarro, se acercó a tirar la colilla al contenedor; podía haberla tirado al suelo, pero su madre le repetía desde pequeño: Hijo, si quieres un mundo mejor, empieza tú.
Al doblar hacia el portal, una berlina negra entró en el patio de luces. Pensó que sería Leandro Morales, así que, nervioso, se apartó, olvidándose incluso del perro.
Pero, al paso, vio de nuevo a Canela, casi inmóvil sobre la acera.
Y si ahora se pone a ladrar…, pensó. Pero la perra ni se giró.
Eh, guapa ¿estás bien? le preguntó, casi por hablar.
Nada, ni una reacción. Se armó de valor y se acercó, primero dudando, luego más decidido.
Se agachó, encendió la luz del móvil y le palpó la oreja, el costado. Respiraba, pero estaba fría como un hielo, sin poder responder, aletargada por el frío.
Como no la ayude, esta noche no pasa, pensó.
Así que la cogió en brazos y tiró hacia la entrada del edificio, dispuesto a pedirle al portero que le dejara entrar para que la perra se calentara un poco y luego buscar una clínica veterinaria de guardia.
Sabía que alguna habría en Madrid, abiertas toda la noche.
Pero todos los portales estaban cerrados con llave.
Mientras cruzaba el patio, le vibraba el móvil en el bolsillo, pero no podía contestar.
Al pasar frente al portal de Inés, dudó un momento; ella seguro que le ayudaría, pero sus padres… ¿qué pensarían de aparecer con una perra callejera en brazos?
Ya casi al final, la berlina negra paró a su altura y el conductor bajó la ventanilla.
Chico, ¿te pasa algo? ¿Te ayudo?
Encontré esta perra tumbada se va a congelar aquí fuera. ¿Hay alguna clínica veterinaria cerca? preguntó, abrumado.
Aquí cerca, me temo que no. Pero conozco a uno no muy lejos y es amigo mío. Sube atrás, que os llevo.
¿De verdad? Pablo se sorprendió, no esperaba que el conductor de un coche así dejase subir a un desconocido y a una perra sucia.
¡Sube, hombre! El tiempo cuenta. Hay que salvar a ese animal.
No se hizo más de rogar. En pocos minutos, salían disparados en dirección a Argüelles.
Por el camino, el conductor llamó a alguien.
Perdona, hija. Surgió un imprevisto, ya te explico luego. ¿A Pablo? No, no lo he visto ¿Que tampoco está? Qué raro. Corría por la calle, sí. Si lo veo, te llamo, tranquila.
¿Le he puesto en apuros? preguntó Pablo cuando colgó.
No sonrió el hombre mayor. Lo importante ahora es la perra. ¿Respira?
Sí flojito, pero sí.
Vamos, que llegamos.
Llegaron y los estaban esperando: el veterinario amigo hizo pasar a Pablo sin demora.
Se llevaron a Canela, Pablo se sentó mareado en la sala.
Al sacar el móvil, vio varias llamadas perdidas de Inés y un mensaje: Pablo, ¿estás bien? ¿Dónde estás? Debía haber contestado, pero no pudo. Toda su atención era para la perra.
No tuvo ni tiempo de darle las gracias al conductor de la berlina. Salió después a buscarlo, pero el coche había desaparecido. Y volvió al interior de la clínica, esperando noticias. Había tomado una decisión: si salía adelante, adoptaría a Canela. Si lo de Inés salía mal, por lo menos tendría a alguien que le acompañara.
*****
Había pasado casi una hora cuando Pablo oyó voces agitadas junto a la recepción. Una de ellas le sonó muy familiar.
Giró la cabeza. Allí estaba Inés, acompañada de una mujer elegante y, para su total sorpresa, el mismo hombre de la berlina.
Este, al verlo, sonrió:
¿Ves, hija? Te dije que aquí estaría, esperando por la perra. Tiene un corazón enorme, tu Pablo.
Pablo se dio cuenta en ese instante de que eran los padres de Inés y se quedó paralizado.
¿Por qué no me llamaste? Me tenías preocupada le preguntó Inés, echándose encima de él.
Perdona No pensé que os gustaría que subiera con una perra recogida en la calle.
¡Qué tontería! Mis padres adoran a los animales. Tenemos tres gatos, todos adoptados.
¿En serio?
Claro.
Y entonces, por fin, se presentaron los padres. Fue menos terrible de lo que temía.
Leandro le dio un apretón de manos.
Por fin nos conocemos, Pablodijo.
María Victoria avanzó, también cordial:
Permíteme felicitarte. Hace falta ser muy buena persona para hacer lo que has hecho esta noche. Deberías haber venido tú mismo. Ojalá la perra se recupere, eso es lo importante.
Tranquilos intervino el veterinario saliendo de su consulta. Ha tenido mucha suerte. Se va a recuperar.
Aquella noche dejaron a Canela descansar en la casa de los padres de Inés. Los tres gatos la vigilaban desde lejos, intrigados, mientras Pablo aceptaba, por fin, una copa de vino y una ración de croquetas en la mesa de la cocina.
Al final, no tenía nada que temer: eran gente sencilla, buena, con sentido del humor, generosos.
A los pocos días, Canela ya andaba por el piso y Pablo decidió llevarla a su casa.
Inés apareció con una maleta.
¿Me llevas contigo?
¿Cómo? ¿En serio?
Más que nunca. Mis padres dicen que tengo que irme a vivir contigo: quieren nietos y dicen que hay que repoblar el mundo.
Pablo no pudo sino reír, y ella también. Canela, desde el pasillo, movía el rabo felizmente.
Quizá no entendía nada, pero percibía, con toda seguridad, que le esperaba un futuro mucho mejor.
Y así fue esta historia.





