¡Madre mía, qué preciosidad! ¡Doña Clara, es usted una artista!
Los tulipanes de mil colores alegran el patio como nunca antes. Sofía sabe bien cuánto le ha costado a doña Clara esta explosión de vida. Han sido años en los que la vecina ha dedicado cada rato libre a convertir aquel patio, antes gris y desangelado, en un jardín floreciente. Incluso el parque infantil, hacia donde ahora caminan Sofía y su hija Jimena, también es obra suya. ¡Mira que hay gente que sabe crear belleza! El patio está irreconocible: limpio, amplio, acogedor. Y las flores… eso es ya otro mundo. A cada planta la ha puesto doña Clara con sus propias manos. Desde que Sofía se mudó aquí con sus padres, hace ya casi quince años, nunca vio a nadie cuidar de las flores. Sólo ella, y eso, desde que se quedó viuda.
No es fácil quedarse sola a cierta edad. El hijo vive en Barcelona, y más cerca no queda nadie en quien apoyarse. Mudarse, ni hablar, doña Clara no quiere ni oírlo. Está demasiado unida a este barrio, a esta ciudad donde pasó su infancia y donde conservó a todos sus seres queridos. El hijo ya ha hecho su vida, tiene familia propia, y la relación con la nuera no es precisamente idílica. La nuera tiene a su madre cerca, no le falta ayuda, así que doña Clara, aunque sea agradable, sigue siendo una extraña.
Nunca se ha quejado mucho con Sofía, pero ella ve la tristeza en los ojos de doña Clara. Es duro.
Eso Sofía lo sabe de sobra. Cuando se divorció de su primer marido, casi se vuelve loca de la soledad. Y, la verdad, hubiera bastado con cerrar los ojos a una pequeña infidelidad. Pero, ¿quién puede hacerlo cuando la amiga es Lucía, con la que compartiste ocho años de confidencias y secretos en el colegio?
Sofía le aguantó la mirada a Lucía y le devolvió las llaves del piso a su todavía marido, dispuesta a encerrarse a llorar. Lo hizo tan a fondo que hasta pidió unos días sin sueldo en el trabajo para entregarse de lleno a su sufrimiento.
Pero entonces, con el corazón desbordado de pena y helado de rabia, en plena tarde, alguien comenzó a dar unos golpes fuertes y acelerados en la puerta. Sin pensarlo, aún con el pijama puesto, Sofía fue a abrir.
Nunca olvidará cómo encontró a doña Clara aquel día. No era la mujer serena y sonriente que cruzaba el patio cada mañana preguntando cómo iban los nietos y las meriendas. Detrás de aquellas manos temblorosas, descompuestas, casi no la reconoció al principio.
¿Qué te ocurre, Sofía? ¿Por qué tienes esa cara toda hinchada de llorar? ¿Te duele algo?
Y así, Sofía volvió de su propio exilio mental. Sus dramas, aunque duelen, no son nada comparados con perder al amor verdadero para siempre.
El marido de doña Clara no llegó a tiempo al hospital. Por costumbre, pensó que aquella vez también podría con las pastillas. Pero demasiado tarde. Cuando fueron a buscarle… ya sólo quedaba su ausencia.
Doña Clara, que nunca faltaba al mercado cada mañana para traer requesón y tomates frescos, fue a buscar a su marido… Pero él no pudo ni bajar la escalera.
Aquel día Sofía recogió la chaqueta y salió detrás de su vecina, casi corriendo.
Volvió a casa muy tarde, tiró el helado derretido, recogió la casa y se quedó largo rato observando el té frío sobre la mesa. Pensó y pensó.
Al día siguiente reunió los papeles y pidió el divorcio. Comprendió que la vida no espera y que de los disgustos no se vive. Hay que avanzar, perder el tiempo en rencores no sirve de nada. Hay una sola vida, y ni un minuto se repite. ¿Para qué desperdiciarlo así?
Poco a poco Sofía salió adelante: nuevo trabajo, un amor nuevo… No fue fácil, pero hoy tiene a Diego y a Jimena, y la vida de nuevo luce radiante.
Pero lo de doña Clara nunca ha sido igual. Sí, con el tiempo se recompuso, hasta donde pudo, porque a todo se acostumbra el ser humano. Pero Sofía ve, con dolor, que queda poco de la vecina bromista y dulce de antes; apenas una sombra pálida.
Sigue preguntando por los hijos de todos, sigue sonriendo… pero Sofía sabe que es por rutina, que esa alegría suya está como congelada.
Pasó un año, otro… Sofía supo que doña Clara se jubiló y apenas salía del chalet que tenía en el pueblo. Pero incluso esa pequeña felicidad tuvo que venderla cuando el hijo necesitó dinero para la entrada de un piso en Valencia. ¿Cómo no ayudarle? Es su único hijo.
Después de perder el chalet, Sofía decidió que algo tenía que cambiar. No se puede abandonar a quien ha vivido a tu lado durante tantos años, no se puede dejar sola a la que corre por todo el edificio si le llamas porque tu niña tiene fiebre. No puede simplemente dar la espalda cuando alguien sufre…
Sofía sabe que a la mayoría de los vecinos les da igual lo que pase tras la puerta de otro. Bastante tienen con sus propios problemas. Pero a ella sus padres le enseñaron otra cosa:
No te quedes al margen, Sofía. Ayuda en lo que puedas. Así, cuando tú lo necesites, igual recibes apoyo. Aunque sólo sean palabras, a veces es lo único que una persona necesita. Simplemente estar.
Sofía siempre lo tuvo claro: la familia es como el cuento de la abuelita que saca el nabo entre todos. Incluso hoy, cuando sus padres se han mudado a Málaga, Sofía habla cada día con ellos. No son llamadas de compromiso, es amor. Saber que hay alguien en el mundo para quien eres única… Eso lo es todo.
Pero con doña Clara, las palabras ya no bastan. Asiente, escucha, pero parece que poco a poco se va apagando. Ha adelgazado, ha perdido color… cada vez se la ve menos por el patio.
Se nota que vivir se le hace cuesta arriba. Su hijo ya sólo vuelve de visita, su vida va por otro camino. Y el resto… sólo queda la vecindad, los críos que cuida, algún encuentro con viejas amigas y mucha, muchísima soledad. Cuando apaga la tele, la casa es tan silenciosa que apetece aullarle a la luna de pura tristeza.
En algún momento Sofía se dio cuenta de que hablar con doña Clara no servía. Después de cada conversación, ella desaparecía días. O no abría la puerta. Si las palabras no bastan, habrá que pasar a los hechos: algo que le distraiga la mente, que le devuelva la ilusión.
La solución apareció de un modo inesperado, como suele suceder. Diego tenía por costumbre sorprender a Sofía con un pequeño detalle de vez en cuando, pero fue un gran ramo de tulipanes que le llevó un día, justo antes de que naciera Jimena, el que encendió una chispa: ¡Eureka! Diego pensó que Sofía había enloquecido de embarazada, pero ella le explicó su plan. Al día siguiente, estaba llamando a la puerta de doña Clara con una caja enorme de bulbos de tulipanes. Diego se esfumó rápido, por petición de Sofía.
¡Déjame a mí!
El plan funcionó.
Sofía mintió tan bien, que casi se lo creyó ella misma, diciendo que no pudo resistirse a la anciana que vendía flores, y ahora no sabe qué hacer con ellas.
Y entonces recordé lo preciosos que eran los tulipanes de su jardín, doña Clara. ¡Usted siempre llevaba ramos preciosos a mi madre! ¿No nos ayuda? En este patio no hay quien mire con alegría. Si plantamos flores, sería maravilloso. Eso sí, yo poco sé de jardinería, y con este embarazo, menos.
Doña Clara inspeccionó los bulbos, le levantó un dedo a Sofía y, por primera vez en mucho tiempo, esbozó una pequeña sonrisa.
Quedará bonito, sí. Pero, Sofía, con solo tulipanes no basta. Se marchitan en un suspiro. Hay que pensar en otras plantas para que el jardín esté siempre hermoso, no solo unas semanas en primavera.
Así empezó la transformación del patio en un vergel.
Durante un tiempo nadie más se animaba, pero a la hora de donar euros para plantas y semillas, no faltaban aportaciones. Sofía llevaba la gestión al principio. Luego, con el nacimiento de Jimena, doña Clara se hizo cargo de todo.
Pronto le supo a poco tanto jardín. Usó sus antiguos contactos y, antes de lo esperado, apareció el parque infantil y unos bancos nuevos a la sombra.
El patio revivió.
Los hombres del edificio, tras rascarse la cabeza viendo aquellos cambios, también arrimaron el hombro: en la jornada de limpieza de primavera montaron una pequeña valla blanca alrededor de los parterres. Doña Clara casi lloraba de felicidad contemplando aquel esfuerzo compartido.
Ahora pasaba allí sus días, plantando, pintando, regando Tenía motivos para levantarse y Sofía no podía estar más contenta. Salía a pasear a su hija, paseando el carro por el patio, orgullosa de la obra conquistada, agradeciendo en silencio aquel ramo de tulipanes a Diego.
Cuando Jimena empezó a caminar, Sofía la llevaba al jardín, deseando descubrir juntas los primeros tulipanes de la temporada en los macizos de doña Clara.
Y llegó el gran día.
Sofía, emocionada, soltó la mano de Jimena por un segundo para admirar la flor más cercana. La niña, traviesa, se escapó corriendo.
¡Jimena! Sofía corrió tras su hija, temiendo que se acercara mucho al bordillo.
Doña Clara, pintando la valla, enderezó la espalda y se rió:
¡Corre, bonita, que te pilla! Así te ejercitas y no te quejes de que no tienes tiempo de ir al gimnasio.
¡Ay, no me haga reír! Sofía atrapó a la niña, que chillaba entre risas y besos de su madre. ¿Dónde venden niñas tan rápidas?
Rápida sí que es Pero, ¿te has fijado en cómo camina de puntillas? doña Clara frunció el ceño.
Sí, en casa lo notamos más, sobre todo descalza. ¿Es malo?
Llévala al neurólogo por si acaso. Mejor asegurarse.
¿Me recomienda alguno?
Déjame pensarlo. Pásate luego por casa y te paso algún contacto. Los buenos de mi generación están ya jubilados y bañando nietos en la playa ¡Tendré que encender la radio!
¿La radio? Sofía la miró extrañada.
¡La radio de la calle, claro! Llamaré a conocidos, seguro que alguno tiene un buen especialista. Ya veremos.
Muchas gracias.
De nada, hija. ¿Y cómo os va?
Pues bien. Diego trabaja muchísimo. Apenas le vemos. Llega tarde, se va temprano…
Mejor así, Sofía. ¡Más quisiera yo ver a alguno todo el día tirado en el sofá!
Ya muchas me dicen que no lo aprecio. Que querrían más atención. Es complicado.
¿Sabes qué te digo, Sofía? Discutir y quejarse nunca soluciona nada. El hombre no entenderá entre gritos porque pensará en todo menos lo que tú le quieres decir. Si le dices que no llega a nada como marido, mal asunto. Pero si le cuentas que le echas de menos, que la niña le espera cada tarde Eso siempre hace más efecto.
Tiene razón. A veces me cuesta
Mujer, antes de quejarte, dale de cenar, sírvele un té y después, ya si eso, le sueltas lo que piensas. Pero con cariño, Sofía. Nunca digas que es un mal padre, sino que le necesitas, que se le echa de menos. Así va todo mejor. Cincuenta años estuve con mi difunto Ramón, no llegamos a discutir nunca más de la cuenta.
¿Por qué discutieron, si puede saberse?
¡Por el perro! El chaval quería cachorro y yo me oponía: sabía que al final toda la responsabilidad recaía en mí. Pero al final cedí.
¿Y qué tal fue?
¡Una maravilla! Adelgacé diez kilos de tanto sacarlo a pasear, porque el marido andaba de viaje y el niño era pequeño. Pero la perra, lista como ella sola. Se daba cuenta de que conmigo era más divertido pasear
Sofía rió.
¡Claro, como su dueña! Doña Clara apartó el bote de pintura lejos de la niña. ¡Que tu madre luego no te reconoce!
Al rato, tras despedirse, Sofía y Jimena fueron al parque. Columpios, arena y tortitas de barro Todo habitual.
Pero al regresar, Sofía se quedó helada, con la mano en la boca para no gritar de la rabia.
Doña Clara ya se había marchado, pero un crío, apenas mayor que Jimena, destrozaba los tulipanes. Había arrancado casi todos, y el parterre del portal de al lado también estaba arrasado.
La madre del niño contemplaba la escena con una sonrisa, apoyada en la valla.
¿Qué pasa aquí? farfulló Sofía.
¿Perdona?
¿Por qué su hijo aplasta las flores?
¿Y por qué no?
¡No se puede hacer eso!
¿A quién molesta? Las flores están para cogerlas.
¡No! Estas flores las plantó alguien, con esfuerzo…
¡Ay, vaya tontería! No te pongas así, mujer. Unos tulipanes sin más, nuevos crecerán, no vale la pena alterarse.
La paciencia de Sofía se evaporó y se acercó furiosa, pero el llanto de Jimena la frenó.
Cogió a la niña y sacó el móvil.
¡Recoja a su hijo! Estoy llamando a la policía.
¡Ay, qué blandos sois hoy en día! Llame a quien quiera.
La mujer arrastró al niño fuera, y mientras se marchaban, Sofía apenas contenía las lágrimas de rabia.
¿Por qué, Sofía? ¿Por qué? Yo Doña Clara apareció en la puerta con una regadera y un pastelito para Jimena.
Sofía intentó explicarse, pero doña Clara simplemente suspiró, dejó la regadera en el escalón y se metió en casa como si llevara una losa a la espalda.
Sofía, después de acostar a la niña, llamó al hijo de doña Clara.
Gracias, intentaré hablar con ella, dijo él.
No se preocupe, haremos lo posible.
¿Quiénes somos “nosotros”?
Sofía sonrió. Ya lo verá. Si no funciona lo mío, le aviso.
Esa tarde, Sofía fue casa por casa. Explicó a los vecinos lo sucedido y pidió ayuda. Casi todos accedieron.
Al día siguiente, por la tarde, el patio se llenó de vecinos descargando cajas de plantas y herramientas. Incluso los padres de los críos plantaron algo. Cuando Diego y Jimena se marcharon, Sofía siguió trabajando, convencida de que su hija debía aprender que la belleza se protege y se defiende.
Al día siguiente, sábado, Sofía fue a buscar a doña Clara.
¡Por favor, baje un momento! La necesito. Ahora.
Doña Clara, deshecha, accedió al fin, abrochándose la chaqueta y bajando los escalones con lentitud. Al salir, la luz del sol la deslumbró, pero fue otra cosa la que la dejó sin aliento: ante ella, un patio tapizado de tulipanes. Bullicio de gente limpiando, niños riendo.
¿Pero esto? ¿De dónde ha salido?
Venga, doña Clara, siéntese aquí conmigo… Le debemos mucho y nadie va a permitir que se borre lo que ha creado. Mire todos estos vecinos; aquí están los niños que usted curó, sus padres, hasta los que ya tienen nietos Todos la respetan y la quieren. Volverán más niños, más flores… y a mucho trabajo, que le vamos a ayudar. Por favor, no nos deje sin usted. Yo no hago vivir ni a un cactus y usted consigue hasta que florezcan los limoneros
Doña Clara, secándose las lágrimas, se levantó de la banca.
Bueno ¿A ver qué habéis plantado? ¡Vamos a verlo juntas!







