El lazo rojo

El lazo rojo

Clara está de pie junto a la vitrocerámica de su diminuta cocina y observa cómo el vapor asciende perezoso desde la cazuela de lentejas. No son las mejores lentejas de la tienda, sino las del supermercado envasadas a euro el paquete, pequeñas, algo terrosas. Remueve con la cuchara de madera, tapa la cazuela y se apoya de espaldas en la vieja nevera Balay, que responde con su zumbido monótono y familiar, como si aprobara silenciosamente cualquiera de sus movimientos.

Tras la ventana discurre la calle de los Artesanos. Bloques de pisos de cinco plantas, plátanos de sombra cuyas motas de polen se cuelan cada primavera por las rendijas, el quiosco de flores en la esquina. Clara lleva doce años viviendo en este barrio de las afueras de Valladolid y la calle ya se le ha pegado, como una callosidad en el talón, como saber que el cuarto peldaño del portal siempre cruje.

Arturo entra en la cocina sin anunciarse, como acostumbra. Es alto, fornido, viste una camisa gris perla que Clara no recuerda haberle visto antes. No es hasta unos segundos después que se fija en el perfume. Es un aroma ligero, floral, un fondo dulzón. No es suyo, ni de desodorante masculino, ni al cuero del asiento de su coche.

¿Qué, mi espartana? Arturo se asoma a la cazuela y pone cara de resignación. ¿Otra vez con pan y agua?

Lentejas responde Clara. Con cebolla.

Pues con cebolla ya es un lujo Le da una palmadita cariñosa en el hombro. Ánimo, queda poco. Ya verás, la Vistalegre no se moverá, aguanta.

Clara asiente. Ha aprendido a asentir de modo que parezca que está de acuerdo, cuando en realidad es puro cansancio. Le vuelve a dar vueltas la cabeza, tercer día seguido, no demasiado fuerte, como si la habitación se inclinase apenas un grado. Sabe que es cosa de la alimentación, pero calla.

¿Has cenado ya? le pregunta.

En la oficina había menú del día. Más que de sobra.

Llena un vaso de agua del grifo, lo toma de un trago, deja el vaso en el fregadero y se va al salón. Clara observa el vaso un instante, apaga el fuego y sirve la cena.

En tres años de apretarse el cinturón ha terminado haciéndose a costumbres nuevas: sustituir el requesón por yogur barato, zurcir ella misma el abrigo que lleva ya cinco temporadas, cortarse el pelo ante el pequeño espejo del baño, sin mirar demasiado, porque a veces queda pasable y a veces no tanto. Apenas recuerda la última vez que pisó una peluquería, probablemente fue en noviembre de hace dos años.

Tres años atrás, Arturo le enseñó fotografías. Una casa adosada en la urbanización Vistalegre, cuarenta minutos en cercanías de la ciudad. De ladrillo visto, con buhardilla y manzanos en el jardín, un pozo viejo, ahora de adorno, contraventanas verdes. Un banco bajo un arbusto de lila.

Mira dijo, dejándole el portátil en el regazo. Esto es lo nuestro.

Y ella miró. Sintió dentro algo cálido, no alegría, pero casi. Una posibilidad. Siempre había vivido en pisos, alquilados, muros ajenos. Y allí, en la pantalla, había manzanos.

Nos tocarán tres años de apretarnos, calculo Arturo era meticuloso. Si ahorramos esto cada mes, y tú puedes recortar un poco los gastos

¿Cuánto cuesta?

Él dijo la cifra. Clara guardó silencio.

Es mucho.

Es una casa, Clara. Nuestro hogar. Huerto, aire, paz. ¿Eso existen barato?

Ella aceptó. No al instante, pero aceptó. Abrieron una cuenta conjunta y Clara ingresaba religiosamente la mitad de su pensión y el extra de los encargos que sacaba. Trabajaba media jornada como contable en una gestoría de barrio. No era mucho, pero servía. Arturo aseguraba poner el triple de su sueldo.

Clara le creía.

Siempre ha sabido confiar; es, quizá, su único don natural. No porque sea ingenua, sino porque vivir así es más sencillo. Cuando no confías, toca comprobar cada cosa, y eso agota.

El primer invierno pasó casi en tono alegre. Comía sencillo, vestía discreto, y todo parecía un juego. Como de niña, cuando no hay para helado y te inventas una alternativa que resulta hasta más emocionante. Descubría recetas de cocina económica, se entusiasmaba si cazaba alguna oferta. Era divertido, casi.

El segundo año se hizo más cuesta arriba. El cuerpo daba señales: debilidad en las piernas, sueño que no se va después de dormir ocho horas. De viaje en autobús, a veces se sorprendía sin saber adónde iba, sólo mirando sin pensar. No fue al médico: no podía pagar la consulta privada, y esperar en la pública la agotaba aún más.

Debería hacerme unas analíticas lo comentó a Arturo.

¿En la privada?

Al menos allí no hay cola.

Clara, ahora cada cien euros cuentan, cada mes. Mejor ve a la de tu centro.

Acudió. Esperó, le dieron cita para análisis. El hierro estaba en el mínimo de la normalidad. No grave, pero nada para celebrar. La doctora le recetó más carne roja, vitaminas.

Compró el multivitamínico más barato. La carne no encajaba en el presupuesto.

Al tercer año, dejó de pesarse. El espejo del baño era suficiente: el rostro más hendido, unos toques amarillos en las ojeras, el pelo opaco. Encontró en Humana, en la calle Labradores, un abrigo azul marino casi sin taras y empezó a llevarlo. La dependienta, una mujer que ya peina bastantes canas, se lo dijo:

Buen abrigo. Éste dura.

Ya lo sé respondió Clara.

Por aquí todas nos conocemos el paño dijo la mujer, y le sonrió con complicidad, sin alegría.

Clara agarró el abrigo, se vio un instante reflejada en el escaparate. Se quedó quieta un segundo, y luego volvió a andar.

Arturo seguía dándole ánimo. Se le daba bien. Sabía hacer que creyeras en el futuro, que sólo había que esperar un poco más para que todo funcionara. Repetía ya queda poco tantas veces que se convirtió en la música de fondo de Clara: la oyes, pero no le prestas atención.

Eres una campeona decía cuando veía que aguantaba la cena sencilla. Una espartana de verdad. Así se sale adelante.

Clara sonreía, pero no era una sonrisa alegre, sino casi de acto reflejo.

A veces llamaba a su hija. Ainhoa vivía en Tarragona, con marido y dos hijos, llamaba poco y rápido, iba siempre de una cosa a la otra. Clara no le contaba penurias. No sabía, ni quería.

¿Cómo estás, mamá?

Bien, seguimos ahorrando para la casa.

¿Aún seguís con eso?

Ya casi, hija. Falta poco.

Sois un par de campeones.

Y la conversación se desviaba a los nietos, al tiempo. Clara colgaba y volvía a la cocina.

Ese otoño, el tercero del ahorro, Clara descubrió que los olores se le habían hecho más intensos. Quizá era el cuerpo, privado de tantas cosas, desarrollando sentidos. Notaba el aroma de los perfumes en la camisa de Arturo desde principios de octubre. Una vez pensó que era su imaginación, o que alguien en el autobús tenía ese perfume.

En noviembre, regresó Arturo más tarde de lo normal, sonriente, rubicundo, alegando una reunión eterna. Cuando fue a colgarle la chaqueta, volvió ese olor: floral, dulce, cálido, sin nombre, pero claramente de mujer, y caro, que no era suyo.

¿Muy cansado?

Sí, tres horas de reunión Insufrible bostezó, se estiró y entró al baño.

Clara colgó el abrigo, se quedó parada. Luego fue a calentar la cena.

Siempre ha sido buena en no pensar en lo que no quiere pensar. Dirigir la mente a otro lado. No por cobardía, sino porque temía el vértigo que trae mirar lo que no queremos ver.

La cuenta conjunta seguía aumentando fielmente. Arturo le mostraba cada mes el extracto. Clara miraba las cifras y sentía aquel temblor de esperanza. Subían, no mucho, pero subían.

¿Ves? Arturo le enseñaba el móvil. Ya casi. Para primavera seguro que damos el primer paso.

¿El primer paso cuál es?

Negociar con los de Vistalegre. Hablar con los dueños, regatear. Ya sabes.

Clara asentía. No tenía ni idea de trámites, esa era su parte. Él hacía papeles, ella ahorraba.

En diciembre empezó a llegar más tarde. Fiestas de empresa, lo justificaba. Diciembre, todos salen a cenar, no se puede huir si no quieres quedar excluido. Clara lo entendía. Siempre entendía.

Una de esas noches, a mediados de mes, volvió casi a la una y tenía el aire relajado, no de alguien que lleva siete horas de sobremesa con colegas, sino de quien ha pasado un buen rato, ojos despejados, voz tranquila, mejillas rosadas pero no de fiesta ni de frío. O como quien ha tenido una buena noche.

¿Te has divertido?

Es lo que hay, Clara. Pero ya verás en Vistalegre, sin cenas ni oficinas.

Un beso en la sien y a la cama. Clara se quedó en la cocina, oyendo el zumbido de la vieja Balay, viendo el manto inerte de nieve disolviéndose tras el cristal.

En enero encontró el recibo.

Como todo lo decisivo, fue por casualidad. Iba a limpiar la americana nueva de Arturo la azul oscura de la Nochevieja, la cogió de la silla del dormitorio y fue a meter la mano en los bolsillos, rutina de siempre.

El papel era blanco, pequeño, casi cuadrado.

Restaurante La Ostrería de Salamanca. Fecha: veintiocho de diciembre. Monto.

Clara se quedó mirando la cifra largo rato, repitiéndola mentalmente. Luego bajó la mirada a la acera. Una mujer pasaba delante con un perro inquieto.

La cantidad era, literalmente, el presupuesto mensual de alimentos de ambos. Todo, el que Clara estiraba en legumbres, pasta barata, infusiones del día en oferta, aceite de girasol en lugar de oliva. El que marcaba con precisión, gramo a gramo.

Guardó el recibo en el mismo bolsillo. Colgó la americana en el armario y volvió a la cocina.

La Balay rugía.

Llenó el vaso, lo bebió, lo dejó, volvió a tenerlo en la mano.

Arturo trabajaba hasta las nueve. Ella sólo necesitaba el ordenador en casa para sus gestiones. Hoy no había faena, estaba sola.

Pensaba en quién iría a la Ostrería en Navidad. Ella nunca la había pisado; sólo visto carteles: manteles blancos, lámparas de araña. Un restaurante así no era barato.

Ese día dijo que iban a ver a Íñigo, amigo suyo de la facultad pensó.

Volvió a casa a las diez, no olía vino, sino aquel deje floral y dulce.

Clara se negó a sacar conclusiones. Se mantuvo a distancia de sus pensamientos. Quizá había ido solo. O una comida de trabajo. Quizá.

Por la noche, mientras él cenaba y manejaba el móvil, le preguntó sin mirar:

¿Es caro La Ostrería de Salamanca?

Él levantó la mirada una décima de segundo.

Ni idea. Nunca he estado.

Ah. Vi un anuncio.

Siguió con el móvil. Clara tomó su té.

Febrero trajo frío y silencio. Clara seguía con el abrigo azul marino del Humana, mantenía las manos calientes con la taza, tiritaba en el bus. Las jaquecas se intensificaban. Volvió al ambulatorio; la doctora no tenía consejos nuevos: Aliméntate mejor, toma vitaminas.

Ya tomo respondió Clara.

¿Cuáles?

Ella las enumeró.

Esas son las de lo más básico. Si puedes…

No puedo, doctora.

No insistieron más.

En febrero, Arturo se mostraba especialmente jovial. Aparecían cinturones nuevos, zapatos que no eran los de siempre, botines marrones de piel pulida que no eran precisamente ganga.

¿Nuevos?

En rebajas. Los viejos estaban para tirar.

¿En rebajas? repitió Clara.

Obvio, no me compro marcas.

Asintió.

En marzo, vio un aviso en el móvil de Arturo. El móvil vibró solo, él estaba en la ducha, Clara hacía como que leía.

Nombre del concesionario: Motor León.

Mensaje: Su León Transit está listo. Lazo rojo como solicitó. Puede pasar a recogerlo.

Clara se quedó quieta.
Era un todoterreno, caro. El lazo rojo era típico de coches regalo. Lo visualizó esa noche, mientras escuchaba el respirar de Arturo. Regale un León Transit con lazo rojo. Tal cual su anuncio.

Pensó en las lentejas, en las vitaminas de euro y medio, en el abrigo de segunda mano, en que hacía dos años no iba a la peluquería. Pensó en la cuenta compartida.

Al día siguiente consultó el saldo. Medio minuto de música de espera, una voz, una cifra. El dinero era la mitad de lo que debería haber.

Dos años de economía, reducido a la mitad.

Sentada frente al mantel de flores, frotaba una mancha de café que ya era indefinible. Sólo una mancha más.

¡Clara! gritó Arturo desde el salón. ¿Pusiste el agua a calentar?

Voy.

Llenó el cazo.

A partir de ese día, no pudo evitar vigilarle. No le gustaba pensarse así, pero el jueves en que aseguró tener cena con clientes, salió a la calle media hora después que él, por pura inercia. Encontró su coche, la Ibiza, no en la oficina ni en el restaurante corporativo, sino frente al centro comercial Vega Plaza.

Entró. Lo vio en la planta alta, frente a la joyería, hablando con una rubia de moño impecable y abrigo camel. Estaban muy próximos, con la confianza de quien conoce bien el cuerpo del otro.

Clara no se acercó. Se quedó tras una columna, simulando mirar el móvil.

Arturo dijo algo, la mujer respondió con una risa. Luego el dependiente enseñó algo sobre un paño terciopelo; un colgante, quizá una pulsera. Arturo pagó con tarjeta, sin titubeos. Salieron juntos.

Clara permaneció quieta.

El centro estaba lleno de gente, olor a comida rápida, la radio sonando, niños correteando. Esperó un poco, luego salió.

En la calle ocupó un banco y contempló los coches, los charcos, el humo del tráfico. No lloraba; sentía un peso compacto, insondable, como tierra húmeda bajo la nieve. Ni pena siquiera, sólo una certeza, sorda y densa.

Días siguientes simuló normalidad. Hacía la cena, mantenía la casa. Arturo no detectaba nada. O fingía.

Un jueves le siguió hasta un pequeño parque donde encontró a la mujer del abrigo camel. Charlaron, rieron, caminaban juntos. Se detuvieron, él sacó un pequeño paquete, ella lo abrió, se abrazaron y se besaron.

Clara los observó, miró sus propias manos enfundadas en guantes desgastados, piel rojiza por el frío.

Volvió a casa andando, miró el asfalto bajo la lluvia, los faroles encendiéndose, sin prisa.

Al llegar, sacó la vieja maleta del altillo, la llenó sólo con sus cosas, lo esencial: ropa, documentos, la cartilla, la pensión, los ahorros que había ido escondiendo de poco en poco. El abrigo azul del Humana colgado e impecable, pero escogió el chaquetón burdeos, más suyo, aunque antiguo.

Cogió papel y boli.

«Gracias por el recibo de la Ostrería y el lazo rojo. Espero que estuviera a tu gusto».

Nada más. Lo dejó sobre la mesa, junto a la mancha de café.

Cerró la puerta, el zumbido de la Balay era igual de impasible.

Bueno dijo Clara apenas audible. Hasta luego.

Dejó la llave bajo el felpudo. No por pacto, por despejar.

La calle de los Artesanos seguía su curso. Gente con bolsas, una señora paseando perro, el quiosco de flores encendido.

Clara no dudó al caminar. Sabía su destino.

A dos manzanas está el supermercado Delicias Selectas. Cada semana lo pasaba de largo; era caro, bonito, con escaparates luminosos y fruta reluciente. Lugar de gente que compra por placer, no por precio.

Entró.

Enseguida notó el olor a pan recién hecho y café, la música suave, la luz cálida.

Tomó un cesto, paseó por el pasillo.

Se detuvo en la pescadería: rodajas de bonito, atún rojo, pescados brillantes sobre hielo. Se decidió por un lomo de atún.

Buscó las ostras. Seis piezas en bandeja. Cogió una.

En la zona de quesos, eligió uno azul, en corteza cerúlea. Pan integral de semillas, costra crujiente, nada de barras baratas.

Del estante de cafés escogió uno recién tostado, paquete azul oscuro, etíope, aroma a arándanos y chocolate, prometía.

En la caja depositó cuidadosamente la compra y pagó con su tarjeta asociada a la cartilla.

Con la bolsa se fue hacia un hotel modesto en el centro.

En la habitación, abrió la compra, la dispuso en la mesita, pidió en recepción un cuchillo para ostras. Se lo trajeron.

¿Sabe usarlos? preguntó la recepcionista.

Sí, gracias.

Con torpeza pero firme, abrió cada ostra, degustó la sal del mar, mordió el atún, pan, queso. Preparó el café en la jarrita eléctrica de la habitación.

Comió despacio, sintiendo el sabor verdadero, no de supervivencia, sino de disfrute, recordando sus años jóvenes, cuando una ostra era una celebración y el queso azul, un capricho.

No pensó en Arturo, ni en la casa prometida, ni en el futuro. Solo en sí misma, recuperada, presente. Sentía que volvía a ser ella y no solo una resistente, no sólo una que soporta. Devolvía importancia a elegir lo sencillo, lo propio.

Apuró el café etíope, escuchó la ciudad amortiguada tras los cristales.

Hola murmuró, más a sí misma. Buenos días.

Y volvió a llenar la taza.

No sabía dónde dormiría la semana siguiente, ni si hablaría con Arturo again, ni cómo encontraría ese hogar con manzanos y lilos, verdadero, suyo. Si llamaría a su hija hoy o lo dejaría para mañana. Si dolería más al despertar.

No sabía nada de eso.

Pero esta noche, suya, era suficiente.

**

Se despertó antes del despertador, contemplando el techo blanco, con una mancha cerca del rodapié. Desconocida, pero no pesada. Se levantó, se lavó la cara, se peinó. El rostro, aún marcado y ojeroso, parecía otro.

Abandonó la contemplación, se puso el chaquetón, tomó la maleta. Pensó en llamar a Teresa. Antes, llamó a su hija: “Estoy bien, me quedo unos días fuera, hablamos mañana”. No dio explicaciones.

Bajó al hostal y pidió un desayuno: tortilla, tostadas, café. De verdad. Lo sostuvo en las manos como lo imprescindible.

En la mesa de al lado, una anciana leía un libro, ensimismada, bebiendo de su taza. Clara pensó que las mujeres que leen solas no están solas, sino ocupadas en sí mismas.

Desayunó despacio.

Mensaje a Teresa: “¿Puedo ir hoy? Te cuento todo”.

Por supuesto, te espero con té, respondió ella.

Clara colgó, terminó el café, salió.

El aire de marzo empezaba a cambiar, no era completamente primavera, ni quedaba ya invierno. En la acera vio una urraca que la miraba, sabia y distante.

¿Y tú qué opinas? susurró Clara.

El ave saltó a otra rama, a sus asuntos.

Clara sonrió discretamente.

Subió al autobús, buscó una ventanilla. Al mirar al exterior, pensó en cuánto tiempo llevaba sin ver la ciudad, absorbida en cuenta, cifras, planes, ahora ajenos. Pero el mundo seguía.

Se detuvo el bus en un semáforo. En el coche vecino, una mujer de unos cincuenta cantaba, despreocupada.

Clara observó, reconcilió silencios, y cuando el bus reanudó la marcha, recostada, admitió que el teléfono podía no sonar y que Arturo ahora era asunto suyo y sólo suyo.

Tenía lo suyo.

Iba a casa de Teresa, donde habría té y charla larga. Luego vendría otro día, y más sin certezas. No habría felicidad servida. Vendría la incomodidad, el miedo, el cansancio, las preguntas sin respuesta.

Pero también lo otro.

El café que huele a arándanos.

La ostra salina.

El espejo que puede mirar sin extrañeza.

No es mucho, pero tampoco nada.

Y quizás, pensó, los manzanos existen de verdad. Igual que los lilas y las casas con banco y porche. No es algo que te den; es lo que tú misma logras encontrar, cuando vuelves.

Quizá, aún no.

Por ahora, es solo esto: autobús, ventana, marzo que no es aún primavera. El principio de algo.

Y eso, para Clara, basta.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

16 − 2 =

El lazo rojo
La gente presume de lujos: Frigoríficos inteligentes que te responden, Coches que pitan si respiras mal, Herramientas de jardín que cuestan más que la fianza de mi primer piso en Madrid. ¿Y yo? Tengo un cortacésped viejo con la pintura descascarillada, un arranque de cuerda enrabietado y la testarudez de una cabra montesa. Ella llegó a mi vida como llegan la mayoría de los objetos que te salvan: por accidente y necesidad. Mi ex la compró hace años por cuatro duros en un mercadillo de barrio, cuando aún éramos “nosotros”, cuando creíamos en el “para siempre” y pagábamos las facturas puntualmente. Cuando llegó el divorcio, repartimos lo que pudimos. Él se fue con lo grande, con lo que luce en las fotos. Yo me quedé con lo que mantiene la vida en marcha. Unos básicos de cocina. Una aspiradora que suena a funeral. Y el cortacésped, porque el césped no entiende de cuentas en números rojos. No me lo quedé por nostalgia, me lo quedé porque no podía permitirme reemplazarlo. Y entonces, el tiempo hizo su magia rara. La vida de mi ex se desmontó al viento como hojas secas—malas decisiones, excusas cada vez más ruidosas, opiniones más extrañas. Me enteraba por gente que siempre adoptaba ese tonillo cauto de quien teme romper algo frágil. Él perdió lo gordo. El campaneo. Lo que vende fachada. Mientras tanto, yo seguí con el cortacésped. Y los años se fueron sumando. Once años llevándolo yo. Once años aprendiendo a hacer las cosas sin otro par de manos. Once años arreglando, apañando, haciéndolo funcionar. Eso sí: No tengo sitio para guardarlo. Nada de cobertizo acogedor. Nada de garaje climatizado. Ni “sitio decente” para la herramienta. Así que el cortacésped pasa el año fuera, a la intemperie, regalándose al invierno de Castilla, que no perdona. Ese frío que parte plásticos y hace doler el metal. Que pone al viento en modo amenaza, que convierte la nieve en plomo. Cada año me preparo para lo peor. Cada primavera salgo afuera, como quien se acerca a un viejo amigo que tal vez ya no te reconozca. Le quito la tierra. Le saco las hojas muertas incrustadas en rincones que no son suyos. Reviso la gasolina como quien toma el pulso. Aprieto ese botoncito de goma, el corazón pequeño que bombea vida al motor. Escucho ese sonido mínimo. Esa promesa leve. Luego, el ritual: Planto los pies—talla 38, nada de botas de mecánico, pero sirven— Agarro la manivela. Tiro del cable. Nada. Vuelvo a tirar. Nada. Una tercera vez, y le rezo lo que se me ocurre a los dioses antiguos: Por favor. Este año no. Hoy no. Porque si no arranca, no es solo un fastidio. Es un gasto nuevo. Un problema más. Una señal de que la vida puede torcerse sin avisar. Y entonces, como enfadada por dudar de ella— ruge. Nada de delicadezas. Nada de modales. Arranca con ese gruñido áspero que dice: Aquí sigo. Vamos allá. Cada primavera. Once primaveras. Después de la lluvia, la nieve, el hielo, el barro, las olas de calor, todo lo que el cielo le haya querido lanzar—ella sigue arrancando y cumpliendo su función. Y cada vez que lo hace, siento esta gratitud absurda y tierna crecerme en el pecho. No porque sea un cortacésped. Porque es una prueba. Demuestra que algo puede ser viejo y estar lleno de defectos y, aun así, cumplir. Demuestra que aguantar no siempre luce bonito. Que sobrevivir no exige brillar, solo tozudez. De las victorias calladas apenas se habla. Se celebran los grandes “cambios de vida”, los “coche nuevo, casa nueva, vida nueva”. Pero la victoria real a veces es otra: Una máquina que se niega a morir. Una mujer que sigue tirando, pase lo que pase. Un césped que se corta porque alguien—yo—elige cada vez encargarse. Ahora tengo 50. La espalda se queja más. La paciencia me baila. El presupuesto sigue en equilibrio imposible. Pero cuando ese cortacésped arranca, me quedo ahí sonriendo, manos al manillar, pelo probablemente revuelto, escuchando su rugido como si me animara. Ella no sabe mi historia. Pero forma parte de ella. Así que sí. Quiero a mi cortacésped. No porque sea elegante. Porque es fiel. Y en un mundo donde todo parece romperse, la fidelidad es casi un milagro. 💚 Gracias por leer mi historia.