FIFA: La pasión del fútbol en España

¡Vaya pinta! ¡Pero mira cómo viene! La gente decente, como es debido, se levanta temprano para ir a trabajar, y ella… ¿a dónde va ahí, por nuestro barro, con esos pantalones blancos?

Pero si nunca va andando, mujer. Siempre en ese coche suyo ¡Que parece un autobús!

Bastante que va vestida, deberías dar las gracias. ¿Has visto lo que lleva en el cuello?

No, ¿qué es?

¡Un tatuaje! ¡Eso es! ¿¡Quién se hace eso!? Parece que ha salido de la cárcel, por Dios. Tan joven y ya así, toda marcada. ¿Qué habría dicho su madre si lo hubiera visto? Sin control, un alma extraviada…

El banco de la entrada se llenó de murmullos, todas mirando cómo Julia se alejaba. Y claro, ¿qué otra cosa iban a hacer? Las bolsas del mercado ya aguardaban a sus pies y, total, en casa nada nuevo les esperaba, solo la rutina de siempre. Al menos así se distraían, respiraban un poco, que si no, todo lo mismo Hijos grandes o pequeños, cocinar, limpiar Ya no queda alegría, salvo algún día de fiesta, porque esa alegría, ¿de dónde sacarla? La vida para las de a pie no tiene tantas dichas. Los problemas mandan, el cómo dar de comer a los hijos y ayudarles si hay apuro. Lo poco de felicidad es traerle algo bueno a los nietos y besar esas cabecitas calientes, y aun así, no todas tienen esa suerte.

Mira, sin ir más lejos, los hijos de doña Gracia le dijeron que de nietos, ni hablar, que ahora lo moderno es viajar a las Canarias o a la Costa del Sol, no cargar con preocupaciones, vivir la vida ligera. ¿Cómo lo consiguen? Quizá son como esa Julia, la hija de Natalia.

Y pensar que era una chica normal. Iba al colegio, buenísima estudiante, siempre saludando con educación. Pero desde que faltó su madre, se descuidó. Siempre por ahí, no trabaja, ni estudia. Dicen que se ha metido en algo muy raro: hace tatuajes, ha abierto un salón propio. ¿Pero en qué cabeza cabe?

Cuando, hace unos años, apareció el padre de Julia, todos pensaron que enderezaría a la muchacha, que la pondría en vereda. Pero no, solo le compró ese coche enorme que ocupa medio aparcamiento y luego se marchó, dejándola sola. Y ella, ¡tan jovencita! Al cumplir veinte, ¿cómo iba a dejarla así? A saber si mete a cualquiera en casa. Luego perderá el piso de su madre, el coche ese que trae a todos de cabeza

¡Ahí se va! ¿A dónde? ¿Para qué? ¡Quién sabe! Ni mira atrás ¡Fina, hasta para eso! Con sus pantalones blancos

Julia no tenía tiempo ni cabeza para las habladurías de las vecinas. Suficiente tenía con sus propios líos. El día se le escapaba de las manos, siempre con la sensación de que necesitaría unas horas más. Su madre siempre le decía: Julia, tienes que aprender a aprovechar el tiempo, de eso depende mucho.

Mamá, ¿cómo se hace para que el tiempo te rinda?

No lo maltrates. Ocúpalo en lo que te importa de verdad. Y deja un rato, por poco que sea, para distraerte o descansar, también es necesario. Si solo haces obligaciones, acabarás agotada y amargada. Haz hueco también a reír o descansar, que no eres de piedra.

A Julia esos consejos le sonaban, los recordaba, pero seguirlos siempre costaba. Hasta compró una agenda y ni así. Las tareas parecían multiplicarse. Hoy tenía tres clases en la facultad y solo podía ir a una, porque dos clientes habían pedido cita con ella, tenía que pasar por casa de Carmen, y donde Carmen está Santi, y eso nunca es cosa de cinco minutos. Luego ir con Arturo a ayudarle con unas cajas Y aún quedar con los nuevos clientes, que la semana siguiente había que viajar y ni sabía aún sus nombres. ¡Ojalá dar abasto

El atasco se quebró un poco, Julia tocó el acelerador. El coche respondió, suave y seguro, casi tranquilizador: Tranquila, todo irá bien, para eso me tienes. Así ahorramos tiempo, como quiso tu padre.

Julia acarició el volante, casi en voz baja: Gracias, papá

Si alguien le hubiese dicho unos años atrás que agradecería algo a su padre, se hubiese reído en su cara. Lo había odiado casi tanto como podía recordar.

Su madre nunca le habló mal del padre, todo lo contrario, decía que era muy listo y que a ella se le pegaba todo de él. Pero Julia nunca entendió cómo una persona así podía abandonar a su hija y marcharse tan lejos, sin volver a preguntar por ella.

La rabia y el dolor de ausencia se le hicieron piedra en el alma. En la guardería, cuando las demás bailaban con sus padres en las fiestas infantiles, Julia se quedaba sola, con los ojos secos, sin permitir que se le escapara ni una lágrima. En el colegio, cuando la hacían de menos, apretaba los dientes en silencio y, si hacía falta, devolvía el golpe, mirando con envidia a las niñas que decían: Se lo diré a mi papá.

La ruptura con su mejor amiga, Ana, llegó justo antes de acabar el instituto. Hablaban de a qué universidad ir, y Ana le soltó: Mi padre me paga la carrera donde yo quiera, y si apruebo el examen de acceso, me comprará un coche. Julia supo que su amistad había terminado ahí. Era más una herida de orgullo, sentirse expuesta frente a quien mejor la conocía, que envidia como tal.

Nunca fue de envidiar. Con su madre, siempre vivió bien, incluso viajaron fuera de España, y tenía ropa bonita, teléfono recién salido para su cumpleaños. Pero ese día, además del regalo, apareció en la puerta la figura que había soñado ver toda la vida.

El escándalo fue de órdago. Julia gritando, llorando, rechazando las manos de su madre ¡Traidora! ¿Por qué lo has traído? ¡No le quiero ver!

Ella ignoraba que su madre, guardando el secreto, ya sabía que el tiempo se acababa y que pronto su mundo se rompería en mil pedazos, que nada volvería a ser tan sólido como creía.

Tuvo que escuchar la verdad. Que sus padres fueron jóvenes y torpes; que Julia llegó sin verdaderamente ser deseada por ninguna de las dos familias, que todo fueron reproches y carreras truncadas cuando ambos tuvieron que dejarlo todo para criarla. Las heridas siempre abiertas, el resentimiento, y encima, nació niña y no niñouna decepción más. Al final, se marchó con su madre y el padre ni supo cuándo había dejado de ver a su hija.

Él te buscó. Y yo no se lo permití Decidí cortar todo. No es tu hija, le dije

¡Madre mía, mamá! ¿Y por qué?

Me parecía lo mejor. Para nosotras, para ti, para mí. Quería evitarte el daño, como pude

Escuchando la confesión, Julia limpió la tierra caída del macetero del alféizar, mientras su cabeza daba vueltas. Limpió, como si así pudiera borrar las huellas del pasado. Luego, sentada junto a la cama de su madre, le pidió honestidad absoluta y la escuchó en silencio.

Supo entonces que la vida es una cosa rara: lo que hoy te resulta claro, mañana se hace añicos con una sola palabra nueva. Y nadie te dice qué hacer; solo tú decides el paso siguiente.

Si había perdonado o no a su madre, no lo tenía claro. Pero agradecía al menos saber, ahora sí, casi toda la verdad. Lo más imprescindible quedaba entre la madre y el padre, en esas noches de hospital en que él sujetaba sus manos incómodamente finas, consolándola en las peores horas.

De eso no quiso preguntar nunca Julia a su padre. Ni hacía falta; había bastante ya con aprender a convivir juntos. Él se negó a dejarla sola con la tía, y prometió estar hasta que ella alcanzara la mayoría de edad.

Natalia, su madre, alargó su vida casi dos años por encima del pronóstico. Fueron tiempos duros, pero los más felices y amargos de la vida de Julia, que lloraba porque el destino les había dado tan poco tiempo.

Fue entonces cuando Julia empezó a dibujar. Nunca antes lo tomó en serio, aunque de niña llenaba cuadernos de rayas y figuras sin sentido. Hasta que un día, su padre, mirando sus bocetos, se quitó la camiseta y le mostró la espalda: una preciosísima obra tatuada, hecha por un amigo suyo.

¿Quieres que te lo presente? A lo mejor te enseña el oficio.

¡Me encantaría!

Tan natural como eso, sin que nadie lo notara, Julia vivió casi un año en Madrid, aprendiendo de los mejores. Luego decidió volver a su ciudad natal.

Necesito volver a casa, papá

Su padre lo comprendió, no intentó detenerla. Le pidió que esperara unas semanas, viajó, y cuando regresó, le ayudó a recoger y le dejó sobre la mesa de la cocina las llaves y una carpeta.

Aquí tienes. El coche, ya es tuyo. Y esto. Era la escritura del local en el centro. Lo justo; ni grande ni pequeño. Ya tienes tu salón. Y sin dejar de estudiar, ¿eh? Tu oficio es bueno, pero la universidad también te servirá.

Julia, feliz casi sin creérselo, agradeció en silencio. Abrieron el negocio, el padre organizó todo y después se marchó con su familia, no sin prometerle que estaría cerca de ella.

Fue por entonces, en medio de la avalancha de estudios y trabajo, cuando apareció Carmen en el salón. Mujer elegante pero agotada, vestía bien, aunque el rostro decía más de preocupaciones y noches sin dormir que de dinero.

¿Puedo hablar con la artista? dijo, sin tomarse a Julia en serio.

Julia sonrió de lado, le mostró un cuaderno y le pidió confianza.

Aquí están mis trabajos. Si te gusta, cuéntame lo que quieres.

Carmen subió la manga del suéter y, tragando lágrimas, pidió que el nombre de su hija quedara visible en el antebrazo. Mientras la máquina comenzaba, Julia cerró con llave y bajó la persiana. Cuando acabó, Carmen solo alcanzó a decir una palabra: Sofía.

Unos días después se cruzaron en el hospital donde Julia visitaba a su tía. Carmen la reconoció:

Le ha encantado dijo, a Sofía le gustaría conocerte.

Allí nació una amistad improvisada. Sofía era una niña extraña, con gafas gruesas y un ojo tapado, divertida y habladora. Llevó a Julia por el parque a buscar ardillas.

¿Traes nueces? ¿Pipas? ¿Nada? ¿Y a las ardillas qué les das?

La pequeña le explicó con la seriedad propia de los infantes observadores que las ardillas del parque se volverían gordas si seguía trayéndoles frutos, pero no podían evitar saltar, así que Julia le aseguró que no engordarían.

En cada encuetro, Julia se iba encariñando más con aquella niña, mientras la relación con Carmen se volvía poco a poco más sólida. Solo con el tiempo Carmen le confió lo grave que era la enfermedad de Sofía y cómo, por suerte, el nuevo médico, Arturo, le dio esperanza con una operación.

Las noches de más nervios las pasaron solas en el salón de Julia, charlando, llorando y riendo juntas, hasta que una mañana Julia acompañó a Carmen de vuelta al hospital, insistiendo en que no tenía prisa.

La operación salió bien. Cuando Sofía estaba de nuevo de buen humor, se obsesionó con la idea de ver muchas ardillas, preferentemente en los parques de Madrid.

Pronto viajaremos, para que aprendas a ver mejor. Allí te espera la rehabilitación, y el amigo de Julia ya lo ha preparado todo.

¿Y Arturo vendrá?

No, tiene mucho trabajo aquí le respondió Carmen, y tuvo que reprender a la niña cuando empezó a llamar a los adultos por su nombre de pila.

Es que Arturo quiere mucho a Julia remató Sofía, muy convencida. Carmen tuvo que reír, y vio claramente que los mayores se complicaban demasiado, que los sentimientos eran obvios incluso para una niña.

Con los días Julia y Arturo siguieron viéndose por el hospital, a veces para charlar de cualquier cosa, aunque por dentro ambos se morían de ganas de acercarse. Ni el uno ni el otro se atrevía al primer paso.

Sofía, tras la recuperación en Madrid, convenció a Carmen de volver al hospital una última vez.

Tengo que decirle algo a Arturo, que si no, no me quedo tranquila.

Y Sofía, ni corta ni perezosa, le preguntó al médico por qué no le decía a Julia lo que sentía.

Es complicado, Sofía.

No, tú lo complicas, que eres mayor. Si solo te falta valor.

Arturo titubeaba, le confesó sus dudas sobre casa, dinero, futuro. Sofía le miró muy seria:

¿Y el amor no basta? Porque a lo mejor para Julia sí Bah, los adultos sois un lío.

Luego, tiró de su madre y se fue hacia el salón de Julia.

Por su parte, Julia, cerrando el salón esa tarde, tomó una decisión. Si tenía el coraje de esa niña, ¿por qué iba a seguir perdiendo tiempo?

Arturo estaba esperándola en la calle. Una palabra simple bastó:

Hola.

Meses después, el banco de la entrada volvió a ser un hervidero de comentarios. Julia, con novio, parecía otro chisme más a disposición de las vecinas, que todo lo discutían.

Claro, nadie entendió al principio por qué ese chico trajo sus cosas, si era digno de confianza, si había que llamar al padre de Julia Ni mucho menos comprendieron la estampa, meses después, cuando Julia, vestida de blanco, bajó con un vestido espectacular donde se dejaba ver su tatuaje, lucido con orgullo.

Ahí estaban todos: Arturo, llevándola del brazo, Sofía vendiéndola en broma (Ya es tuya, me debes un helado), Carmen llorando de alegría, y amigos que llegaron con flores y abrazos, sin que nadie supiera exactamente quiénes eran.

Y la escena: Julia quitándose los zapatos de tacón antes de subir al coche, pidiendo sus zapatillas, porque con estos zapatos de novia no se puede conducir. Y Arturo, agachándose para atarle los cordones, mientras Carmen sacaba del maletero el par adecuado.

Todo a su manera suspiraban las de la entrada.

Claro, ¡es que Julia siempre fue especial!

Y no había más que hablar. Aquella historia, la de Julia y los suyos, fue extraña, distinta, pero tan real como cualquier cuento del barrio. Una historia para recordar cuando la vida parece solo rutina y habladurías. Porque incluso aquí, entre vecinos y murmullos, a veces, la felicidad se cuela de puntillas en zapatillas, con un tatuaje al aire y las ganas intactas de vivir.

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