Te cuento, como si estuviéramos conversando tú y yo en una tarde de invierno cualquiera, esa historia que viví una Nochevieja en la sierra de Segovia. Mira, en invierno ahí anochece pronto, y si encima cae una nevada como la que cayó esa noche, parece que la oscuridad lo traga todo antes de tiempo. A eso de las siete, al otro lado de la ventana, no se veía más que el blanco uniforme del ventisquero, y el sonido del viento empujando la nieve contra los cristales, que luego resbalaba despacio hacia el alféizar.
Estaba sentada en la mesa del salón, revisando por enésima vez la revisión del último manuscrito que me había mandado la editorial. No era urgente: tenía entrega para el dos de enero, pero yo soy de esas que prefieren quitarse las cosas de encima cuanto antes. ¿Y qué otra cosa se puede hacer en Nochevieja si estás sola, a setenta kilómetros del núcleo urbano más cercano, y hace años que no ves la tele?
La casa de Sepúlveda la compramos Luis y yo hace veinte años. Al principio, la usamos de verano, como un retiro para oxigenarnos. Pero cuando Luis falleció, la ciudad dejó de tener sentido para mí. Así que me vine aquí del todo, con el portátil, mis manuscritos y mi gata, que se llama Trini y que, ajena al viento, dormía la mona sobre el radiador.
Los vecinos al principio me miraban con esa mezcla de compasión y respeto, pero a los dos años se acostumbraron. Ya soy parte del paisaje: Soledad Román, la editora de la casa de las contraventanas azules, que sale cada tres días a por pan y correo, y poco más. Decente, discreta, la vecina ideal.
Encima de la mesa tenía la copia impresa del manuscrito. Arriba, el nombre del autor: A. Martín. Ocho meses corrigiendo ese libro. Ocho meses sugiriendo cambios, discutiéndolos por email, recibiendo ese típico aceptado o rechazado, y luego vuelta a la carga. No conocía al autor: nombre, inicial y novela, trescientas ochenta páginas sobre un hombre perdido que, al final, se encontraba a sí mismo. Buena novela, te lo digo de verdad; porque entre muchísimas mediocridades, esta tenía esa voz auténtica que no se aprende en talleres. O la tienes o no la tienes. Y quien la tiene suele temerla.
A eso de las siete y media sonó el móvil. Era Carmen de la editorial, con ese tono de culpa de quien sabe que es fiesta:
Sole, ¿cómo lo llevas? ¿Para cuándo lo tienes?
El día dos, sin falta le solté.
Venga ya, mujer, si hasta después de Reyes hay margen…
El dos, Carmen le repetí.
Ella supo que ni caso podía hacerme y colgó tras un par de frases. Volví entonces a la página que llevaba tres días atascada. La 117, tercer párrafo empezando por arriba. Esa frase que sabía que no encajaba, pero no sabía el motivo. El ritmo, ese era el problema. Era larga, se hundía el texto, pero no quería que se perdiera lo esencial. Probé cinco versiones. A la sexta me salió. Lo apunté, lo releí, quedé contenta, y cerré el portátil.
Dos horas después, justo antes de las diez, oí el golpe. No en la ventana, en la puerta. Al principio pensé que era el aire, pero el viento no llama, el viento empuja. Esto era un golpeteo claro, tres veces, luego dos.
Trini solo abrió un ojo y siguió con lo suyo.
Fui a la ventana y aparté la cortina. Allí estaba, un tipo solo en el portal, sin coche a la vista, perdido entre la nieve con un abrigo que no abrigaba nada. La farola de la verja temblaba con el ventarrón y le iluminaba la cara desencajada de frío, pero no de amenaza.
En el pueblo no se deja a alguien fuera en una nevada.
Me puse la cazadora y abrí.
Buenas noches dijo él en voz baja, medio ronca. Perdone la hora. El móvil sin batería, el coche encallado, y vi luz en su casa.
Alto. No traía bolsa ni mochila, solo los anteojos en una mano. Los cristales empañados, ni veía.
Pase, por favor le dije.
Entró despacio, con ese cuidado de quien sabe que ha invadido terreno ajeno y quiere no molestar. Mientras se quitaba la bufanda y el abrigo empapado, puse el hervidor. Solo cuando tuvo calor de manos, se puso las gafas.
Cuelgue ahí, si quiere le indiqué el gancho junto al espejo.
Gracias. Soy Andrés dijo él.
Soledad. Pase a la cocina.
En estos pueblos nos conocemos todos. El pueblo vecino, Navares, está a seis kilómetros atravesando el encinar. Allí solo quedan algunas casas abiertas en verano; ahora, un desierto. Sus pueblos y el nuestro, unidos por el bosque y la carretera que en invierno sólo se conoce el cartero.
¿Es usted de Navares? le pregunté mientras se sentaba.
Eso es. Compré una casa en otoño, y vine ahora por primera vez. No pensé que el invierno aquí era otra historia…
¿No miró la predicción?
Sí, decían nieblas y algo de nieve.
Eso es distinto en la carretera.
Ahora ya lo sé.
Le puse una taza de té caliente. Se la cogió como si le fuera la vida.
El coche no me preocupa dijo. Vendrán a sacarlo, pero tengo que llamar.
Le ofrecí el cable de cargar el móvil, de esos que cualquier casa tiene colgando cerca del microondas. Se lo conectó y volvió al té.
¿Vive aquí todo el año? me preguntó.
Cinco años ya. Antes venía solo en verano.
¿Y no echa de menos la ciudad?
No.
No quiso preguntar más, y lo agradecí. El móvil, un modelo viejo y arañado; como el mío. Sabía por experiencia que la carga tarda, así que tenía ahí para rato.
¿Ha comido algo? le pregunté.
Por la mañana. Pensé que solo venía unas horas…
Saqué una olla de puchero de la nevera, lo calenté. No hizo el típico no se moleste, simplemente esperó. Bien hecho.
Mientras comía, el silencio fue cómodo, de esos en los que no hace falta forzar conversación. El viento afuera seguía, Trini ni se inmutaba sobre el radiador, y la luz de la cocina era cálida. Me llamó la atención que esa calma se sentía natural, pese a que en cualquier otra situación, que hubiera alguien extraño en casa sería agobiante. Aquí, no.
Preparé otra ronda de té. La tormenta no paraba. Comimos en silencio, sin apremios.
Aquí hay mucha paz dijo finalmente.
Siempre, menos por el viento.
Pacífico dentro, me refiero. Ni radio, ni tele…
Hay una radio pequeñita, en la ventana. A veces la pongo.
Me contó que en Madrid no podía trabajar sin auriculares, escuchando siempre el ruido de otros tras las paredes. Y sí, era escritor. Llevaba dos años con el mismo libro, que entregó en otoño y luego ya no supo qué hacer.
Eso me sonaba, y no propio, sino de muchos autores que he visto: cuando envían el manuscrito, de repente hay vacío, cuesta arrancar otro. Unos siguen en seguida, otros parecen almas en pena. Cada uno tiene su proceso.
Se pasa le dije.
Ya… aún no.
Trini se animó, fue a olisquearlo, luego volvió a su sitio. Le preguntó si eso era buen signo. Le dije que ni bueno ni malo, pero que mejor si se queda cerca. Se lo tomó en serio. Nos reímos.
¿Puedo preguntar por qué la entrega es el día dos?
Me sorprendí, pero claro, el tipo no tenía por qué saber que podía hacerlo después.
Por costumbre. No dejo para el último día lo que ya casi está.
¿Y no prefiere esperar y celebrar el año?
Aquí no tiene sentido. No celebro especialmente nada.
Lo aceptó. Y se notó que valoraba ese tipo de respuestas sin dramatismos.
Durante una pausa, el viento volvió a sacudir las contraventanas de la casa de al lado. Era de los pocos ruidos apremiantes del lugar.
¿Estaba trabajando cuando llegué?
Sí.
¿A qué se dedica?
Editora literaria.
Él se interesó, de verdad, no por cortesía.
¿No te aplasta trabajar sobre los textos de otros?
Si el texto es malo, sí. Pero si el texto es bueno, lo contrario: te da ganas de mejorarlo, como restaurar un cuadro ya bello. Solo le quitas el polvo que sobra.
Él asintió como quien lo ha vivido. Y entonces pregunté:
¿No te molesta cuando te editan?
Solo si me quitan algo esencial. Si lo echo en falta, era necesario. Si no, sobraba.
Mira, esa frase me pareció propia de quien ha sufrido editar y ser editado de verdad. Me contó que con su primer libro le cambiaron tanto que ya ni era suyo, que fue ingenuo y pensó que en la editorial sabían más. Y que con los años aprendió que saber más no equivale a tener razón.
Le asentí. Tenía razón.
***
Ya era noche cerrada. No se veía ni la verja bajo la nevada y la farola apenas brillaba. Andrés tomaba su segundo té. Trini recorría la casa y comprobé que él no la llamaba por cortesía, cosa que agradecí.
¿Puedo mirar tus libros? preguntó.
Tenía tres baldas junto a la ventana: novela negra, narrativa y de todo un poco. Los ojeó sin tocar, solo leyendo los lomos. Al volver a la mesa, comentó que había muchos detectives.
Para relajarme le confesé. Ahí siempre todo se resuelve.
En la vida, menos.
Quiso saber sobre el manuscrito que estaba corrigiendo.
Es la historia de un hombre que durante años hizo lo que creía correcto, solo para darse cuenta de que lo hacía por miedo a cambiar. Va de la diferencia entre elegir y dejarse llevar por la costumbre.
¿Y el final?
Se va. No de los demás, de sí mismo. El mejor final posible para esa historia, para mí.
Le intrigó saberlo. Había querido otro final, el de volver atrás, pero aceptó razones y, mientras lo contaba, sentí que hablaba más con el autor que con un forastero.
Me preguntó algo que aún nunca nadie me había preguntado así: ¿por qué creía yo que irse era mejor que volver? Le dije, textualmente: Volver responde a ¿dónde? Irse responde a ¿quién soy?. Son mis palabras, no del texto. Lo sintió. Hablamos sobre finales verdaderos y sobre el papel del editor cuando la historia es honesta.
Me contó, entonces, que en el texto que yo revisé había una frase sobre la nieve, que él había escrito de otro modo, larga y densa, mientras yo la recorté para darle ritmo. Me pidió que la leyera como la dejé yo. Se la recité:
La nieve no elige, simplemente se queda cuando todo lo demás se marcha.
Él se quedó callado un buen rato, y sentí que reconocía la frase. Me miró y dijo: Yo puse La nieve no elige hacia dónde ir; solo aguanta lo que no tiene miedo al frío. Reconocí la frase de su manuscrito, la había trabajado tres días.
Caí en la cuenta: él era A. Martín.
No nos sorprendimos del todo. Era todo tan natural que parecía inevitable. Ocho meses trabajando juntos sin vernos, discutiendo en notas al margen: él defendiendo sus puntos, yo los míos. Ahora éramos uno frente al otro. Él no sabía mi nombre completo, solo la inicial; y yo ya le conocía a través de su voz en la página, pero nunca cara a cara.
Le pregunté si prefería su frase a la mía:
La suya es más precisa, la tuya más honesta.
¿Quieres recuperar el original?
No, el ritmo es importante. Deja la tuya.
***
Ya era medianoche. Solo se oía el rumor de la radio portátil, esa que aún conservo desde que Luis la puso en el alféizar esa primera primavera. Sacamos una botella de vino blanco que quedaba en la nevera, la abrimos y brindamos en vasos normales, que yo no tengo copas de cristal. Por el nuevo año, y por la honestidad, que a veces importa más que la precisión.
Las campanadas se oían lejanas. Brindamos, bebimos despacio. Trini suspiró sobre el radiador, la nevada caía suave, y la calma invadió la cocina.
El móvil de Andrés avisó: ya tenía treinta por ciento, podría llamar a la grúa. Pero no se marchó. Asintió, comprendiendo que, aunque sería posible dormir en el sofá del despacho donde estaba la novela revisada, él no estorbaría en mi espacio. Eso también hay que saber entenderlo.
Y antes de irme a por el té una vez más, me dijo:
Me alegro de que el coche acabara en la zanja.
Lo miré.
Yo aún no estoy tan segura.
Es normal contestó.
La tormenta había pasado, el silencio era distinto. Y esa noche, después de cenar y brindar, con un desconocido ya no tan extraño, entendí que hay frases, finales y encuentros que llegan cuando dejas de esperarlos. Que lo que permanece después de todo, muchas veces, es lo verdadero.
Con la gata dormitando al calor del radiador, y el manuscrito en la habitación de al lado, yo me senté frente a Andrés con una taza caliente en las manos y el año nuevo ya empezado. Afuera, la nieve caía mansa, y dentro de casa, por fin, había un poco de compañía.






