¿Os habéis comprado un piso con hipoteca? exclamó con alegría Concha. ¡Qué maravilla, hija mía! ¡Me hace tanta ilusión!
Al otro lado del teléfono, Lucía se rió, y Concha alcanzó a oír la voz de su yerno de fondo.
Mamá, no grites tanto, que aquí las paredes son finas y los vecinos se enteran de todo
¡Que lo sepan! se rió Concha. ¿Cuándo puedo ir a verlo? ¿Hoy? ¿Mañana? Hago una tarta de manzana de esas que tanto le gustan a Diego.
Lucía guardó silencio un instante.
Vente el sábado, que vamos a terminar de montar los muebles.
Ese sábado, Concha se encontró en mitad de un salón enorme y luminoso, dándose vueltas para mirar bien los techos altos, las ventanas anchas, las paredes recién pintadas. El bloque aún olía a pintura y madera nueva.
Tiene una cocina… ¡enorme, mira! Lucía la acompañó por el pasillo. Y un balcón cerrado, perfecto para el carrito luego.
Es precioso Concha pasó la mano por la pared. Diego, ¡menudo crack estás hecho!
El yerno solo se encogió de hombros.
Hacemos lo que podemos, Concha.
Durante la comida, mientras se servía un segundo trozo de tarta, por fin Concha dijo lo que llevaba todo el día dando vueltas en su cabeza.
No os podéis imaginar lo que he sufrido pensando en vosotros. Lucía embarazada de siete meses y viviendo de alquiler, que la casera podía echaros cuando quisiera. ¡Eso no es vida!
Lucía cruzó una mirada rápida con Diego. Concha notó cómo su hija fruncía los labios.
Mamá, nos apañábamos.
Apañándoos, sí Concha dejó el tenedor. Pero yo sin dormir por las noches, pensando: ¿cómo estarán? ¿Si pasa algo? Una criatura necesita estabilidad, una casa propia.
Diego carraspeó y retiró el plato.
El pago es algo elevado, claro. Pero lo tenemos calculado.
¿Muy alto? Concha alzó las cejas.
Lo normal, mamá, respondió Lucía enseguida. Para Madrid, normal.
Concha miró a su hija, a esos hombros tensos, a Diego mirando abstraído las flores del mantel, y lo entendió: los dos tenían miedo. Pero, evidentemente, no lo iban a admitir.
A ver, os digo una cosa se puso seria Concha. Que voy a ayudaros sí o sí, no hay nada que discutir. Y tus padres, Diego, ¿también echarán una mano?
Lo han prometido, asintió Diego. Mi madre dice que intentará aportar algo cada mes.
¿Ves? Concha se recostó en la silla. Saldréis adelante. Juntos se puede, no estáis solos en el mundo.
Lucía sonrió un poco, pero en sus ojos seguía latiendo la preocupación…
En marzo nació Martín, grande, llorón y sanote. Concha acudía cada semana, preparaba pucheros, lavaba ropa de bebé, y paseaba al nieto en su carrito nuevo por los soportales del barrio.
La vida se fue encauzando. Diego consiguió un ascenso, y Lucía ya hablaba de un segundo hijo.
Dos años más tarde nació Inés, y el piso volvió a llenarse de carreras, juguetes por el suelo y noches sin dormir. Concha miraba los ojos alegres de su hija y pensaba que, por fin, todo había salido bien.
Y entonces a Diego le despidieron.
Concha tardó en enterarse. Lucía daba largas, decía que andaban cansados, nada serio. Un día, al presentarse sin avisar, la pilló llorando entre papeles.
No llegamos, mamá susurró Lucía. Llevamos tres meses sin pagar. El banco llama a diario…
Concha ayudó en todo lo que pudo, pidió dinero a la familia, a conocidos, pero eso solo servía para tapar agujeros. Los padres de Diego no podían poner ni un euro más: su padre acababa de estar ingresado.
Y medio año después, el banco se quedó con el piso.
Un día, sentada en casa de su amiga Carmen, Concha no lograba atreverse a probar el té.
Ahora viven en un apartamento pequeño Concha apretó la taza. ¡Dos críos, Carmen! Martín tiene cuatro años, Inés dos. No tienen espacio, se pisan todo el tiempo. ¡Cuatro personas en una habitación!
Carmen negó con la cabeza.
Jo, Concha… ¡qué faena!
Yo les prometí que todo iría bien, las lágrimas de Concha caían en la taza juré que podría ayudar… pero ¿qué puedo hacer? Mi pensión es ridícula, los trabajillos van y vienen… ¡Fui yo la que les animó a lanzarse!
¿Y cómo ibas a saber lo que iba a pasar?
¿Eso consuela a alguien? ¿A los niños les ayuda? ¿O a Lucía?
Concha escondió la cara entre las manos. Pensó que por fin la familia de su hija tenía rumbo, pero ahora era aún peor. Antes, al menos, estaban solos de alquiler. Ahora, con dos hijos…
El tiempo fue pasando…
Al fin Lucía y Diego pagaron la deuda al banco. Y aquello fue la mejor noticia en mucho tiempo.
¿Y ahora qué? preguntó Concha.
A ahorrar otra vez para algo nuestro confesó Lucía. Quizá esta vez algo más pequeño.
Como sea, Concha asintió, aunque su hija por teléfono no lo vería mientras sea vuestro.
Pasaron dos años más. Martín cumplió seis, y Concha apareció en el cumpleaños de su nieto con una caja enorme bajo el brazo. Tardó tres horas en elegir el Lego, tenía que ser el de los coches de carreras, como el que Martín llevaba pidiendo desde el invierno.
¡Abuela! gritó el niño, colgándose de ella ¿Es para mí?
Para ti, claro, le besó la cabeza. Y toma, aún hay más.
Concha sacó un sobre y se lo entregó a Martín. El niño miró dentro y abrió los ojos como platos.
¿Cuánto hay?
Mil euros Concha se acuclilló ¿No querías un móvil nuevo? Pues empieza a ahorrar. Yo te ayudo.
Martín apretó el sobre contra el pecho y salió disparado a enseñárselo a Inés. Lucía, en silencio, miraba la escena desde la puerta de la cocina, pero Concha no se fijó en el gesto extraño de su hija.
Un par de semanas después, Concha llamó a su nieto. Martín contestó al tercer tono.
¡Abuela!
¡Hola, bombón! ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
¡Genial! respondió Martín todo contento Me han comprado ropa nueva para el verano: pantalones cortos, camisetas y unas deportivas que se iluminan cuando corro.
Concha frunció el ceño.
¿Qué ropa? ¿De dónde han sacado el dinero tus padres?
Mamá ha cogido lo que tú me diste soltó Martín, tan tranquilo Dijo que el móvil podía esperar y que la ropa era más importante.
A Concha se le heló la sangre. Notó un nudo caliente subiéndole por el pecho.
¿Me pasas a mamá, por favor?
Está ocupada, abuela.
Vale, cielo, forzó la sonrisa un beso.
Colgó y se quedó sentada diez minutos, fulminada. Ya sabía ella que tendría que volver a poner en cintura a su hija.
Al día siguiente, Concha se plantó en casa de Lucía antes de las diez.
¿Se puede saber cómo has hecho eso? estalló ¡Ese dinero era para Martín, no para ti!
Lucía cerró los ojos con cansancio.
Mamá, por favor, relájate.
¿Que me relaje? casi gritó Concha ¡El niño soñaba con ese móvil! ¡Le di el dinero para que pudiera ahorrar a su ritmo! ¡Y tú lo gastas todo!
La cara de Lucía se volvió de piedra.
Decidí hacer lo que creí necesario, mamá.
¿Necesario? ¿Gastar dinero ajeno en pantalones?
El niño necesitaba ropa para el verano, Lucía habló tranquila no tenemos dinero de sobra.
¿Y por qué no me lo consultaste? Concha se acercó, indignada ¿Por qué no preguntaste?
Mamá, Lucía negó con la cabeza en mi casa las decisiones las tomo yo, y no es asunto tuyo.
¿Ah, no? Concha subió aún más la voz ¿No es asunto mío lo que hacéis con el dinero? ¡Si no pudisteis ni con la hipoteca, perdisteis la casa! ¡Está claro que ninguno sabe llevar una familia!
Lucía se puso blanca, pero no respondió.
Y encima le quitáis el dinero al niño Concha seguía, sin poder parar ¡De vergüenza! ¡Menuda familia!
Vete, mamá murmuró Lucía Por favor, vete.
Concha salió sin despedirse, con todo el cuerpo ardiendo de rabia. No solo su hija había hecho mal, encima la echaba de casa. En fin, ya llamaría Lucía para disculparse… seguro.
Pero pasó un mes entero, y Lucía no llamó, ni tampoco respondía a los mensajes.
Concha volvió a sentarse en la cocina de Carmen, haciendo bolitas con una servilleta.
Ya no me habla negaba con la cabeza Mi propia hija. No me deja ver a los críos. No coge el teléfono…
Carmen le sirvió más té.
¿Y tú qué le dijiste?
Pues lo que es verdad, Carmen. ¡Que son unos inútiles con el dinero! ¿Acaso no es cierto?
Carmen se quedó mirando la ventana un rato.
Pero, a ver, Concha, ¿el dinero se lo regalaste a Martín?
Claro
Pues se lo regalaste. Ya no era tuyo.
¡Pero era para el móvil!
Y se lo han gastado en ropa, Carmen encogió los hombros El chaval necesitaba ropa, no un aparato.
Concha iba a interrumpir, pero Carmen la paró con la mano.
Y lo de la hipoteca, guardátelo. Se dejaron la piel años pagando, currando los dos, sacando adelante a los niños. Y vas tú y les llamas inútiles.
Lo hago porque me preocupo, Carmen. No quiero que sufran.
Ya, te preocupas asintió Carmen pero igual lo que haces es herirlos. ¿Y si les llamas tú? ¿Y si les pides perdón?
Concha apretó los labios y miró hacia otro lado. Ni hablar. Ella solo quería lo mejor.







