No fui capaz de perdonar

No pudo perdonar

Aquél mes de junio vino abrasador, el aire denso caía sobre Madrid como una losa, y ni una brisa se atrevía a aliviar aquel bochorno. Almudena, mientras deslizaba las perchas de su humilde armario, suspiraba por un vestido veraniego digno de la ocasión. Al día siguiente era la graduación de su hija en el instituto y, para su desgracia, no tenía ni un solo vestido adecuado.

En el umbral de la habitación se apareció su hija, Carmen. La observó de arriba abajo, con aire escrutador, y lanzó la sentencia:

Mamá, puedes enfadarte si quieres, pero prefiero que no vengas a mi graduación. No arruines mi noche, por favor. Que vaya papá en nombre de la familia. Él siempre va impecable, es elegante y parece importante. ¿Tú? No tienes ni una prenda moderna. Eres una fracasada y además tienes cara de caballo triste, así que, ¡te prohíbo aparecer por allí!

Carmen se marchó, cerrando la puerta de un portazo, y Almudena se quedó petrificada.

Y, a decir verdad, tampoco era para sorprenderse. Almudena había notado ya desde hacía tiempo que su esposo, Gonzalo, sentía cierta vergüenza de ella. Ya no salía con ella por la ciudad, ni faltaba más, tampoco la llevaba a los eventos de su empresa, a los que muchas parejas acudían de la mano. Él se lo había dicho sin rodeos: que había envejecido, que no sabía vestirse ni cuidarse, que debería maquillarse, arreglarse el pelo y parecerse, en suma, a la mujer de un empresario de éxito.

Lo más doloroso era que la hija se había pasado rápidamente al bando del padre. Estaba orgullosa de los logros de Gonzalo, y no perdía ocasión de contar por ahí lo moderno y triunfador que era. A las reuniones de padres, Carmen siempre exigía que fuera su padre. Nunca quería que Almudena pusiera un pie en el instituto.

Almudena se miraba al espejo. Un rostro corriente, ni vieja ni marchita, con treinta y ocho años apenas cumplidos. Cabello oscuro recogido en cola, pero los ojos ahí, en los ojos, la tristeza era honda. Cara de caballo triste, ¡vaya ocurrencia!

Pensó en hablar con Gonzalo esa noche, pedirle que pusiera freno a los desplantes de su hija.

Almudena reconocía su gran error: cuando dejó los estudios de Enfermería para trabajar, fue para permitirle a Gonzalo continuar sus estudios en la Politécnica.

Eran estudiantes cuando se conocieron y se enamoraron perdidamente. Almudena estaba en segundo de Enfermería, Gonzalo en tercero de Ingeniería. Se casaron sin boda, sólo con una firma en el registro civil. El dinero apenas les daba para compartir un modesto piso de alquiler. Su madre, viuda y de recursos modestísimos, poco podía ayudar. Gonzalo venía de una familia numerosa de pueblo.

Almudena pidió excedencia y empezó a servir en el hospital. Poco después nació Carmen. Cuando la niña tenía nueve meses, ella volvió al trabajo. Dejarla con su abuela era el único remedio.

Mientras Almudena trabajaba sin descanso, su amado Gonzalo pudo acabar la carrera. Tuvo suerte y consiguió empleo de gestor en una empresa con futuro.

Almudena quiso retomar los estudios, pero Gonzalo la convenció: Aguanta un año más, cuando estemos asentados yo te ayudaré a volver a la universidad. Pero después hubo que pedir préstamos, comprar el piso, y el negocio de Gonzalo tragaba cada euro. Olvídate del instituto, le tocó oír. Ella se dejó la piel trabajando para sacar adelante a la familia. No le hacía ascos a las horas extras, trabajaba hasta en días festivos. Carmen empezó el colegio, y la abuela siguió al pie del cañón.

Así fueron pasando los años.

Gonzalo se hizo empresario, dueño de su propia empresa. Almudena llevaba cinco años de encargada de lencería en el hospital, que ya era un ascenso en su escala.

Esa noche, después de cenar, Almudena llamó a Gonzalo a hablar con franqueza.

¿Qué ocurre en nuestra familia? ¿Por qué tú y Carmen me tratáis como una piltrafa? ¿En qué he fallado? preguntó.

Almudena, eres una mujer adulta, ¿de verdad no te das cuenta de que lo nuestro se acabó hace mucho? El amor de estudiantes no existe ya, se esfumó, y ninguno de los dos hemos sabido encontrar otro. No tenemos nada en común. Me avergüenza que seas tan gris y poco interesante. No te quiero, lo siento. No puedo seguir viviendo contigo. Llevaba tiempo deseando decírtelo soltó Gonzalo.

Carmen se quedó con su padre.

Almudena regresó con su madre.

Decir que fue un golpe sería quedarse corto. Fue un derrumbe. El castillo de naipes al que había dedicado los mejores años de su vida se vino abajo, de golpe. Vivía como en un trance: trabajaba, hablaba con compañeros, sonreía mecánicamente, pero algo la abrasaba por dentro.

Intentó llamar a Carmen, pero su hija le pidió que la dejara en paz.

Al principio, su exmarido mantenía el contacto. Le contó que Carmen había ingresado en la Universidad Complutense para estudiar Derecho y que vivía con él.

Gonzalo no tardó en rehacer su vida: en poco tiempo se casó con una mujer quince años más joven, más acorde a su estatus.

A Carmen, el padre le buscó piso de alquiler para evitar tentaciones. Aunque se llevaba bien con la nueva esposa de Gonzalo, el futuro era incierto.

Almudena, poco a poco, se rehízo del doble abandono.

No volvió a incordiar ni al marido ni a la hija. Se culpaba a sí misma: no debió haberse anulado tanto por ellos, haber vivido sólo para su esposo y su hija. No debió haberse descuidado tanto.

Entonces, decidió dar un vuelco a su vida.

Se hizo un corte de pelo moderno, visitó a la maquilladora más afamada de la ciudad y, al mirarse, apenas se reconocía: ¡guapísima!

De ahora en adelante, siempre cuidaré de mí pensó con determinación además, tengo tiempo y finalmente los medios.

Se apuntó a cursos de masajista, aprovechando su antigua vocación sanitaria. Encontró trabajo en una clínica de terapias alternativas, y no le faltaba el sueldo.

En vacaciones, siempre se escapaba al sur, a la costa malagueña, donde la contrataban en balnearios y hoteles, combinando placer y oficio: trabajo y baños de sol.

No le faltaron pretendientes, pero Almudena tenía claro que no quería casarse de nuevo, ni acomodar su vida a la de otro. Una vez fue suficiente.

Así pasaron cuatro años casi sin darse cuenta.

Claro que echaba de menos a Carmen, pero se prohibió a sí misma sufrir por ella. Si no llama ni aparece, es porque todo va bien, se repetía.

Un día, el dolor llamó de nuevo: su madre falleció repentinamente.

Almudena vendió el piso de Madrid y, con los ahorros, cumplió su sueño: mudarse a la costa. Compró un pequeño apartamento en Málaga y siguió trabajando como masajista en el balneario de la ciudad.

De repente, la llamó Carmen. Almudena sintió cómo le temblaban las manos al contestar.

¡Hola, mamá! saludó Carmen, como si ayer mismo se hubieran despedido ¿Podrías cuidar una temporada de tu nieta? Tengo que volver a la universidad. Millar no puede quedarse sola y eres mi única esperanza.

Carmen, ¿cómo puedes confiarle tu hija a una fracasada con cara de caballo triste? Tienes cerca a tu joven y bonita madrastra, tu padre exitoso y, seguro, tu propio marido. Contrata una niñera; yo vivo lejos y trabajo mucho en Málaga resolvió Almudena con calma.

Carmen no temió el viaje y apareció en la costa con su hija, Lucía, de apenas año y medio, una preciosidad de ojos azules. Almudena, a pesar de todo, recibía a las dos con alegría y se enamoró de su nieta al instante.

Carmen pidió perdón a su madre, y Almudena la perdonó.

Carmen le confesó la verdad: su novio había sido sólo pareja de hecho y la había abandonado hacía meses. Él buscaba apoyo en el padre de Carmen, pero la fortuna de Gonzalo también se había evaporado. El negocio fue a pique, la casa se vendió, la joven esposa se marchó. Ahora, Gonzalo malvivía en un alquiler.

Tras una temporada, Carmen se fue. Almudena se quedó con su nieta, contrató a una niñera y, cuando creció un poco más, la llevó a una pequeña guardería cercana.

El exmarido volvió a llamar, pidiéndole otra oportunidad, rogando empezar de cero.

No. No puedo perdonarte. No vuelvas a llamarme respondió Almudena.

Así fue aquella historia. Común, como muchas otras, pero no por ello menos dura o menos cierta.

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No fui capaz de perdonar
Él mentía, y ella le permitía hacerlo Cuántas veces nos han advertido en este mundo que el diablo que le gusta tentar a un hombre nunca descansa; siempre está al acecho. Sin embargo, las esposas a veces bajan la guardia, esperando que esa “copa amarga” pase de largo. Eso mismo le ocurrió a Mariana: y no fue una sola vez, sino… La primera vez que Íñigo engañó a Mariana, ella se sintió herida, pero terminó perdonándole: —Bueno, vale, te lo paso esta vez, cosas peores se han visto. Todos nos podemos equivocar, debió de ser un momento de debilidad. Les pasa a los hombres, sobre todo cuando rozan los cuarenta… Antes de esa traición, Mariana nunca había notado nada raro en Íñigo, o tal vez prefería no verlo; confiaba ciegamente en él. O quizá era cuestión de tiempo: dos hijos en edad escolar, que crecen a pasos agigantados. Mariana e Íñigo habían montado una empresa juntos: en realidad era pequeña y suya desde el principio, pero él propuso ampliarla, pedir un crédito y apostar por el bienestar familiar. Vivían en un piso de tres habitaciones que Íñigo había heredado de su abuela antes de casarse. El negocio estaba a nombre de Mariana, aunque ambos lo gestionaban en común, igual que el dinero. La primera “metedura de pata” de Íñigo fue con la secretaria, Inés: piernas infinitas, mirada seductora, y joven; enseguida se fijó en Íñigo, aunque su mujer no estaba lejos. Cuando Mariana la vio, no le hizo ninguna gracia: —Íñigo, necesitamos en recepción a alguien serio y profesional, no una modelo jovencita. —Bueno, la juventud no es ningún defecto —replicó Íñigo, resoplando—. Viene de una empresa importante, así que experiencia no le falta. Y, como siempre dices, la persona de recepción es nuestra tarjeta de presentación: tiene que ser guapa. Inés atraerá clientes. Mariana miró a su marido con desconfianza: —Vale, veremos cómo y con qué los atrae. Inés resultó ser educada, puntual y ordenada. Mariana pensó finalmente: —Que siga, se comporta con discreción; viste formal, como debe ser en la oficina, y ni abusa del maquillaje. No pasó ni un mes antes de que Mariana, por decirlo suave, se llevase un chasco. Aquel viernes, fue a comprar al supermercado cerca de la oficina; paseó por el centro comercial, pues al día siguiente esperaban visitas. Al regresar, vio luz en el despacho de Íñigo. —Decía que venía para casa, y su coche está ahí… Se ha quedado trabajando. Subo a buscarle y le asusto un poco, que debe estar cansado y hambriento. Aparcó y subió. Al abrir la puerta del despacho, se quedó petrificada. Aquello era lo que se llama “pillados en plena faena”. Íñigo miró asustado, Inés se tapó con su camisa. —¡Vaya, vaya! Yo pensando que estaba cansado y hambriento… Pues ya veo. Quiero a esa… fuera de nuestra empresa mañana mismo. No quiero volver a verla. Y contigo hablamos luego en casa. Se fue destrozada, llorando en el coche, la cabeza apoyada en el volante. Sentía que el mundo se derrumbaba, que todo lo que había construido se desmoronaba. Íñigo apareció después, ella se encerró en el dormitorio, él llamó a la puerta: —Marianita, perdóname. Ha sido la primera y la última vez, te lo juro, no volverá a pasar. Ella no abrió. No durmió en toda la noche, perdida y sin saber qué hacer. —¿Dejarle y llevarme a los chicos? Son casi adolescentes, ¿cómo lo entenderían? Íñigo es buen padre, los chicos le adoran. ¿Arruinarles la vida feliz? Y luego está la empresa, ¡y aún le quiero… eso lo sé! Al amanecer decidió que todo era culpa del “demonio en la costilla” y de la seductora Inés. Lloró, pero comprendió que acabaría perdonando a su marido. No de inmediato, pero lo haría. Por la mañana, él la abrazó en la cocina y le suplicó perdón: —Perdón, perdón. Fue un momento de debilidad, ella me provocó y no supe negarme. Te juro que no se repetirá. Por la tarde vinieron los amigos: tocó fingir que todo iba bien. Por la noche, Mariana decidió: —Le daré otra oportunidad. Íñigo, desde entonces, lo dio todo por olvidarlo, proclamando que sólo la amaba a ella… Pasaron un par de meses, hasta que Mariana vio, por casualidad, un mensaje en el móvil de Íñigo. Buscaba un contrato en su despacho y el teléfono, que él había dejado ahí, sonó. Mariana dudó, pero la curiosidad ganó: lo que leyó la dejó helada. Una tal Ulia le escribía cosas comprometidas y le pedía que la llamase. Con manos temblorosas, marcó el número y oyó una voz femenina: —¡Hola, mi osito! Mariana colgó, incapaz de hablar: —Así que osito, ¿eh? —pensó furiosa. Íñigo volvió justo después al despacho y Mariana le lanzó el móvil: —Llama a Ulia, osito —y salió furiosa. Buscó tabaco, aunque llevaba años sin fumar, y se fumó uno tras otro. Pero esta vez entendió: no le iba a perdonar nunca más a ese traidor; ella no era una mujer a la que se pudiera engañar sin consecuencias. —¿Y ahora? Dos hijos casi adultos, piso compartido, pero suyo. Empresa y créditos… ¿Cómo se reparte todo esto? Al volver a casa, encontró a su marido esperándole con un gran ramo de flores y abrazando a los hijos en el sofá. Parecían la familia perfecta, ejemplo de armonía. Más tarde, cuando los chicos se fueron a dormir, él intentó justificarlo. —Marianita, ha sido ella, tú sabes que yo sólo te quiero a ti, no necesito a nadie más. —¿Y cuánto tiempo lleváis…? —Muy poco, lo juro. Perdóname. Tenemos familia, hijos, esto puede ser una crisis de los cuarenta, ya sabes… De nuevo Mariana pensó que dejarle sería tirar por la borda todo lo trabajado. Pero decidió que le daría una lección. Empezó la guerra fría doméstica, que duró cuatro largos meses, antes de volver a perdonarle. Esta vez, Íñigo quedó bajo estricta vigilancia: Mariana le revisaba el móvil, los mensajes, los correos. El miedo a la traición la perseguía hasta las vacaciones. Fueron juntos al mar, se alojaron en una pensión, disfrutaron del sol y el agua. Pero hasta allí llegó la infidelidad: mientras ella iba con el hijo menor de compras, Íñigo entró en la habitación de una vecina solitaria y atractiva con la que llevaba días cruzándose miradas. Mariana, de vuelta al suyo, le vio salir sonriente del otro cuarto, arreglándose la ropa y diciendo: —Gracias, me ha encantado —hasta cruzarse con la mirada furiosa de Mariana. La puerta se cerró de golpe, e Íñigo balbuceó: —Marianita, no es lo que parece… Se repitió la historia: tras mandar a los chicos a pasear, hicieron las maletas y, al día siguiente, regresaron en coche en silencioso y tenso viaje. Ni los hijos hablaban: sabían ya que su padre había vuelto a fallar y esta vez su madre no le perdonaría. En casa, la conversación siguió: Íñigo intentó convencerla, suplicó perdón, se excusaba de mil formas, hasta que casi consiguió que Mariana se sintiera culpable. —Tal vez si yo fuera una esposa perfecta, esto no habría pasado… Empezó casi a creerse la responsable de tantas traiciones. Pero de repente, su mente lógica se impuso: comprendió con una claridad absoluta: —Íñigo lleva toda la vida mintiéndome, y yo se lo he permitido. Cada vez que decía “te quiero”, me derretía. Me gusta escucharlo, siempre lo esperaba. Y él me humillaba con engaños, manipulaciones, haciéndome sentir culpable. ¿De verdad no merezco más? ¿No valgo yo más que una casa, hijos y trabajo? Ya está: mis hijos han crecido, no voy a dejar que me mienta y me humille ni un día más. Es momento de pensar con la cabeza y tomar la decisión correcta. Aparentó perdonarle, pero puso una condición: poner todo el patrimonio por escrito y en régimen separado. —Acéptalo, es la única condición que tengo para reconciliarnos y salvar el matrimonio. Íñigo aceptó, asegurando que sólo quería mantener a la familia y no perder a su querida Mariana. Le dejó controlar todos los ahorros. Pensaba, ingenuamente, que así la recuperaría. El hijo mayor se fue a la universidad en otra ciudad; Mariana encontró un piso y lo puso a nombre de su madre. —Íñigo, es por proteger nuestros ahorros de la inflación; la vivienda es buena inversión. Siguieron bajo el mismo techo. Dejarle de inmediato resultó muy difícil: era el padre perfecto, incluso el marido ideal salvo por sus infidelidades. Hasta empezó a dudar: —¿Lo estaré haciendo bien? ¿Y si de verdad ha cambiado? ¿Y si la culpa es mía? La duda la torturaba… hasta que el destino la quitó cuando apareció otra seductora, Alicia, una joven de pelo corto y negro, ojos aún más oscuros. Llegó a su despacho y le habló de Íñigo: —Buenos días, Mariana, soy Alicia. Vengo por Íñigo. —¿Mi marido? —preguntó Mariana. —Sí, de momento tu marido, pero pronto el mío. ¿Todavía no te habló de mí? He querido anticiparme: los hombres tardan en contar estas cosas. Nos queremos y vamos a casarnos, al menos eso me dijo él. A Mariana primero le chocó, pero luego soltó una enorme carcajada. No era por Alicia, ni por Íñigo, sino por ella misma. ¡Qué fácil le había vuelto a dormir la vigilancia! Recordó el dicho: “El que nace lechón, muere cochino”. Reía por sus propias ilusiones; Íñigo jamás cambiaría. Lo llevaba en la sangre; la crisis de los cuarenta no tenía nada que ver. Alicia la miraba asustada sin entender la risa de la mujer a la que su futuro marido estaba a punto de abandonar. Al final Mariana se serenó y dijo: —Llévate a mi marido: él nunca tendrá el valor de pedirme el divorcio, porque sabe que se quedará sin nada. Léeme el consejo: búscate un hombre decente y soltero. De mi marido no sacarás nada. Ese mismo día Mariana empezó a hacer las maletas y, al día siguiente, se mudó con su hijo pequeño. Sabe que al principio será duro, pero mejor pasar por un mal momento que aguantar las eternas infidelidades de su marido. —La vida después de los cuarenta sólo empieza, y comienza de cero. Todo lo bueno me espera aún por delante —pensaba Mariana, tranquila y ligera. Os deseo a todos un buen ánimo y que la vida se os llene de colores. Agradeceré vuestra suscripción y un “me gusta”.