No te guardo rencor

No te odio

Pues al final nada ha cambiado.

Beatriz jugueteaba nerviosa con la manga de su chaqueta, mirando por la ventanilla del taxi. Afuera desfilaban las calles de Madrid, tan familiares y, a la vez, tan distintas después de siete años fuera. Aquellas eran las mismas aceras por las que corría de niña junto a Gonzalo, riendo y haciendo castillos en el aire. Siete años, madre mía ¡Siete años sin pisar su barrio!

Hemos llegado, anunció el taxista, cortando sus pensamientos con acento castizo.

El coche se detuvo suavemente junto al portal de una de esas viviendas de ladrillo rojo y toldos verdes, tan típicas. Beatriz comprobó por enésima vez que no había perdido el móvil, sacó unos billetes de euros (más, por cierto, de los que costaba antes el trayecto) y pagó al conductor. Al cerrar la puerta, se quedó petrificada unos instantes, aspirando el aire de su propia infancia: a césped recién cortado del parquecillo, a pan horneado en la tahona de la esquina y a esa mezcla imposible de desagües viejos y colonia barata que solo puede olerse en Madrid. Era otro mundo, pensó; el mismo de siempre, pero cambiado. Aquel aroma domesticaba hasta al corazón más durouna mezcla de alivio y miedo a partes (im)iguales.

Su visita era, por supuesto, “por deberes familiares”. Venía para ayudar a su madre con unos papeles que llevaban siglos acumulando polvo. También deseaba andar por el Retiro, dejarse empapar por esos recuerdos, comprobar si todo seguía igual o si la memoria era una impostora. Pero, en lo más hondo de su ser, lo que de verdad la había traído a casa era algo mucho más cutre: quería ver a Gonzalo. Sí, así de simple y así de patético.

No es que se hubiese pasado los últimos años husmeando sobre él (¡Dios me libre!), pero los amigos comunes eran muy bocazasque si Gonzalo ahora tenía un curro buenísimo, que si se había comprado un piso en Vallecas, que si había traído a su madre a vivir con él Cada vez que le llegaba un retazo de su nueva vida, Beatriz se quedaba rumiando: ¿estará igual? ¿Estará feliz?

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Al día siguiente, Beatriz salió a pasear por el centro. Sin planes: simplemente quería perderse entre el bullicio, mirar escaparates y oler la ciudad. Se rio al ver viejos quioscos donde ella compraba tebeos de pequeña. Reconoció bancos gastados por los años y algún que otro bar, recordando baho y churros a media tarde. Por un momento, todo parecía detenido.

Hasta que le vio.

Gonzalo. Cruzando la calle Atocha; andaba cabizbajo y ensimismado, igualito que siempre, sólo que la camisa era de marca y el corte de pelo más moderno (pero igual de desastre, para qué engañarnos). Beatriz se congeló. Sintió un vuelco tan fuerte en el pecho que casi se le para el alma. Y antes de pensarlo dos veces, salió disparada, sorteando coches, bolsas y un pitido airado de un ciclista.

¡Gonzalo! chilló al llegar justo delante de la panadería de la esquina.

El chico se giró y nada. Ni emoción, ni rabia. Nada.

¿Beatriz? preguntó, con la tranquilidad de quien pregunta la hora a un desconocido.

El tono la desarmó. Siete años de emociones guardadas saltaron como una manguera reventada. Se le llenaron los ojos de lágrimas, la voz tembló.

Gonzalo, yo yo sé que no debería ni saludarte, sé que te hice daño, que que no tengo perdón soltó entre sollozos, importándole un comino si la miraban. Pero tenía que decirlo: sigo queriéndote. Perdóname, por favor. ¡Perdóname!

El discurso salió atropellado, entre respiros y mocos, como si por no soltarlo de golpe acabara por explotar. Sin pensarlo, le abrazó, aferrándose como si aquel gesto pudiese enmendar siete años de estupidez.

Por un segundo, le pareció que Gonzalo iba a devolverle el abrazo. Notó cómo cedían sus hombros, las manos alzándose Pero fue un espejismo. Él la apartó con gentileza, pero con esa firmeza de quien ha rehecho su vida sin ti.

Lárgate, le susurró al oído.

Tan frío, tan distante, como si ella fuese una vecina molesta por el ruido. Solo añadió, bajito y mirando a otro lado:

Te odio.

Y, simplemente, se marchó.

Quedó Beatriz, sola como una empanada olvidada en un mostrador, con la mirada vacía y la cara empapada, mientras Madrid seguía demasiado ocupado para reparar en dramas ajenos.

Solo escuchaba los pasos de él alejándose, y el zumbido absurdo de sus propios pensamientos: Esto es el final. Para siempre.

Volvió a casa de su madre arrastrando pies, como si el asfalto pesara toneladas. Entró sin decir palabra; su madre, al verla con la cara lavada en llanto, solo puso agua para el té, resignada y dulce como siempre; que ya lo había visto venir.

No me ha perdonado, susurró Beatriz, abrazando la taza.

Su madre se sentó a su lado y la acarició como antaño, cuando la rodilla sangraba o una amiga le robaba el bocadillo en el recreo. Ese simple gesto, tan maternal y español, la redujo de golpe a niña.

Sabías que iba a ser así, dijo la madre, tranquila, sin juicio.

Sí pero tenía esperanza. Estúpidamente.

No es estúpido, hija. Solo bueno, tú elegiste. Le hiciste mucho daño a Gonzalo. Fue como como el pobre chaval de Andersen, el de la Reina de las Nieves: nadie le lograba ablandar el corazón.

Beatriz suspiró, dejó la taza y se recostó en la silla, mareándose en los recuerdos.

Por aquel entonces, todo parecía tan sencillo Tenía veintidós años, esos años en los que el futuro es una pista de baile y lo que venga, venga. Tenía a Gonzalocallado, noble, fiable como un Seat Ibiza diesel. Nunca fue de grandes discursos ni de flores, pero estaba siempre que lo necesitaba.

El problema era… bueno, que Beatriz quería más “certidumbre” de la que da un albañil que estudia empresariales por la UNED y sueña con montar, algún día, un negocio propio. Nada de mega-yates ni mansiones: ella solo quería saber que todo saldría bien, sin sustos. Pero la vida con Gonzalo era incertidumbre tras incertidumbre. Hasta que el tío Paco, desde Barcelona, la llamó para ofrecerle curro en una consultora más pija que ella misma.

Y fue decirlo y hacerlo. Así, sin despeinarse.

Luego llegó Marcosdirector financiero, el doble de edad, todo trajes bien planchaos y vocabulario extranjero, mitad gallego, mitad MBA. Empezó con ramos de flores discretos y pases para teatros en la Gran Vía. Regalitos inesperados, cenas en restaurantes donde la carta ni siquiera tenía precio (mal rollo, ¿por qué será?). Invitaciones a exposiciones, charlas de arte Y Beatriz, que al principio aún miraba con recelo esos lujos, acabó cayendo en el hechizo bien rápido. La vida era más fácil, más divertida, más predecible al lado de Marcos; ni comparación con los madriles de barrio que había dejado atrás.

En poco tiempo, fue como si Gonzalo solo existiera para recordar lo mucho que había subido de nivel. De hecho, hasta llegó a despreciarle, repitiendo por ahí que nunca haría nada en la vida.

Un día, volvería de visita. Ni por nostalgia ni por ganas de ver a Gonzalo. No, era para restregarle su nueva vida. Eligió con esmero el café en la Gran Vía donde solía encontrárselo; fue vestida de Armani, bolso de piel y anillo de oro rosatodos regalitos de Marcos. Se sentó bien visible, fingiendo gracia sobre una anécdota con su nuevo acompañante. Cuando Gonzalo cruzó la puerta, intercambiaron una mirada: la de él, perpleja, rota; la de ella, gélida y desafiante. Por fuera, parecía triunfo.

Pero al irse él, y quedarse ella con su copa y su anillo, la sensación fue de un vacío absoluto. Como si en medio del bullicio y la conversación, hubiera desaparecido la única persona que realmente le importaba.

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La victoria se fue volviendo agria con los meses. Marcos empezó a cambiar: menos flores, menos sonrisas; más reproches y ausencias. Ya solo mandaba mensajes por WhatsApp: Cógete lo que quieras y ya me cuentas o ¿Otra vez con tus amigas de barrio?. Su presencia se fue evaporando, y Beatriz se dio cuenta de que apenas era la chica mona de su agenda.

Aguantó demasiado tiempo. Se agarraba a ese pasado brillante para no admitir lo obvio: se había confundido, y por el camino había aplastado a la única persona que la quiso bien. Lo peor es que el vestuario de ropa cara no compensaba en absoluto. Ni los restaurantes, ni los perfumes de lujo. Ahora ni el olor del último frasco de colonia le parecía soportable.

A menudo se sorprendía mirando por la ventana, imaginando: ¿qué habría pasado si? Pero cortaba el hilo de pensamiento antes de que doliese más de la cuenta.

En esos atardeceres solitarios, la palabra que más pesaba era estabilidad. Se había hartado de repetir ese mantra, hasta que entendió que sin Gonzalo, todo el orden carecía de sentido.

Pensaba en sus manos ásperas pero tiernas, en la risa discreta de él cuando era sinceramente feliz, en sus sueños sensatos y limpios, sin variantes de yate en Marbella. Y sentía que, junto a él, la vida hubiese dado menos miedo.

****************************

Al tercer día en Madrid, se fue al parque de El Capricho. Allí seguía su banco bajo el arce. Se sentó, viendo cómo unas señoras cotilleaban y unos niños jugaban. El recuerdo de una promesa tonta de Gonzalo (Tendremos una casa con ventanas grandes, y un salón lleno de luz) la sacudió. ¿Era esto lo que había perdido?

De repente, escuchó una voz familiar:

¿Beatriz?

Giró la cabeza. Era Álvaro, amigo de ambos desde la EGB: cara alegre y entradita de carne, mirada cómplice de quien sabe demasiado y, aún así, te lo perdona todo.

No esperaba verte por aquí, dijo sonriendo. ¿Qué tal todo?

Ella fingió normalidad, intentó sonreír, pero sólo le salió una curvita triste y torpe.

Bien He venido para ver a mi madre.

Álvaro asintió, y se sentó en el banco cercano. Le contó las últimas sobre los amigos del barrio, cómo las cafeterías cambiaban de nombre pero seguían sirviendo el mismo café malo. Hubo un silencio cómodoalgo muy madrileño también.

¿Has visto a Gonzalo? preguntó de repente, sin rodeos.

Beatriz bajó la mirada. Le vinieron a la cabeza las palabras heladas de la otra tarde. Al final, murmuró:

Sí. Ayer.

¿Y?

No quiere saber de mí. Dice que me odia.

Álvaro suspiró y se encogió de hombros.

Le costó remontar. Desapareciste. Sin carta, sin llamada. Para él fue como un portazo en la cara.

Beatriz apretó las manos, reconociendo que no tenía defensa posible.

Lo sé, dijo en un hilo de voz. Me equivoqué.

Álvaro no la juzgó. Solo añadió:

Intentó olvidarte, ¿sabes? Y nada. Lo peor fue verte aparecer en aquel café, toda emperifollada y con ese aire no terminó la frase, pero no podía ser más español. Creí que no levantaba cabeza. Ayer me llamó. Borracho como una cuba. No le había oído así jamás, Bea. ¿No crees que ya está bien?

Beatriz tragó saliva.

No quiero que me perdone. Solo quería que supiera que lo siento. Que cada día lo lamento. Estuve muchos años justificándome, pero ahora ahora ya no sé ni por qué.

Álvaro la observó con lástima silenciosa:

Igual no necesita saberlo. Déjale tranquilo, Beatriz. Bastante tuvo. Si vuelves cada vez, solo le abres la herida.

Y era verdad. Así de fácil y así de crudo. Querer compensar puede ser solo otra forma de autoengaño.

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Esa noche, Beatriz se sentó junto a la ventana de la casa de su madre. Madrid brillaba como siempre en miles de puntos de luz: parecía que todo el mundo tuviese motivos para celebrar menos ella. Imaginó la vida alternativa: vivir juntos en un piso pequeño, ver crecer el proyecto de Gonzalo, reírse de los disgustos, construirse recuerdos de esos que ni Instagram puede destrozar.

Pero ya no era posible. Punto.

Al día siguiente, recogió su maleta despacio, como si así pudiera retrasar la despedida definitiva de una vida que nunca empezó. Su madre la abrazó. No le dijo nada; las madres españolas, cuando de verdad importas, no sueltan un monólogo, sino un beso y una palmada.

Compró el billete de tren a Barcelona. Dos días de viaje, cientos de kilómetros, para pensar.

A través de la ventanilla, vio cómo desaparecían los tejados del barrio, el parque, la panadería. Gente que iba y venía, todos con prisa y con destino. Y ella, partida en dos, dejando detrás al único chico al que nunca se atrevió a decir adiós en condiciones.

Ella lo había perdido para siempre. No por elegir mal; por no tener el valor de afrontar las consecuencias.

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Medio año después, el guion era el de siempre: trabajo, cañas de viernes, algún cotilleo con amigas y, de vez en cuando, silencio y nostalgia. Por fuera, nada había cambiado. Por dentro, ya no huía: había aceptado que la vida no da borrón y cuenta nueva cada septiembre.

Aprendió a levantarse cada mañana y decirse Bueno, esto es lo que hay. Y al aceptarlo, todo pesaba un poquito menos.

Una tarde, mientras freía una tortilla de patatas (lo que viene siendo la vida real), el móvil vibró. Era un número desconocido. Un solo mensaje: No te odio. Pero tampoco puedo perdonarte.

Beatriz se quedó paralizada. Sintió el teléfono pegado al pecho, como si así pudiera escuchar el corazón de quien se lo había enviado.

No sabía si aquella frase era un puente, o simplemente una puerta cerrada de golpe. Pero por primera vez en años, notó que la herida no dolía tantoseguía habiendo algo entre ellos, aunque solo fuera un hilo finísimo, dispuesto a romperse a la menor sacudida.

Sonrió entre lágrimas, torpemente, vacilante. Igual ese no era el final. Quién sabe; puede que un día, no muy lejano, pudieran hablar, sin reproches ni excusas. Tal vez entonces encontrarían las palabras que nunca llegaron cuando más las necesitaban, para poder perdonarseo, al menos, despedirse como Dios manda.

Y, por ahora le bastaba con saber que, en algún lugar, él también pensaba en ella. Aunque fuera solo a veces. Aunque solo fuera para pronunciar la verdad más sencilla y más dura de todas:

No te odio.

Y eso, aunque solo fuera un poco, era volver a respirar.

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