Belleza falsa
¡No me lo puedo creer! ¿De verdad habéis roto? ¡No me lo creo! Lucía observa a su amigo con una incredulidad tan clara que él no sabe dónde meterse. Sus ojos se abren hasta límites insospechados, las cejas se le disparan casi hasta la línea del cabello y sus labios se entreabren con asombro: la noticia le parece sencillamente imposible. ¡Si tú estabas loco por Clara! Siempre os ponía de ejemplo a todos… ¡Vaya, que yo misma soñaba con una relación como la vuestra!
Es cierto, Luci, tan real como que llueve hoy en Madrid… responde él sombríamente, clavando la mirada en el ventanal. Tras el cristal, la tarde es un escenario de lluvias torrenciales: el agua resbala por los cristales y golpea la acera en un constante chapoteo. Nada podría reflejar mejor su estado de ánimo. Álvaro siente cómo le invade el vacío. La tristeza de perder una relación de cinco años tiñe el mundo de gris. En su pecho se abre una grieta que antes llenaban las miradas cómplices, los abrazos cálidos y los sueños compartidos para el futuro. Aprieta los puños, las manos le tiemblan cuando intenta seguir: Se acabó, Lucía, entiéndelo. Está todo terminado…
¿Pero por qué? Lucía le busca el rostro echando el cuerpo hacia adelante, intentando comprender. ¡Clara te estuvo esperando seis meses mientras estabas trabajando en Barcelona! ¡Y te fue fiel, no aceptaba ni halagos ni regalos de nadie!
¿Y tú cómo sabes eso? ¡Si ni siquiera vives en Madrid! Álvaro esboza una sonrisa amarga, encogiéndose de hombros. ¿O me vas a decir que es cosa de solidaridad femenina?
Sí, vivo a cientos de kilómetros, en Salamanca, pero lo olvidas le responde Lucía, esta vez sin molestarse lo más mínimo. Reclina la espalda en el sillón y se cruza de brazos, pero sus ojos denotan la verdadera preocupación por su amigo. Tengo un montón de amigas que sí viven por aquí y la han visto. Sé que se ha volcado en su imagen, pero sin saber detalles. Creo que cambió de peinado, empezó a ir al gimnasio, renovó el fondo de armario… Y fíjate, todo durante tu ausencia. Se ha esforzado mucho, Álvaro.
Pues precisamente por eso se nos fue todo al traste Álvaro se levanta casi de un salto y va hasta el recibidor, donde había dejado el móvil en la chaqueta. Sus movimientos son duros, tensos, como si quisiera huir de sí mismo. Rebúsca nervioso hasta que da con el móvil, vuelve junto a Lucía y, sin más, se lo pone delante de la cara. Solo necesita enseñar una foto para explicarlo todo. ¿Te acuerdas de cómo era Clara cuando me fui?
¡Por supuesto! Lucía pone los ojos en blanco pero titubea. Se queda un segundo pensativa, evocando mentalmente la imagen de su amiga. Una chica monísima. Pelo rubio ceniza, largo, liso, ojos grandes y verdes, nariz pequeña… Buena figura, salvo que le faltaba algo de pecho arriba, aunque a ti eso parecía estarte bien.
Eso es, ¡me encantaba tal cual era! el tono de Álvaro se eleva solo para romperse en un hilo ronco. Aprieta el móvil, el gesto adusto. Para mí era lo perfecto. La amaba tal y como era. Pero fue irme y las amigas le comieron la cabeza: que si no cambiaba, la dejaría. ¡Y va ella y se lo cree! Se convenció de que debía transformarse no porque quisiera, sino porque la convencieron de que yo solo la querría si lo hacía.
¿Tanto ha cambiado? pregunta Lucía, inquieta ya por la preocupación de su amigo. Sus manos aprietan el reposabrazos y frunce el ceño, intentando imaginar la magnitud del cambio.
Juzga tú misma Álvaro le planta el móvil casi bajo la nariz. En la pantalla sonríe una Clara irreconocible para Lucía.
Donde antes caían cascadas de pelo, ahora sólo hay un corte rapado, teñido en un rubio oxigenado casi blanco, que apenas le deja ver el cuello y las orejas; la dulzura sustituida por una imagen forzada y ajena a ella. Los labios… ¿Qué labios? Ahora parece que se los han inflado con silicona: desproporcionados y completamente ajenos a su rostro, rompen toda armonía. Clara ha perdido al menos diez kilos, pero el efecto es enfermizo: las clavículas sobresalen, las costillas se perfilan bajo la camiseta y los brazos son como ramitas. La piel, pálida y con ojeras, le da un aspecto agotado. Y, para colmo (según Álvaro), se ha operado el pecho. Él siempre había dicho que su ideal era la naturalidad, que no entendía esa manía de cambiar radicalmente el cuerpo.
Cuando fui al aeropuerto a recogerla… a punto estuve de pasar de largo la voz de Álvaro tiembla de rabia contenida, y él golpea con el puño la pared, solo para luego masajearse los nudillos doloridos con una mueca. ¿¡Cómo alguien puede destrozarse así en solo seis meses!? No entiendo por qué no pensó en que me gustaba como era…
No encuentras la calma, camina como un león enjaulado, los brazos agitándose, frenándose en seco a cada paso, el rostro pasando del rubor de la ira al blanco del dolor. Se frota la cara, las manos inquietas luchando por borrar esa imagen.
Lucía lo comprende mejor que nadie. Ha oído todas sus quejas sobre el jefe déspota que le envió a esa dichosa estancia en Barcelona. Álvaro no quería separarse de su chica, pero ella estaba terminando arquitectura y él debía quedarse en la oficina. Nunca faltaba a su llamada diaria, se esforzaba por hacerla sentir segura, contándole cuánto la echaba de menos. Volver y ver a otra persona le ha devastado.
Álvaro, quizá solo quería complacerte insinúa Lucía, acercándose poco a poco. Tal vez alguien le convenció de que eso te gustaría…
Él sonríe amargamente, negando con la cabeza:
Complacer… pero ha perdido quién era. Amaba a Clara de verdad, y ahora… ahora ya no sé quién tengo delante.
Peor aún, Clara siempre evitaba las videollamadas en esos meses. Cuando Álvaro lo proponía, ella lo rechazaba dulcemente con una sonrisa, prometiendo una sorpresa increíble para cuando volviera. Él apenas le creyó: ella esquivaba como podía el verme la cara. ¿Y si tenía otro? ¿Si esquivaba una ruptura directa? La duda lo consumía.
Al final, recurrió a Íñigo, un amigo de toda la vida que vivía cerca de Clara. Le pidió que sin ser indiscreto, preguntase o fisgara un poco, simplemente para saber qué pasaba. Íñigo accedió.
Unos días después, llamó de vuelta.
Clara está tramando algo, seguro le dijo, inquieto, midiendo las palabras . Pero no creo que sea el tipo de sorpresa que te gustaría. Eso sí: no hay nadie más, pregunta mucho por ti, se nota que te espera con ilusión.
Eso le tranquilizó: Clara aún lo quería y no estaba con ningún otro. Pensó que la sorpresa no podría ser tan mala, que igual era una exageración suya. Qué importa la apariencia si su niña no le engañaba, si le seguía queriendo.
Ahora ve claro que fue un error rechazar la foto que su amigo le quería enviar. Si la hubiera visto quizá habría vuelto antes, evitando cambios tan radicales. Incluso hubiese dejado el trabajo por cortar aquello de raíz… Pero ya era tarde.
El día de la vuelta, Álvaro fue incapaz de parar de moverse. Miraba el reloj, repiqueteaba nervioso en el avión, y manoseaba las mangas de la chaqueta en el taxi. El corazón le iba a mil, imaginaba mil veces el momento: ver a Clara de nuevo, abrazarla, el reencuentro perfecto. Pensaba en tardes en el sofá, contándose todo, recuperando lo perdido.
Pero la realidad fue un mazazo. Al verla en la salida de Barajas, se congeló. La chica que le esperaba podría haber sido una extraña. Dudó de si buscaba a la persona correcta, y las piernas le temblaron.
¡Álvaro! ¡Qué ganas tenía de verte! Clara saltó para abrazarlo, pero él retrocedió, permitiendo apenas que le rozase. Su sonrisa se tornó en una sombra, la duda y el dolor asomaron en su mirada. Quedó con las manos en el aire, desorientada.
¿Qué te pasa? ¡Si soy yo! ¿O el cambio te ha impresionado tanto? pretendía parecer divertida, pero su voz titubeaba. Se arregló distraídamente el pelo, esperando agradar.
Miro y no reconozco a la chica de la que me enamoré contestó Álvaro, frío, luchando con los sentimientos. Su voz sonó hueca, lejana. Quería gritar, pero el aeropuerto a rebosar le hizo tragarse el enfado. Dio otro paso atrás, escudriñando a Clara. ¿Te has puesto enferma? ¿O te ha dado por la locura? ¿Dónde está tu melena? ¿Dónde la figura natural? Tú siempre fuiste hermosa como eras…
¿Quieres decir, gorda? preguntó Clara, dolida, conteniendo las lágrimas. Aprieta los puños y mira a sus amigas buscando apoyo unas chicas que cuchichean entre ellas, aumentando la vergüenza de Clara.
No hace falta que te andes con rodeos. Sé que he estado hecha un desastre… continúa Clara, queriendo mostrarse segura, pero la voz no le responde. Pero por fin puedes presumir de novia moderna, estilosa, una chica de portada, ¿no es mejor así?
¿Quién ha dicho que ahora quiera pasear contigo por ahí? la dureza de Álvaro sorprende a todos. Niega con la cabeza y ni trata de disimular el desencanto. De ser una preciosidad a esto… Yo amaba a la verdadera Clara. Ahora ni sé quién eres. Podrías haberme preguntado. Siempre hemos hablado de todo. ¿Por qué ni siquiera te molestaste en saber qué pensaba yo?
¡Por el amor de Dios, Álvaro! ¡Mírala! interviene una de las amigas, la que más ha instigado . ¡Después de esto no paran de salirle pretendientes! señala descaradamente el escote de Clara y le da un codazo, pretendiendo que aquello fuese un trofeo . Lo ha hecho por ti, que estés orgulloso de ella.
Él la fulmina con la mirada.
¡Por sí misma lo ha hecho, no por mí! dice, volviéndose hacia Clara, con fuego y tristeza en la mirada. Que no me echen la culpa de este desastre.
Se acerca un poco y baja el tono, dominado por el desgarro.
Clara… tú sabías perfectamente que yo valoro la naturalidad. Lo que has hecho contigo no es lo que me enamoraba. Eras guapísima tal y como eras. Ahora todo parece artificial, como si te hubieras cambiado por otra persona.
Hace una breve pausa para serenarse y, finalmente, habla bajo pero firme:
Este último mes solo pensaba en volver y pedirte que te casaras conmigo. Hasta compré el anillo. Soñaba una familia contigo. Pero ahora… Lo siento, no quiero compartir mi vida con una muñeca de plástico.
Clara palidece. Las lágrimas resbalan sin remedio, intenta hablar, pero solo balbucea entre sollozos. Da un paso hacia él, deseando alcanzarle, arreglar lo que aún pueda arreglar.
¡Álvaro, espera! consigue susurrar, ronca de emoción . ¡Solo quería que estuvieras orgulloso de mí!
Pero Álvaro marcha a paso firme, sin mirar atrás, tragándose el dolor. Metros más allá, las amigas retienen a Clara.
¡Déjale! dice una de ellas dándole un abrazo por los hombros. Está en shock, ya se le pasará.
Sí, volverá pidiendo perdón, tú hazte la digna asiente otra, como si diera la receta definitiva. Eres preciosa, te lo mereces todo. El que se lo pierda es él.
Clara escucha sin escuchar. Solo mira cómo desaparece Álvaro, las lágrimas se mezclan con el maquillaje, y dentro siente un vacío amargo: en su intento de mejorar se ha perdido algo que nunca debía cambiar.
Y pensar que lo único que quería era pedirle matrimonio… concluye Álvaro con voz deshecha. Se tapa la cara, y sus hombros tiemblan. Me imaginaba su cara, el abrazo, las risas… Pero al verla así… todo se rompió. No reconocí a mi Clara.
Calla un instante, suspira hondo mirando a lo lejos:
¿Por qué las mujeres nunca estáis satisfechas con vuestro aspecto? Cada día le decía a Clara que era preciosa, que la quería con todas sus tonterías, sus costumbres… Con todo lo que la hacía distinta. Pero lo borró todo. Como si necesitara convertirse en otra persona.
¿Sabes qué es lo peor? Álvaro se aparta las manos de la cara, las lágrimas brillan y aprieta los puños con rabia . ¡Que la amiga lo hizo a propósito para separarnos! ¡Ahora lo veo clarísimo!
¿Y eso? Lucía se acerca, el corazón encogido del dolor ajeno. Jamás vio a Álvaro tan roto, él, siempre fuerte, ahora parece deshecho. Como por instinto, le posa una mano en el hombro.
Me lo dijo ella a la cara responde Álvaro con asco. ¡Vino a mi casa presumiendo de que era más guapa, más natural! Vamos, que por poco la echo escaleras abajo. Golpea el sillón y se pasa la mano por el pelo, intentando calmarse.
Álvaro aprieta la mandíbula y se hunde en el sofá, derrotado.
Y lo peor es que pensaba que así yo iba a caer rendido a sus pies. Que una palabra arreglaría todo lo de Clara. Pero no. Yo amaba a Clara y me duele que permitiera que otra la manipulase.
Lucía calla para no herir más. Sabe que a él le duele hasta respirar. Quisiera ayudarle, consolarle, pero teme no encontrar las palabras adecuadas.
¿Y ahora qué? ¿Has intentado hablar con Clara? Quizá se puede arreglar todo aún Lucía le aprieta suavemente el brazo en un gesto de consuelo. Su voz sale suave y honesta: sólo quiere ayudar.
A ella le gusta su nueva imagen y no piensa cambiar. la risa de Álvaro es amarga, sin pizca de alegría. Se frota la cara, intentando espantar las ideas negras. Clara llamó y empezó a culparme, que después de esperar seis meses yo no tengo derecho a dejarla así, sin más… se deja caer, encorvado, los codos en las rodillas, contemplando el suelo. La amo. Amo a mi Clara. Pero ha desaparecido… Queda una extraña, con estos labios de silicona, con esta delgadez, con esta… farsa.
Lucía le aprieta la mano. No dice nada, pero su calor le transmite apoyo, la seguridad de que no está solo. Sus dedos tiemblan, lucha por no desmoronarse. El pecho le tiembla y la respiración se le corta.
Recuerdo comienza de pronto mirando lejos , cuando un otoño paseábamos por El Retiro. Caían hojas, ella reía, el capucho no le aguantaba… y yo se lo colocaba. Me dijo: Álvaro, quiero que sea siempre así. Yo le prometí que lo sería… Lo creía de verdad.
Su voz se rompe de emoción pero fuerza a continuar.
¿Y ahora? Ahora se mira al espejo y ve una reina. Yo la miro y no la reconozco. ¿Cómo en seis meses puede romperse todo? ¿Por qué no hablamos a tiempo, por qué no supimos decir lo que queríamos?
Y entonces las lágrimas finalmente salieron, rodando silenciosas. No hace por ocultarlas. Llora como un niño que no entiende la crueldad del mundo. Lucía se acerca, lo abraza y aprieta suavemente.
Álvaro, no es tu culpa susurra, procurando no quebrarse. Tú la amabas de verdad, la valorabas, siempre la apoyaste. Pero no eres responsable del daño ajeno, ni de la envidia, ni de los complejos de otros.
Él la mira con los ojos enrojecidos y exhaustos:
¿Y si me equivoco? ¿Si debería haberme esforzado? ¿Si sólo tenía miedo que la dejara? ¿Y si lo hizo por mí y yo lo arruiné?
Se ve atrapado entre el dolor y lo que siente por Clara. Sabe que bajo ese disfraz sigue latente esa chica que le dibujaba caritas en los cristales, la que sonreía hasta con sus chistes malos.
Lucía le aprieta la mano y le mira fijamente.
Tienes derecho a tus sentimientos sentencia. Y tus límites. Nadie puede obligarte a aceptar lo que no deseas. Pero si de verdad quieres intentarlo, dale una oportunidad para explicarse. Hazlo por la historia que tuvisteis. Por el amor que todavía tienes. Hablad, con franqueza. Que te cuente su versión y tú le expliques qué has sentido.
Álvaro respira hondo, se seca las lágrimas y mira el anochecer por la ventana. La lluvia escampa y las primeras luces doradas del atardecer tiñen Madrid de tonos cálidos. Observa ese resplandor, como si quisiera encontrar un signo.
Quizá tengas razón suspira al fin. Pero ahora… solo necesito tiempo. Tiempo para ordenar mis sentimientos. No puedo olvidar lo que pasó, pero tampoco quiero perderlo todo si todavía queda esperanza.







