El Tercer Ojo de Nieves
En el departamento comercial de la empresa mayorista “Tecnocom”, localizado en una planta sótano lúgubre del extrarradio de Madrid, el ambiente siempre recordaba a la cocina de un piso compartido: los cotilleos flotaban en el aire, más densos aún que el perpetuo olor a café recalentado y calefactores eléctricos. El trabajo tampoco era nada del otro mundo: llamar a clientes, rellenar albaranes, tomar té. El aburrimiento obligaba al personal a buscarse el entretenimiento.
La jefa indiscutible de los entretenimientos y, de paso, el terror del departamento era Nieves Pacheco. Mujer a punto de cruzar el umbral de los cincuenta, con el pelo teñido de un rojo encendido que se enrollaba en pequeños tirabuzones, y siempre tan cubierta de bisutería que al andar sonaba como un árbol de Navidad. Tenía la convicción de que la vida la trataba con una injusticia especial: su marido la había dejado, su hijo la tenía mantenida, y el sueldo de encargada comercial no daba para lujos. Pero hacía aproximadamente un año, tras pasar un fin de semana en un pueblo perdido de Castilla visitando a una curandera, Nieves descubrió su razón de ser. Según ella, “se le abrió el canal”.
Ahora, chicas, lo veo todo susurraba con tono misterioso. Tengo una energía poderosa. La curandera me dijo: “Nieves, eres un canal”. Ahora manejo la visión, veo a la gente por dentro como si tuviera rayos X.
Al principio, sus historias de canalizadora se tomaban como una rareza más, incluso con simpatía. Si le salía a Maite, la contable eternamente a dieta: “Maite, ¿te duele el hígado? Te lo veo…”, Maite simplemente sonreía con desgana: “Mi hígado todavía aguanta, Nieves”. Pero Nieves necesitaba público, como una artista sin escenario.
Aquella mañana, Nieves llegó especialmente críptica. Se quitó su chaquetón de nylon, colocó su broche gigantesco en forma de escarabajo y se sentó frente a Lucía, la jefa de ventas.
Lucía era mujer de nervios de acero y expresión grave. Llevaba mandando allí una década, y no permitía desmadres.
¿Qué miras, Nieves? preguntó Lucía sin levantar la vista del ordenador. ¿Has encontrado algún cliente?
Luci empezó Nieves con solemnidad, perdóname que te lo diga, pero no quiero callar más. Lo veo.
¿El qué? Lucía levantó la cabeza.
Veo un accidente, Luci. En la carretera. Y tu coche, el Renault Logan, destrozado del todo. Veo sangre, mucha sangre. Anda, cuídate este fin de semana si vas a salir.
El silencio se hizo tan denso que solo se escuchaba el zumbido de la nevera vieja en un rincón. Lucía apartó lentamente el teclado y clavó la mirada en Nieves.
Mira, pitonisa barata masculló, tranquila pero seria, como vuelvas a decir una sola palabra de mi familia o de mi coche, te saco la “energía” esa volando por la ventana, ¿entendido? Trabaja y ya está.
Nieves apretó los labios, ofendida, y se refugió en sus papeles. Le duró diez minutos el mutismo. Pronto enfocó su atención en Carmen.
Carmen, a quien todos llamaban Carmencita, era recién llegada al departamento. Solo tenía veintitrés años, mejillas de niña, una melena rubia indomable y una barriga de siete meses de embarazo. Caminaba lenta, con balanceo, iluminada desde dentro. Le hablaba a su hijo a través de la tripa y acariciaba el vientre. Su marido, camionero, estaba de ruta, y Carmen contaba los días para que llegara y pudieran ir juntos al hospital. Todos en la oficina le cogieron cariño y la mimaban con galletas.
En cuanto Lucía salió a fumar, Nieves vio su momento.
Carmencita, ven, cariño, que quiero hablarte entornó la voz con dulzura teatral.
Carmen dudó, pero se acercó por pura educación.
¿Qué pasa, Nieves?
No te asustes, pero hoy he pensado mucho en ti Nieves le cogió la mano y cerró los ojos. ¡Ay! Veo luz rosa preciosa… pero en el centro, un manchón oscuro. Un remolino negro, Carmen. Gira alrededor de tu barriga…
Carmen retiró la mano como si la quemara, roja como un tomate.
¿Pero qué dices? ¿Por qué me cuentas eso?
Es lo que veo, hija. ¿Para cuándo era el parto? Vas a tenerlo difícil, muy difícil. Los médicos no salvarán al niño. Prepara la cruz, manda una misa.
Ya no era solo tontería. Era crueldad. Los ojos de Carmen se llenaron de lágrimas. Abrazó su barriga y murmuró:
¿Cómo puede ser usted tan mala?
No soy mala, soy sincera cortó Nieves.
¿Y quién se lo pidió, bruja vieja? saltó Maite, la contable, tirando una carpeta al escritorio. ¿Quieres matarla de un susto?
¿Y yo qué? Solo aviso. Que debería haberse hecho un aborto. Ahora ya es tarde, será lo que Dios quiera.
Aquello colmó el vaso. Carmen, que solo lloraba, se irguió de repente, las mejillas húmedas, pero con ojos de furia. Miró fija y desde abajo a Nieves, poniendo nerviosa a la pitonisa pelirroja.
¿Y ahora qué te pasa? farfulló Nieves.
Pues mire, Nieves Pacheco dijo Carmen con voz temblorosa, pero no de miedo, sino de rabia, en estos días… hasta yo tengo poderes, ¿sabe? Puede que se me haya abierto el tercer ojo. Cosas del embarazo.
El silencio tomó la sala. Hasta la cafetera eléctrica se calló.
¿Qué dices? No entendió Nieves.
Pues igual que usted, Nieves. Tercer ojo se señaló el entrecejo. Y ahora, mirando, veo…
¿Qué ves? la voz de Nieves pasó a un agudo casi histérico.
Veo que va a vivir usted muchos años, hasta los noventa o más. No se preocupe por su salud, larguísima vida la espera.
Bueno, eso me lo imaginaba dibujó Nieves una sonrisa tensa, sin pillar la ironía.
Sí, sí… pero sobre su hijo, acerca de Curro, veo otra cosa. Y más negra que todos sus remolinos.
El rostro de Nieves se cubrió de manchas rubicundas. Se puso en pie bruscamente.
¡Para ya! ¡Cierra la boca, que te pasas!
Solo hago lo que me enseñó: no callarme. Veo que Curro, su único hijo, morirá joven. No por enfermedad, ni por accidente, sino… por pura tontería. Sin dejarle nietos, usted sola envejece. Así lo veo.
La explosión fue brutal. Nieves chilló tan fuerte que temblaron los cristales. El broche-escorpión saltaban en el pecho.
¡Mala víbora! bramó, olvidando de repente su teatral “don”. ¡Sobre mi hijo, haces mal de ojo! ¡Te vas a enterar!
Avanzó hacia Carmen con los puños cerrados, pero Lucía, recién vuelta de la escalera, la sujetó.
¡Quietas las dos! tronó Lucía, tan autoritaria que calló a todos.
¡Lucía, has oído! ¡Me ha maldecido al niño! Nieves, con rímel corrido de lágrimas, sollozaba. ¡Va a matarle! ¡Dice que se va a morir! Mi pobre Curro…
¿Y tú? interrogó Lucía girándose a Carmen, temblorosa pero desafiante.
¿Yo qué, Lucía? ¿No la oyeron? Ella me dijo que mi parto irá mal y mi hijo morirá. ¿Tenía que quedarme callada?
¡Eso no es lo mismo! gritó Nieves. ¡Solo hablaba de destinos, tú le deseas la muerte a mi Curro!
¿Y lo tuyo con Carmen no cuenta? intervino Maite, ¿A ti tu hijo te importa y el de Carmen es menos?
No te metas, Maite cortó Lucía, aunque sin convicción. La situación era insostenible.
Todos los del departamento asistían al espectáculo. Incluso los hombres, habitualmente ajenos a “cosas de mujeres”, asomaron la cabeza bromeando o con gesto reprobatorio.
Y la embarazada, ¿qué necesidad tenía? se escuchó a Susana, la compañera sarcástica. Carmen, deberías ser más buena y dejar en paz a Curro
Que se aguante, tanto hablar de los hijos de los demás murmuró el programador Javier, que no soportaba a Nieves. Bien hecho, por una vez le han respondido igual.
Anda ya, Javier, no te metas chistó Susana.
Javier insistía, divertido: Aquí tanto Nieves como Carmen se han pasado. Gallina y pollito.
¡Será idiota! gritó Nieves, dispuesta a pelear con Javier.
¡Basta ya! cortó Lucía mientras temblaban las mamparas. A trabajar, ¡ya! Nieves, lávate la cara. Carmen, siéntate, bebe agua.
Así no puede ser gimoteó Nieves, empapando el rostro con un pañuelo. Tiene que retractarse. ¡Me ha perforado el aura! ¡Ahora pasaré las noches rezando por Curro!
Si no te callas, vas al despacho del director zanjó Lucía agotada. Empezaste tú con las profecías.
¡Ah, claro! ¡La culpa siempre mía! ¡Todas me envidiáis! ¡Tengo un don!
Vaya don… bufó Javier.
Carmen estaba temblorosa, agarrada al vaso de agua. Maite se acercó.
¿Quieres que llame a una ambulancia? O vete a casa.
No hace falta susurró Carmen. No sé ni qué me ha dado. Ni quería pensar lo de Curro, ha salido solo. Es horrible…
No te agobies, Carmen. Ella te deseó la muerte de tu hijo, tú solo reaccionaste. Justicia poética. Se lleva su merecido.
Pero Curro no tiene culpa. Solo es el hijo de una madre tonta negó Carmen. Me siento fatal.
Se le pasará. Dicen que lleva años sin trabajar, viviendo de ella… Igual tu profecía se cumple si le deja de dar de comer rió Maite.
Maite, tampoco es para bromas…
No llores. Ella debía considerarse afortunada de que solo le dijeras ‘morirá joven’, yo habría sido menos elegante…
Cuando Nieves volvió, lavada y compuesta, se sentó teatralmente, de espaldas a todos y llamó a su hijo.
Curro, hijo, ¿cómo estás? ¿Has comido? No salgas de casa hoy, ¿vale? Hoy no. Una chica… pues eso, me ha echado mal de ojo. Te hago una transferencia para una pizza, pero no salgas, ¿vale?
La oficina se echó a reír.
Nieves, mejor cómprale un chaleco antibalas gritó uno. Para la mala energía.
¡Vete al infierno! escupió Nieves.
Lucía asumió que ese día nadie trabajaría. Llamó a Carmen a su pequeño despacho.
Siéntate. Cuenta despacio.
Carmen, titubeando y roja, narró todo: el aborto, los partos difíciles, el remolino negro… y su reacción sobre Curro.
Ya sé que obré mal, Lucía. Pero cuando empezó con lo de mi niño… me explotó dentro. Ni pensé en Curro, salió solo.
Lucía suspiró. Encendió un cigarro junto a la ventana abierta.
Te pasaste, sí. Pero ella se pasó el doble. ¿Sabes el lío? Te has convertido en la villana de Nieves para siempre. Y las demás, ¿viste cómo te miraba Susana? Recordarán lo tuyo porque fue concreto. La mitad tienen hijos. Lo sentirás por mucho tiempo.
¡Fui la víctima! exclamó Carmen.
Y le seguiste el juego respondió Lucía. En vez de insultarla o irte, jugaste su mismo teatro. Pero ella es experta, tú solo tienes cansancio y hormonas.
Carmen rompió a llorar.
Basta ya, no ayuda le acarició el hombro. Vete a casa, descansa. Di mañana que te subió la tensión. Yo te cubro.
Al salir, Carmen se cruza con Nieves en el pasillito.
¿Te vas? ¿Remordimientos? bufó Nieves. Mi Curro vivirá, le pondré una medallita, pero a tu hijo, pobrecilla…
Váyase de mi lado, Nieves. Está enferma.
¡Enferma vas a quedar tú! le amenazó. Lo vas a pagar.
Solo en la calle, en el aire cortante de enero madrileño, Carmen pudo respirar hondo. Se sentía mezquina y triste, aunque sabía que no debía. Pero las palabras de Lucía pesaban: la culpa sería solo suya.
Al día siguiente, el ambiente era tenso, partido en dos bandos. El “equipo Nieves”, con Susana y dos veteranas aburridas de rutina, montaban su aquelarre en torno a la vidente, cuchicheando con miraditas hacia Carmen.
Anoche puse una vela a San Judas por Curro relataba Nieves. Se lo conté al párroco. Me dijo que es pecado grave desearle la muerte a un vivo, y más si viene de una embarazada. Ahora no tendrá al niño, ya lo veréis.
Pobrecilla, es joven e ingenua apoyaba Susana. Perdonadla, Nieves, de corazón.
¿Perdonar? Ni dormir puedo. Sueño que Curro tiene algo malo. Lo llamo cada hora. Me dice que le deje en paz, pero no puedo.
Maite no aguantó:
Nieves, deja el espectáculo, ¿no te acuerdas lo que has soltado tú a la gente? ¿O tienes memoria selectiva junto a tu “don”?
Nadie te preguntó, Maite. Siempre defiendes a Carmen porque eres igual de desalmada…
Carmen intentaba abstraerse, con voz firme, pero las manos le temblaban cada vez más. A la hora del bocadillo se encontró fatal: le dolía el vientre, la cabeza le daba vueltas. Llamó a su marido, pero seguía cerca de Valencia. Tuvo que recoger fuerzas y avisar a Lucía.
Lucía, creo que tengo que llamar al médico. Me encuentro muy mal.
Lucía, pálida al verla, reaccionó inmediata.
¡Maite! Llama al 112, Carmen se encuentra mal.
En la oficina se instauró el caos. Agua, ventanas abiertas, carreras. Solo Nieves permanecía sentada, mirándola casi con satisfacción, con una sonrisa torcida.
Maite no pudo más.
¿De qué te ries? ¿Te alegras de lo que está pasando? ¿Te sientes orgullosa?
¡Yo no he hecho nada! ¡Solo digo lo que veo! pero en sus ojos titiló el pánico.
¡Cállate! gritó Lucía. ¿Llega la ambulancia, Maite?
Ya viene.
Los sanitarios tardaron quince minutos. Se llevaron a Carmen con un posible riesgo de aborto debido a un shock emocional intenso. Al salir en camilla, solo lloraba, abrazada a la barriga.
El silencio llenó la sala. Nadie trabajaba, Lucía se encerró con llave en el despacho.
Nieves quedó petrificada. Comprendió, demasiado tarde, que sus palabras ya no eran tema de chismorreo, si no causa posible de tragedia. Quiso soltar un “ya os advertí que sería un parto difícil”, pero las miradas que recibió la obligaron a callar.
Incluso Susana, su mayor defensora, la miraba raro.
Nieves… ¿y si algo le pasa de verdad? Por lo que dijiste…
¿Y por qué va a ser culpa mía? masculló Nieves, aunque temblando. Las embarazadas están a flor de piel. Además, yo solo veía el remolino negro. ¡Eso es lo que actuó! Encima me maldijo a Curro, así que el castigo es para ella…
Qué venenosa eres… susurró el logista Toni, generalmente callado. ¿Ahora invocando a Dios? ¿Y cuando aconsejabas abortos?
Cierra la boca, Toni intentó repeler, pero su voz no tenía fuerza.
Esa noche se supo que mantenían a Carmen ingresada para observación. Había sangrado, pero el bebé, gracias a Dios, seguía bien.
La noticia partió el grupo definitivamente. Al día siguiente, Nieves apareció abatida, los ojos hinchados. Intentó dar lástima, pero solo parecía lamentarse de las consecuencias.
Chicas, no era mi intención. Quería avisar… yo, cómo podía imaginar que era tan sensible. Os habéis puesto todas en mi contra. Yo también soy persona…
No, Nieves dijo Maite tranquilamente, eres veneno. Vas difundiendo miedo, echando a perder la vida a los demás. ¿Piensas que olvidamos cuando le dijiste a Elena que su marido le sería infiel y casi se tira por la ventana? ¿O cuando pronosticaste que a Ángel le romperían la pierna y la semana siguiente tuvo una caída? ¿Por qué lo haces?
¡Solo predigo! ¡No es mi culpa!
Pues mira entró Lucía, acabo de hablar con el marido de Carmen. Ha amenazado con denunciarte por amenazas y daños emocionales. Seremos testigos: lo del aborto, la amenaza a su hijo…
Nieves se quedó más blanca que sus sortijas.
¿Denunciarme? ¿Estáis locas? Si es de buen rollo…
De buen rollo vas hundiendo gente, Nieves sentenció Lucía. Recoge tus cosas. El director lo sabe. No quiere verte más aquí. El finiquito lo tendrás en euros. Ahora explícale a un juez lo de tus poderes.
Nieves amagó un berrinche, pero nadie la miraba. Ni Susana. Por primera vez en 15 años, Nieves se quedó sola, su “don” convertido en causa de expulsión, no de diversión.
Recogió sus cosas sin decir palabra. Al salir, Maite le gritó:
¡Nieves! ¡Cúrate de lo tuyo, que eso sí que no lo ven los médicos!
La puerta se cerró tras ella. Una risa nerviosa sonó, alguien suspiró. Lucía miró a Maite:
No debiste rebajarte, Maite.
Yo? Solo dije una verdad. También tengo el don del tercer ojo.
Anda ya, Maite, no seas chismosa bufó Susana, insegura, sintiéndose perdida sin su líder de cotilleos. Después de quince años, te pasas.
Si quieres, ve tras ella, Susana. Que te cuente el futuro de tu Rubén, lo golfo que es. ¿Te animas?
Tonta eres gruñó Susana, concentrándose en la pantalla.
Lucía miró la nieve en el patio gris, pensó en Carmen, en ese peligro, en las desdichas que arrastra un departamento tan problemático. Les dirigió una mirada dura.
A trabajar. Nada de chismes, ni lágrimas, ni historias, fuera del despacho. Si venís, que sea por trabajo. ¿Entendido?
Entendido coreó la plantilla.
Milagrosamente, la oficina revivió. Los teléfonos repicaron, el ambiente parecía por fin respirable, hasta Susana hizo llamadas con renovado empuje.
Por la tarde llamó el marido de Carmen, Jaime. Lucía estuvo al teléfono veinte minutos, y al colgar les anunció:
Está bien. Mañana la dan el alta. El bebé está fuera de peligro. A casa, a reposar. Jaime viene a por ella. Agradecen los ánimos, menos… ya sabéis.
Gracias a Dios murmuró la señora Rosario, la limpiadora, santiguándose. Que proteja al niño.
Al irse, Maite se quedó revisando papeles. Lucía se acercó.
¿Por qué no te vas a casa?
Pensando en Nieves… suspiró Maite. La he llegado a odiar de verdad, y ahora… casi me da pena.
¿A Nieves?
Pobrecilla, con su “don”, sin marido, con un hijo vago, su vida era esto. Y ahora, ¿qué será de ella? Con ese carácter ni la admiten en otra oficina.
Lucía se sentó.
No la compadezcas. Gente como Nieves no sufre por la vida que les toca, sino porque no saben hacer otra cosa. Necesitan herir para sentirse mejor. Cada día se lamentaba de sí misma.
Ya… pero no sé. Me pierdo.
Vete a casa, Maite. Mañana será otro día.
Al día siguiente, Maite organizó un desayuno especial con Toni, Javier y dos más, compraron una tarta y fueron a ver a Carmen.
De Nieves Pacheco en la oficina preferían ni mencionar su nombre. Si de vez en cuando alguien de Recursos Humanos preguntaba por aquella mujer pelirroja que antes atendía el teléfono, solo decían: “Le salió el tercer ojo. Y le cerramos la puerta junto con él”.






