Por favor, Alfonso, ¡qué hombre más complicado eres! ¡Qué difícil resulta tratar contigo! ¡¿Por qué no puedes simplemente hacer lo que te pido?!
Mi mujer, enfadada en ese momento conmigo, era guapísima. No, guapa noera deslumbrante. Alta, de piernas largas, ojos azul añil y una silueta de esas que hacen que todo hombre que pase por el Paseo del Retiro, al lado del hotel, se vuelva a mirarla.
Yo, en cambio, era feo, pero feo de solemnidad. Casi una cabeza más bajo que mi mujer, ancho, con piernas cortas y brazos largos, y ya con entradas pronunciadas en la cabeza. Lo único bonito de mí eran, quizá, los ojos: atentos, despiertos; como si viera algo que los demás no alcanzan a notar. Por eso, resultaba tan curioso vernos juntos. Una belleza caprichosa y el que siempre la comprendía a fondo.
Parecíamos una versión madrileña de Hefesto y Afrodita, aunque en vez de martillo, yo siempre llevaba en brazos a la niña.
La pequeña Inés, de unos cinco años, era el retrato mío, sólo que con el azul de los ojos de su madre y una melena cobriza tan abundante y rebelde que ni su madre se molestaba ya en peinarla. Inés corría por los pasillos del hotel como una centella pelirroja, con frecuencia mirando hacia atrás para ver si yo la seguía.
Victoria, si de verdad quieres ir a esa excursión, ve. Pero yo sigo pensando que Inés es demasiado pequeña para esas aventuras. Es lejos, hace calor, se va a poner a llorar y te amargará el día. ¡Si lo sabes de sobra!
¿Y tú para qué estás? ¡Alfonso, he venido aquí con mi marido! ¡Y en el hotel no me dejan tranquila ni un momento! ¿Eso no te importa nada? ¿Te da igual?
La tensión de Victoria iba en aumento, la niña se agarró más fuerte a mi cuello y metió la nariz entre mis hombros.
Pero, cariño, ¡claro que me importas! Ya sabes que te tengo celos terribles dije, intentando sonreír, mientras acariciaba la cabeza de mi hija. Vamos, ¿por qué no buscamos otra cosa? Subimos en barco, hacemos submarinismo Tú mandas, ¿vale?
¡Quiero pirámides! cortó, girando la cabeza. Si no queréis, me voy sola.
El drama fue ejecutado con brillantez y yo sólo podía encogerme de hombros mientras mi mujer se iba a la piscina, olvidándose de mí y de la niña.
Aunque, en realidad, a esas cosas ya estaba acostumbrado. Nuestra vida era la típica de las parejas de nuestro entorno: yo, empresario ocupado, y ella, joven y bella, consintiéndose querer.
¿En qué momento acabé en la categoría de marido de moda? Ni yo lo sabía. Nunca fui especialmente hábil conquistando (ni entendiendo) a las mujeres. Otra cosa era en el trabajo: si se trataba de colegas o socias de negocio, ningún problema. Era educado, simpático, irónico si era necesario. Pero, en el terreno sentimental, la cosa cambiaba; no sabía dónde poner las manos ni cómo hacerme notar ante la mujer que me gustaba. Al final, asumí que el amor no era para mí. Vivía por y para el trabajo, visitaba a mi madre doña Carmen que vivía en una casita en la sierra, y fui concluyendo que lo mío era la soltería.
Las pocas aventuras que mi madre, riendo, llamaba encuentros por salud, eran mi único alivio.
Todo eso habría seguido igual si no llega a ser por Carmen, quien decidió que ya era hora de nietos y de que alguien me organizara la existencia.
Alfonso, por mucho que te admiro… ¡nunca te vas a casar si lo dejamos en tus manos! Necesitamos una casamentera.
¿Una qué? pregunté, ahogándome con la infusión que tomaba en la terraza de su chalet.
Una casamentera, hijo. Tienes la cabeza llena de números y poco arte para tratar mujeres. No tienes mal fondo ni eres tonto, pero no aprendiste ciertas cosas. Y eso es culpa mía, lo reconozco. Así que, como yo tampoco soy experta, lo mejor es acudir a profesionales. Anda, coge papel y describe a tu mujer ideal.
Madre, por Dios…
Vamos, déjame hacerlo. ¿La quieres rubia, morena? ¿De qué ojos?
Aquella noche, contesté resignado a las preguntas de mi madre, como si fuera una investigadora. Hasta mis miedos y deseos secretos acabaron en un folio. Al releerlo, me quedé perplejo.
Esa mujer no existe.
¡Ya veremos! sentenció Carmen, llevándose el folio.
Y, milagrosamente, la encontró. Victoria era tal como la había soñado físicamente. El caráctereso ya fue harina de otro costal y tocó descubrirlo en pleno matrimonio.
Pronto entendí que lo nuestro era, sobre todo, un acuerdo. Descubrí que, en nuestro círculo social, eso era bastante común. Victoria ni se planteaba hacerme cocidos o quedarse en casa; en el chalet grande de Torrelodones cada uno tenía su dormitorio, porque según ella no podía dormir con mis ronquidos. Si roncaba o no, nunca lo supe; pero por Victoria hacía cualquier cosa.
Tener hijos no le hacía ilusión, y así me pidió posponerlo dos años porque quería ver mundo y eres capaz de organizarme viajes, ¿verdad, cariño?
Accedí, así que viajábamos, veíamos amigos, cada uno a su aire.
El nacimiento de Inés trajo una tregua. Por primera vez, ansiaba volver a casa para estar con mi hija. Pero Victoria se mostró como madre bastante regular.
Yo no pienso dar el pecho, que luego hay que operarse para arreglárselo. Búscate una nodriza o damos biberón. Tú también creciste con leche artificial, según tu madre, ¡y tan guapo has salido! Pues ya está, sin problema.
Ni mi madre ni yo pudimos convencerla. Así que busqué niñera.
¡Voy a volverme loca! ¡Todo el día sola con la cría llorando mientras tú en la oficina rodeado de gente! ¿Quieres que me deprima?
La suya, la suegra doña Pilar, cuando supo que buscaba niñera, se plantó.
No hace falta. Tu madre da clases, pero yo puedo ser abuela para mi única nieta. Así entra alguien de la familia, no una extraña.
Acepté encantado. Fue entonces cuando discutí en serio por primera vez con Victoria.
¿Para qué quiero a mi madre aquí? ¡Será para decirme cómo tengo que vivir! ¿Me tomas el pelo? ¡Creía que me querías ayudar, Alfonso! ¿Por qué eres tan complicado? ¿Es que no me quieres?
Sí te quiero. Pero también quiero a mi hija. Y tú casi no la miras. Que la cuide al menos quien la adore.
No mentía. Victoria, como madre, era distante. Para ella, lo importante era que Inés tuviera los juguetes más bonitos, la habitación mejor decorada y trajes de ensueño, que enseñaba con orgullo a las amigas. Pero la niña dormía y buscaba cariño en mi dormitorio, rodeada de sus cosas y su pequeño mundo.
¡Quiero a mi hija! ¡La quiero a mi manera! dijo Victoria, llorando por primera vez desde la boda. Pero yo no me reblandecí.
Tu madre se queda. Cuando quieras asumir tú la educación de Inés, lo reconsideramos. Mientras tanto, será así.
Victoria aceptó: mejor eso, y más tiempo libre, que discutir.
Pilar se instaló en casa y, gracias a ella, Inés encontró algo muy parecido a una segunda madre. Claro que, a ratos, Victoria le dedicaba los minutos reglamentarios cuando venía gente y quería presumir, pero, en cuanto podía, la niña corría detrás mío o de la abuela.
Eso fue nuestra vida: Inés creció, fue primero a una escuela de danza, luego a una guardería de esas privadas a donde Pilar la llevaba cada mañana. Había recorrido media Europa con nosotros y estaba acostumbrada a hoteles y aviones porque, con su padre, nunca era estorbo.
El viaje al sur tampoco tenía nada especial hasta que, de golpe, Inés empezó a tener fiebre y a quejarse de dolor de cabeza.
¡Ya está, verás las vacaciones! se lamentaba Victoria mientras yo llamaba al médico del hotel.
Victoria, de verdad… ¡Que la niña está mala!
Lo que tiene es un resfriado tonto. ¡Eso te pasa por comprarle helados a todas horas! Yo te lo advertí, pero claro, tú a complacerla siempre. ¡Ahora lo pagas! bufaba con enfado. Padre del año… ¿y ahora qué?
Pues esperar al médico la corté con más firmeza de la habitual, tan serio que Victoria se calló de pronto.
El doctor nos tranquilizó enseguida.
Nada grave. Descanso y dormir.
Pero yo, en cuanto salió, lo tenía claro.
Hacemos las maletas. Volvemos a Madrid.
¿Pero por qué? El médico ha dicho que no es nada…
Yo no me fío. No es normal que le duela la cabeza así. La llevamos a que la vean de verdad.
En la clínica privada de Madrid, tras muchas pruebas, resultó que tenía razón. Nuestro mundo se paró un instante.
Primero una clínica, luego otra. Inés no mejoraba, pero tampoco empeoraba, lo cual era, dentro de lo malo, un alivio. Dejé todo el trabajo en manos de mis socios y no me separé prácticamente de mi hija, escapando de la clínica solo para ducharme y cambiarme de ropa. Victoria estaba presente, pero respondía mecánicamente a los médicos, como si solo yo pudiera darles información útil. Ella sonreía, lloraba y todos pensaban que sufría mucho pero la verdad era otra.
Ella apenas se preocupaba: veía que los médicos hacían todo lo que se podía, y se resignó. Lo que de verdad echaba en falta era su libertad de antes, sus planes, su vida. No soportaba el olor a hospital aunque, con sinceridad, estaban en la mejor clínica que mi patrimonio, aún considerable, podía pagar.
Su paciencia se agotó cuando se enteró de que iba a vender nuestra casa.
¿Por qué lo haces? ¿No tienes ya bastante dinero?
Ahora ya no. El tratamiento cuesta muchísimo, y la operación hay que hacerla fuera. Eso implica dinero, Victoria. Mucho. Así que vendo lo que haga faltala casa, el negocio, lo que sea. Solo importa una cosa: ¡que Inés se cure!
¿Y yo? gimoteó ella, intuía perfectamente lo que venía.
Y tú Te libero. Podrás seguir con tu vida; tendrás apartamento, coche, recursos de sobra. Solo te pido que vengas a la clínica un par de veces por semana, y que cuando viajemos para la operación estés con nosotras. Por la niña. ¡No por ti! Eres su madre, aunque casi lo hayas olvidado. Saca algo humano, aunque sea por puro orgullo. Haz el favor de fingir si hace falta, pero lo necesita.
Nunca antes había perdido los papeles así con ella. Me temblaban las manos; el miedo me secaba la boca y me hacía sudar frío. Todo cuanto importaba estaba en esa habitación al otro lado de la puerta, con la muñeca pequeña apretada a su osito y una vía en la mano. Sólo nos unía aquel ser diminuto, sobre el que Victoria y yo discutíamos en un pasillo de hospital.
Basta ya. Mírate al espejo y vuelve en condiciones, no asustes a Inés. De lo demás, hablaremos más adelante. Cumple tu parte, Victoria, y no me lo hagas repetir.
Como si yo midiera dos metros y fuera de piedra, ella se giró y marchó por el pasillo, sin encontrar palabras.
Entré despacito en la habitación; Inés se removió en la almohada.
Papá…
Pilar, que leía con ella, levantó la vista y me hizo una seña en silencio para que la acompañara al pasillo.
Alfonso, me gustaría quedarme…
¿Por qué me lo pides, Pilar? le respondí, abrazándola. Sin ti no sé qué habría hecho.
Qué vergüenza siento, hijo. La culpa es mía. No supe criarla… Siempre fue tan inocente, tan dócil. Ahora no la reconozco. ¿Tan ciega estuve? ¿Fui tan tonta para no ver qué pasaba?
Pilar, lo hecho hecho está. Yo tampoco supe verlo antes. ¿Y si ella no quiere de verdad a la niña? Pero tú fuiste una buena madre, y has dado ejemplo. Ayúdame a no repetir errores. ¿Cómo evito romper a Inés?
Anticipándote siempre que puedas. Seca esos ojos, hijo… Ahora hay que estar fuertes. Que no nos vea venidos abajo porque entonces se nos subirá a la chepa y hará lo que quiera. Ahora, descansa. Y, cuando puedas, bájale un helado, que hoy apenas probó bocado.
La operaron dos meses más tarde. Mi madre dejó las clases y nos acompañó a las dos abuelas, a la clínica extranjera.
Pasó más de medio año hasta que, por fin, Inés volvió a casa con su padre y sus dos abuelas. Victoria se quedó en París.
Fueron dos años de rehabilitación, esperanza inestable que unas veces brillaba y otras se desvanecía, pero nunca murió del todo hasta que, por fin, el médico sonrió con alivio.
Lo habéis conseguido.
La vida, después de mucho titubear, echó a andar de nuevo, ya con paso decidido.
Victoria no volvió a aparecer hasta el decimoquinto cumpleaños de su hija. Seguía bella e impecable, besó en la mejilla a Pilar, asintió fríamente a mí y se fue a felicitar a Inés entre el bullicio de chicas y chicos del instituto.
Hija
Los ojos igual de azul, entrecerrados, escrutaron a Victoria.
Mamá
Ella intentó balbucear explicaciones, pero Inés la fulminó con dos palabras.
No ahora. Relájate, será después.
Pero yo quería decirte
Ya lo harás. Ahora no toca.
Inés, por favor
Vale. Ven conmigo.
Se apartaron al despacho. Inés, con sus piernas largas, trepó al alféizar de la ventana y se sentó con naturalidad.
Te escucho.
Dios, eres igual a tu padre
¿Tan complicada soy?
No quería decir eso.
Pero yo sí. Y te diré una cosa: aquel al que consideraste inferior, al que trataste mal y abandonaste, nunca dijo una mala palabra de ti delante de mí. Nunca trajo a otra mujer a casa porque decía que yo tenía madre. Jamás se divorció, aunque por su parte podía haberlo hecho, para no entristecerme. Siempre decía tu madre está lejos, aunque nunca estabas. Y ¿sabes qué más te digo, mamá?
Dímelo murmuró Victoria, insegura, al observar a la joven ante sí: voz firme, mirada acero, la suya.
Ese hombre complicado me enseñó a perdonar. Insistía en que el rencor no lleva a nada. No sé si aún sé cómo hacerlo, pero soy hija de Alfonso, así que terminaré lo que empiezo. No tengo mucha necesidad de verte. Tengo a papá. Tengo a las abuelas. Lo esencial de la vida ya me lo transmitieron. No te necesito. Pero por él, te daré una oportunidad. Intenta demostrar que puedo querer una madre.
¿Hasta ahora qué era yo?
Lo que quisieras: muñeca, portada, lo que fuera… ¿Dura? Yo era pequeña, pero recuerdo quedarme dormida con las nanas de la abuela, y no eras tú quien me daba la mano sino papá. Me raparon la cabeza y Pilar lloraba; Carmen me trajo un horrible sombrero rosa y nos partíamos de risa las tres, sin lleguar al baño a tiempo por tanto reír. Y tú, lejos. Recuerdo entrar al cole un año tarde, lo difícil que fue y cómo las abuelas me ayudaban a estudiar porque papá trabajaba hasta tarde. Pilar me hizo mi tutú y mi corona de cisne aunque ya nunca podría bailar como soñaba; bailaba para ellas, y ellas me aplaudían como si estuviera en el Teatro Real. Carmen me trajo una caja de pinturas y nos poníamos a dibujar hasta medianoche. Y ese cuadro lo tienes ahí; ganó el primer premio juvenil, se lo regalé a papá. Pero tú, ausente.
Pero ahora estoy aquí
¿Y por qué? ¿Por qué tendría que creerte?
Se quedó pensativa, dibujando patrones en el cristal.
Bajo la ventana, mi sombra se proyectaba mirando hacia arriba. Inés agitó la mano y me dirigió su mirada firme.
¿No lo sabes, mamá? Yo tampoco, así que no voy a perder tiempo ahora. Haz lo que puedas; si llego a necesitarte, me lo plantearé. De momento, bienvenida. Ponte cómoda. El pastel estará en una hora y yo regreso con mis amigos. Perdón.
Saltó, cuidó de recolocar la cortina, y ya en la puerta se volvió.
¿Qué, mamá, sigo siendo tan difícil?
Victoria calló, con la esperanza agarrándosele a las pestañas.
Mejor, porque así sé que me parezco a papá. Eso sí que es un piropo. Quizá hoy sí estoy lista para pensarlo. Hasta luego.
Y una llamarada pelirroja cruzó la puerta, mientras Victoria tocaba con la mano el cristal allí donde aún quedaban las huellas de los dedos de su hija.







