Un paso hacia otra vida
Catalina se encontraba de pie junto a la ventana de su modesto piso en Salamanca, observando cómo el asfalto húmedo reflejaba la procesión de paraguas que avanzaban por la calle, todos tan distintos y coloridos: rojos amapola, amarillos como el membrillo, azul añil que se fundía con el cielo encharcado. El agua caía sin cesar tercer día consecutivo, un hilo gris persistente que parecía remarcar su propio ánimo. Entre las manos frías sostenía una taza de té de azahar, ya frío; el aroma apenas era un recuerdo amargo en su lengua. Miraba, distraída, el montículo de cajas aún sin abrir: de una se asomaba la capucha de su sudadera favorita, la del escudo de la universidad; en otra, los lomos apretados de libros que llevaba como amuletos.
¿De verdad soy yo la que está aquí?, pensaba Catalina, atenta al runrún de la ciudad más allá del cristal: autos que buscaban acomodo en el caos del tráfico, el solitario lamento de un claxon, el eco metálico de los raíles del tranvía. Un mes atrás corría por Madrid, llegaba tarde a clase, refunfuñando contra los ascensores que siempre se averiaban en el metro, tomaba café con sus compañeros en aquel bar de la esquina el camarero ya sabía su pedido de memoria: un café solo y croissant de chocolate. Ahora, Castilla: prácticas en una empresa tecnológica importante, idioma y acentos ajenos, calles donde incluso los letreros le parecían mensajes de otro mundo.
Suspirando, se apartó de la ventana, dejando el vaho de su mano en el cristal. Sobre la mesa, el cuaderno del proyecto estaba repleto de esquemas, flechas y garabatos; al lado, el mapa de la ciudad donde, meticulosamente, había marcado los mejores restaurantes, panaderías y estaciones de metro. Su vida había cambiado de rumbo tan abruptamente que todo parecía sólo un espejismo.
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¿Lo tienes clarísimo? preguntó con voz trémula Pilar, viendo a su hija menor, Catalina, preparar la maleta en la habitación revuelta. El suelo era un campo de cajas unas a medio llenar, otras boca abajo; en la mesa, un revoltijo de apuntes, papeles y cartas; en el alféizar, marcos con fotos donde Catalina era niña: en bicicleta con las rodillas peladas, abrazando a su hermana en la playa, con sonrisa nerviosa en la graduación.
Sí, mamá, lo tengo pensadorespondió Catalina, doblando cuidadosamente un jersey. Quiso que sonara firme, pero dentro de ella algo se comprimía, una cuerda invisible girando más y más fuerte. Ya he firmado el contrato y tengo los billetes. Ya no hay marcha atrás.
¿Y por qué justo ahora? insistía su madre, con la voz en hilillos. ¿No puedes esperar un año, hija?
Es una oportunidad única, mamá.Catalina la abrazó por los hombros, sintiendo el temblor bajo su pulgar.Esta beca abre todas las puertas. ¿No querías siempre que estuviera orgullosa de mí?
En ese momento entró Teresa, la hermana mayor de Catalina. Se apoyó en el marco de la puerta, los brazos cruzados, mezclando preocupación y una pizca de orgullo. Siempre había sido su sostén: quien le contaba chistes antes de los exámenes, secaba sus lágrimas tras las broncas de amigas, le ofrecía consejos tan sencillos como sabios.
Déjala, mamá dijo firme Teresa.Es su vida, su decisión. No puedes sujetarla para siempre. Ya es adulta.
GraciasCatalina le sonrió y susurró:Eres la única que sabe la verdad.
La verdad era un secreto: Catalina no emigraba solo por las prácticas. Seis meses antes, por casualidad, se enteró de que Diego el chico que la había desvelado desde el instituto se casaría con una compañera del trabajo, Rocío.
Aquel día quedó grabado como en celuloide. En una cafetería próxima a la facultad, pensaba en pedir un café cuando los vio; Diego tomaba la mano de Rocío y le susurraba algo, ella reía tapándose la boca, luciendo un anillo nuevo y dorado. El corazón de Catalina casi retumbó sobre las baldosas, y salió corriendo antes de que la inundara la pena frente al camarero aturdido. Luego, con los dedos entumecidos, le mandó a Teresa un mensaje: “Se acabó. Se casa.”
Esa noche, Catalina envió a Diego un escueto ¡Enhorabuena por el compromiso, de verdad que me alegro mucho!. Él contestó con un ¡Gracias! y unos corazones. El emoji la atravesó como un dardo.
A partir de entonces, evitó a Diego cuanto pudo. Pero compartían universidad y los inevitables encuentros en pasillos, trabajos en grupo, hasta clases opcionales. Bastaba mirar sus ojos para que el mundo de Catalina se agitara: ¿alegría?, ¿dolor?, ¿silencio? Fingía ocupación, pero siempre la atrapaba el pálpito traicionero.
Un día, deseó de pronto y sin quererlo que, si Rocío desapareciese, tal vez Diego la miraría a ella. El pensamiento la horrorizó; la náusea la dejó clavada en un banco del parque, murmurando: ¿Qué me pasa? Esto no es normal
Consultó anónimamente a una psicóloga. Distánciate, corta el hilo. Vete tan lejos como puedas, cuanto antes, fue el consejo.
Y entonces, llegó la beca en Castilla como un guiño del destino. Catalina aceptó sin dudarlo.
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El día de la partida llegó volando. Al despedirse, la acompañaban sus padres, Teresa, compañeros de clase, un par de amigas del colegio. La estación de tren parecía un nido de abejasalboroto de abrazos, despedidas, niños deslizándose entre mochilas, canciones lejanas de un acordeonista.
Diego destacaba en la penumbra, junto a Rocío, perdido y con las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con ellas. Ella gesticulaba, él apenas asentía, la mirada vagando.
Bueno, Catase acercó Diego, la abrazó torpemente. Su chaqueta olía a aquel aftershave familiar y por un segundo Catalina pensó que se equivocaba.Que tengas mucha suerte. Escríbeme, no desaparezcas.
Clarorespondió Catalina, forzando una sonrisa al borde del precipicio.
Rocío se acercó:
¡Qué alegría que te marches! Aprovecha la experiencia. Cuenta cosas de Salamanca, siempre he soñado conocer esa tierra.
Prometido Catalina asintió. Haré fotos y vídeos.
En su interior, dictaminó: Nada de videollamadas. Tampoco mensajes constantes. Es mejor así. Mejor cortar el hilo.
Al anunciar el tren, Catalina abrazó a su madre, besó a Teresa, se despidió con cariño de los amigos y caminó hacia el andén. Miró una última vez hacia Diego, que seguía con manos en el abrigo, mirándola desaparecer. En su mirada algo titilaba¿pena?, ¿nostalgia?, ¿educación?
¿Y si todavía siente lo mismo?, pensó Catalina. Espantó la duda, se giró decidida y siguió adelante.
Ahora empiezase prometió al subir al tren y, en ese instante, todo pareció un escenario de otro sueño.
En el AVE, abrió su cuaderno y apuntó la primera línea del diario:
“Día uno. Salgo. Me duele el corazón, pero elegí bien. Comienzo de cero. Sin Diego, sin recuerdos que arañen, solo yo y un campo abierto de oportunidades. Podré. Debo.”
Cerró el cuaderno. Se recostó en el asiento y dejó que el traqueteo la arrullara en su camino hacia lo desconocido. Nuevas ciudades, nuevos rostros, quizá un nuevo amor. El pasado quedaba atrás, junto a su familia, en un lugar impregnado de nostalgia y futuro.
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Los primeros meses en Salamanca se le hicieron un charco helado. Todo era extraño: el bullicio de las terrazas, las palabras que parecían acertijos, saludos efusivos o distantes. Se sumergió en el trabajo, tarea tras tareadifíciles a veces, pero estimulantes. Los días discurrían tan llenos que el hueco de la nostalgia solo la atrapaba en la soledad del atardecer, cuando sus pasos resonaban en el piso y sólo la miraba el reflejo de su sombra.
Una tarde, al salir del trabajo, los faroles comenzaban a encenderse y el aire olía a tierra mojada y esperanza. Catalina se refugió en una cafetería diminuta cerca del puente romano. El aroma a café molido y canela parecía una nana. Se acomodó junto a la ventana y pidió un café con leche y pan de higobuscaba algún sabor que la acogiera como un abrazo antiguo.
A su lado, una pareja compartía una tarta, se lanzaban cucharadas cómplices, y él le susurraba cosas al oído mientras ella reía tapándose la boca. Catalina sonrió, conmovida por esa ternura ajena y la sensación de espiar un cuento feliz.
Tienes los ojos muy lejos, ¿eh? ¿No eres de aquí?le dijo la camarera, una mujer de mediana edad con arrugas generosas y mirada cálida, que le dejó la taza en la mesa.
El aroma del café se colaba por entre los suspiros.No, acertaste.Catalina agradeció el gesto, luchando por no desmoronarse. Observo cómo la gente entabla lazos como si nada y yo me siento en la orilla.
Ya verás, hija, todo llegasonriente, la camarera le guiñó un ojo mientras ajustaba el delantal. Aquí, los viernes, se juntan estudiantes y forasteros para jugar a juegos de mesa y contar historias. Vente si quieres a la próxima, lo pasarás en grande.
Catalina titubeó sólo un segundo, atrapada entre el aroma dulce y el zumbido esperanzado de las risas cercanas, y sintió que algo, como un capullo en invierno, despertaba dentro de ella.
Sí, vendrédijo, y por primera vez en mucho tiempo la esperanza le subió a la garganta y la hizo sonreír.
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El viernes siguiente llegó temprano. Los nervios le hacían sudar las manos y se le pegaba la lengua al paladar. Había un gran círculo de genteunos desparramaban fichas y cartas, otros preparaban infusiones en una enorme tetera. El aire vibraba entre risas y promesas de camaradería. Catalina se detuvo apenas en el umbral.
¡Una nueva!exclamó Javier, alto, cabello alborotado, sonrisa desbordante. Se acercó raudo tendiéndole la mano.Soy Javier; ella es Marta, aquel es Lucas, Emma y así hasta acabar el abecedario.
Los nombres bailaban en su cabeza. Entre bromas, imitaciones de acentos ibéricos y partidas de parchís, Catalina fue olvidando el nudo de la nostalgia. Marta preguntaba por la Puerta del Sol, Javier por los mejores churros de España; Lucas imitaba acentos gallegos y Emma hacía memoria de anécdotas en Sevilla. Y, sin darse cuenta, la figura de Diego se fue disipando entre las carcajadas.
Las noches insomnes de recuerdos dolientes ya no mordían; en su lugar, las anécdotas compartidas con los nuevos amigos pasaban a ser pequeños tesoros, álbumes de un presente fresco e impredecible.
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Una noche, repasando las viejas fotos en el móvil, Catalina se detuvo en una con Diego: el día de la graduación, él sacándole la lengua y ella a punto de soltarle una colleja divertida, con el sol derramando oro sobre sus caras y globos de colores en un fondo borroso lleno de sonrisas.
Qué curioso, pensó Catalina, deslizando el dedo, ¿por qué sufrí tanto? Era solo Diego. Amigo, sí, quizá el más íntimo pero solo eso.
Abrió el chat y tecleó:
Diego, ¿qué tal? Espero que la boda fuera preciosa. Dale a Rocío otro abrazo de mi parte.
No había acabado de dejar el teléfono sobre la mesa cuando vibró en su palma:
¡Cata! ¡Qué alegría saber de ti! La boda de escándalo, Rocío aún presume las fotos. ¿Tú qué tal? ¡Cuéntame! Salamanca, el curro, la gente Echo de menos nuestras charlas.
Siguieron frases largas, livianas, sin rastro de dolor ni agujeros. Le contó de la beca, de los amigos, cómo casi se le cae la tortilla de patata al suelo probando la receta de un compañero. Diego respondía entre bromas y recuerdos de antaño, y se fueron construyendo páginas nuevas lejos de la herida.
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Pasó otro mes. Catalina se movía ya con soltura por la ciudad: localizaba dónde comprar pan recién hecho, qué parque era más bonito a la hora en que los vencejos danzan, cuál era el café junto al río con mejor vista de la catedral. Tenía amistades a las que confiaba sus secretos, con ellos salía de tapas o al cine los fines de semana. Reconocida en el trabajo, su jefe la animó en una reunión y los compañeros aplaudieron. Empezaba a pertenecerno a fingir.
Un día Javier le propuso:
Óyeme, este finde podríamos irnos a las hoces. Hay un lago estupendo, hacemos picnic, paseamos entre helechos, luego tocamos la guitarra. Marta y Lucas vendrán, seguro. ¿Te apuntas?
¡Cuento contigo!dijo Catalina, con los ojos chispeando de alegría.
Lo contó a Teresa por videollamada, y su hermana le devolvió la mirada, atenta:
Estás distinta, Cata. Los ojos te brillan. Ahora sonríes de verdad, no como cuando partiste.
He comprendido algo vitaladmitió Catalina, mientras veía, tras la ventana, cómo paseaban parejas y perros bajo el crepúsculo. Lo de Diego no era amor. Era apego de esa amistad que temes perder. Pero veo que seguimos teniéndola, sólo que de otra manera. Y, curiosamente, me gusta así.
Teresa se mostró feliz por su hermana:
Siempre supe que eras fuerte. Tu vida no debe girar en torno a nadie. Mereces ser feliz.
El fin de semana, en la naturaleza, el aire traía canto de mirlos y el sol acariciaba el lago y el musgo. Javier le contaba historias de pueblos encantados, y Catalina sintió, correteando y lanzando piedras al agua, que era libre de nuevo. El viento jugaba con su cabello y la risa le salía limpia.
Te has hecho imprescindible aquíle dijo Javier, junto al lago espejeante con gaviotas fugaces.Me alegro de verte en el bar aquel viernes. Sin ti, esto sería más gris. No solo porque ganas siempre al trivial.
Catalina se sonrojó, la calidez subiéndole por los pómulos.
Gracias. Siento que sois casi mi familia.
Al irse, Marta se acercó a Catalina:
¿Sabes? Has cambiado mucho en estos meses. Al principio eras como la sombra de ti misma, tímida, lejana. Ahora eres tú: alegre, abierta, radiante. ¡Brillas!
Catalina la abrazó, los ojos húmedos, pero por primera vez de gratitud.
Gracias, Marta. Gracias por dejarme entrar, por no dejarme escurrirme dentro de mi caparazón. Sin vuestra ayuda seguiría cada noche frente a mi ventana, viendo pasar los días.
Marta sonrió y apretó su mano:
Para eso estamos los amigos: para sacarnos del gris y ofrecernos luz cuando hace falta.
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Esa noche, Catalina llamó a su madre y Teresa. Ambas se asomaron a la pantallala madre, en bata de flores; Teresa, con su sudadera del grupo de música favorito.
¡Cuenta! intervino Teresa, impaciente. ¿Cómo os fue en el lago?
GenialCatalina se acomodó, la sonrisa fresca y nueva.Hicimos bocatas, cantamos junto al fuego, paseamos al borde del agua. Javier me llevó a ver unas piedras prehistóricas, y Marta casi se cae intentando fotografiar un pato.
Su madre, sonriente, la observaba con ternura:
¿Y tú eres feliz, hija? ¿De verdad lo eres?
Catalina guardó un segundo de silencio, saboreando los recuerdos del día, la libertad, la risa espontánea.
Sí, mamá, respondió, la voz auténtica y dulce. Soy feliz, de verdad. Y ya no temo el futuro. Quiero construirlo aquí. Quizá, incluso, me quede tras la beca.
Teresa alzó las manos al cielo en la pantalla:
¡Eso! ¡Sabía que lo lograrías!
Su madre, enjugándose una lágrima:
Que seas feliz es lo más importante, mi vida.
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Al día siguiente, Catalina volvió a escribir a Diego, un mensaje largo y sereno. Le narró cuánto costó, cómo confundió amor y amistad, cómo se asustaba de sí misma y se asfixiaba sin saberlo. Contó de los nuevos amigos, de cómo, poco a poco, soltaba el lastre y despertaba. Concluyó así:
Gracias por haber sido mi amigo todos estos años. Ahora sé apreciarlo de verdad. Ya no te veo como un amor imposible, sino como el compañero leal, divertido y caótico que siempre fuiste. Gracias por estar y por quedarte.
Diego casi no tardó en contestar:
Cata, gracias por abrirte así. Ni me imaginé que lo habías pasado tan mal. Tienes razón: nuestra amistad vale más que ninguna otra cosa. Sigamos a distancia, ¿vale? Te prometo escribir. Y si vuelves a Madrid, ¡Rocío y yo te montamos tal recibimiento que te olvidas de la vida salmantina!
Catalina se dejó caer en la silla y respiró hondo. Ya no sentía aquel peso atormentado. Sólo ligereza y gozo. Miró el sol clareando la tarde en la Plaza Mayor, las risas de los vecinos bajo la sombra de los soportales. Al lado, sobre la mesa, una postal de Marta: Bienvenida a la tribu, junto a un dibujo ridículo de una cigüeña en patinete.
Esta es mi vida nueva, pensó Catalina, y, realmente es maravillosa.







