Traición disfrazada de amistad

Traición bajo la máscara de la amistad

Este invierno en Madrid se presentó con una intensidad inusual: la nieve cubría aceras, tejados y plazas, tiñendo la ciudad de un blanco que parecía sacado de un cuadro antiguo. Los copos bailaban sin descanso, envolviendo la capital en una atmósfera nostálgica y pura, como si la calma a fuera quisiera colarse en los hogares madrileños.

Dentro del piso de Sofía y Álvaro, sin embargo, el ambiente contrastaba: reinaba el calor y una serenidad absoluta. Al otro lado del ventanal, el frío pintaba la Gran Vía de silencios y reflejos plateados, mientras que allí dentro el mundo se resumía en una lámpara de luz cálida, un sofá y el murmullo de una comedia española en la televisión. La tela suave de la manta cubría los pies de ambos, y las risas enlatadas del film no hacían más que subrayar la sensación de refugio y complicidad.

Acomodados en el sofá, viéndolo todo desde ese rincón privilegiado, Álvaro miraba alternativamente la pantalla y el espectáculo tras el cristal: todo invitaba al recogimiento. De vez en cuando su mirada se detenía en el perfil de Sofía, que sonreía distraída a sus propios pensamientos, casi ausente de la trama.

De repente, el sonido, de tono casi musical, del móvil de Álvaro rompió la armonía. Él tardó en reaccionar, como si le costara abandonar ese pequeño mundo de calma. Al segundo intento del aparato, exhaló en voz baja y sacó el teléfono del bolsillo:

Otra vez Javier comentó dirigiéndose a su mujer. Es la tercera llamada hoy.

Sofía giró apenas el rostro, sin apartar la mirada del televisor.

Seguro que está otra vez con la brasa de la casa de campo respondió sosegadamente. Desde que la compró, no para de organizar planes. Nunca acepta un “no” por respuesta.

Álvaro deslizó el dedo, aceptando la llamada.

¡Javi! ¿Qué pasa, hombre? intentó sonar alegre.

Álvaro, ¿vas a venir o no? la voz de Javier, rebosante de entusiasmo, llenó la estancia. ¡Hay que celebrar la compra! Tengo la chimenea encendida, la mesa puesta, y los demás están llegando. Vente con Sofía, lo vamos a pasar de escándalo, y ya es hora de que salgáis de la cueva.

Álvaro dudó unos segundos, mirando de reojo a Sofía, que negó suavemente con la cabeza. No hacía falta decir nada; ambos lo sentían igual. No les apetecía música alta, sobremesa interminable ni el bullicio de esas reuniones. Querían algo íntimo, tiempo para no rendir cuentas a nadie más que a ellos mismos.

Mira Javi comenzó, la cosa es que Sofía se fue a casa de su madre por un par de días. Ir yo solo a tu casa como que no. Otro día, ¿vale? Que no quiero líos. Ya organizaremos algo más adelante.

Javier guardó silencio un instante.

¿Que se ha ido tu mujer? ¿Hasta cuándo?

Vuelve mañana por la tarde. Lo decidió de repente y me fastvió el planazo: cine, paseo por El Retiro y hasta pensábamos patinar. Pero mira, otra vez será.

Javier vaciló un poco, luego aceptó.

Bueno en cuanto esté de vuelta, queda con nosotros. ¡Os echo de menos!

Eso está hecho respondió Álvaro, aliviado, dejando el móvil sobre la mesa. Miró a Sofía con media sonrisa. Por poco no me libro No sé qué le pasa, no se entera de que uno también necesita paz. Prefiero mil veces este sofá y tu compañía.

Sofía le miró con ternura; él la abrazó, notando cómo el peso de la llamada se evaporaba. El apartamento, la manta, los copos tras la ventana y la película blanca y negra creaban un refugio donde nada podía perturbarles.

A mí también me apetece susurró Sofía, levantando la mirada. ¿Vemos la peli y nos vamos a la cama pronto? No necesito nada más.

Sonriendo, Álvaro asintió y planeó mentalmente el resto de la velada: apagar la lámpara, arroparse en la cama y dormir mientras afuera el viento empujaba la nieve. Pero entonces, el timbre del móvil vibró de nuevo: el mismo remitente.

Resoplando, Álvaro cogió el teléfono a regañadientes.

Javi, ya te he dicho

Pero la voz de Javier, ahora seria, le dejó helado.

Álvaro, estoy en el club Cristal con algunos amigos antes de irnos al campo. Y veo a Sofía aquí. Con otro tipo. Bebiendo, riendo, abrazados. No quería meterme, pero tú tienes derecho a saberlo. ¿No decías que está con su madre? ¡Pues te está mintiendo!

Álvaro se quedó de piedra, mirando en silencio a su esposa, que seguía ahí, a su lado, aparentemente ajena a todo. Dudó.

¿Estás seguro? repitió, con evidente recelo. Seguro que te has equivocado.

Lo tengo clarísimo. Y la tía ni se inmuta al verme. Si quieres, le paso el móvil.

Por un momento, el crisol de dudas bulló en la mente de Álvaro. Al fin, con frialdad, aceptó:

Pásamela.

El altavoz dejó escuchar una mezcla de música, risas y voces. De pronto, un timbre femenino, peligrosamente similar al de Sofía, resonó:

¿Quién es? sounded titubeante, como confundida.

Álvaro tragó saliva, mirando a Sofía, que no daba crédito.

¿Sofía? Soy Álvaro. ¿Qué pasa?

¡Qué pesado! la voz, casi igual, respondió burlona. Me aburro de tu vida. Hoy quiero pasarlo bien. ¡Déjame!

Sofía se incorporó de golpe, muda de asombro y el rostro blanco.

¡Esto es absurdo! murmuró. ¿Quién es esa y cómo sabe tu nombre?

¿Y tú qué quieres? saltó la voz burlona al móvil. Mientras sea tu esposa, tampoco estoy obligada a dar explicaciones. Hago lo que quiero.

De fondo, risas y copas. Javier se metió en la conversación:

¿Lo oyes ahora?

Álvaro no pudo más:

Basta. Mañana aclararé todo. No me llames más.

Colgó y, perplejo, dejó el teléfono a un lado. Si Sofía no estuviera allí

Sofía, aún conmocionada, exclamó:

Han preparado todo esto Alguien le ha enseñado hasta mi voz ¿Quién podría hacer tal cosa?

Álvaro, acariciando su cabello, buscaba también la lógica. Era demasiado retorcido. Pero sus palabras fueron firmes:

Investigaré. Si hace falta, pido las grabaciones del club. Pero sé que tú no harías eso.

Ella se relajó mínimamente, acurrucándose a su lado. Álvaro entrelazó sus dedos con los de ella.

Al día siguiente, alrededor del mediodía, Sofía revisaba emails de trabajo con una taza de café humeante. De pronto, el nombre de Javier apareció en la pantalla. Ella dudó antes de contestar, pero la curiosidad la venció:

¿Has hablado con Álvaro después de ayer? habló Javier, midiendo las palabras.

Sofía mantuvo la voz neutra, buscando sonsacarle toda la verdad.

Sí. Discutimos. Según él, le engaño. No quiso escuchar.

En ese silencio tenso, vislumbró lo que solo el que desea el desastre puede disfrazar de preocupación amiga.

Te lo dije siempre prosiguió Javier. Álvaro no te valora. Tú mereces mucho más.

Intentando mantener la calma, Sofía preguntó:

¿De qué hablas?

Javier bajó aún más la voz, cargándola de falsa intimidad:

De que te quiero, Sofía. Hace tiempo. Si te alejas de Álvaro, yo estaré aquí.

Ella procesó la revelación, atando hilos de la noche anterior.

Esto es inesperado. Pero no quiero seguir hablando de esto. Amo a Álvaro. No quiero que interfieras.

Javier, perdiendo seguridad, replicó:

Es que él te está utilizando, Sofía. Mereces sentirte segura. Yo solo quería protegerte. Lo escuché decir que quería dejarte

Aprentando el móvil hasta casi hacer crujir sus nudillos, Sofía respondió, helada:

Mira, Javier, ayer no salí de casa. Y sé que esto fue un montaje tuyo para separar a Álvaro y a mí. Me diste a la chica las instrucciones, la buscaste solo para hacer esta escena.

Él quedó callado. Luego, derrotado, admitió:

Sí. Porque te quiero Pensé que, si discutíais, me verías. Pero a ti solo te importa él

Sofía le cortó de raíz:

¿Tú? Ni en sueños. Has traicionado mi confianza y nuestra amistad. No quiero volver a saber de ti.

Colgó y dejó el teléfono apartado, volviendo la vista hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo, ajena a intrigas y decepciones.

Álvaro entró entonces en la cocina, esperando la explicación.

¿Qué tal? preguntó cautamente.

Sofía le resumió con una mueca amarga:

Todo claro, lo planeó todo porque quería que nos separáramos. Ni era amigo, ni nada.

Álvaro se sentó a su lado, entrelazando sus dedos con los de ella.

Siempre sospeché algo admitió él. Pero ya está resuelto. Ahora ya sé en quién confiar.

Ella se recostó en silencio contra su hombro. Aprovechó para sonreír de nuevo, ya aliviada.

Mira el lado bueno bromeó. Así tenemos excusa para no ir a más fiestas. Podemos decir que hay allí alguien a quien no queremos ver.

Álvaro rió, recuperando la alegría.

Perfecto. Cine, café y nuestro sofá. Nada más.

Eso quiero concluyó ella, envolviéndose en la manta mientras Álvaro la abrazaba con fuerza.

Mientras la noche caía sobre Madrid y la nieve seguía decorando la ciudad, su pequeño universo renació protegido del ruido exterior. Allí, bajo la luz de la lámpara y el aroma del café, solo existía lo importante: confianza, calor y la promesa de un mañana tranquilo y juntos.

*******************

Javier estaba solo en su cocina, removiendo la taza ya helada entre sus manos. Las palabras de Sofía aún martilleaban en su cabeza: No me llames más.

La rabia, sorda y creciente, ocupaba cada rincón de su pecho. Se levantó bruscamente, barriendo las migas de unas galletas del tablero de la mesa.

Recordó el plan, las instrucciones a Paula, aquella chica del bar con la voz casi idéntica a la de Sofía. La oportunista sonrisa de ella al aceptar el reto, las frases ensayadas para hacer caer en la trampa a Álvaro.

Pensar que así conseguiría el amor de Sofía; ahora, perdido lo único valioso, no sentía más que resentimiento. Caminó a la ventana y miró la ciudad bajo la nieve.

¿Por qué todo le sale bien a él y a mí nada? gruñó. ¡Yo soy mejor!

Se dio cuenta de que había perdido no solo a Sofía, sino también a Álvaro, ese amigo fiel de toda la vida. Pero lejos de asumir su error, solo sintió rabia.

El móvil quedó mudo sobre la mesa, testigo de su derrota. No pensaba llamar, no iba a rogar. Eso sería reconocer la derrota, y prefería pensar que algún día, Sofía se daría cuenta de su error.

Lanzo la hoja de su plan maestro a la basura, hecho pedazos. Miró un último instante la nevada de Madrid, aferrándose a una certeza amarga:

Esto debió haberme tocado a mí. Todo este calor y esa confianza debieron ser míos.

************

Hoy, al repasar todo desde la distancia de estas líneas, comprendo que la verdadera prueba de una amistad está en la honestidad y el respeto. El egoísmo y las mentiras solo siembran soledad. He aprendido que nada puede construirse si el fundamento es la traición. La paz se encuentra en la sinceridad compartida, no en los castillos de arena levantados sobre la envidia.

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