Cuando venía Ramón a casa de Lucía, ella, literalmente, parecía volverse un poco más ingenua sólo de felicidad. Se ponía muy nerviosa, empezaba a arreglarse delante del espejo, escondía bajo los cojines la ropa que se había ido probando antes de su llegada y se quitaba los rulos del pelo con manos veloces. Luego salía corriendo al baño para peinarse y pintarse los labios. Y así, después de todo ese desfile impecable, salía finalmente a recibirle.
¿Y cómo no iba a sentirse feliz Lucía? A ver, pensadlo.
Lucía era madre soltera, y, la verdad, ni siquiera se había casado nunca de verdad. Salió un par de meses con su Manolito y, luego, él se marchó de Madrid a su tierra natal tan natal que Lucía ni llegó a recordar el nombre. ¿Era de algún pueblo de Castilla, tal vez de Andalucía? Vete a saber. En Madrid él se apañaba vendiendo cosas en el rastro. Y Lucía realmente tampoco supo nunca mucho más sobre él.
Así fue como, de repente, Manolito, la luz de sus ojos, se fue, dejándola ligeramente embarazada. Casi nada. Apenas tendría dos semanas de embarazo, ni ella misma se había dado cuenta. Pero cuando Manolo dejó de ir a dormir a su casa y pasó más de un mes sin aparecer, Lucía se dio cuenta, ¿cómo decirlo con tacto? Que ya no estaba sola.
Y, llegado su tiempo, Lucía dio a luz a un niño, precioso de verdad. Y mira que es difícil pero claro, ¡de tal palo, tal astilla! Lucía era bellísima, de esas mujeres de belleza serena, y Manolo tenía aspecto de príncipe de copla.
Hay que decirlo: Lucía tuvo suerte con su hijo. Tranquilísimo, dormía siempre, y cuando se despertaba se dedicaba a mamar pecho con una tranquilidad religiosa. Y leche tenía Lucía abundante, como una vaca campeona, podía haber alimentado a otro niño sin problemas.
Ni siquiera enfermó Leo (que así lo llamó) con las típicas dolencias de bebés.
Y es que Lucía le puso León, por León Felipe, el poeta, que tanto leía durante su embarazo, buscando consuelo. Decía que era el nombre perfecto; como el actor principal en aquellas películas antiguas de blanco y negro que ponían en TVE por las tardes, cuando aún tenía tiempo de sentarse a verlas. Y en el registro quedó: “León Manuel Ramírez”. Lucía no se cansaba de repetirlo en voz alta. Le sonaba como música. Como un pasodoble bonito.
León era un niño luminoso. Cuando a ella le tocaba preparar la comida o limpiar el piso, extendía una manta en el suelo, rodeada de sillas a modo de corralito improvisado, y sentaba a Leo en el centro. Le daba su viejo bolso, unos rulos y cualquier trapito que encontrara. Y el niño jugaba. Ninguna queja, ningún berrinche. Incluso cuando Lucía se asomó una vez desde la cocina y vio que Leo se había atascado la cabeza entre dos sillas (seguro que intentaba escapar), el pequeño sólo resoplaba y en silencio empujaba con sus manitas rechonchas para intentar salir.
Cuando León crecía un poco, tampoco había problemas. Lucía le dejaba salir a jugar al patio de la comunidad, con la única condición de que cada diez minutos subiera a la ventana (vivían en un bajo) y gritara: ¡Mamá! ¡Estoy aquí!
Claro, el reloj no tenía, así que venía a la ventana cada tres minutos, hasta que Lucía asomaba la cabeza y le respondía: ¡Muy bien, hijo! Pero él no se iba. Entonces ella preguntaba: ¿Qué pasa ahora? Y el niño respondía: No me has sonreído Entonces ella le sonreía de verdad, no de compromiso, y él volvía corriendo a jugar con los otros niños.
Un día, desde la calle, gritó su ¡mamá, aquí estoy!, y cuando ella se asomó, vio que su hijo abrazaba un gatito:
Mamá, me lo ha dado la señora de abajo. Dice que se llama Pelayo. Y también me ha dicho que te alegrarás y que tengamos mucho cuidado los dos con él.
León estaba tan sincero ante su madre que Lucía no pudo más que sonreírle. Y luego dijo:
Pelayo, seguro que tiene hambre. Venga, subid los dos, que le pongo un bol de leche.
Y allí se fueron, corriendo y felices, León y el gatito. León, desde luego, era feliz; Pelayo, aún estaba pensando si lo era.
Así vivíamos nosotros tres, hasta que conocí a Ramón.
Era de mi edad aproximadamente. Nunca se había casado. Hombre formal, serio, aunque sin ser un abuelo, trabajaba en una fábrica de muebles y se ganaba bastante bien la vida. Empezó a venir a mi casa los sábados, siempre de noche. Hablaba poco, comía mucho, y con el vino era comedido. Yo siempre tenía preparada una botellita de vino blanco bien fresca, y le servía una copita baja y ancha, de esas antiguas que me había dejado la abuela. A Ramón le encantaban aquellos vasos.
Ese sábado fue como siempre. Ramón vino, saludó a León cuando entró en la casa, se sentó en el salón mientras yo terminaba mi ritual de prepararme. Luego, los tres juntos no, los cuatro, que Pelayo también estaba y León lo llevaba en brazos vimos la tele y después pasamos a la mesa a cenar.
Después de comer, como era costumbre, nos tumbamos todos a descansar antes de salir por la tarde a dar un paseo por el Retiro.
Cuando cerré la puerta de la habitación de León y me acurruqué junto a Ramón, con la cabeza sobre su brazo, por primera vez me habló de matrimonio:
Creo que, por ahora, deberíamos vivir aquí, en tu piso. Más adelante podemos juntarnos en otro sitio, para tener más espacio. O alquilar mi piso, para tener un ingreso extra… Pero, mira, Lucía, hay algo… No me gustan los gatos. Habrá que dar a vuestro Pelayo…
A Pelayo, sí le corregí, apretando los dientes, escuchando atenta.
Sí, a Pelayo… se repitió. Y después, con solemnidad, como quien tiene ya tomada una decisión desde hace tiempo, añadió: Y León se irá a vivir con mi madre al pueblo. ¿Por qué no? Allí el aire es puro, hay colegio. Y nosotros aún somos jóvenes podríamos tener un montón de hijos propios.
Mi cabeza sobre su hombro se volvió dura como una piedra. No dije nada. Así, en silencio, pasaron unos minutos. Luego me levanté, con vergüenza, como si nunca me hubiera visto sin ropa, me puse la bata, fui a por sus cosas, que estaban sobre el sillón. Cogí sus pantalones, se los entregué y le dije:
Anda Toma tus pantalones sin lavar… Póntelos y vete…
¿A dónde…?
A casa de tu madre, al pueblo. Allí el aire es muy limpio… Y a nosotros tres nos basta con el aire de nuestro parque.
Esa tarde aprendí que nadie que no acepte a mi hijo y nuestro pequeño mundo merece quedarse en él.






