Un amor aburrido…

Amor aburrido…

Conocí a Sofía en una cena en Madrid con nuestro grupo habitual de amigos. Ella era una chica radiante, siempre segura de sí misma, acostumbrada a la atención de los hombres y con un encanto natural que hacía que todos la miraran. Aquella noche, en la terraza de un bar cerca de Gran Vía, apareció Alejandro, el típico guapo, elocuente y con aire de bohemio: unas veces decía que era fotógrafo, otras artista, y la guitarra nunca le faltaba bajo el brazo. Como músico quizá no fuese nada del otro mundo, pero su manera de cantar desgarrada y sentida llenaba el ambiente y a las chicas les removía algo dentro.

Reconozco que desde el primer momento me llamó la atención cómo Sofía, tan autosuficiente, no pudo apartar la mirada de Alejandro aquella noche. Al terminar, le pidió el número, la acompañó hasta su portal en Chamberí y Sofía, contra todo pronóstico, pasó horas esperando aquel mensaje que nunca llegó. Toda su seguridad se transformó en ansiedad. No era habitual que tuviera que esperar a nadie; ella siempre elegía primero.

Esa misma tarde, me confesó, con una mezcla de asombro y nerviosismo, lo que sentía. Yo le dije sonriendo:
Ay, querida mía, eso que cuentas se llama enamorarse.

Nunca me había pasado esperar pegada al móvil, contestando a cada whatsapp pensando que era élme confesó.

Le sugerí que saliera, que quedara con algún otro de sus pretendientes o que se distrajera en algún salón de belleza de la Castellana, pero ella sólo tenía ganas de que Alejandro la llamara.

Por primera vez en su vida, Sofía consideró pedir el número de Alejandro a algún amigo en común. Hasta entonces nunca había tomado la iniciativa. Pero finalmente decidió no hacerlo; su orgullo podía más. Siguió con su trabajo y al día siguiente se refugió en una serie pendiente de Netflix, y al tercero fue al gimnasio. Justo cuando pensó que se había quitado a Alejandro de la cabeza, él la llamó.

Buenas, Caramelome contó Sofía que fue lo primero que escuchó cuando descolgó.

¿Caramelo por qué? preguntó confundida.

Me dijiste que eras pelirroja, pero lo tuyo es más bien color caramelole contestó él, divertido.

Aquella simple frase le iluminó el día. Quedaron para pasear por el Retiro y comer un bocata de calamares, algo que, de haberlo sugerido cualquier otro, Sofía hubiera considerado indigno de una primera cita con ella, pero aceptó con una alegría casi infantil.

Aquella tarde fue memorable. Alejandro llegó cinco minutos tarde pero lo compensó con unas disculpas tan teatrales que fue imposible no reír. Pasearon, charlaron, comieron de pie junto a la fuente del Ángel Caído y hasta un pintor se ofreció a hacerle un retrato. Alejandro, ni corto ni perezoso, convenció al artista para que le dejara pintar y así estuvo Sofía posando hora y media mientras él la miraba entrecerrando los ojos y garabateaba en el lienzo. El retrato era original, mezcla de realidad y fantasía; le encantó.

Sofía volvió esa noche a su piso en Lavapiés flotando de la emoción. Aquella noche recibió además un mensaje de “Buenas noches, Caramelo” y no pudo dormir de la felicidad. Pero los días siguientes, Alejandro no llamó. Pasaron dos, tres, y hasta cinco días. Al final, Sofía llamó, a pesar de sentirse hasta incómoda consigo misma. Él contestó como si nada:
¡Hola, Caramelo! Vente a casa esta noche.

Avergonzada, pero resignada, Sofía fue. Cuando llegó, Alejandro le dio una bolsa de empanadillas congeladas y le pidió que las preparara “como buena amiga”, mientras él iba “a por mayonesa”.
Sofía, paralizada, sólo acertó a obedecer. El piso estaba desordenado; a Alejandro no le molestaba en absoluto y hasta bromeó con que podría limpiar un poco si le apetecía.

Compartieron la comida, vieron fotos viejas, una peli y a pesar de esperar flores o unas palabras bonitas, Alejandro la trató con aquel aire distraído como si todo lo que él hacía fuera suficiente. Pasaron la noche juntos y, aunque no fue lo que ella había soñado, Sofía empezó una relación con él. Alejandro alternaba gestos románticos (canciones a la guitarra en Malasaña, rosas rojas, paseos por el Rastro) con largas desapariciones, llamadas pospuestas y citas olvidadas. A menudo era Sofía la que terminaba pagando en las cañas o el taxi.

“¿Por qué aguanto esto?”, me preguntaba. Pero la respuesta era sencilla: Alejandro la tenía hechizada.

Vente a vivir conmigole propuso Alejandro una noche, y Sofía, sin dudar, hizo las maletas.

Al principio creyó que la convivencia sería la solución. Pero la realidad fue otra: el peso de la casa caía sobre ella, el alquiler y la compra salían siempre de su sueldo y, aún así, Alejandro no dejaba de quejarse cuando no había cena lista. Siempre encontraba excusas para no gastar dinero en productos caros, aunque luego se los comía alegremente.

La paciencia de Sofía comenzó a temblar. Alejandro, como si lo intuyera, intercalaba entonces periodos de atención total: flores, detalles y canciones. Pero nada cambiaba. Hasta que un día Sofía se puso mala con fiebre. Alejandro ni se planteó quedarse; tenía una escapada a la sierra de Madrid con amigos. Le quitó importancia y se marchó silbando, prometiendo pastillas de broma en vez de ir a la farmacia.

Tres días después, volvió haciendo como si nada y, al ver a Sofía empaquetando sus cosas, intentó frenarla con palabras dulces. Pero ella ya había tomado una decisión. Con lágrimas todavía en los ojos, y una amarga sensación de derrota, Sofía se fue. Alejandro llamó varias veces; ella no contestó.

De vuelta en casa de sus padres, su madre Carmen la recibió con los brazos abiertos y algún que otro comentario sarcástico sobre ese bohemio irresponsable. No se metía en su vida, pero estaba claro que, para ella, Sofía merecía a alguien mejor.

Por el barrio de Salamanca, su vecino de toda la vida, Luis, empezó a acompañarla al trabajo, ofreciendo ayuda a cada paso. Era el típico chico bueno, atento y sencillo, que nunca había sido su tipo. Pero al menos, su compañía hacía los días menos amargos.

Aunque el amor con Luis no era apasionado, él siempre estaba ahí. A veces, la atención excesiva de Luis le resultaba pesada. No tenía el misterio de Alejandro ni gestos de película romántica, pero la trataba con cariño y respeto.

Un día, después de meses cuidándola, Luis le pidió que se casara con él. Sofía lo contó en casa, dudando.

¿Y tú aún esperas que Alejandro cambie? se rió Carmen.
No espero nada, pero casarme sin amor tampoco me ilusionarespondió Sofía.
¿Y quién dice que el amor tiene que ser solo emociones intensas?le replicó su madre. Eso no dura toda la vida, hija.

Las palabras de su madre le dieron vueltas en la cabeza. Luis llevaba años demostrándole que era capaz de quererla sin pedir nada a cambio. Así que, finalmente, aceptó.

La vida matrimonial en un pisito en Aluche con Luis era tranquila y sencilla. Se esforzaba por hacerla feliz, trabajaba de más para ahorrar para viajes o cenas, le preparaba sorpresas pequeñas. Con él, nada era dramático ni electrizante, pero por primera vez Sofía sintió lo que era el cuidado real.

Una vez, estando enferma, Luis no dudó en cancelar todo para cuidarla: ni conciertos, ni cenas, ni quedadas. Atento, paciente, trayéndole agua, poniendo compresas, quedándose a su lado leyéndole fragmentos de un libro de Almudena Grandes mientras ella dormía.

Tómate el zumo le decía, que la vitamina C ayuda.

Y entonces, tumbado a su lado, Sofía sintió algo nuevo, suave, como un calorcito por dentro. No era el arrebato de Alejandro, pero sí un amor paciente y verdadero.

Le sonreí entonces, para animarla. Ella dijo en voz baja:

Gracias, Luis. Creo que esta felicidad tranquila… también es amor.

Así aprendí yo, escribiendo en este diario, que a veces lo apasionado se confunde con lo importante. El amor tranquilo, cuidado con constancia y respeto, es el que al final, de verdad, te sostiene.

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