La Celestina: La Arte del Encuentro y el Matrimonio en la Tradición Española

La Casamentera

A doña Encarna se le encogió el corazón y llamó al médico a casa. No es que estuviera grave, pero necesitaba hablar con alguien. La doctora que llegó era nueva, nunca antes vista por doña Encarna: joven, delgada, con los ojos hinchados de tanto llorar. Del bolso asomaba un largo pepino.

Pase, pase invitó doña Encarna, señalando el salón.

La doctora, azorada, dejó el bolso con el pepino en el recibidor, se quitó las botas y entró. Doña Encarna jamás había visto a un médico descalzarse en casa de un paciente, así que al instante sintió simpatía y lástima por la joven.

¿El corazón? preguntó la doctora con dulzura, sentándose junto a la cama donde yacía doña Encarna.

Sí, el muy traidor confirmó esta. No para de latir. A veces en los talones, otras en las rodillas, hasta en los oídos y en sitios peores.

La doctora, con sus dedos finos, tomó el estetoscopio y auscultó a doña Encarna por delante y por detrás, frunciendo sus cejas depiladas y arrugando su nariz respingona.

Las rodillas apuntó doña Encarna. Ahí me late fuerte, ¿no las escucha?

La doctora negó con la cabeza, dejando claro que las rodillas no eran su competencia.

Arritmia dijo, y de pronto rompió a llorar con tal desconsuelo que doña Encarna se asustó.

¿Tan mal estoy? gaspéó, sintiendo su corazón acelerarse como un martillo neumático.

No es usted, soy yo sollozó la doctora. Usted con pastillas se pondrá bien, pero yo yo

Y entonces a doña Encarna se le iluminó el rostro. La oportunidad de conversar se presentaba tan clara que su corazón dejó de apretarle y de latir a lo loco.

¿Tu marido te ha hecho algo? preguntó con tono práctico, abrochándose la bata.

¡No tengo marido! lloró aún más la doctora. ¡Ese es el problema!

Ah, entonces te ha dejado el novio dedujo doña Encarna.

Le recetaré unas pastillas la doctora se secó las lágrimas con la bata y sacó una receta arrugada del bolsillo.

Déjate de pastillas la interrumpió doña Encarna. Vamos a la cocina, tomaremos té de tilo.

Estoy trabajando suspiró la doctora mientras garabateaba algo en la receta.

Y yo también replicó doña Encarna secamente, y se dirigió a la cocina a preparar la infusión.

La doctora entró arrastrando los pies, cabizbaja y desdichada, con el estetoscopio colgado de las orejas.

¡Quítate ese chisme de los oídos! le espetó doña Encarna, sacando mermelada, galletas y nubes de chocolate de la nevera.

La doctora sacó el estetoscopio y volvió a llorar.

Doña Encarna reparó entonces en lo joven que era: pecas en la nariz, manos ásperas y una mirada de desesperanza absoluta.

Venga, cuéntame ordenó con satisfacción, sentándose a la mesa.

Le he recetado pastillas ¡muy buenas! sollozó la chica de bata blanca.

¡No quiero pastillas! Cuéntame por qué lloras.

A-alergia al frío mintió la muchacha de manera poco convincente, y empezó a beber el té, quemándose.

Doña Encarna se levantó y miró el termómetro exterior.

Mala excusa, cariño. ¡Ya es primavera y hace diez grados!

¿Mala? se sorprendió la chica entre lágrimas. Bueno, entonces es cosa de los nervios.

Cogió una nube de chocolate y se la metió entera en la boca.

Aprovechando que no podía hablar, doña Encarna soltó:

Ahora soy yo la que diagnostica. Lloras porque tu novio te dejó por otra, ¿verdad?

¡Vedda! asintió la doctora con la boca llena, y una nueva oleada de lágrimas cayó en su té.

¡Ah! se alegró doña Encarna por su acierto. ¿Y esa otra es tu amiga?

¡Mi hemana! La doctora tragó la nube casi entera y, sin motivo, volvió a ponerse el estetoscopio.

¿¡Hermana de sangre!? se horrorizó doña Encarna, llevándose una mano al corazón, aunque este latía tranquilo y contento, anticipando más drama.

Medio hermana sollozó la doctora, bebiendo té con sus propias lágrimas. Pero casi como si fuera de sangre. Escuchó su propio corazón con el estetoscopio y se lo quitó. Yo también tengo arritmia anunció con tristeza. ¿Tiene valeriana?

¡Claro!

Doña Encarna se levantó y sacó del armario un brebaje cuya receta solo conocían ella, su abuela y un chamán siberiano. Aquel licor desataba las lenguas, mejoraba el ánimo y daba ganas de casarse.

Le sirvió un vasito a la doctora.

Esta lo bebió sin rechistar, se iluminó el rostro y, sin necesidad de más preguntas, contó su historia:

Yo quería a Pablo, Pablo me quería a mí, tres años de amor sincero. Pensábamos: cuando Pablo termine su tesis y consiga habitación en la residencia de posgrados, nos casamos. Tendríamos hijos, compraríamos un sofá nuevo, un coche a plazos Pablo investiga la fusión nuclear. ¡Ni un metal resiste su experimento! Su última esperanza era el wolframio, pero ni eso aguantó Si lo hubiera logrado, Pablo habría acabado la tesis y tendríamos habitación. Nos queríamos, íbamos al cine, nos besábamos en los portales, tomábamos café Todo normal. Yo curaba gente en mis ratos libres, Pablo buscaba un metal que resistiera su fusión. Y entonces ¡mi hermanastra llegó como un ciclón! ¡Preciosa! Estudia canto en el conservatorio. En cuanto Pablo la vio, olvidó su investigación. Se le fue la olla diciendo que cantaba como David Bisbal. Lo vi claro: amor a primera vista apasionado e irracional. A Lola le gustó que Pablo estuviera escribiendo la tesis. Dejó el conservatorio y se vino aquí, bajo el ala prometedora de la fusión nuclear. Quizá debí luchar por mi amor, por nuestra residencia, el sofá y el coche pero entre guardia y guardia, no pude.

Ayer, Pablo le pidió matrimonio a mi hermanastra. Ella dijo que sí, y yo casi me ahorco. Como dicen los físicos: ¡casi reviento el reactor de plasma! Ahora soy la tercera en discordia.

La doctora volvió a ponerse el estetoscopio y, con una sonrisa ausente, acabó toda la mermelada de frambuesa.

Doña Encarna se frotó las manos, feliz, y fue a por su portátil.

¡Vaya! La doctora se sorprendió tanto al ver a una anciana tan tecnológica que se quitó el estetoscopio. ¿Para qué es eso?

¡Vamos a buscarte un novio! Doña Encarna se puso las gafas, abrió el ordenador y tecleó con la agilidad de una hacker.

¡No, por favor! saltó la doctora. ¡Eso de buscar amor por internet no es lo mío!

Da igual cómo se busque refunfuñó doña Encarna, escudriñando la pantalla. Lo importante es encontrar. Mira: cuarenta y dos años, divorciado, sin hijos, trabaja en un banco, le gustan los viajes, las empanadas y los perros.

Que quiera a los perros sin mí rechazó la doctora sin mirar. ¡Les tengo miedo! No sé hacer empanadas y odio viajar. Además ¡cuarenta y dos años! Casi un jubilado.

Descartado asintió doña Encarna. Aquí otro: treinta y tres, soltero, ejecutivo, le gustan morenas, rubias y pelirrojas. Aficiones: el sexo. Cansado de rollos sin compromiso, busca una relación seria pero variada. No, este tampoco vale.

Oiga se indignó la doctora, ¿es usted casamentera? ¿De dónde saca a estos candidatos?

Sí, soy casamentera explicó doña Encarna. Profesional. Llevo dos semanas sin trabajo, por eso me duele el corazón. Crisis mundial, dicen. La gente ya no se casa, le da miedo comprometerse. Hasta las amantes las dejan para ahorrar. Y de pronto apareces tú: con tu amor fracasado, tu arritmia, tu alergia y tu estetoscopio. ¡Vamos, que el cielo te ha traído a mí!

Mire, yo no necesito

¿Cómo te llamas?

Sofía. Digo, Marina.

Pues tú, Sofía-Marina, tienes que darle una lección a ese físico idiota. ¡Sí o sí! Doña Encarna tecleó más rápido. ¡Ajá! Este parece el ideal. Busca una Marina: alta, con figura de modelo, ojos azules y hoyuelos. Nah, este no vale. Aquí otro: ¡veinticinco años, vive en Miami, hijo de millonario, con villa y yate! ¡Un bombón! Se frotó las manos, satisfecha.

La doctora miró la pantalla con recelo.

¡Puaj! gritó. ¡Pero si es feísimo! Parece un orangután.

¡Pero es millonario! se indignó doña Encarna. ¡Villa! ¡Yate! ¡Bombón! ¡Mejor que andar fundiendo metales!

No quiero un millonario se plantó la doctora. Si su padre muere, ese orangután vivirá a mi costa. Y no sé inglés, ¿cómo trabajo en Miami?

Doña Encarna la miró por encima de las gafas.

Nunca había tenido una cliente tan exigente dijo, moviendo la cabeza. Cualquiera se abalanzaría sobre un millonario.

La doctora se sonrojó, se sirvió otro trago del brebaje siberiano y propuso:

¿Puedo elegir yo?

No es lo habitual frunció el ceño doña Encarna. Es mi trabajo.

Anda, su trabajo es servir té y charlar se animó la doctora. Yo elijo. ¿Me pasa ese platito con bordes azules?

Doña Encarna le acercó el ordenador. Nunca había tenido una cliente tan caprichosa. Ni tan llorona.

La doctora no tardó mucho.

¡Este! exclamó a los cinco minutos, señalando la pantalla. ¡Este es!

¡Pero si es una broma, Sofía-Marina! se indignó doña Encarna. ¡Ese tipo está ahí de cachondeo!

No, es el que quiero se obstinó la doctora. Treinta años, soltero, pastor de renos. Y se llama Miguel.

¡Pastor de renos! saltó doña Encarna. ¡Pero si es lapón! ¡Vive en la tundra!

Mejor se plantó la doctora. O él, o nadie.

Bueno, Sofía-Marina doña Encarna se puso una mantilla, unas zapatillas y se dirigió a la puerta.

¿Adónde va? preguntó Sofía-Marina.

A buscar al pastor.

¿¡A la tundra!? se asombró la doctora.

Vive en el piso de al lado. ¡Es mi vecino!

¿Y el millonario de Miami también es su vecino?

No, es vecino de mi amiga que vive en Estados Unidos.

¡Espere! Era broma se agitó la doctora, y salió corriendo a por su bolso con el pepino.

Pero doña Encarna, más rápida, la encerró con llave.

¡Socorro! intentó gritar la doctora.

Ahora mismo te ayudo le aseguró doña Encarna.

Diez minutos después, volvió con Miguel, flores y champán.

La doctora lloraba junto a la ventana, escuchándose el corazón con el estetoscopio.

Miguel se presentó el pastor y le regaló un diamante lapón.

Marina bueno, Sofía O ratoncita, como prefieras musitó la doctora, examinando el diamante bajo la luz.

Prefiero ratoncita susurró Miguel. Me encantan los ratones blancos.

No puedo aceptarlo dijo la doctora, guardándolo en el bolsillo.

¡Tómalo! rogó Miguel. Tengo más.

Doña Encarna se sintió de más. Siempre sabía cuándo una pareja necesitaba intimidad.

¿Eres pastor o buscador de diamantes?

Pastor. Los diamantes los encuentra mi hermano.

Hermano murmuró la doctora. Dios, qué tonta soy. ¿Puedo revisarte la tiroides?

¿¡Para qué!? se asustó Miguel. ¡No tengo tiroides!

Dios, qué tonta ¿Cuándo vuelves a la tundra?

Cuando tú digas.

Soy una tonta rematada. Perdóname.

¿Quieres champán?

Quiero tirarme por la ventana.

Primero champán, luego nos tiramos propuso Miguel.

Doña Encarna salió sigilosamente. Al cerrar la puerta, oyó el descorche de la botella.

Afuera ya anochecía. El banco frente a su edificio estaba vacío.

Se sentó y escuchó su corazón. No le dolía, pero la invadió una curiosidad sana.

¿Qué pasaría entre Miguel y Sofía? ¿Funcionaría?

No tenía con quién comentarlo.

Había incluido a Miguel en su base de datos como broma. Él estudiaba Economía, vivía cerca de Laponia y, sobre todo, no quería casarse. Iba a casa de su tía en época de exámenes y era el favorito del vecindario, lleno de ancianas: arreglaba lo que no funcionaba, medía la presión o simplemente escuchaba sus historias, que eran infinitas.

Miguel reparaba lo irreparable, curaba lo incurable, hacía pronósticos económicos y, sobre todo, sabía conversar: largo, tranquilo y con interés, tras tres teteras de té. En verdad, doña Encarna no conocía a nadie mejor, pero Miguel era lapón, y en su opinión, solo una lapona le convenía. Lo incluyó en su base por puro divertimento: “¡Miren, hasta pastores de renos tengo!”. Miguel lo sabía y no le importaba, consciente de que entre sus clientas no habría laponas.

¡Y ahora esto! ¡Diamante, champán y ganas de tirarse juntos por la ventana!

Doña Encarna se acercó a su ventana y escuchó. Vivía en el primero.

A través de la ventana abierta se oían risas, brindis y animada conversación.

No se sorprendió. Miguel curaba lo incurable, reparaba lo irreparable y hacía pronósticos económicos. ¿Qué le costaba devolverle la alegría a una doctora deprimida?

Coser y cantar.

Miguel tenía ojos risueños, pómulos anchos, un alma generosa y dotes de chamán.

Doña Encarna sonrió, hizo la señal de la cruz hacia la ventana alegre y volvió al banco, donde encontró a doña Rosario del tercero, paseando a su caniche.

¡Al fin alguien con quien hablar!

¡Ese Miguel! ¡No era tan solterón! ¡Y al novio de la doctora lo dejó plantado! ¡Le regaló un diamante! ¡Y ella ya le hace ojitos! ¡Hasta dijo que quería tirarse por la ventana, y él le contestó: “¡Yo contigo, que es el primero!” ¡Y la llama ratoncita! se atragantó doña Encarna con las novedades.

¿¡La doctora nueva!? ¡No me digas! se entusiasmó doña Rosario, sacando un puñado de pipas.

Doña Encarna le contó con deleite los detalles de su dolencia cardíaca, la fusión nuclear y su fracaso. También lo del millonario y el capricho de la doctora, que eligió novio sin su ayuda.

Doña Rosario asentía, escupiendo las cáscaras en un cucurucho de periódico.

Ahora están brindando terminó doña Encarna.

Ya no. Se han bebido el champán y se tiran por la ventana dijo doña Rosario, señalando la ventana.

¡Ay, los encerré con llave! gritó doña Encarna. ¡Ahora mismo les abro!

¡Quieta! la agarró del brazo doña Rosario. Tus tortolitos ya encontraron salida. ¡Mira qué flacos son! ¡Pasan por la reja sin rozarse!

Efectivamente, la doctora trepaba por la reja. En la mano llevaba su bolso con el pepino. Bajó de un salto y gritó:

¡Venga, Miguel! ¡No es alto! ¡Sin paracaídas se sobrevive!

Miguel se deslizó como una anguila entre los barrotes y cayó sobre la doctora. Rodaron por el suelo, riendo y dándose golpecitos como niños.

Ahí va suspiró doña Rosario. La cosa se anima. ¿Cuánto les cobrarás, Encarna?

Que se casen primero refunfuñó. Luego ya veremos.

¡Oye! saltó la doctora. ¡Tengo una visita! ¡Un abuelo en el edificio de al lado se siente mal!

Vamos juntos propuso Miguel. Yo curo todo.

¡Qué dices! ¡Tiene una crisis hipertensiva!

¡Eso no existe!

¡Sí!

¡No!

¡Para los pastores no, pero la gente normal sí se enferma!

Tu abuelo tiene soledad y vejez. Eso no es enfermedad, es un estado. Se cura con té, un chupito, una partida de dominó y buena charla. Tú sola no puedes, voy contigo.

Abrazados, se alejaron.

¡Voy a llamar a don Matías para que no les abra! saltó doña Encarna. ¡Él también llama al médico cuando quiere conversar!

¿Por qué no te casas con don Matías y dejas en paz a médicos y lapones? preguntó doña Rosario.

¡Qué va! ¡Cásate tú!

A don Matías no le gustan los perros. Y tú eres seis meses más joven.

¡No lo quiero! ¡No es lapón! bufó doña Encarna, y se fue a casa.

Ahora todos quieren lapones suspiró doña Rosario. ¿De dónde los sacamos? ¡Solo hay uno en el barrio, y ya lo quieren todas!

Don Matías contestó al instante, como si esperara su llamada.

¡Ya están aquí! se rió al oír que no abriera a la doctora y al lapón. Sofía-Marina hace té en la cocina, Miguel y yo jugamos al mus.

¿¡Al mus!? se sorprendió doña Encarna. Qué versátil es Miguel

¡Pastor de renos! lo alabó don Matías.

Yo los junté se jactó doña Encarna.

¿En serio? se admiró don Matías. ¡Buen trabajo! ¿Cuánto les sacarás?

No sé. Que presenten primero la solicitud en el registro.

¿Quién se casa hoy en día? dijo don Matías. Todos viven en pareja sin papeles.

Ellos sí aseguró doña Encarna. Los pastores son formales.

Se oyó una risa lejana, y la voz de Miguel gritó: “¡Órdago!”

¡¿Órdago?! rugió don Matías, y colgó.

Doña Encarna se quedó otra vez sola con su ordenador.

El corazón ya no le dolía, y tampoco tenía ganas de hablar. Solo de tejer y ver una serie.

Una semana después, llamó la doctora.

¿Cómo se encuentra, doña Encarna? preguntó con dulzura.

Bien, gracias respondió con cautela, pensando cómo preguntar por Miguel.

Mi físico rompió con mi hermanastra soltó la doctora sin preámbulos.

Doña Encarna, presintiendo una crisis, se sentó hondo y se abanicó con el periódico.

¿Por eso no se veía a Miguel? Seguro que, despechado, había dejado los exámenes y volvía a Laponia

El físico vino arrastrándose. Dijo que al fin encontró un metal que aguanta su fusión: ¡él mismo! Resulta que le da igual mi hermanastra y solo me quiere a mí chilló la doctora, confirmando sus peores temores. Mi hermanastra se fue, y Pablo me sigue con flores.

Vaya suspiró doña Encarna, sintiendo que la crisis llegaba. Vaya

Pero le dije que su fusión me importaba un bledo se rio Sofía-Marina. Me voy a Laponia con Miguel dentro de un mes. De momento vivimos juntos.

¿¡Qué!? saltó doña Encarna. ¿¡A Laponia!? ¡Pero si hace frío!

Hace calor replicó la doctora. No sabe cuánto, doña Encarna.

Yo te ofrecí Miami se rio la casamentera. Y tú

Miami es para viejos y pobres. ¿Cuánto le debemos por el favor?

Un par de laponcitos rio doña Encarna, olvidando la crisis. ¡Los querré como nietos!

Moraleja: El amor verdadero llega cuando menos lo buscas, y a veces, en el lugar más inesperado. La felicidad no entiende de planes ni de lógica, solo de corazones sinceros.

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La Celestina: La Arte del Encuentro y el Matrimonio en la Tradición Española
Tus cosas están junto al ascensor. Recógelas y lárgate — Dasha, ¿por qué te has encerrado? — sonreía él, aunque en su mirada asomaba una pizca de inquietud. — He cambiado la cerradura, Román. — ¿Por qué? — la sonrisa se borró de su cara. — Porque he espabilado. Tus cosas están junto al ascensor. Recógelas y lárgate. Dasha tiene cuarenta y seis, su “Romeo” cincuenta y uno. Aparentemente, la diferencia perfecta: adultos, curtidos por la vida, sin idealismos ni ingenuidades. Tras Dasha pesa un divorcio superado hace tiempo; tras Román, dos tragedias… Fueron una pareja estupenda. Román siempre elogiaba a su amada: — Qué bien huele — decía, mordiendo un trozo de tarta —. Eres una maga, Dashita. — Es sólo una simple tarta de manzana — desviaba la mirada ella, ruborizada —. Come antes de que se enfríe. Lo único que irritaba a Dasha de su pareja era la costumbre de Román de vivir en el pasado. — ¿Sabes? A Lucía también le cocinaba. Los fines de semana. Tortitas. Y ella decía que desperdiciaba la harina. ¿Te imaginas? “Román — decía —, sólo sabes estropear los ingredientes”. Y luego, cuando nos divorciamos, hasta las sartenes se llevó. Dijo: “Es un regalo de mi madre, ni se te ocurra”. — Qué rencorosa — Dasha negaba con la cabeza —. Pelearse por sartenes… — ¡Si fuera sólo por sartenes! — Román se encogía de hombros, amargamente —. Lo vació todo. Se quedó con el piso cuando yo me desgastaba en el trabajo yendo de un sitio a otro para mantener a la familia. El coche se lo dio al hijo, ¡que acababa de cumplir dieciocho y ni carné tenía! Salí de casa sólo con una bolsa deportiva. Literalmente. Calzoncillos, calcetines y el cepillo de dientes. En esos momentos, Dasha sentía mucha pena por él. ¿Cómo se puede echar a una persona a la calle después de tanto tiempo, como a un perro sarnoso? — ¿Y la segunda? — preguntaba ella bajito, aunque ya se sabía la historia de memoria. — Con la segunda enseguida vimos que no era nuestro destino. Cuatro años y todo mal. También se metió la suegra. Empezamos a repartir lo poco que teníamos, deudas y un hijo. Me fui, lo dejé todo. No me iba a poner a litigar. Yo no soy así. Soy un hombre, saldré adelante. “Hombre de verdad”, pensaba Dasha, con respeto. Noble. Otro pelearía hasta por el último tenedor y él se marchó con la cabeza alta. — Mi piso es grande, hay sitio — le dijo ella al principio de la relación, hace cosa de tres meses —. Y tengo casa en el pueblo. Allí hacen falta manos de hombre. — Dasha, no quiero ser una carga — Román bajó la mirada —. Estoy buscando un trabajo decente, en cuanto lo consiga… — No digas tonterías. Es más fácil entre dos. No fue inmediato, pero se mudó. Sus cosas de verdad cabían en un par de maletas viejas, algunos trajes ya gastados y el portátil. Dasha se volcó cuidándole. Quería demostrarle que no todas las mujeres son unas arpías. Con su exmarido, Vadim, todo fue civilizado: simplemente se acabó el amor. Repartieron el piso, lo vendieron y compraron dos más pequeños. Vadim pagaba la pensión religiosamente mientras la hija estudiaba y felicitaba las fiestas. Frío, sí, pero siempre cumplía. Román era distinto. *** La primera señal llegó al mes de convivir. Nada grave, una tontería, pero… Román mencionó que iba a la ferretería a por unas bisagras para el armario de la entrada. — Vuelvo en seguida — gritó desde el pasillo —. Es ir y volver. Tardó cuatro horas. No trajo las bisagras. — ¡Imagínate! Cerrado — relataba indignado, descalzándose —. Tenían inventario. He recorrido toda la ciudad y en ningún lado había del tamaño que nos hace falta. A Dasha le extrañó: — ¿En BricoMóstoles tienen inventario? ¿En sábado? Si están abiertos casi siempre. — ¡Eso digo yo! Un caos. Había un cartel en la puerta. — Qué raro… — se encogió de hombros —. Bueno, ya iremos otro día. Por la tarde, sacando la basura, se cruzó con la vecina, doña Ángeles. Arrastraba una bolsa llena de material de, precisamente, ese “BricoMóstoles”. — ¿Pesa mucho, eh? — le abrió la puerta Dasha. — ¡Uy, ni te imaginas! Pero había ofertas hoy. A tope de gente, casi no llego ni a caja. Dasha se congeló. — ¿A tope de gente? ¿No estaba cerrado por inventario? La vecina la miró como si estuviera mal de la cabeza: — ¿Qué inventario ni qué niño muerto? Está abierto. ¡Hace una hora he estado yo! Dasha volvió a casa con el corazón golpeándole el pecho. ¿Para qué mentir? Si se fue a ver a un amigo, a un bar, a dar una vuelta… ¡Que lo diga! ¿Por qué inventar lo del cierre? Román, impertérrito, hacía zapping. — Roma, — intentó sonar tranquila — acabo de ver a la vecina, venía de la ferretería. Dice que hoy está abierto. Ni se giró. Cara de póker. — ¿Sí? Pues habrán abierto después. Cuando fui, ponía “Descanso de 15 minutos”. Esperé media hora y nada. Me fui al mercado, y allí tampoco había lo que buscábamos. — Dijiste “inventario”. Que recorriste toda la ciudad. Ahora sí se giró. Mirada ofendida. — ¡Dasha, no te agarres a las palabras! ¿Inventario, descanso? ¡Qué más da! No compré las bisagras. Mañana iré. ¿Hacemos un drama? Dasha se sintió culpable. ¿Para qué insistir? Habrá confundido el motivo. ¡Los hombres no se fijan en los detalles…! La siguiente semana, más de lo mismo. Román le contó que le había llamado el exjefe para una entrevista. — Es una empresa seria, Dasha. ¡El sueldo ni te cuento! Si entro, te compro un abrigo de piel. Por la tarde volvió de muy mal humor. — ¿Qué tal fue? — le pregunta Dasha. — Bah — desestimó —. Una tomadura de pelo. Prometen una cosa y luego pagan miseria y el horario es de esclavo. Que vayan buscando a otro. — Qué rabia… Bueno, ya saldrá algo. ¿Te llamó Iván, tu exjefe? — ¿Iván? — frunció el ceño, como si no entendiera. — Dijiste que te llamaba Iván. — Ah, no, era Sergio. El subdirector. Con ese me llevo bien. Iván se jubiló hace tiempo — desvió la mirada y se fue a lavar las manos. Dasha estaba segura de que Román le había contado hacía poco cómo Iván le prometió volver a contratarlo. “¿Y si la memoria me juega una mala pasada?”, pensó. Por la noche, cuando Román ya dormía, vibró el móvil. Dasha nunca espiaba teléfonos ajenos, no iba con ella. Pero el mensaje aparecía bien grande: “Amor, ¿cuándo me devuelves lo que me debes? Llevo un mes esperando. Ignorarme no está bien”. El número, desconocido. *** En el desayuno, Dasha pregunta: — Te llegó un sms anoche. Alguien pide que le devuelvas un favor. Román, a punto de atragantarse con el bocadillo. — Se habrán equivocado. Spam. Ahora hay de todo… — Venía dirigido a “amor”. Se rió, con una risa forzada. — ¡Seguro que son timadores! Saben cómo camelarse al cliente. No hagas caso, Dasha. Cogió el móvil y, con prisas, algo borró enseguida. — Oye, — cambia de tema — resulta que mi hija, Katia, la del primer matrimonio, está con problemas. El nieto se ha puesto malo y los medicamentos son caros. Llamó llorando. No puedo fallarle, es mi sangre al fin y al cabo. — Por supuesto — Dasha se tensó —. ¿Cuánto hace falta? — Quince mil. Hasta que me paguen la nómina no tengo a quién pedirle. En cuanto cobre, te lo devuelvo todo. Dasha le miró. — Quince mil euros — repitió —. ¿Y qué tiene el crío? — Pues… una alergia fuerte. Edema de Quincke. Ahora rehabilitación. — Ya veo. Sacó el dinero del cajón. — Aquí tienes. — ¡Gracias, cariño! — él brincó, la abrazó, le besó la mejilla —. Eres una joya. Katia te va a adorar. Todo el día Dasha sintió una repugnancia extraña. No por el dinero. El dinero va y viene. Pero estaba segura, en la piel, de que Román le mentía. Recordó que Román había dejado una tablet vieja cargando en el salón. Él usaba casi siempre el móvil. Sabía la clave: cuatro unos. Se la dijo él mismo para buscarle una peli. Abrió las redes sociales, fue a la mensajería. Buscó a “Ekaterina Románova”. Su hija. El mensaje era reciente. “Papi, ¿cuándo vas a pagar la pensión? Mamá amenaza con ir a los juzgados otra vez. No tenemos ni para comer, y tú con tus cuentos de siempre”. De ayer. Respuesta de Román: “Katia, aguanta. Ahora mismo estoy engatusando a otra pavisosa para que me afloje la pasta. Pronto te mando. No me agobies”. Dasha se desplomó en el sofá, con las piernas blandas. ¿Otra pavisosa? Esa era ella. Ella era la pardilla. Siguió leyendo. Conversación con “Tani”: “Amor, ¿dónde andas? Te estoy esperando. Dijiste que venías hoy”. Respuesta de Román: “Voy, nena. Le he sacado a mi bruja pasta dizque para el nieto. Te veo en una hora”. Dasha dejó la tablet sobre la mesa. Las manos, quietas. Un frío glacial la invadió. Todo encajó. Las “exes malvadas” que lo habían despojado. Los “fracasos matrimoniales”. Claro que no hubo malvadas. Sólo mujeres normales, que se hartaron de tantas mentiras. No él, sino ellas fueron víctimas de su parásito. Ella fue a la cocina, sacó bolsas grandes, fue al dormitorio, abrió el armario. Los trajes directos a la bolsa con sus perchas, camisas, calcetines, todo lo suyo. Cogió su maquinilla, el cepillo de dientes, cargadores. Tres bolsas repletas junto a la puerta. Cerró con un nuevo bombín, suerte que tenía buen manejo y uno de repuesto desde la última reforma. Capaz de arreglárselas sola desde antes. *** Román volvió tres horas después, probó la llave. Nada. Tocó el timbre. Dasha abrió, con la cadena puesta. — Dasha, ¿por qué te has encerrado? Y la cerradura va mal… — él intenta sonreír, pero con ojos preocupados. — He cambiado la cerradura, Román. — ¿Por qué? — la sonrisa desaparece. — Porque la “pavisosa” ha espabilado. Román se quedó de piedra. — ¿Qué dices? ¿Qué pavisosa? — Esa a la que engatusas para sacarle la pasta. Tus cosas están junto al ascensor. Recógelas y lárgate. — ¿Estás loca, Dasha? — quiso sonar indignado — ¿Quién te ha llenado la cabeza de tonterías? ¡He estado con mi hija, llevándole medicinas! — He leído tu chat, Román. Con Katia. Y con Tani. Se le cortó la voz. Por un instante, terror. Luego, rabia. — Vaya… ¿Has mirado mi tablet? ¿Pero tú qué te has creído? ¡Eso es mi privacidad! — gritó. — Mi privacidad ya te la has tragado tú. Y la cartera. Lárgate, eres un caradura y un mentiroso. — ¡A la porra! — bramó —. ¡Me das asco, vieja chocha! Sólo vivía contigo por pena y porque cocinas, aunque tu sopa sabe a rayos. — Recoje tus cosas, Román. Los quince mil, considéralos tu paga por fingir. Te ha salido barato. Él intenta replicar, pero Dasha cierra la puerta en sus narices. Desde fuera, un golpe y un griterío. Ella va a la cocina. Sobre la mesa, su taza a medio acabar de té, la borra al fregadero. Luego la taza va a la basura. Lo mismo su plato favorito. El móvil suena: es el ex, Vadim. “Hola. Tu hija dice que en la casa de campo pierdes agua. El sábado paso cerca, voy a verlo. ¿Te viene bien?”. Dasha sonríe. “Hola. Pásate. Habrá té y tarta. Estoy bien. Mejor de lo que esperaba”. *** El caradura aún rondó a Dasha semanas. Cada noche volvía: unas llorando en el rellano, otras gritando amenazas de echarla del piso. Con la policía, se acabó el problema — Román desapareció. Y Dasha sólo quería eso: silencio, paz… y su soledad.